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Belleza Infinita: nuevos aires en la edición de libros de arte


Insomnia_PortadaBelleza Infinita es una editorial nacida en el año 2002 en el mismo Bilbao. Publica libros de arte, o de cosas que tienen que ver con el arte, o cosas que su editor considera que son arte, o por simplificar: cosas que con toda seguridad merecen la pena ser publicadas. El editor tras este proyecto es Garikoitz Fraga, inquieto espectador cuya curiosidad guía las ediciones con las que Belleza Infinita oxigena el panorama editorial desde hace más de diez años. Publicado en Visual 172


En la web de Belleza Infinita hay tres líneas de texto que resumen su ideario: “(…) Belleza Infinita edita y distribuye publicaciones de género inclasificable que tratan de cuestionar los límites de la experiencia estética y de fomentar otras maneras de percibir, expresar y pensar”. Esta breve declaración apunta una de las intenciones y complejidades que hacen de Belleza Infinita un proyecto especialmente singular: “Cuestionar los límites de la experiencia estética” no sólo con los contenidos de sus libros, sino entendiendo cada libro como una expresión compleja que cuestiona sus propios límites y, de paso, amplía las posibilidades de la actividad editorial.
Un rápido paseo por el catálogo de Belleza Infinita nos muestra libros de géneros visuales y artísticos al uso (fotografía, cómic, dibujo…), pero también otros en los que tanto los contenidos como el formato rebasan la idea común de lo que es un libro (valgan como ejemplo los tres libros de la serie Bla Bla Bla de Roberto Equisoain o los Cuadernos de Jaime Narváez). Ediciones que, por contenido, concepto y forma, son pequeñas piezas artísticas en sí mismas.
Garikoitz Fraga, editor factótum de Belleza Infinita, puso en marcha en 2002 una editorial para compartir sus preferencias estéticas. Antes, realizó un trayecto iniciático similar al de tantas otras personas que han transitado el mundo de la edición y, fundamentalmente, la autoedición. Tras culminar estudios de Música y Bellas Artes, Garikoitz fue uno de los cuatro fundadores de la revista ESETÉ, una experiencia editorial de cierta repercusión tanto en Euskadi, donde fue toda una pionera, como en otros lugares donde era recibida como un escaparate novedoso de lo que sucedía en el País Vasco al margen de la vía institucional. “Éramos cuatro amigos haciéndolo todo”, reconoce Garikoitz, “Buscábamos la publicidad, trabajábamos con los colaboradores, redactábamos y pensábamos muchísimo. Sin tener ni idea y sin cobrar un duro, pero aprendiéndolo todo”.
Aquellos últimos años del siglo XX y primeros del XXI eran los años en los que el concepto de autoedición unido a lo alternativo espoleó la aparición de pequeños colectivos relacionados con las artes visuales o las letras, que se pusieron a editar revistas o fanzines con el ánimo, básicamente, de experimentar y de darle algo de difusión a lo experimentado. Igualmente, Garikoitz y sus socios de entonces entendieron ESETÉ como un formato diferente a los habituales en las artes plásticas, que hacía más fácil expresar todas esas cosas que les interesaban y generaban, en sus propias palabras, “Sensaciones nuevas, mezclando autorías y tratando de ampliar los públicos”. Fue en esta etapa de experimentación editorial cuando, trabajando con el diseñador Joaquín Gáñez, Garikoitz comenzó a reconocer y valorar el diseño y la maquetación.
Tras el tercer número, en 2002, deja el proyecto ESETÉ, y funda la Asociación Cultural Belleza Infinita. Paralelamente, sigue su formación, esta vez de la mano de otro clásico: el INEM. “Hice un largo curso de Photoshop, Freehand y Quark. Eso me permitió trabajar varios meses en una empresa de publicidad donde practiqué dichos programas, silueteando productos, maquetando folletos, etc. Mientras, iba preparando los primeros títulos de Belleza Infinita, que empezaron a aparecer a finales de 2003”.
El eje fundamental del proyecto editorial de Belleza Infinita es publicar libros artísticos, ediciones sin límites ni rigideces, que responden a la propia concepción que el editor tiene de lo que es, o puede llegar a ser el arte: “Entiendo el arte en su más amplio sentido. Le doy el mismo valor a una exposición, un álbum de cromos o un disco si son buenos. Por eso, me da pena que los dibujos de una artista se queden en una sala de exposiciones, y no lleguen al público del cómic, por ejemplo”. Novelas de bolsillo, folletos publicitarios, cuentos ilustrados… Pueden llegar a ser obras de arte en sí mismas, según el personal criterio de Garikoitz Fraga. “El libro puede ser un arte como pueden serlo el cine, la escultura o la danza”, sentencia.
Hay referencias que tuvieron para Belleza Infinita una influencia importante al comenzar a definir sus primeras ediciones, referencias en positivo como, por ejemplo, los estupendos libros de la editorial Taschen: “Me atraían mucho, en aquellos años, los libros de Taschen, porque huían del catálogo de arte, eran bonitos, baratos y fáciles de encontrar. Nada que ver con las tiradas limitadas características del mundo del arte”. Referencias en positivo que iban conscientemente acompañadas de una serie de cosas a evitar: “Me propuse huir del catálogo institucional, elaborando libros donde los trabajos del autor se pudieran disfrutar sin los estorbos de textos burocráticos, referencias a exposiciones pasadas, currículums, etc. Con grandes tiradas y un precio ajustado al mercado del libro, de manera que una edición que contiene, por ejemplo, los recortes de periódico de un reconocido artista visual, se puedan encontrar en los estantes de poesía de cualquier librería, y a su vez el libro de dibujos de un bedel de colegio se pueda vender en una galería de arte”.
Una de las novedades que aportó Belleza Infinita en ese ámbito fue la presencia significativa del editor como eje central para hacer un libro de arte. Parece algo obvio, pero no lo es tanto en un contexto –el libro de arte– en el que a menudo se presupone que es el artista –o el comisario– la única voz autorizada para tomar las decisiones correctas y ser el único ideólogo autorizado. Un artista –o un comisario– no tienen por qué saber cómo plantear un libro, o conocer las mil y una posibilidades que ofrece el medio editorial, con el consiguiente riesgo de tomar caminos erróneos, en palabras de Garikoitz: “No por ser artista plástico vas a resolver bien todo lo que toques. Es más fácil encontrar artistas del libro entre editores y diseñadores. Al menos, le han dedicado más tiempo y han tenido más ocasiones para reflexionar y resolver cuestiones específicas del mundo de la edición. Mi trabajo de editor suele ser como el de un productor musical, o un comisario de arte, ayudando a los autores a desplegar su obra en el soporte libro”.
El catálogo de Belleza Infinita cuenta con más de veinte títulos en los que sorprende la variedad de acabados formales, no sólo por sus tamaños o las técnicas de impresión o encuadernación utilizadas, sino por separarse, incluso, de la propia idea de libro para transitar otros terrenos como el de la revista, el fanzine o el cuaderno escolar… Cada libro, en función de su contenido y circunstancia, es estudiado y se le da el formato que pide la lógica del proyecto, según defiende Garikoitz: “Con cada libro empezamos de cero, porque cada proyecto es diferente y pide su propia forma. El diseño y la maquetación son tan parte del contenido como las palabras y las imágenes. El tamaño, el papel, el tipo de encuadernación y hasta el precio o la manera de distribuirlo son también el texto de la publicación”.
Esta laxitud para definir lo que es o deja de ser un libro de arte viaja paralela al eclecticismo del que hacen gala los títulos de su catálogo. La variedad comienza por la propia manera en cómo Garikoitz Fraga se cruza con los contenidos que le pueden inspirar una edición: “Una propuesta por email, una noticia de periódico, Facebook, una amiga conoce a alguien que tiene algo…”. A partir de ahí, unas ediciones se solucionan –aparentemente– ciñéndose a un esquema clásico: un libro que recoge el trabajo de un fotógrafo o dibujante. Pero hay otras ediciones cuya justificación responde a una intención más sinuosa: “No me suelen gustar los tópicos de los géneros al uso, como el libro ilustrado, el ensayo o la novela, las frases hechas”, afirma Garikoitz. “Me motivan más las tangencias, aunque luego no encaje bien ni en una librería, ni en una feria de poesía, ni en una de arte. A cambio, la ventaja es que puedes estar en todas”. La evolución de Belleza Infinita, de hecho, ha viajado hacia este tipo de ediciones que tienen sentido en función de una idea compleja: “Ahora estoy más centrado en libros pensados como libros. Ya no quiero publicar “los dibujos de fulanita”. Para eso sirven mejor las webs, por ejemplo. Uno va evolucionando, y el gusto se va afinando y retorciendo”.
En este sentido, Garikoitz Fraga es un editor que influye, y mucho, en cada pequeño detalle de cada edición: “Trabajo mucho el orden de las páginas, el aspecto del libro, su tamaño, el concepto general. Aunque siempre hay cosas mejorables, por imposibilidades técnicas o por errores propios y de la imprenta.” Las ediciones de Belleza Infinita pueden considerarse una propuesta personal de su editor, que trabajando en común con el artista crean un libro donde la pasión es un ingrediente tan importante como la tipografía o la impresión, no en vano afirma Garikoitz que “Sólo elijo proyectos que me apasionen, porque voy a tener que meter muchas horas en el ordenador, voy a apostar dinero, y durante años voy a cargar cajas, a defenderlo y a cobrarlo si se vende. Luego, hay títulos que elijo aun sabiendo que son invendibles, y otros que no me enamoran, pero que se vendarán mucho y pagarán lo que no producen los otros”.
Belleza Infinita sigue un modelo que se repite en muchísimos casos de estupendos proyectos editoriales por nuestro país: editores que, por su cuenta y riesgo y sin encomendarse a nadie, tiran adelante con la simple ayuda de sus manos y un ordenador: “Me suelen ayudar el diseñador Manu Legarreta, un grupo de opinadores oficiales y, claro, los propios autores”. La estructura económica del proyecto es, igualmente, propia de los usos y costumbres que se dan en el sector del autoempleo cultural: “Belleza Infinita empezó con un préstamo que se terminó de devolver en cinco años. Desde entonces, no tiene deudas de ningún tipo, aunque sí algún moroso despreciable. Los libros se financian con los ingresos por ventas. Para los libros más costosos hemos pedido ayudas oficiales y privadas, que posibilitan ajustar los precios. Porque si un libro es caro, la gente no lo compra, el librero lo devuelve y fin de la historia. En cualquier caso, las ayudas recibidas nunca han sido las mismas que recibe un artista para publicar un catálogo que, muchas veces, morirá en cajas apiladas en el pasillo de su casa”. Un argumento recurrente para justificar el escuálido apoyo a este modelo de producción cultural es el hecho de que los productos resultantes, los libros, son productos comerciales, tienen un precio y son susceptibles de ser vendidos y de generar, hipotéticamente, un beneficio. Otro argumento que merece matización por parte de Garikoitz: “Alguna vez me han dicho que si no me daban más ayudas es porque luego vendo los libros, ¡como si me estuviera forrando! Intento venderlos, que no es lo mismo, igual que un pintor lo hace con sus cuadros. No se imaginan el trabajo que es distribuir. Y no se valora la creación de un contexto real, de autor-editorial-librerías-lectores (más las imprentas, transportistas, etc…). Hay que pensarlo como un ecosistema y apoyar a todas las partes para que el engranaje funcione”.
La buena noticia es que, a pesar de todo, a día de hoy Belleza Infinita ha entrado en ese limbo al que todo el mundo aspira en estos días: la sostenibilidad. “Después de ocho años, conseguí que Belleza Infinita me pusiera un sueldo. Al principio tenía que compaginarlo con otros trabajos, pero ahora la dedicación es exclusiva. La distribución consume muchísimas horas. En España no hay más de veinte librerías que funcionen bien y que tengan compradores para estos libros. Lo demás es un páramo”.
A pesar del páramo, son muchas las iniciativas editoriales que siguen floreciendo por todos los rincones, casi siempre asociadas a pequeños colectivos o artistas que siguen encontrando en la autoedición una vía solvente de expresión y de difusión. Consecuencia de este ambiente es la proliferación de ferias, encuentros, festivales y mercadillos en los que no es difícil encontrar a Garikoitz Fraga tras la mesa explicando pacientemente sus ediciones a todo aquel que se acerca a preguntar: “Sí, suelo ir a ferias, no a muchas, porque requieren un gran esfuerzo. Y me puede interesar tanto una gran ciudad como un pueblito. En esto hay también un punto de misionero que va descubriendo a los infieles otro tipo de propuestas para ampliar el número de adeptos. Además, es el lugar donde obtienes directamente las reacciones de los lectores, conoces otras editoriales maravillosas y un montón de información valiosa: perfil del público, quién compra, quién mira y por qué no compra, qué gusta más y menos, qué se comenta de cada título, qué títulos se abren más o menos, según la portada o el título, dónde y cómo te sitúas en relación a otras editoriales”. Todo un mundillo editorial necesariamente minoritario que refleja algunos de los problemas endémicos de nuestra producción cultural, como el desajuste oferta-demanda que reconoce Garikoitz: “En los últimos años se han puesto de moda el libro ilustrado, el libro de artista, los fanzines, y proliferan las ferias y exposiciones dedicadas a este asunto, aunque veo más oferta que demanda. En las ferias no caben las editoriales, pero los pasillos están casi vacíos y sólo compran cuatro. Los propios editores nos compramos entre nosotros y poco más. Y aunque algunos organizadores ni siquiera conocen el sector, al final, son los únicos que hacen negocio”. Texto: Diego Ortiz

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