MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Carlos Vives. El soñador insomne


Quien diseñó las cajetillas de Gauloises y Gitanes, instituciones de la cultura francesa, es algo que sabemos porque las respectivas firmas de los autores aparecen estampadas en cada paquete. Quien diseñó el equivalente español, la cajetilla de Ideales, el “caldo de gallina” de nuestros abuelos, lo sabemos por una carambola: muy propio de esta celtibérica sociedad.

carlos vives

El paisajista Maurice Giot creó en 1925 el diseño de Gauloises, y en 1927 el de Gitanes. En 1936 Marcel Jacno rehizo el primero, y en 1947 Max Ponty rehizo el segundo. Todo acreditado, y seguramente los royalties también.
En el diario ABC aparecía el sábado 23 de mayo de 1970, página 49, en una sección de miscelánea, la siguiente noticia breve, con el título de CINCUENTA AÑOS SIN DORMIR: “Don Carlos Vives Torrella, de setenta años de edad, lleva cincuenta años sin dormir. Medio siglo de vigilia ininterrumpida. El caso está reconocido clínicamente y su insomnio ha sido achacado a un trauma psíquico sufrido en la infancia. Gracias a su facultad de vivir sin dormir, el señor Vives descubrió que tenía mucha habilidad manual, y en la actualidad es un experto en la confección de christmas y libros infantiles”.
Ahí tenemos al señor Vives: un caso. El increíble hombre capaz de vivir sin dormir, y dotado además de “mucha habilidad manual”. Un perfil apto para figurar en los minutos de Mundo Insólito del NO-DO, y lucir en el plató televisivo entre uno que retuerce cucharillas sin tocarlas y otro que reproduce a escala la catedral de Burgos con mondadientes.
Carlos Vives era entonces un hombre mayor, con la muerte cerca, pero unos cuantos años antes hacía algo más que entretener sus vigilias con ocurrencias infantiles. Bastante más.
Si nos remontamos a la década de los cuarenta y nos asomamos a una jornada cualquiera en una población española cualquiera, bien podemos contemplar la siguiente escena: un paisano entra en un estanco –expendeduría–, pide un paquete de Ideales, pide también un librillo de papel Smoking (porque lo que el paquete contiene son envoltorios cilíndricos, cada uno con la picadura correspondiente a un cigarro que hay que liar aparte), y paga con un billete de una peseta.
Si nuestra memoria tuviera, además, la óptica de un satélite y contemplásemos de una vez la península y las islas, veríamos esta escena repetirse simultánea y continuamente por todo el país. No podía ser más constitutiva de la vida cotidiana. Sobrado motivo para que el Equipo Crónica, en una de sus reflexiones visuales sobre la cultura española, Bodegón Nacional (1972), incluyera una cajetilla de Ideales y su característica combinación blaunegra como elemento imprescindible de la iconografía popular, junto a un no menos imprescindible MARCA. La botella de Anís del Mono ya la incluyeron los pintores valencianos en otro trabajo similar.
Pues bien, volviendo a nuestra escena prototípica, de la que habíamos señalado tres elementos: la cajetilla, el librillo y el billete, nos encontramos con algo asombroso, los tres son obra del mismo autor: Carlos Vives. ¿Se puede estar más presente en la vida de un país, ser más influyente? Sin contar al tipo que salía en las monedas, claro. Puede que otros grandes iconos ubicuos como el Toro de Osborne, la botella antropomórfica de Tío Pepe o la silueta misteriosa de Nitrato de Chile no estuvieran tan instalados en la retina de los millones de súbditos. Porque, hablando de millones, y por dimensionar el asunto, del mencionado billete de peseta llegaron a imprimirse noventa y cinco. ¿Puedes imaginar, lector o lectora, que de un dibujo o una foto o un logo que hagas se lleguen a imprimir noventa y cinco millones de copias y estén en circulación por todas partes a tu alrededor, metidas en los bolsillos de la gente? ¿Te cabe esto en la cabeza? Y los millones de cajetillas y librillos que a lo largo del año expendían los estancos, algo incalculable…
Si toda esta mareante cantidad de ejemplares de los tres diseños señalados hubieran llevado, a la manera francesa, la firma de su autor, Vives habría sido el apellido más cuantiosamente tipografiado en las imprentas nacionales. Incluso puede que más que el del tipo de las monedas. Aparte la mejor y más proporcionada remuneración, desde luego.
Pero es patente, a la vista de cómo nos presenta el ABC a un viejito pintoresco que para llenar un insomnio de medio siglo se distrae con manualidades en lugar de contar ovejas, que la intensiva presencia de Carlos Vives, la masiva intervención en la retina de los españoles, su considerable influencia en el paisaje visual cotidiano, fue del todo anónima, invisible. Como los manipuladores del teatro checo de marionetas, vestidos íntegramente de negro y enguantados y encapuchados para no ser vistos mientras trabajan frente al público, y lograr así la ilusión de que las marionetas se mueven por tener vida propia.
De igual modo que un niño de ciudad descubre, cuando lo llevan a una granja-escuela, que los huevos no se fabrican en Mercadona sino que los ponen las gallinas, nosotros comprendimos, al llegar Alberto Corazón y Enric Satué y otros divulgadores estudiosos, que la inmensa mayoría de los objetos que manejamos a diario (botellas, etiquetas, sillas, zapatos, portadas y largo etcétera) no los generó la naturaleza ni aparecieron de la nada en un almacén, sino que los concibió y diseñó alguien, aplicando su mayor o menor talento específico.
Ese descubrimiento, y la consiguiente reacción apreciativa, llegaron tarde para Carlos Vives, el hombre que, mientras el país dormía, participaba en la organización de su vida práctica, la que se ponía en marcha por las calles al sonar los despertadores.
De los tres elementos de nuestra escena, el primero fue, hacia 1929, el librillo de papel Smoking. El singular insomne no sólo diseñó la caligrafía de las letras y su composición en la tapa, sino que creó el propio estuche mediante un troquelado plegable que permitía ensamblarlo sin recurrir al pegamento, fuerte sustancia que podía contaminar los papelillos, de por sí ligeramente engomados.
Carlos Vives (Barcelona, 1900) había dejado los estudios a los 14 años para trabajar en lo que tenía claro que le gustaba, las artes gráficas: ilustración, fotografía, manipulación de papeles y cartones, retoque de negativos. Durante años de aprendizaje práctico jugó con usos del papel que iban más allá de la función de soporte de rótulos e imágenes: también empaquetar, desplegar, recortar, articular, incorporando inventiva, troquelado, modelismo y papiroflexia. Su enfoque era el de un “ingeniero del papel”, como ha sido descrito, y entra de lleno, precursoramente, en lo denominado hoy packaging. Iba patentando los artefactos que ideaba y empezó a colaborar con imprentas barcelonesas, entre ellas una de las principales, Gràficas Rieusset.
Barcelona era en aquellos años veinte una ciudad puntera en la industria gráfica, plenamente alineada con las corrientes internacionales, y abundaban las imprentas. Vives fue muy receptivo a la influencia tipográfica alemana y al realismo detallista y cotidiano de la ilustración de magazine norteamericana (tipo Norman Rockwell, para entendernos). En los talleres se despachaba el trabajo de forma bastante compacta, sin que las tareas de creación y diseño, maquinaria y gestión estuvieran tan diversificadas como hoy. Un talento múltiple como el de Vives realizaba viñetas, filigranas, tipografías, membretes, caligrafías o emblemas, según se terciara, a pie de rotativa, como quien dice.
La creación integral del librillo Smoking la hizo para la fábrica Miquel y Costas & Miquel, S.A. en sucesivas aproximaciones al modelo final, estabilizado durante unos ochenta años, hasta su reciente actualización por el estudio de Ricardo Rousselot.
En 1920 cumplió el servicio militar dibujando mapas en el departamento cartográfico del ejército. Fue entonces cuando un percance impreciso dio origen a su radical insomnio.
En 1929 se casó con Elvira Donat y tuvieron pronto cuatro hijas. Durante esos años laboriosos hasta la Guerra Civil, de entre sus trabajos quedan acreditados, aparte del librillo Smoking, un pai-pai para Nescao, otro en forma de pistola para Cafiaspirina, la cajita cúbica para el caldo Maggi, colecciones de figuras recortables que se doblaban por un eje y quedaban de pie, otro recortable para armar en cartulina un transbordador aéreo, el desplegable (hoy ‘pop up’) de una mariposa para anunciar las medias DH; otro, de la misma técnica, para anunciar ofertas de los almacenes El Siglo cuando los controlaba la CNT; otro más, de somieres Numancia, que al abrirse formaba un dormitorio, con cama, mesillas y una persona, y que se quedó en maqueta, sin hacerse tirada; un díptico en forma de libro para la Generalitat, destinado a fomentar leyes y cultura, así como algunos dibujos para viñetas publicitarias de firmas comerciales en prensa y para cartelitos, como los de medias Eva y medias Sara, con delicadas figuras femeninas, o los de Casa Vilardell, vendedores de ropa, sin olvidar un minimalista cartel para animar a leer el diario El Matí.
Volvamos a la escena del estanco para fijarnos ahora en el segundo elemento, la cajetilla de Ideales.
Uno de los mayores clientes de Gráficas Rieusset era la CAT (Compañía Arrendataria de Tabacos) que, con variadas presentaciones, vendía la mayor parte del tabaco que se fumaba en el país. Vives era el encargado de pensar cómo hacer las cajetillas (no se hablaba entonces de “director artístico”). Para la de Bisonte no pensó mucho, porque fusiló sin disimulo el diseño primitivo de Lucky Strike, el previo a la modernización efectuada por Loewy en 1942. El cante salta a la vista: los colores, los círculos, la curvatura del rótulo… Más original es el que creó, éste sí, para la marca Americanos, con la misma estrategia sencilla y eficaz empleada en el cartel de El Matí: silueta negra contra fondo de un solo color muy saturado. Y el elegante movimiento de la nave, su atinada inclinación.
Fue en 1932 cuando se ocupó de los Ideales. ¿Dónde reside el acierto esta vez? De nuevo en el contraste de una masa negra y un color saturado, en la composición minimalista y equilibrada pero, sobre todo, en la tipografía que creó (esa A con un pico triangular en la base) y en el audaz juego con la sombra, que contribuye a su definitivo aire art-déco y su permanente modernidad. A partir de esas letras, Navarro Barba ha diseñado recientemente la tipografía eutopía
Primero fue la versión verde, con cigarro y letras en amarillo. Era el papel de los cilindros lo que marcaba la diferencia: de trigo en la verde, y blanco en la azul, la que permaneció.
Por entonces se imprimió un cartel anunciando estas nuevas cajetillas de la CAT. Es probable que de su confección también se encargara Vives.
Regresamos a la escena del estanco y nos fijamos ahora en el billete de peseta con que paga el cliente.
En 1940 se imprimieron los primeros de posguerra. La propuesta de Rieusset fue escogida por las nuevas autoridades y en la veterana imprenta se hicieron cargo de la tirada. Millones y millones de billetes.
En 1936, el golpe militar degenerado en guerra civil había traído la desgracia colectiva. Carlos Vives afrontó, por añadidura, una enorme desgracia personal. Elvira Donat murió de una enfermedad rápida y el viudo se encontró con sus cuatro hijas de muy corta edad en medio del caos bélico, entre tiros y bombardeos. Decidió pasar a Francia pero fueron interceptados antes de la frontera. Él, detenido. Y absuelto, pero después de un año prisionero.
No volvieron a Barcelona hasta finalizada la contienda. Retomó el contacto con Rieusset y le encomendaron enseguida el diseño de la peseta. Preparó una maqueta de una carabela para fotografiarla según el ángulo y la iluminación necesarios. En el travesaño de las aes de “Banco de España”, un triángulo blanco invertido, encontramos un eco de la A de Ideales. Por la especiales características de la tarea, el diseñador trabajó durante una temporada permanentemente vigilado por un guardia civil sentado a su espalda.
Este clima de trabajo sórdido se prolongó hasta una nueva catástrofe biográfica, cuando en 1947 cerró Gráficas Rieusset S.A., la fuente de encargos alimenticios del sufrido Carlos Vives. En adelante fue tirando mediante colaboraciones con la agencia Crisol, que aglutinaba a unos cuantos dibujantes catalanes, algunos vinculados a los tebeos de Bruguera, como Guillem Cifrè o Josep Peñarroya.
Siguió intentando sus trabajos inventivos, combinando papeles, lengüetas, remaches y pestañas, en piezas móviles como la de la máquina Hispano Olivetti o la del loro para el insecticida DDT Geisy.
En 1951 se volvió a casar, con Dolores Seijas (incorporando a su firma una L, de Lolín) y tuvo dos hijas más. Ya llevaba tiempo volcado en una línea plenamente kitsch, por pura supervivencia: postales de felicitación, melifluos recados amorosos y christmas de una empalagosa e irrelevante estética cursi: paisajes alpinos con duendes y angelitos y niños mofletudos, relamidos montajes florales, guirnaldas y apoteosis navideñas. En combinación con un par de imprentas barcelonesas, Cobas y Zabaleta, y una valenciana, Subí, consiguió colocar en el mercado unas 300 tarjetas, en unas 60 series, y mantenerlas unos cuantos años. Buscó llevarlo mediante editorial propia, Niágara, sin éxito, y no dejó de aplicar su imaginación para la manipulación de papeles: estuches hexagonales para tartas, adornos pascuales a base de armar troqueles (bolas puntiagudas para el abeto, figuras de reyes magos…). Hizo libros infantiles con dioramas y teatrillos. Un tren entero de cartulina que se montaba a partir de un recortable, colecciones de cromos que no salieron…
De esto mostramos poco en la galería, pese a formar un bloque muy nutrido, porque desmerece un tanto las piezas brillantes de los buenos tiempos. Nos consuela pensar que en estos trabajos Vives ejerció ante el sistema imperante algo de cinismo y sorna, como cuando Interviú o Telecinco alegan que ellos dan al público lo que quiere.
Nada que reprochar. Sin embargo, resulta todo un tanto penoso si se contemplan los horizontes innovadores de preguerra, lo alto que apuntaban en terrenos tocantes a la vanguardia y la creación de nuevos lenguajes y prácticas, pero el espectáculo de quien sobrevive exprimiendo sus recursos en el desierto está a la vez dotado de una dignidad indiscutible.
Regresamos por última vez a la escena del estanco en la que Vives era el factótum en la sombra, a punto casi de ser también el cliente, o el estanquero, o ambos. Porque, aunque hipotético, aún hay un elemento más para el asombro. No es imposible que también la Cartilla de Fumador, imprescindible para adquirir la cantidad de tabaco asignada en el racionamiento a cada usuario, fuese también de la mano de Vives, en tanto que machaca de la imprenta. En los primeros años de la posguerra, Rieusset despachaba ingente y variadísimo volumen de papel impreso, desde el primer DNI hasta títulos de acciones de sociedades mercantiles, pasando por folletos, tarjetas, sellos y la mencionada cartilla de fumador. Y todo eso había de ser trazado por alguna mano antes de entrar en máquinas. Ahí estaba Vives, tirando de regla, plumilla y compás, o indicando a ayudantes cómo hacerlo. De igual modo es probable que cajetillas de muchas otras marcas de cigarrillos como Diana, Bubi, Tritón o Jirafa fuesen también diseñadas por Vives, porque la CAT lo encomendaba todo en bloque a Gràficas Rieusset.
En fin… Adolfo Marsillach escribió en los setenta una serie televisiva titulada La honradez siempre recompensada en España. Aplicando idéntico sarcasmo, otra podría titularse El talento siempre reconocido en España.
Hubo la España cuya noción de la cultura consistía en encumbrar a los diestros de la tauromaquia y a las cupleteras, mientras artistas internacionalmente reconocidos durante la República, como el cartelista Arturo Ballester, por mantenernos en las artes gráficas, debían enfundar su valía y dibujar estampas devotas o restaurar imágenes de iglesia para comer. Baste el ejemplo para resumir muchos casos similares, condenados a lampar durante décadas de injusticia.
Y hay la España actual, cuyos jóvenes talentosos y de sobra preparados, mejor que nunca, deben buscar el porvenir más allá de la frontera.
Como en el conocido chiste: “Están en Londres un ingeniero inglés, otro alemán, otro francés y otro español, y dice el español: ¿Qué van a tomar los señores?”.
Cruel, sí, pero realista.
Y, si no, véase la celtibérica vida del pobre Carlos Vives i Torrella, el soñador insomne. Publicado en Visual 193

Texto: Luis Pérez Ortiz (LPO)

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