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Carteles. El frente cultural de la Guerra Española 3. Bestiario


03. MonleónAl desatarse una guerra, el otro deja de ser un semejante. O se desata porque ha dejado radicalmente de serlo. Antes que identificarse con él y ponerse en su lugar, como indica la civilización, se impone ver en el otro a un extraño, un bárbaro: el enemigo. Publicado en Visual 168


Cuando el odio rige, no sólo desfigura la visión sino que exige aplicar esa desfiguración lo más a fondo posible. Convertirlo imaginariamente en alguien feo y primitivo puede no bastar. Por infame o deleznable que pueda quedar tras la degradación en efigie, sigue siendo humano, de la misma especie, y puede surgir todavía algún escrúpulo: ¿Pero adónde vas, hombre? ¿Es que vas a disparar a ese tipo de ahí, un ser humano como tú?
De modo que, desde el punto de vista de una total eficacia ofensiva, es necesario dar un paso más y representar al enemigo como inhumano, perteneciente a una especie inferior, un bicho al que aplastar, a ser posible emparentado con serpientes o dragones o, directamente, una bestia de rango demoníaco. Así se entronca con un fondo ancestral poblado de figuras legendarias, un imaginario disponible para atizar las energías destructivas y enfocarlas hacia un objetivo.
Uno de los principales objetivos junguianos es la Sombra. En la teoría de Jung, los arquetipos son núcleos de energía psíquica que articulan la vida inconsciente. La Sombra personifica la totalidad de ese inconsciente, lo desconocido en uno. Implica una suma de impulsos incívicos, motivaciones inadmisibles, violentos rencores, odios furiosos… Todo cuanto no es motivo de orgullo y no puede ser reconocido. Esa parte primitiva e instintiva se proyecta en los demás. Es un mecanismo que opera tanto en la mente individual como en la colectiva.
Declarar la guerra es suspender la ley humana y dar rienda suelta a esa parte sombría. Una vez envueltos en la lucha armada por la supervivencia, todo vale. Ahí, cada cual escoge recursos: unos el Terror y la aniquilación, otros la defensa y la propaganda. A ésta nadie le va a pedir que aporte información objetiva y ecuánime, sino más bien fuerza movilizadora y agresividad. En este contexto, referirse a lo panfletario, demagógico o tendencioso carece de sentido porque los carteles de guerra no pretenden ser obras de arte (aunque algunos tengan tanta calidad como lo que sí lo pretende) sino armas ofensivas. Buscan anticipar el daño al enemigo masacrando previamente su imagen, en maniobra vudú.
A propósito de todo esto, dentro de la extensísima producción cartelística republicana durante la guerra española hay una serie de obras llamativas, por la inclusión de bestias o bichos.
La lucha del héroe contra diversas formas de dragón es una tradición secular en Occidente (en Oriente los dragones son entidades celestiales, frecuentemente benefactoras) y, desde muy antiguo, hay numerosos reflejos iconográficos. Jasón, Apolo, Cadmo, Perseo, Sigfrido, el arcángel San Miguel o San Jorge pusieron en algún momento a prueba su heroísmo enfrentándose a bestias en las que se combinan rasgos de serpiente, cocodrilo, león, gusano, saurio antediluviano, y hasta murciélago. Seres reptantes y subterráneos, encarnaban algo monstruoso que vencer, plagas asoladoras del país: lo brutal por excelencia. Gigantesco, con lengua bífida y cola terminada en dardo, fuente de llamaradas y pestilencia, el porvenir de la comunidad pasaba por vencerlo.
El dragón contra el que luchó San Jorge vivía en un pantano apestoso. Cuando desplazaba su enorme masa hasta las murallas de la población para devorar el cupo de ovejas y doncellas, el hedor que despedía ya mataba por sí solo a unos cuantos.
Sobre episodios como éste hay en las pinacotecas numerosos cuadros de Rafael, Carpaccio, Paolo Ucello, Ingres y muchos otros maestros de la pintura, sin olvidar las representaciones de la Bestia apocalíptica en las estampas y grabados populares. Si lo sumamos al amplio arraigo de la sátira y la caricatura, y a los talleres populares de ninots falleros, estos carteles no deben sorprendernos. De hecho, y aunque según parámetros actuales podría parecer que obedecen a una actitud salvaje, en el fondo nos resultan familiares.
El valenciano Josep Renau incorporó para siempre el fotomontaje al repertorio español de carteles, pero con la pintura a mano también demostró una solidez indiscutible. En el que exhorta al campesino a defender un decreto de expropiación y cesión de tierras (1), la serpiente está definida con estricto realismo. Los rótulos aclaran que representa al propietario faccioso. La bayoneta que la ensarta representa al mencionado decreto, convertido en arma rotunda por la ecuación visual, que no se pierde en retóricas. Tras la guerra, Renau trabajó en América y, posteriormente, en la Europa Oriental.
La relación hombre-serpiente es muy distinta en el cartel electoral del 36 que presenta al ofidio (2), llamado aquí Abstencionismo, con proporciones gigantescas, y al obrero totalmente aterrado. La expresión de pánico y los potentes trazos negros buscan provocar un rechazo visceral. Meter miedo, podríamos decir. El gijonés Arteche se había establecido en Argentina como pintor y dibujante, y regresó al instaurarse la República. Con su enérgico estilo firmó varios carteles en Cataluña. Antes de terminar la guerra volvió definitivamente a América, donde continuó trabajando.
Peor lo tiene la serpiente en el cartel de Monleón para el Partido Sindicalista (3). Es de menor tamaño y la bota de suela reforzada con remaches se dispone a pisotearla. La lengua bífida abunda en lo repulsivo del animal, y los signos que acumula (la esvástica, el yugo y las flechas, más la chistera capitalista) terminan de identificarlo como el odioso enemigo.
El pronóstico es también desfavorable para la serpiente etiquetada con el rótulo “FASCISMO” (4), a punto de recibir un mazazo definitivo de parte de un musculoso héroe desprovisto de uniforme o cualquier indumentaria, lo que por defecto lo asemeja a un ser mítico, un titán. Unas líneas cinéticas indican que el mazo ya está en movimiento hacia su objetivo. Monleón, estrecho colaborador de Renau, coincide en este cartel con la gama cromática que caracterizó a Arturo Ballester, también valenciano y también vinculado a organizaciones anarquistas. Esas gamas de naranja, contrastados con verdes y azules, son sello inconfundible.
No siempre los monstruos de este bestiario tienen aspecto de reptil (5). En vez de escamas y piel mudable, Monleón ensaya un espécimen peludo, probable descendiente del Yeti y casi seguro antepasado de Alf. La cruz gamada es una vez más el signo identificativo del enemigo, y eso que a la altura de 1937 la Segunda Guerra Mundial no había comenzado y las mayores atrocidades nazis estaban por venir. Sin embargo, flotaba en el ambiente la premonitoria conciencia de que la primera batalla de esa contienda se estaba librando en suelo ibérico.
Porque la esvástica es un elemento tan fijo como el color verde en estos pseudodragones que, en algún caso (6), se acercan al formato de gusano u oruga viscosa. Al puño que sin duda acabará con el bicho acompañan de nuevo unas líneas cinéticas, que indican tanto movimiento como temblor y energía rabiosa. Monleón fue uno de los artistas más inquietos y temperamentales de su generación pero, condenado a muerte y posteriormente indultado, al verse en el ostracismo de la posguerra decidió emigrar a América, a trabajar en Colombia y Venezuela.
Garay pintó para la propaganda del célebre 5º Regimiento (7) a un dragón de la familia de los grandes lagartos o cocodrilos, con púas en el lomo, escamas indicadas mediante una trama de líneas cruzadas, la habitual esvástica y, como distintivo local, la “araña” falangista, en el puño almidonado de la pata delantera. Compuesto con económica eficacia, el protagonismo del escobón aporta un fuerte imperativo en pro de la higiene.
A un camaleón erizado (8), y de proporciones muy manejables, se parece la bestia fascista a la que estrangula con parsimonia el miliciano con gorro de la UHP (Unión de Hermanos Proletarios) limpiamente diseñado por el asturiano Germán Horacio. Los toques de aerógrafo para definir volumen y el estilizado dibujo de la escopeta dotan de modernidad a este cartel. Tras la guerra, el autor asturiano pasó a campos franceses, y de allí a México, donde continuó su carrera.
A las armas antibicho se añade el hacha (9) en el cartel del profesional valenciano Sanz Miralles, también resuelto cromáticamente en rojo, verde y amarillo. El monstruo es ahora serpiente gigantesca de enormes colmillos y una cruz gamada guardando equilibrio en la mismísima punta de la lengua. Con chocante flema, el miliciano se impone pisoteando el cuello, y se intuye que procederá a la decapitación.
Mayor tensión desprende el aviso contra quintacolumnistas (10) pintado por un valenciano más, Gallur. La estaca puede ser arma contundente si el monstruo aparece en la carbonera, con peligrosas fauces y piel acorazada como armadillo. Junto con la consabida esvástica, el artista ha añadido unos brillos de viscosidad en las córneas, para abundar en lo asqueroso del bicho agazapado.
El monstruo verde puede (11), por la textura lisa y lo inflado de las curvas, parecer tripa o intestino, perforado por la caja de naranjas transfigurada en bayoneta. Evidentemente valenciano, Pepe es seudónimo de Soriano Izquierdo, quien después de la guerra trabajó en los tebeos levantinos y creó, entre otros, a Jaimito, además de ninots falleros.
Algún ejemplar de este bestiario es antropomorfo (12) y una metáfora convierte su dentadura en barrotes carcelarios. Un sombrero de copa lo relaciona con el poder burgués, contra el que el Frente Popular pide el voto en las elecciones del 36, mediante este cartel de autor desconocido, tan eficaz como toscamente rotulado.
Juan Bautista Toledo, otro valenciano, se acreditó con unos pocos carteles de primera clase. Uno de ellos (13), que recuerda a Grosz, toca el Apocalipsis. El siniestro y esquelético jinete, sobre el no menos esquelético jamelgo de cascos ensangrentados, llena de estremecimiento una saturada composición, ocupada en buena parte por una larga y belicosa leyenda.
Con una intención más satírica (14), Aleix Hinsberger caracterizó al quintacolumnista como un grotesco simio, soberbiamente diseñado. En su atrezzo, los emblemas son más derechistas que propiamente fascistas: corona real y crucifijo. Hinsberger, de padre francés, se formó en ese país y a él regresó tras la guerra, para continuar su labor profesional.
Un águila aparece con su aspecto natural, sin deformar hacia lo monstruoso, en este cartel de Gallo (15). Ha de entenderse que lo terrible es lo que el animal simboliza: la mentalidad imperial. Tras la guerra, Gallo sobrevivió en Francia como dibujante de tebeos e ilustraciones, que firmaba COQ.
Un pulpo colorado también puede servir para asustar (16), aunque parezca de dibujos animados. Los tentáculos con que se abraza al histórico edificio de la Telefónica (rematado en el dibujo por una cúpula) tienen una sola ventosa en el extremo, como un estetoscopio que espiase las conversaciones, en lo que parece un lapsus visual que se carga de insinuaciones. Del firmante, J. Pié, no se conocen otros carteles.
Amado Oliver, profesional catalán de la publicidad, dota de garra (en el mal sentido) al ejército italiano llegado a España, y resume así sus intenciones (17). La península y la garra (marcada ésta con la gamada y el fascio) reaparecen en el cartel de sencillo aire didáctico, sin firma, que llama al alistamiento para frenar al invasor (18).
El algecireño Ramón Puyol presentó en el pabellón español de la Exposición de París de 1937 una colección de litografías de gran formato, auspiciada por Socorro Rojo Internacional. En ella se tipificaban, en forma de monstruos de pesadilla, diversas conductas deleznables. Con sañudo y vitriólico expresionismo son perpetuados, entre otros, el bulista, el acaparador y el espía (19, 20 y 21). Puyol, que pasó por la academia madrileña de San Fernando, desplegó intensa actividad como ilustrador, cartelista, pintor y escenógrafo. Condenado a muerte, salvó el pellejo restaurando frescos de Tiépolo en El Escorial, pero tras el indulto no pudo reanudar su labor creadora sino en trabajos muy esporádicos.
No sólo los fascistas eran pintados como dragones o bichos. Un raro cartel de César González (22) convierte el nombre del P.O.U.M. en la onomatopeya de un golpazo. Los prosoviéticos intentaron presentar a los trotskistas como enemigos igual de malignos que los facciosos, y así justificar las purgas de Barcelona. Y, para cerrar la galería, una rareza final (23). Esta vez la bestia aparece en función benéfica; bestia, sí, pero aliada y amiga: el oso del escudo madrileño protagoniza este logrado cartel de autor desconocido, que alcanzó gran difusión en el extranjero.
Con la perspectiva del tiempo comprendemos que la generación de inquietos cartelistas que hizo excepcional eclosión durante la Segunda República y, especialmente, durante la fiebre propagandística de la Guerra Civil, fue truncada por el desenlace de la contienda, como tantos bienes humanos y culturales del país. Varios murieron durante la conflagración. Otros fueron condenados a muerte. Gran parte se exiliaron para salvar la vida. Los que permanecieron en España sobrevivieron en la sombra, sin poder reanudar su labor, salvo excepciones. Mucho de ese enorme talento se canalizó en medios populares como los tebeos, los cromos, la ilustración infantil, los naipes, las fallas o las miniaturas, medios muy activos en el área valenciana. El dragón que, a menudo ingenuamente, intentaron conjurar en sus carteles les sobrevivió, fortificó su pantano y siguió cobrando durante décadas su tributo de ovejas y doncellas, habiéndose asegurado de que no quedara nadie para pintarlo. Texto: Luis Pérez Ortiz (LPO)

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