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Ajoblanco: Visca la llibertat!


AJOBLANCO 12Cuarenta años después de la aparición del primer número de Ajoblanco, una exposición repasa la trayectoria de una de las cabeceras míticas de la reciente historia española por su compromiso político, su filosofía libertaria, su heterodoxia y su inestimable labor a la hora de sacar a la luz la cultura subterránea. “Despreciables hijos de la gran puta: Solo unas palabras para replicarles sobre su asqueroso y cínico periódico y sobre su artículo que en su día salió sobre las fallas”, o un sencillo “fills de puta”, escrito y subrayado con rotulador rojo, son algunos de los mensajes que lectores ofendidos, en el primer caso por un artículo sobre las tradicionales fiestas valencianas y, en el segundo, por cualquier otro asunto –la gente se ofende por las cosas más variopintas–, enviaban a la redacción de la revista Ajoblanco a finales de los años 70. Publicado en Visual 170



Temas como la contracultura norteamericana, las drogas, el anarquismo español, el situacionismo francés, la homosexualidad, las comunas, la ecología, la anti-psiquiatría, la magia, la filosofía, el cómic, el teatro experimental, el cine underground, las nuevas expresiones literarias o la música en los márgenes del mercado resultaban tan deseables para aquellos lectores que despertaban tras décadas de dictadura, como despreciables para los que formaban parte de su andamiaje político-social. En consecuencia, mientras unos defendían su necesidad de conocimiento y libertad comprando revistas como Ajoblanco –que llegaría a vender más de cien mil ejemplares, cifras estratosféricas para cualquier medio en la actualidad, incluidos periódicos de información general y tirada nacional– otros se dedicaban a perpetuar sus privilegios con insultos o, como en el caso de El Papus, con bombas.
Cuarenta años después, las cosas han cambiado sustancialmente: ya no hay casi bombas, Ajoblanco ya no está en los quioscos desde hace lustros y los mensajes ofensivos ya no llegan por carta sino por redes sociales como Facebook y Twitter.

La utopía al alcance de la mano

A finales del verano de 1974, un grupo de amigos degustaban un plato de ajoblanco en un pequeño restaurante. Se conocían de la universidad donde, pocos meses antes, habían protagonizado un acto que, en plena dictadura franquista, aglutinaba poesía y desafío a la autoridad: cubrir el vestíbulo de la facultad de Derecho de Barcelona con cerca de quinientos poemas.
Uno de los comensales, Pepe Ribas, anunció a los demás que estaba decidido a poner en marcha una revista libre, legal (que en esa época, aún vigente la Ley de Prensa de Manuel Fraga, no era un hecho baladí ni fácil de conseguir), alejada del elitismo, que diera voz a una generación, que satisfaciera su deseo de conocer qué otras cosas pasaban en el mundo aparte de las que contaban los medios de comunicación convencionales y que pudiera comprarse en todos los quioscos de España.
Poco importa lo que se dijera después, el hecho es que en octubre de 1974 salía a la venta el primer número de Ajoblanco con una sencilla pero contundente portada en la que, sobre fondo blanco, se destacaba una boca mordiendo un ajo y, sobre ella, una cabecera diseñada por Quim Monzó que recordaba al logotipo de Coca-Cola la cual provocaría a sus editores un incidente judicial con la marca de refrescos, que obligaría que fuera sustituida por otro logotipo diseñado en esta ocasión por America Sanchez y al que seguirían, en las diferentes etapas y épocas de la revista –ya sin conflictos judiciales por medio–, otros creados por profesionales de la talla de Peret, Alfonso Sostres o Sonsoles Llorens.
Con un equipo de colaboradores que incluía algunas de las mentes más lúcidas de la época, como Luis Racionero, y personajes inclasificables, como Karmele Marchante o Federico Jiménez Losantos, Ajoblanco vivió una primera etapa caracterizada por la curiosidad, la ruptura, la libertad y lo libertario que invitaba a pensar que otra España era posible. Sin embargo, la llegada de la democracia y la aprobación de la Constitución acabó demostrando que el país discurría por otra senda muy diferente a la de las aspiraciones de la revista y sus lectores. Según explica Pepe Rivas, todo “se torció a partir del 78 cuando apareció el terrorismo de estado con el caso Scala, con el desembarco de la heroína en las calles y con la construcción de una constitución rígida que convertía a los partidos políticos en los nuevos caciques”. Dicho y hecho, tras seis años siendo el referente de la contracultura en el quiosco junto a cabeceras como Star, Ozono o Makoki, y algún que otro encontronazo con la autoridad competente que provocaría su suspensión de la publicación durante algunos meses, Ajoblanco echó el cierre.
Por el cambio

Transcurridos unos pocos años después de ese primer cese de actividad, algunos de los miembros fundadores de Ajoblanco se reúnen y plantean resucitar la cabecera. Corría 1987 y España ya no mostraba esa vitalidad y militancia política que caracterizaron los estertores del franquismo y los primeros años de la transición democrática.
Tras el golpe de Estado de 1981, la sociedad captó el mensaje e interiorizó que los poderes fácticos no estaban dispuestos a ceder más privilegios.
La ilusión por la llegada del Partido Socialista al poder comenzó a esfumarse tras ver cómo el Gobierno gestionaba temas como el referéndum de la OTAN o la reconversión industrial, y la entrada en la Comunidad Económica Europea modernizó al país a la misma velocidad que desactivó los movimientos sociales que, hasta entonces, habían sido su motor de transformación.
Coherente con esa realidad social en la que surgía, la segunda época de Ajoblanco resultó ser más receptiva a los aspectos culturales surgidos en ese tiempo en España, Europa y, muy especialmente, en Latino-américa.
A su vez, la línea editorial recondujo su militancia política, abandonando las posiciones claramente libertarias y desplegando una crítica a los grandes grupos de poder que por entonces comenzaban a aplicar su hegemonía en Cataluña y Madrid y a fraguar ese sopor social que, con el tiempo, ha devenido en la crisis institucional que vivimos actualmente.
Formalmente, la revista también sufre cambios. Las fotocopias, los letraset, la repromaster, la rotulación manual, la maquetación con bisturí y pegamento deja paso a los primeros Mac. Se mejora el papel, la impresión es a todo color y esa estética que la hermanaba con los fanzines y las publicaciones independientes deja paso a unas páginas limpias, menos abigarradas y en las que las fotografías lucen en todo su esplendor. Sin embargo, y a pesar de esa transformación, Ajoblanco se convirtió una vez más en el termómetro de lo que sucedía en la sociedad: la escena artística de Berlín y Londres, la movida madrileña, el esplendor de Barcelona derivado de las Olimpiadas del 92, los conflictos de los Balcanes, el movimiento Zapatista, la industria cultural, la profesionalización de los creadores, el auge del individualismo –presente en sus propias portadas donde, a diferencia de en la primera época, ya no era protagonista un tema sino un personaje–, el ciberpunk, la música electrónica, la banalidad de los medios de comunicación y la aparición de internet fueron algunos de los temas que aparecieron en sus páginas. De hecho, es coincidiendo con la eclosión y desarrollo de internet cuando Ajoblanco vuelve a echar el cierre, situación en la que continúa a pesar de una breve reaparición en 2004 con un número único que contenía las mejores páginas de la primera época. Un hecho triste, pero que no deja de ser comprensible si pensamos que internet, los foros y las listas de correo se convirtieron rápidamente en una cruel competencia para Ajoblanco, al erigirse en el método más eficaz para transmitir y compartir todo tipo de opiniones y conocimientos que no solían interesar a los medios mainstream, desde cómo sintetizar drogas de diseño, construir una bomba, mejorar el rendimiento de un huerto ecológico o compartir música.
La exposición

Hasta mediados de septiembre el Centro Cultural Conde Duque de Madrid acogió la exposición “La revista Ajoblanco. Ruptura, contestación y vitalismo (1974-1999)” una muestra comisariada por Valentín Roma y asesorada por Pepe Rivas, que aglutinaba numerosos materiales relacionados con la cabecera, muchos de los cuales nunca habían podido ser vistos por el público, como fotolitos, portadas originales, ilustraciones con instrucciones para la fotomecánica al margen, pruebas de imprenta, memorabilia, libros que inspiraron a los redactores de la publicación, cartas de lectores, fotografías y toda la colección de la revista, números especiales incluidos.
Una exposición que refleja la importante labor realizada por Ajoblanco en su lucha, tanto conceptual como estética por, en palabras de Pepe Rivas, combatir la “banalización de la cultura, la mercantilización de la sociedad y, en especial, la corrupción de los sistemas políticos”. Una lucha que parece estar más vigente que nunca y que Rivas no ha dado por perdida, como demuestra la puesta en marcha de la nueva página web de Ajoblanco y su foro de participación que comenzará a funcionar próximamente y que con el lema “Cambiar el presente depende de ti. Colabora, opina, decide”, hace suyo la filosofía de movimientos sociales recientes como el 15M o políticos como Podemos, en definitiva, la filosofía de Ajoblanco. Texto: Eduardo Bravo

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