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Carteles. El frente cultural de la Guerra Española 2. Más cultos, más libres


14 A.I.A. TallerDurante un periodo de inactividad militar en el prolongado frente de la Sierra de Guadarrama, donde las tropas leales defienden la capital española ante el avance de las columnas rebeldes desde el norte, un oficial del Batallón Alpino de esquiadores lee junto a un abeto un libro de poemas. Su blanco uniforme le camufla en la nieve que rodea el campamento. Es Luis Cernuda. Aunque ya tiene treinta y cuatro años, se ha alistado en el ejército republicano, igual que Miguel Hernández, igual que tantos otros intelectuales y artistas. Acaba de publicar La realidad y el deseo, y entre los soldados es un comisario cultural en funciones de bibliotecario, como en los años recientes venía haciendo para las Misiones Pedagógicas, que llevaban una selección de libros a las aldeas apartadas, sumidas en una miseria atroz, semejantes a las documentadas por Buñuel en Las Hurdes, tierra sin pan. Aunque el analfabetismo no era el único de los males endémicos, el gobierno consideraba que se debía combatir especialmente. Más de la mitad de la población era analfabeta, índice aún mayor entre el campesinado. Publicado en Visual 167



Además de pequeñas bibliotecas, los “misioneros” llevaban museos ambulantes, provistos de excelentes copias de pinturas de El Prado. Las realizaban pintores capacitados, entre ellos Eduardo Vicente, que reprodujo las Pinturas negras de Goya. Como su hermano Esteban (participante, en su posterior exilio neoyorquino, en la creación del Actiong Painting con su amigo Willem de Kooning), fue autor de numerosos carteles durante la guerra.
En tanto cañones y ametralladoras reanudan su estrépito, Cernuda permanece enfrascado en los poemas de Hölderlin que ha empezado a traducir.
Hoy el capitalismo ha evolucionado hasta el actual Despotismo Financiero. Ha impuesto su cosmovisión contable y, con ella, una jerga anodina que todo lo reduce a léxico económico, porcentajes, siglas y acrónimos destinados a convertir al ciudadano en simple contribuyente pasivo.
La cultura es concebida como negocio de la industria del entretenimiento, del pasatiempo. Su valor depende de la rentabilidad. De un cuadro se habla por el precio alcanzado en una subasta; de una película, por la recaudación en taquilla y los millones que ha costado producirla; de un libro, por los ejemplares vendidos; de un músico, por el caché de sus conciertos; de una obra teatral, por el monto de las subvenciones y patrocinios que la posibilitan…
La cultura es una mercancía más, sujeta a la regulación darwinista de la oferta y la demanda.
Pero hubo un tiempo en que, con arreglo a su nombre, la cultura era entendida como el campo donde se cultivan las facultades elevadas del hombre: el entendimiento, la sensibilidad estética, la moral… Facultades emancipadoras que, desarrolladas con la táctica pedagógica, permiten al hombre realizarse como tal y conquistar su libertad.
La visión de la cultura como fruto de un empeño liberador inspiró los principios de la Institución Libre de Enseñanza. Fundada en 1876 por Giner de los Ríos, tenía el objetivo de formar seres autónomos, más que dóciles y obedientes. Su pedagogía innovadora estaba latente en el impulso modernizador de la II República. En el primer gobierno constitucional, que se planteó como objetivo inmediato la lucha contra el analfabetismo, el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, sobrino de Giner de los Ríos, impulsó las mencionadas Misiones Pedagógicas. Se encargaron de llevar, siquiera por unas horas, un vislumbre de la civilización contemporánea a los poblados perdidos en las montañas o alejados del ferrocarril: “Llevar el aliento del progreso, ejemplos de avance universal, medios de participar en él…”. Caravanas de maestros y estudiantes portaban teatro, coros, galerías de cuadros, pequeñas bibliotecas esenciales. Ofrecían a los campesinos conferencias, funciones, conciertos y sesiones de cine, preparando con ello el terreno a la futura construcción de escuelas estatales. Algunas fotografías del cineasta e inventor José Val del Omar reflejan el pasmo completo con que los aldeanos reaccionaban al ver, por primera vez en sus vidas, imágenes en movimiento en pantallas improvisadas.
Una vez desatada la guerra, esta labor tuvo continuidad institucional en las Milicias de la Cultura. Un decreto del Ministerio de Instrucción Pública unificó en enero de 1937 las iniciativas espontáneas, y organizó un batallón de instructores formado por 3.000 profesores y estudiantes voluntarios que se movilizó al frente con el fin de combatir la ignorancia. Su lema: “La cultura se defiende en los campos de batalla”. Sujetos al mando de las unidades donde eran asignados, daban clases cuando era posible, en refugios, cuarteles, trincheras. Se crearon enseguida más de 2.000 escuelas al paso por los pueblos apartados, más de 4.000 periódicos murales, más de 2.000 bibliotecas, así como concursos literarios, conferencias difundidas por Unión Radio, conciertos, debates, funciones de teatro y guiñol, pequeños hospitales… Una tarea que iba mucho más allá de la propaganda: pura praxis cultural del hombre.
En los años treinta la enseñanza permanecía bajo el control de la Iglesia. Unos de los caballos de batalla de la República fue implantar la educación laica y por ello retiró a las órdenes religiosas sus privilegios, para así fortalecer una escuela pública orientada según los parámetros del humanismo regeneracionista, humanismo que pasó a etiquetarse como ‘revolucionario’ a partir del golpe del 18 de julio.
La apuesta por el laicismo se enfrentó a la opción religiosa de los sectores conservadores. Al llegar la contienda, esta polarización condujo a que, si un bando enfocó su lucha como una cruzada, el otro viese la propia como una defensa revolucionaria de la cultura.
La generación del 98 se había mostrado escéptica ante las cuestiones sociales, cuando no derrotista. La del 27, sin embargo, se comprometió con las transformaciones operadas en España y el resto de Europa. Buena parte de los intelectuales se alinearon abiertamente con el proyecto republicano y participaron en su defensa cuando fue amenazado por la maniobra facciosa. Los pintores dejaron a un lado el caballete y casi todos produjeron carteles propagandísticos, respondiendo a la emergencia de la situación: fluyeron ríos de tinta litográfica.
A los cartelistas profesionales se sumaron, pues, los pintores, pero también cientos de estudiantes, así como voluntarios y espontáneos que suplían con vehemencia expresiva la falta de pericia. Algunos de esos carteles que se improvisaban a diario, a demanda de las innumerables agrupaciones políticas y secciones sindicales, poseen una fuerza elemental, casi étnica, en el uso de composiciones simples, rotulación tosca, colores y trazos vibrantes. La campesina que gracias al poder obtenido de un libro rompe sus cadenas remite a un paradigma histórico de la liberación: la de los esclavos negros de las plantaciones de algodón americanas.
En 1937, y en ese empeño de utilizar la opción cultural como un ariete, el Ministerio de Instrucción Pública lanzó una intensiva campaña de carteles informativos que reflejaban en cifras la magnitud del intento desplegado por las instituciones en la creación de escuelas y en la dotación de la enseñanza estatal, y lo comparaban favorablemente con las inversiones del período monárquico y del bienio derechista. No son de gran valor artístico pero pocas veces se habrá utilizado el medio con tan persistente afán de asentar unos datos relevantes. Hay miles de carteles de la época, muchos de altísimo nivel artístico, y bastante conocidos. Para ilustrar este artículo se han escogido, sin embargo, ejemplos menos conocidos que, sin ser antológicos por su calidad, documentan bien la magnitud del esfuerzo republicano en el fomento y defensa de la cultura, y con qué trascendental valor era concebida.
En plena guerra se destinan importantes presupuestos a garantizar a la infancia medios para una formación saludable y feliz, todo ello mientras los insurgentes se concentran en la provisión de recursos militares para el asedio implacable de las principales ciudades. Desdeñando los carteles, los franquistas consiguieron la donación por parte de Alemania de una potente emisora Lorenz para llevar a los receptores de buena parte de la península las soflamas de Queipo de Llano. Tenían claro cómo enfocar la propaganda: la justa, y con un solo mensaje, controlado y fervoroso.
Hay algo muy dramático en ese idealismo republicano que continúa proyectando una sociedad mejor para el pueblo y llama al cuidado de los bosques, a la plantación de árboles, a tener precaución con las fogatas durante las excursiones; a la higiene, al ejercicio físico (Juana Francisca, compañera de Bardasano y única firma femenina entre los miles de carteles de esta época superproductiva, hizo varios llamando a la práctica deportiva, característicamente brillantes y luminosos), a las actitudes cooperativas, a cuidar la dentadura, evitar el alcoholismo y las enfermedades venéreas; a propugnar la escuela de todos como parte de un futuro encaminado a la plenitud cultural.
A los pocos días del golpe, los sublevados declararon el estado de guerra, con la consiguiente supresión de derechos civiles y el establecimiento de férrea censura. El gobierno republicano, en cambio, no decreta el estado de guerra hasta 1939. Entre tanto, los derechos se han mantenido oficialmente, lo que incluye la libertad de expresión y asociación, preservando un pluralismo a menudo contradictorio.
Si numerosas eran las agrupaciones políticas, también lo eran los sectores culturales, y todos proclamaban en los muros su lucha: los titiriteros que hacían el teatrillo de fantoches y guiñoles en la caravana de las Misiones Peda-gógicas, las Guerrillas del Teatro, la Nueva Escena, el Teatro de Arte y Propaganda… La sociedad había conectado con las vanguardias europeas; y con el Surrealismo se daba la mejor sintonía. Junto a varios poetas, Buñuel y su navaja cortadora de ojos, lo mismo que Dalí y sus relojes blandos, eran nutrientes esenciales de un movimiento que buscaba romper los límites de la mente humana.
Un cartel señala cómo ese profundo cambio ideológico se traduce en el enfoque de la vida cotidiana: lo antes entendido como ‘caridad’, en el contexto de una sociedad clasista, es sustituido por la ‘solidaridad’ de la sociedad progresista. Es obra del valenciano Arturo Ballester, uno de los más brillantes artistas del cartel que ha habido en España. El naranja presente en sus carteles trasciende la cromática: tiene una asombrosa carga de luminosidad vital y alegre, se convierte en símbolo del oro. Lo realzaba contraponiéndolo a verdes y azules fuertemente complementarios. Autor de varias piezas que hicieron escuela, tras la guerra permaneció en Valencia sin poder ejercer su profesión. Se ganó la vida como pudo mediante tareas de menor peso artístico pero tuvo que dejar a un lado su inmenso talento de cartelista. Su hermano Vicente fue también activo colaborador gráfico de agrupaciones anarquistas. Para distanciarse, firmaba añadiendo el segundo apellido porque, pese a la evidente filiación común con pautas del Art Decó y a la clara afinidad política, sostuvieron una gran rivalidad.
Otro pintor valenciano muy activo en el cartelismo fue Monleón, colaborador de Renau y promotor del esperanto. Diestro en el fotomontaje, ello no quita para que dotara de peculiar intensidad expresiva los carteles pintados a mano.
Mauricio Amster, polaco formado en Viena y Berlín, instalado en España desde 1929 y nacionalizado, trabajó en editoriales y revistas. Fue autor del célebre “cuadernillo” (la Cartilla Escolar Antifascista) y dejó una colección de carteles sujetos a un diseño pulcro, refinado y vanguardista, hoy todavía moderno. Tras la guerra se exilió a Chile donde continuó su trabajo innovador y terminó siendo considerado una gloria nacional.
Por su más bien tibio fervor militar, la República se encontró en el 36 con un ejército escaso de oficiales, y con la urgencia de formar a los nuevos. Es llamativo cómo se refleja en numerosos carteles la importancia otorgada al libro como herramienta de instrucción, cómo es significativo ese relieve. El libro se convierte en símbolo y fetiche de la batalla cultural; su difusión a través de las bibliotecas ambulantes o las estables moviliza a miles de personas; un solo ejemplar es un revulsivo que despierta las conciencias. Un hermoso cartel de Ribas para la Semana del Libro de 1931 nos dice que si el sombrero da elegancia a la cabeza, el libro la ennoblece. De elevados soñadores es seguir teniendo fe en que las ideas contenidas en los libros terminarán imponiéndose a las bombas, la educación a la contundencia militar.
Al final de su artículo Consideraciones sobre el cartel de la Guerra Civil (1983), Carles Fontseré, autor también de la valiosa autobiografía Memòries d’un cartellista (1995), comenta cómo el cartel cuyo lema rezaba Ha llegado España (realizado por Josep Morell, el principal cartelista barcelonés de la etapa de la Generalitat previa a la guerra y al Sindicat de Dibuixants Professionals, e impreso en la mejor imprenta de la Ciudad Condal, recién conquistada por los franquistas) juega un papel destacado: “De esta suerte, el cartel político español de izquierdas dejó de existir en el mismo lugar donde, en la primavera republicana y en los años tempestuosos de la Guerra Civil, se había multiplicado ostensiblemente. Sin embargo, en pocos años, y paradójicamente, también el cartel político de derechas, sumergido en la “Verdad” indiscutible del Régimen, dio el último suspiro. Y, con él, se cierra el postrer capítulo de uno de los más interesantes períodos del cartel político español”.
Ya estaba Fontseré camino de los campos de refugiados franceses, y luego del exilio americano, como Luis Cernuda y tantos otros miles y miles de españoles para quienes ejercer en el propio país su talento, o el mero vivir, se había vuelto mortalmente imposible. Texto: Luis Pérez Ortiz

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