MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Adolfo Serra Dibujar con la cabeza bien amueblada


aserra_laguarimba film festivalDibujante precoz, ilustrador tardío, Adolfo Serra se pasó años despistando a lápices, rotuladoras, pinceles y pigmentos hasta que, después de dar un largo rodeo, la vida lo llevó a ser un el gran ilustrador que hoy es. Publicado en Visual 175



“Uno tiene que ser fiel a lo que le pide el cuerpo. A la larga, si no haces las cosas que te motivan, te acaba pasando factura y te sale de otra manera, por ejemplo, un tic en el párpado…”.
Adolfo Serra sabe de lo que habla. Cuando era un chaval, una profesora de su colegio consideró que su afición por el dibujo era demasiado infantil. “Me mandó a la psicóloga, me hicieron tests y yo interioricé que eso de dibujar no era normal. Incluso actualmente para mucha gente hay una percepción de que, llegado a una determinada edad, debes dejar de dibujar, sin entender que es una forma de expresarte. Si hubiera dado con un profesor que hubiera valorado la diferencia, a lo mejor yo hubiera estudiado otras cosas y hubiera hecho Bellas Artes”.
No fue así. Adolfo se matriculó en Publicidad y Relaciones Públicas en la Complutense, se licenció, comenzó a trabajar en una agencia de publicidad pero, lo que en un primer momento parecía atractivo, resultó no serlo tanto. “Eran ritmos muy rápidos, el trabajo era muy efímero, estás siempre a merced del cliente… No acababa de encajar, así que me fui a Inglaterra”.
Lejos de casa, mientras trabajaba en una cafetería, pensó que tal vez no sería tan mala idea retomar esa afición que su profesora había intentado inhibir y comenzar a estudiar dibujo. ¿Y si me meto en la escuela de arte para aprender?, pensé. Con un poco de incertidumbre por dejar el trabajo, me metí a la Escuela de Arte número 10, que son dos años y medio, y la verdad es que estuvo muy bien.  Era un poco raro porque los amigos me preguntaban que qué estaba haciendo y yo les respondía que había dejado el trabajo y que estaba estudiando, cuando ellos ya se estaban comprando una casa, por ejemplo. Para mí resultó muy gratificante lo de meterme a estudiar cuando ya era mayor y tenía la cabeza más amueblada. Además, en la Universidad eres uno entre ciento y pico en una clase, los profesores no saben quién eres, ni qué aptitudes tienes, ni hacia dónde quieres tirar, pero la Escuela de Arte es una educación más práctica, es como un taller donde los profesores saben cuáles son tus puntos fuertes. Además se preocupaban un montón por su trabajo y un año nos llevaron a la feria del libro de Bolonia, otra vez trajeron a ilustradores como Isidro Ferrer, Elena Odriozola… Además, la Escuela de Arte era un reto porque para acceder tienes que hacer un examen de dibujo artístico, un examen de historia del arte…”.
Durante el último curso de la escuela, los alumnos deben realizar un proyecto final que, en el caso de Adolfo, consistió en un álbum ilustrado que narraba sin necesidad de palabras la historia de Caperucita Roja y que fue a caer en manos de un editor que, tras verlo, le pidió que lo acabase para editarlo. “A partir de ahí empezaron a llamarme y comenzaron a llegar encargos”. Definitivamente, como decía Adolfo al principio de este texto, si no haces las cosas que te motivan, te acaban pasando factura.
“Cuando era más joven era más conservador. De pequeños somos súper libres, pero a medida que nos hacemos mayores vas pensando ’voy a estudiar esto’, ‘voy a trabajar de esto’, ‘voy a vivir aquí’… Piensas que trazas una línea recta, pero luego te das cuenta que la vida te lleva donde ella quiere y te las tienes que apañar como puedas”.

Demasiado dibujo y poco texto

A pesar del tiempo transcurrido y de que cada vez estamos más inmersos en un mundo basado en códigos visuales, la percepción de esa profesora que consideraba la ilustración como una cosa infantil impropia de adultos continúa muy presente en nuestra sociedad, donde, quién sabe por qué, se valora más la expresión escrita que la expresión gráfica.
“En ocasiones estoy en la sección infantil de una librería viendo libros de ilustración y me encuentro con madres que les dicen a sus hijos, ‘ese cuento déjalo porque tiene mucho dibujo y poco texto’ y a lo mejor se está refiriendo a El Pato y la Muerte’que es un álbum de Wolf Erlbruch que trata sobre la muerte, que es muy profundo y que es adecuado tanto para niños como para adultos. En ese sentido hay una ilustradora y artista plástica, Kveta Pacovska, que dice que el álbum es el primer museo que visita un niño y esa frase para mí es una forma muy bonita de concebir un libro porque, si crecemos viendo esas imágenes, cuando seamos adultos estaremos educados visualmente de una forma muy diferente y podremos valorar el mundo de manera diferente. Cuantas más cosas has visto, tus juicios serán más amplios. Te pasa con el dibujo y te pasa con las personas. Además, vivimos en un mundo rodeado de ideas, de bocetos que se han convertido en cosas reales y, en ese sentido, la creatividad para mí no es coger una madera, pegarla, unirla o pintar algo, la creatividad es una forma diferente de encontrar solución a problemas. Si a ti de pequeño te enseñan a pensar de forma diferente, cuando seas un adulto y te apliques en una empresa o en lo que hagas, lo harás de forma creativa”.
Ese nuevo concepto sobre la trascendencia de lo visual está ayudando a que nuevas editoriales estén apostando por la ilustración a la hora de publicar textos para adultos. Una tradición que existía en el pasado, que era desarrollada por artistas como William Blake o Gustavo Doré y que de nuevo, quién sabe por qué, cayó en desgracia.
“Cada vez hay más editoriales que están haciendo libros ilustrados para adultos y eso está permitiendo que la gente entienda mejor las ilustraciones. Muchos lectores por fin se dan cuenta de que la ilustración es un trabajo de autor, que filtra el texto a través de él y que les permite imaginar de manera diferente un libro que ya conocían. Todo eso hace del libro ilustrado una nueva experiencia lectora y que haya gente que compre un libro con ilustraciones aunque ya tenga el texto en su casa o se lo pueda descargar de internet… También es verdad que hay otros que siguen pensando que solo son dibujos y que distraen…”.
Pero a todo esto, ¿cómo es el proceso de interpretar en imágenes el trabajo de un escritor? ¿Cuál es el grado de libertad del ilustrador? ¿Cuál su obligación de respeto a una obra de otro o incluso a la de muchos, cuando esa obra forma parte del acervo cultural de un grupo social?
“Todo depende del tema o del autor del que se trate. En Edelvives me llamaron para hacer una antología de Neruda y en Nórdica me eligieron para un antología de Pessoa. Al principio me dio un poco de miedo, a ver si iba a meter la pata… Pero también es cierto que, cuanto más mayor te haces, te das cuenta de que, si escuchas demasiado lo que hay a tu alrededor, pierdes tu voz. Tienes que dejar a un lado esos miedos y, por otra parte, ser consciente de que si te llaman a ti, por algo será”.
Neruda y Pessoa poco pueden opinar sobre las ediciones o reinterpretaciones de sus textos, pero ¿qué sucede cuando el autor está vivo? ¿Ayuda conocerlo y conversar con él a la hora de afrontar ese tipo de encargos? ¿Es bueno consultarlo?
“No suelo tener relación con el autor. Por tiempo, por localización geográfica y porque los autores tienen una visión muy clara de lo que quieren. Por eso el editor suele hacer de intermediario entre los dos para evitar que la visión del escritor nos condicione y no nos deje desarrollar nuestra idea. El ilustrador genera algo totalmente nuevo y, en ocasiones, te das cuenta de que hasta el autor descubre cosas que no había visto y que suele valorar, aunque entiendo que siempre puede haber decepciones, claro. Otra cosa es cuando tú te reúnes con un autor, desarrollas un proceso conjunto, ahí sí que es como un juego de ping pong. Lo que sí hago es estar en contacto con el equipo de diseño o maquetación porque, salvo que sean ilustraciones a página completa, normalmente tu ilustración no va a ir aislada; hay que ver si va a generar movimiento a lo largo del libro, si va a ser repetitivo. Normalmente pido que me pasen la maqueta para componer y concibo las ilustraciones para que convivan con el texto y les paso visuales para que el equipo de diseño sepa cómo quiero que vayan los textos”.

Un estilo propio; una forma de contar

“El tema del estilo es algo que nos agobia mucho a los ilustradores. Parece que al salir de la escuela debes tener una visión propia, pero eso creo que debe surgir poco a poco, va apareciendo poco a poco y, además, el estilo es algo que no tiene tanto que ver con la técnica sino con la forma de contar las cosas”.
Independientemente de la importancia que se le quiera dar, lo que es un hecho es que Adolfo Serra sí que tiene un estilo personal o al menos rasgos que caracterizan, diferencian y hacen muy reconocible su trabajo. Algo sorprendente si pensamos que apenas lleva un lustro trabajando como ilustrador, pero que no lo es tanto cuando se recuerda que ese estilo lleva fraguándose, con más o menos discreción según la coyuntura, desde su época de colegial. Una forma de trabajar en la que están muy presente las manchas de color, la sencillez, lo manual y los espacios en blanco.
“Me gusta mucho lo manual, mancharme las manos y trabajar en el papel. Además soy muy partidario del ‘menos es más’ y, en ese sentido, el blanco también cuenta. Primero porque es importante que una ilustración respire y, en segundo lugar, porque creo en la capacidad del lector para leer o añadir información a mis dibujos e intento que el último grado de interpretación lo ponga él. El problema es que a veces en lugar de entenderlo así, el cliente te dice esto está muy blanco, como si te pagaran por llenar, sin entender que a veces no necesito crear un bosque o dibujar cada hoja –salvo que sea eso lo que quiero hacer– para contar que ahí hay un bosque o hacer una pierna bien hecha, cuando con una mancha ya se ve que es una pierna”.
La afición a las manchas, a lo orgánico, a lo natural (soy muy fan del campo y la naturaleza y me mola mucho dibujar esas cosas. Siempre que puedo lo meto) y el desapego por lo más urbano (no me gusta mucho dibujar coches o electrodomésticos) en ocasiones puede dificultar las tareas de preimpresión e impresión en las que, si no se es muy cuidadoso, se pueden perder matices, texturas y detalles.
”La primera vez que recibí de imprenta un libro que había ilustrado me dije ah, esto es otra cosa. Ahí entendí que una cosa es el original y otra el libro impreso. Si escaneas tú los originales, tienes que tirarte un rato para que el resultado se parezca al original y luego tienes la impresión. Como lo que hablábamos antes refiriéndonos a la vida, soy consciente de que hay una parte del proceso que sí está en mi mano y otras que no. Hay cosas que dependen del editor, del impresor, y luego está el hecho de que el pigmento, pasado por el escáner y luego por la cuatricromía, cambia. Pero también es verdad que si te lo trabajas y pides pruebas de color, sí que se pueden conseguir cosas bastante fieles al original”.
A pesar de su pasión por lo natural, su aversión a lo urbano y los electrodomésticos, su gusto por el trazo y lo orgánico, Adolfo tiene en el ordenador un aliado, al que, eso sí, hay que saber controlar.
“Cuando ilustradores como yo nos metemos con el ordenador, el problema es que nos da demasiadas posibilidades. Cuando me pongo a hacer capas entro en un bucle temporal y pierdo horas y horas delante del ordenador. Por eso lo utilizo más como una herramienta que me sirve para jugar como si fuera un collage, para superponer capas… A mí lo que me gusta es que se vea la mancha, el trazo humano, la técnica pero eso hay muchas formas de conseguirlo”. Texto: Eduardo Bravo

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