MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Aislar la cultura


Permítanos el lector, por esta vez, ponernos un pelín solemnes. Definitivamente, hay que aislar la cultura para su pervivencia. Hemos evolucionado a un neoliberalismo cultural que está haciendo peligrar la esencia. Para muchos políticos la cultura es un estorbo, no debe extrañarnos: el conocimiento es una criba que ni el dinero, ni las relaciones, ni el postureo pueden conseguir. Así, la mejor manera de desactivar esa barrera de los necios es convertir la cultura como sustancial en anexo, en adjetivo. Y es entonces cuando la cultura se sustituye por industria cultural. Ahí se sienten más cómodos: los agentes e interlocutores serán quienes disponen el dinero de la cultura –muchos de ellos incultos de solemnidad– y no quienes la generan. Se pasa entonces de la promoción de la cultura a la de la industria. Se pasa de las adquisiciones para bibliotecas, por poner un ejemplo, a las acciones comerciales en el exterior para la exportación de libros. Y la cultura será en función del dinero que genere.
Otra mecánica es situar a la cultura en paquetes con otros elementos, lo que permite derivar los presupuestos sin que se note. De un tiempo a esta parte sucede con el deporte y con el turismo. Como los criterios son de inversión-retorno, veremos como la gastronomía y el turismo –son ejemplos, hay otros– no solo se llevan el montante, además, y lo que es peor, condicionan y contaminan los contenidos culturales. Nos encontraremos con blindajes ideológicos como el proteccionismo de la tauromaquia, o de despacho, el que observamos en los grandes clubs de fútbol. Algo parecido sucede con el acceso a la cultura: se penaliza con el IVA más alto de Europa, al tiempo que se promociona una cultura de perfil bajo gratuita que siendo necesaria no puede ser la única –eso no es cultura, es educación: ya advertimos que nos íbamos a poner un poco estupendos–. Hemos visto peligrar, menguar y a veces desaparecer cientos de convocatorias para el debate, la confrontación de ideas y la evolución de la riqueza cultural. Pareciera que solo hay dinero para la cultura que da votos directos. Que es necesaria, por supuesto. Incluso allí donde el público está dispuesto a pagar como en los festivales de música la capacidad de riesgo está mermada: hay que ir a lo seguro porque el apoyo institucional ha quedado reducido a la mínima expresión. Tampoco parece que los incentivos a la inversión privada, ley de mecenazgo y desgravaciones sean algo más que la zanahoria del palo, promesas y declaraciones de intención que pasan de una legislatura a otra sin llegarse nunca a concretar.
Al margen de quién vaya a gestionarla (cuando escribimos esto aun no se sabe quién gobernará en esta legislatura) es necesario repensar la cultura. Y el primer paso sería alejarla de otros intereses estratégicos.
Este modelo no está funcionando.

Publicado en Visual 181

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