MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

A propósito de John Alcorn


Alcorn13Un lunes de febrero de hace veinte años moría John E. Alcorn. Un ataque al corazón interrumpía así, prematuramente, la trayectoria de uno de los más talentosos ilustradores y diseñadores de su generación. Tenía 56 años y una obra que ya le había hecho merecedor de, al menos, un largo párrafo en el libro de la historia de la gráfica internacional.
El neoyorquino Alcorn comenzó su carrera profesional colaborando con el mítico Push Pin Studios que capitaneaba Milton Glaser. El estilo de sus ilustraciones y diseños destila el inconfundible aroma de una época. Un aroma que se vuelve a percibir en los trabajos de muchos de nuestros más jóvenes creadores. Publicado en Visual 157



Aunque pudiera parecer improbable, a veces el Sr. Gafapasta recibe la visita de jóvenes colegas. Algunos lo consideran un venerable maestro; otros, una inagotable fuente de información; los más, una vieja gloria algo tronada que vale la pena conocer.
En esta ocasión, era el hijo de un antiguo socio el que lo había venido a importunar a la hora de la siesta. El jovencito en cuestión estaba estudiando diseño gráfico en una vetusta escuela del ramo. El Sr. Gafapasta aún no había decidido si el entusiasmo que mostraba su joven colega por la profesión a la que recién se asomaba le causaba ternura o, sencillamente, un infinito hastío. El entusiasta protodiseñador llevaba un pequeño libro en la mano, encuadernado en tela amarilla y con una especie de juego tipográfico estampado en la cubierta, en el que se podía leer con recios –pero juguetones– tipos decimonónicos, un título: Books!
“¿Así que descubriendo a John Alcorn, eh?” dijo el Sr. Gafapasta tras echar un breve vistazo al librito de su visitante. “De todos estos –Alcorn, Glaser, Seymour Chwast, Edward Sorel, Reynold Ruffins, Heinz Edelmann y compañía– aprendimos lo nuestro muchos de mi generación. Pero en los ochenta, algunos nos hicimos postmodernos –digo hicimos, pero yo nunca caí en ese agujero negro–, se empezó a idolatrar las naderías visuales de David Carson, renegando de todos estos maestros. Se les acusaba de superficiales, ñoños, horteras y no sé cuántas cosas más. Además, eso de mezclar ilustración y diseño estaba muy mal visto. En realidad, todo lo que no fuera deformar letras digitalmente y generar basura tipográfica que ocultara la falta de ideas de esa década del demonio, no entraba en sus engominadas cabezas. No, en los ochenta no era lo más habitual confesar que te gustaba Glaser o Alcorn, aunque ambos estuvieran en activo y no les faltaran importantes encargos. De hecho, a Edelmann le encargaron la mascota de la Expo de Sevilla. A mí, como a todo el mundo, no me gustó el pajarraco ese de la bandera gay, pero es que a mí todas las mascotas me dan arcadas”.
Ante un conato de protesta por parte de Allan –hasta ahora testigo mudo del encuentro, apostado, como tantas veces, sobre la puerta de la habitación–, el Sr. Gafapasta se vio obligado a especificar: “Me refiero a las mascotas gráficas, por supuesto, no a las que gastan plumas de verdad y me vacían la despensa…”.
Al joven colega, que en los ochenta todavía no se había molestado ni en nacer, todas esas remembranzas contradictorias sobre esa década le sonaban muy ajenas. Su propio padre, a diferencia del Sr. Gafapasta, era un nostálgico de aquella época.
“Pero, de John Alcorn, ¿Qué opinas?”, repuso.
“Mira, ese librito que llevas es una auténtica joya. Si te fijas, verás que está impreso en tintas directas. Mira cómo juega con el rosa fluorescente y el ocre para crear esta especie de rojo. Son tres tintas muy bien aprovechadas. ¿Ya os enseñan esas cosas en la escuela? Ahora los diseñadores ya no sabéis ni a qué huele la tinta y el papel. Y observa, fíjate, qué delicia, cómo combina tipografía e ilustración. En la escuela ¿Os enseñan a dibujar o siguen empeñados en que un diseñador tiene que ser un discapacitado con el lápiz?”.
“¡Lápiz, lápiz, lápiz!”, graznó Allan, inexplicablemente alterado.
“Bueno, tenemos alguna asignatura –aclaró el interpelado, que ya estaba acostumbrado a hacer caso omiso de los apuntes a pie de página de Allan– pero a veces me da un poco de envidia ver lo que hacen los compañeros que estudian ilustración: es como si lo que ellos hacen tuviera mucho más que ver con la cultura, mientras que a nosotros nos forman para ser una pieza ejecutora dentro de la industria”.
Agradablemente sorprendido por las reflexiones de su visitante, el Sr. Gafapasta asintió:
“Personalmente, nunca he entendido esta escisión que hacen ahora entre diseño gráfico e ilustración. ¿Es que a un ilustrador no le interesan las maravillosas posibilidades plásticas, expresivas y comunicativas de la tipografía? O cuando un diseñador crea un símbolo gráfico que condensa, mediante el poder de la síntesis y la metáfora, la identidad de una empresa o institución, ¿no está empleando las herramientas de la ilustración? Pero mucho me temo que, cuando los políticos y los burócratas dictaminan los planes de estudios, no prestan mucho oído a los profesionales, especialmente a los que llevan media vida dedicados a la enseñanza. Por cierto, hablando de profesores, ¿todavía tienes a ese que adivina los números de Pantone sólo con mostrarle un color?”.
Sí –repuso el joven–, es un auténtico sabio y todo un apasionado de la profesión… “Así debe ser –interrumpió el Sr. Gafapasta– lo primero que os ha de transmitir un profesor es amor por el oficio. Por eso yo nunca me he dedicado a la enseñanza… Pero hablando de sabios y volviendo al librito este de John Alcorn, te voy a decir algo que escuché del gran diseñador colombiano David Consuegra. Como John Alcorn, se nos fue prematuramente, por desgracia, pero te aconsejo vivamente que busques cosas de él en internet. Una vez le oí decir más o menos lo siguiente: un creador gráfico no demuestra toda la dimensión de su valía hasta que no diseña un libro para niños. Si esto es así –y yo encuentro que es una opinión muy interesante–, hay que decir que John Alcorn brilló en este campo. Ya que estamos, te voy a enseñar algo…”.
El Sr. Gafapasta se acercó a una de las grandes estanterías abarrotadas de libros y, sin aparente esfuerzo localizó algunos libros algo polvorientos con los que regresó a la compañía de su invitado.
“Mira, sabía que tenía algo de John Alcorn por aquí. Mira, este es un libro del poeta americano Ogden Nash. Personalmente, es un tipo de poesía que no me interesa nada, pero lo compré por las ilustraciones. Estos dos son libros infantiles. ¿Encuentras alguna diferencia entre ellos?”.
El joven dedicó un par de minutos a hojear los volúmenes con una mano, mientras con la otra pugnaba por impedir la caída definitiva de sus pantalones, que precariamente solía llevar a la altura media de las nalgas, dejando a la vista unos calzoncillos de esos que hermanan los gustos estéticos de nietos y abuelos. Finalmente, se pronunció:
“Yo los veo todos más o menos del mismo estilo, ¿Por qué me lo preguntas?”.
“Pues, mi querido amigo –aquí el Sr. Gafapasta ya empezaba a ponerse didáctico y un poco empalagoso–, porque precisamente ese es uno de los méritos que yo veo en ilustradores como John Alcorn: sus trabajos en este terreno no presentan esenciales diferencias con los que realizó en otras parcelas de su obra. No establecer una fractura entre lo que es la ilustración para pequeños o mayores parece un buen punto de partida para no tratar a aquellos como idiotas, cosa que, inexplicablemente, pasa una y otra vez en el mundo de la edición infantil. Las ilustraciones para libros infantiles de John Alcorn participan de las mismas dosis de frescura, ironía y desinhibición que el resto de sus trabajos”.
“Vaya, parece que John Alcorn te gusta mucho” –comentó algo sorprendido el joven, ante la infrecuente efusividad del viejo diseñador.
“Me gusta, pero también me gusta Müller-Brockmann, destacado representante de la escuela suiza. Quiero decir con esto, que los años me han enseñado a relativizar esto de las escuelas o las tendencias. Alcorn forma parte de esa pléyade de artistas gráficos que, a finales de los años cincuenta, reaccionaron contra la rigidez –y a veces, frigidez– de la escuela suiza. Para ello, reivindicaron la ilustración como una de las principales herramientas de su trabajo e hicieron del cartel uno de sus soportes preferidos. En este sentido, la irrupción de Push Pin Studios fue decisiva para el arranque de esta nueva corriente de carácter romántico, en el sentido estético e histórico del término. Estos nuevos creadores fueron, en buena medida, padres de la estética psicodélica que conformaría el imaginario de buena parte de los años sesenta y setenta, empujando a la comunicación visual a territorios inexplorados. Y a mí me interesa tanto el purismo cartesiano de los suizos como la exhuberancia de Alcorn”.
“Pero en la escuela siempre nos insisten en que un diseñador tiene que ser camaleónico: capaz de adaptarse a cualquier encargo”, repuso el joven.
El Sr. Gafapasta se quedó unos breves instantes en silencio, concentrado aparentemente en escoger las palabras más adecuadas para lo que debía contestar:
“No me parece un mal enfoque, pero, mira, aunque la figura del creador gráfico camaleónico existe –y muchos subrayarán, efectivamente, la necesidad de que todo creador gráfico lo sea–, incluso el camaleón tiene una capacidad limitada de adaptarse al entorno. Francamente, no puedo imaginarme a Federico Fellini acudiendo a Otl Aicher para encargarle los títulos de crédito de sus películas. Aludo a Aicher, porque su discurso, aparentemente, era el del diseñador cuyo deber es adaptarse y, de alguna manera, despersonalizarse…”.
“¿Por qué mencionas a Fellini?”, se extrañó el joven.
“Pues porque Alcorn colaboró felizmente con Fellini en algunas de sus películas, incluida Amarcord. En los años setenta, Alcorn vivió en Italia durante una buena temporada, concretamente en Florencia, si no me falla la memoria. Además de trabajar con Fellini, hizo unas cubiertas fantásticas para el editor Rizzoli. Y no sólo cubiertas, sino carteles, logotipos y otros materiales de promoción. Pero a lo que iba: si no siempre el trabajo de John Alcorn hubiera podido adaptarse a las necesidades del encargo, ya se preocuparon los encargos de adaptarse a las necesidades de John Alcorn. Una manera tan válida como cualquier otra de que se produzca un feliz encuentro entre un creador y el mercado…”.
¡Mercado, mercado, mercado, mercado!, zanjó Allan, esta vez ya sin poderse contener, diríase que en pleno éxtasis.

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