MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Burney Bubbles, el grafista enmascarado


Funda disco para Dirty Looks. 1981Dejó su huella –que no su firma– en la funda de discos emblemáticos de finales de los setenta y de los ochenta. Bajo el pseudónimo de Barney Bubbles, el grafista Colin Fulcher (1942-1983) transitó
de la estética hippy al Punk y la New Wave sin dejar de ser él mismo. Suyas son algunas de las cubiertas más emblemáticas de la música pop de principios de los ochenta. Apasionado del diseño gráfico, explorador de nuevos caminos, referencia de una generación y autocrítico impenitente, fue su voluntad pasar desapercibido. Casi lo consigue. Publicado en Visual 169


No es fácil habitar en la piel de G. Esto lo sabe bien el propio interesado y así se lo hace saber a sí mismo en uno de sus epigramáticos pensamientos –Mi vida se reduce a una lista demasiado larga de decisiones absurdas– mientras sostiene en sus manos el retrato de ese escritor que tanto detesta, Ernest Hemingway. Alguien le regaló ese retrato haciéndole notar que era una ausencia inexcusable en su particular panteón de los suicidas, una amplia pared de su biblioteca en la que se amontonan diversas fotografías de escritores que decidieron elegir ellos mismos la segunda cifra que figura tras su nombre en lápidas y enciclopedias. En el equipo de música, Rubén Blades se erige en la voz burlona y salsera de su conciencia: “Decisiones, todo cuesta, salgan y hagan sus apuestas”.
No, no, de ninguna manera. Ese escritor insustancial, vanidoso y asesino de animalitos inocentes no merece estar al lado de Alfonsina Storni o Paul Celan. Con un gesto iracundo, G lanza el pequeño retrato a la papelera: No se hable más. Superado el episodio Hemingway, G regresa momentáneamente a su vida de joven anciano con todo el tiempo del mundo para inventarse problemas que hayan de derivar en nuevas decisiones.
¿Y si preparara un libro sobre diseñadores suicidas? La idea es lo suficientemente marciana como para encontrar fácil acomodo en su mente. Se quedará en nada y lo sabe, como tantos otros proyectos, pero eso no le impide comenzar a darle vueltas al asunto. Obviamente, el genial Cassandre será el primero de la lista. El segundo…
A G no se le ocurre a ningún otro colega que haya salido pitando de sí mismo y su circunstancia por la salida de urgencia. Estos diseñadores siempre se van quejando –piensa–, que si el estrés, que si la incomprensión de las instituciones, que si la tacañería de los clientes, que si el intrusismo profesional, que si esto, que si lo otro… Pero al final se agarran a sus vidas penosas como garrapatas.
G escribe un largo y florido correo electrónico a su amigo el gacetillero de la revista de diseño, que no tarda en responder: “Sólo se me ocurre un nombre para aportar a tu lista, el de Barney Bubbles, un diseñador de los ochenta que hacía cubiertas para Elvis Costello. No tengo más información de él que la que da nuestro común amigo Jaume Pujagut en un librito que publicó en la extinta colección deu per catorze, allá por el remoto año 92. Búscalo en tu biblioteca. Seguro que lo tienes. Por cierto, si encuentras más información, podríamos escribir un artículo para Visual”.
G recuerda bien el librito en cuestión, estuvo dudando largo rato en cómo clasificarlo, hasta que decidió archivarlo en un estrecha estantería junto a otros libritos liliputienses.
Localizado el pequeño volumen –apenas un par de pliegos de 16 páginas encuadernados en cartón y tela–, los datos comienzan a dibujar al personaje. Dice Pujagut que los años más fructíferos de Barney Bubbles hay que datarlos entre 1977 y 1981. Además apunta un dato curioso: “Dado que este pionero del nuevo diseño gráfico británico se negaba a firmar sus obras me ha sido imposible autentificar sus trabajos”.
Suficiente para que el hasta ahora desconocido diseñador vaya adquiriendo un aura de personaje maldito a los ojos de G, despertando –huelga decirlo– todas las simpatías de las que es capaz nuestro hombre.
Asomado a Internet, descubre que hay un libro publicado sobre Bubbles: Reasons To Be Cheerful: The Life and Work of Barney Bubbles, de Paul Gorman, publicado por una editorial inglesa llamada Adelita. En su biblioteca, sin embargo, apenas encuentra un párrafo sobre su trabajo en El diseño gráfico, una historia abreviada de Richard Hollis, publicada en nuestro país por Destino (2000). Un párrafo en el que Hollis enmarca su obra dentro de la órbita Punk:
“El Punk encontró una respuesta rápida entre los diseñadores encantados con el estilo moderno. Apareció en formas similares en otros países europeos, sobre todo en los Países Bajos. En Inglaterra, Colin Fulcher, que adoptó el nombre de Barney Bubbles, fue el más original de todos. […] Bubbles utilizó parte del enfoque directo y nada sofisticado del Art Brut, exponiendo el proceso de fabricación, como imprimir con un equipo de imprenta de juguete con tipos de goma. De hecho, explotó el uso directo de la cámara de revelar en su estudio, construyendo sus diseños con una serie de improvisaciones y manipulaciones de escala, a la vez groseras y delicadas, positivo y negativo” (traducción de Esther Roig).
Vaya, sin duda Bubbles estaría encantado con gran parte de ese diseño que reivindica los procesos artesanales que se está haciendo hoy día, –piensa G–. El bueno de Barney (ya le está tomando cariño), que abandonó este mundo un año antes de que el primer Apple Macintosh saliera al mercado y no tuvo la oportunidad de explorar las posibilidades de esa herramienta. ¿Qué derroteros hubiera tomado su trabajo?
De seguir entre nosotros, es posible que tuviéramos que hablar de él como de un ex-diseñador dedicado a otros menesteres, ya que en los últimos tiempos estaba más interesado en la realización de videoclips (sólo por el que dirigió para Ghost Town de The Specials dicen que ya se ha hubiera hecho merecedor de un lugar en la reciente memoria musical). Solía decir que su tiempo ya había pasado, que era el momento de dar paso a otra generación. Un sentimiento inquietante, teniendo en cuenta que cuando decía esto aún no había cumplido los cuarenta.
Haciendo un repaso al trabajo de Bubbles, G llega a algunas conclusiones. En primer lugar, no nos puede resultar extraño que un diseñador de su talento haya quedado oscurecido frente a la humilde historia de nuestro oficio: reducir tu ámbito de trabajo al mundo de los sellos discográficos más o menos minoritarios y dejar como único testimonio de tu autoría un número de identificación fiscal, algún disparatado pseudónimo o sencillamente nada, no parece la mejor estrategia de autopromoción.
Bubbles, cuyo apodo obedecía a los juegos de luces escénicas –burbujas de colores– que creaba para el grupo Hawkwind –cuya imagen integral era obra suya: desde el bombo de la batería hasta la papelería comercial– era un trabajador incansable, pero disperso, a lo que habría que añadir las frecuentes ocasiones en que desaparecía de escena durante una temporada. Luego reaparecía con la misma energía de siempre, pero era un outsider, lo que en el mundo del diseño gráfico de ayer, hoy y siempre equivale a ser casi un hombre invisible.
En la actualidad, nombres destacados de la gráfica ochentera como Malcom Garrett, Neville Brody o Peter Saville resultan familiares incluso para un estudiante de primer curso de diseño, sin embargo Bubbles, una referencia confesada por todos ellos, sigue siendo un gran desconocido.
Pero ¿Será posible saber algo más concreto o revelador sobre esta rara avis? No mucho. Diversas fuentes coinciden en explicarnos que Colin Fulcher, alias Barney Bubbles, nació en 1942, en plena Guerra Mundial (durante un ataque aéreo, como su coetáneo John Lennon). Creció como un chico enfermizo en Whitton, un barrio burgués y conservador de Londres cercano al aeropuerto de Heathrow. Nada que objetar, ya se sabe que los barrios conservadores fueron una cuna importante de hippies a finales de los años sesenta. También se sabe que estudió en el Twickenham College of Art y que su padre se dedicaba a la ingeniería industrial. A mediados de los sesenta, trabajó para el grupo Conran (la gente de Habitat), diseñando algunos de los primeros catálogos de la marca. Según se dice (y así aparece en las fotos de la época), era un tipo divertido que combinaba sus ganas de hacer cosas distintas con un exigente perfeccionismo.
“¡Teléfono!¡Teléfono!” Grazna Allan, molesto por ser despertado tan abruptamente de su letargo. Nuestro hombre, sobresaltado, se abalanza al primer cajón de una cómoda, de donde saca el aparato telefónico (lo suele ocultar en sitios así, ya que su mera presencia lo saca de quicio). Agarrando el auricular con el mismo entusiasmo con el que se aferraría a un excremento de perro, carraspea y contesta. Es su amigo el gacetillero: ha encontrado algo que le interesará, la única entrevista que concedió Barney Bubbles, en el número de noviembre de 1981 de la revista The Face, biblia en fascículos de los modernos de la época. Se la ha escaneado y enviado por correo electrónico.
Estos plumillas y su manía de acumular papel a veces le resultan a uno de utilidad –piensa G–, mientras va sorteando por el pasillo pilas de diarios y dominicales amontonados desde hace años esperando su destino.
Con ayuda del diccionario, G avanza a trompicones en la lectura del artículo. Su inglés es paupérrimo y a estas alturas ha renunciado definitivamente a poder leer a Yeats sin atorrantes traductores de por medio.
Parece que el entrevistador de The Face fue a visitar a Burney Bubbles con cierta aprensión, ya que gente de su entorno le había advertido que se trataba de un tipo tirando a excéntrico o, como poco, un poquito raro. Nos explica que se encontró con una persona muy simpática y energética con un “ligeramente anárquico sentido de la moda” y un humor corrosivo, notablemente autocrítico. No queda demasiado claro si sus sospechas fueron refutadas o, por el contrario, se confirmaron. Más bien parece lo segundo, cuando subraya que de vez en cuando su interlocutor estalla en incontrolables raptos de risa nerviosa.
Barney no quiso fotografiarse para The Face: otro corte de mangas a la popularidad. A cambio, entregó un autorretrato para ser publicado. Por la conversación que mantiene con el periodista, Dave Fudger, parece que sus comienzos fueron los de un prometedor niño prodigio acaparador de premios. Su interés por la escena musical arranca de sus años de estudiante, una época en la que ser diseñador en Londres, según Barney, “molaba” más incluso que ser fotógrafo. No oculta su aversión por el trabajo de Alan Aldridge, la gran referencia en el diseño gráfico de la época relacionado con la música. El hombre de los ojos caleidoscópicos, con sus amanerados y prolijos trabajos de aerógrafo, le resulta de lo más hortera.
A finales de los sesenta, Barney Bubbles vive como un auténtico hippy radicado en Portobello Road, en el bohemio barrio londinense de Notting Hill.
En la primera mitad de la década de los setenta, nos encontramos a un Barney Bubbles muy involucrado con el mundo de los grupos musicales emergentes.
Una situación personal difícil le lleva a retirarse a una casa de campo en Irlanda (donde, entre otras cosas, se dedica a cuidar pollos y ampliar su conocimiento de los movimientos artísticos). A su regreso comienza su fructífera relación profesional con Stiff Records y sus personales trabajos para las carátulas de Elvis Costello, Nick Lowe o Ian Dury & The Blockheads.
Algunas fuentes hablan de un trastorno bipolar, otras de un síndrome maníaco depresivo. Hay quien apunta que ya en 1983 las cosas no le iban bien a Colin Fulcher, también desconocido como Barney Bubbles: se sentía cansado y desencantado de su oficio y empezaban a rechazarle proyectos. A él, que una de las principales razones por las que trabajaba para el sello de su amigo Jake Riviera es porque no tenía que escuchar la monserga habitual de las grandes compañías: “Nos gusta mucho tu propuesta, pero…”. Las circunstancias no vienen al caso: saber simplemente que se encuentra entre aquellos que se fueron tomando una decisión realmente importante.
Ensimismado en sus investigaciones, G repara en que la noche llegó hace rato. En la penumbra de la estancia, la pantalla de su ordenador arroja con luz violenta la imagen de un hombre joven que hace una mueca al objetivo de la cámara. El cabello cortado a hachazos nos habla, efectivamente, de ese “anárquico sentido de la moda”. En los ojos, teatralmente abiertos, las pupilas transparentes de su máscara nada revelan. Nunca se es lo suficientemente viejo como para no hacer nuevos amigos, piensa G con su epigramático estilo… Texto: Carlos Díaz

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