MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Cassandre, el inventor del cartel moderno


Entre las décadas de los años 20 y 30 del pasado siglo un joven ucraniano, establecido en la capital de Francia, diseñó algunos de los iconos más imperecederos de la historia del diseño gráfico. Jean-Marie Mouron, más conocido como Cassandre, fue, de alguna manera, el inventor del cartel moderno. En sus trabajos para compañías de transporte, fabricantes de sombreros o marcas de aperitivos, supo fagocitar las más interesantes tendencias artísticas del momento, rompiendo, definitivamente, las barreras establecidas entre los textos y las imágenes. Cada uno de sus carteles es, además de un poderoso reclamo publicitario, una irresistible apelación a la inteligencia, sensibilidad y buen gusto del espectador. A finales de los años 30 irá abandonando paulatinamente su dedicación casi exclusiva a los carteles
para desarrollar una larga y fecunda carrera como escenógrafo y figurinista, con eventuales pero importantes intervenciones en tipografía e identidad. La depresión, con la que convivió toda la vida, le ganó la batalla en 1968.

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Cuando G se ha despertado, después de una noche agitada, no se ha encontrado convertido en un monstruoso insecto, sino en una especie de hámster. Más tarde, sabrá que sus muelas del juicio pugnan por salir. ¡A estas alturas!
Tras una ducha poco reparadora, G ha contemplado en el espejo, con morboso interés, su rostro deformado por la inflamación. Un graznido de Allan, desde lo alto de la mampara del baño, lo saca de su embeleso: ¿A qué estamos esperando? ¡Tenemos que ir al dentista ahora mismo!
G sabe que es inútil resistirse, su cabeza se asemeja a un balón de baloncesto con gafas de pasta. En la clínica dental se resisten a dejar pasar a Allan, no por su condición de cuervo común, como pudiera pensarse, sino porque lo recuerdan de la última vez que vino, en la que se pasó la mañana revoloteando por los pasillos, siguiendo los pasos de una higienista dental de áureas proporciones.
Finalmente, ambos amigos consiguen ser admitidos en la sala de espera, donde sólo se encuentra sentada una pareja de mujeres, que muy bien podría tratarse de madre e hija, como deduce G con su habitual perspicacia, sobretodo cuando escucha que la más joven se dirige a la mayor llamándola mamá, y la mayor hace lo propio con la más joven, llamándola hija.
El hilo musical exhala una de las Gymnopédies de Erik Satie, muy bien camuflada dentro de un arreglo orquestal de algún discípulo de Ray Conniff. ¡Ay, mi querido Satie, flor secreta de Montmartre, que Dios te perdone por haber inventado el concepto de “música de mobiliario”! Recibes tu justo castigo, ahora que tus joyas sonoras son momificadas en el éter nauseabundo de los ascensores, las salas de espera y los despachos de los notarios más tristes.
La estancia es espaciosa y cuadrada. Las sillas, diseñadas por un creativo que no asistió a las clases de ergonomía, están dispuestas de forma concéntrica, de manera que los visitantes puedan entretener los minutos en evitarse cuidadosamente la mirada. En las cuatro esquinas, como un modesto tributo a los placeres de la simetría, hay dispuestas otras tantas mesitas donde reposan algunas revistas dedicadas a los temas más insignificantes que hayan ocupado a la inteligencia humana.
G, con su curiosidad habitual, pasea su mirada por la pared, donde no tarda en encontrarse con una reproducción de una obra de Dalí. La reconoce enseguida, aunque ignora el título. Pronto dictamina que se trata de uno de los peores trabajos del ampurdanés, lo que ya es decir. A su lado, como era de esperar, están los geranios de Van Gogh, con ese amarillo moribundo de los pigmentos que envejecen renegando de la luz y la belleza. El holandés nunca puede faltar en estos extraños apeaderos del arte (o de la pereza ornamental, según se mire). A continuación hay, insospechados, hermosos y exultantes de vida, tres grandes carteles de Cassandre. Mi queridísimo Cassandre, el inventor del cartel moderno, piensa G.
Mira por donde, que hace nada, en conversación telefónica con el Gacetillero, salía su nombre a colación, a cuenta de nuestra breve enumeración de diseñadores suicidas, prosigue G, en ameno soliloquio, mientras con el rabillo del ojo vigila a Allan, que tiene ya la intención de entablar una fraternal amistad con las hembras humanas que los acompañan.
El bueno de Jean-Marie Mouron, alias Cassandre –en honor al nombre de aquella sacerdotisa que ganó el don de la profecía entre las sábanas del dios Apolo–, nacido en Ucrania, pero parisino, por origen, vocación y destino. La Wikipedia mental de G sigue a pleno rendimiento. El gran cartelista, tipógrafo, pintor y escenógrafo Cassandre, que dejó este mundo cuando la tristeza, una vieja camarada, le ganó definitivamente la batalla a la curiosidad, allá por el año 68 del pasado siglo.
¡Qué lejos quedaban los tiempos del art déco, tras aquel mes de mayo en que los jóvenes de buena familia empuñaban eslóganes de calendario y eran felices jugando, por un rato, a la revolución, antes de ingresar en sus secretarías de estado o consejos de dirección. A falta de Cristo ensangrentado, sacaron en procesión al viejo Jean Paul Sartre que, tras sus gruesas lentes parecía contemplar, con un ojo, los maltrechos axiomas comunistas, y con el otro, el florido vergel donde le tentaba un futuro que ya no era el suyo.
Pero a Cassandre, a sus 67 años, ya no le quedaban ganas de nuevas primaveras. Para la mayoría de sus conciudadanos era ya un espectro de otros tiempos, un nombre sepultado en las páginas de algunos libros que hablaban sobre la historia del cartel. De nada importa que la mayoría de sus años laborales los haya dedicado a la escenografía. El Cassandre veinteañero, el que rompía los moldes de la publicidad gráfica, el que fagocitaba las tendencias artísticas del momento y las ponía al servicio de la comunicación de masas, el que ampliaba los horizontes de la creación visual, rompiendo las fronteras entre texto e imagen, el que hacía juegos de manos con la geometría, hacía mucho tiempo que se había extinguido en aquella primavera del 68.
Estas y otras consideraciones van pasando por la cabeza de G, mientras contempla, con renovada admiración, esas tres reproducciones del indiscutido maestro. Por su parte, Allan ya se encuentra en animada conversación con las dos damas que los acompañan. La mayor, desconfiada, agarra con fuerza el bolso que sostiene sobre su regazo.
¿Por qué los bolsos caros son tan extremadamente feos?, reflexiona G, mientras le da un breve vistazo al diminuto bolso de la señora, donde cualquier tentativa de buen gusto proviene, con escasa fortuna, del enorme monograma de metal dorado que lo identifica como un atributo del lujo. Se trata del monograma del modisto Yves Saint-Laurent, obra tardía de ¡Cassandre!
Un trabajo tipográfico exquisito, piensa G, dirigiendo instintivamente la mirada a las revistas de la mesa más cercana. Desde la portada del Hola, la mirada medio idiota de un joven rey europeo le recuerda que esto no es una novela de Paul Auster, que las casualidades tienen un límite y que no parece razonable que, para cerrar el círculo, se encuentre en la sala un viejo número de Harper’s Bazaar con portada de su admirado maestro, o un libro con el título compuesto en alguna de sus famosas tipografías, como la Peignot (no muy del gusto de G, todo hay que decirlo).
La aparición de un nuevo paciente, que saluda con acento extranjero, rescata a nuestro protagonista de sus elucubraciones. El desconocido, que se sienta en la silla contigua a la de G, aparenta más o menos la misma edad que éste y va impecablemente vestido con un traje cheviot de corte algo retro, pero muy elegante.
G, que le está cogiendo cierta afición a esto de interactuar con seres humanos, se dirige a su vecino: Excuse-moi. France? El caballero asiente con la cabeza, al parecer nada sorprendido de la espantosa pronunciación y primitiva sintaxis de G.
¡Ah, Francia, cuna de los más grandes poetas! Adoro su país. Puede estar orgulloso –se arranca G, en algo parecido a la lengua de Rimbaud, decidido a iniciar una conversación–.
El caballero, con la mirada un tanto esquinada, le contesta una larga frase que, seguramente, ha pronunciado más de una vez: Cuando una persona se vanagloria del grupo al que pertenece –clan, partido, provincia o nación– es mala señal. En general, es porque seguramente no tiene nada de lo que sentirse orgulloso personalmente.
Aunque la respuesta es un zasca en toda regla, G no puede dejar de asentir ante unas palabras que suscribe punto por punto y que complementa con una cita tan previsible como certera: Totalmente de acuerdo con Vd., muy señor mío, como decía aquél: el patriotismo es el último refugio de los canallas.
El elegante caballero parece asentir débilmente con la cabeza, pero su mente está ya claramente en otra parte. Le he visto muy interesado en estas reproducciones –apunta, dirigiendo su mirada directamente a G por primera vez–.
Nuestro viejo amigo acepta que la frase es una invitación en toda regla para iniciar una de esas conversaciones tan de su gusto. Es que esas tres reproducciones dan testimonio del talento irrepetible, no de un renovador, sino de un auténtico inventor dentro de este oficio, al que durante no pocos años me dediqué con desigual ventura y del que me encuentro felizmente jubilado, el oficio del comunicador visual.
Sin que a su vecino de silla le dé tiempo a replicar, G insiste: El gran Cassandre es un depurado producto del París de entreguerras, ese lapso de tiempo en que los artistas, irremediablemente perdida la fe y la inocencia, se arrojaron, casi con furia, a construir el arte contemporáneo, rompiendo, metafóricamente hablando, cualquier muro que pretendiera poner límites a la libertad creativa.
Aunque el caballero francés demuestra ganas de intervenir, G continúa su razonamiento: Pero los difamadores del pasado pronto se convirtieron en entusiastas voceros de nuevos dogmas y ortodoxias. Por eso me interesan tan vivamente figuras como la de Cassandre, en mi opinión el autor más interesante del Cubismo, sin haber ejercido ni de pintor ni de cubista.
Aunque el desconocido guarda un respetuoso y atento silencio, G va calentándose a ojos vista. Sí, lo siento, no admito réplica en este punto. Cassandre fue un libertario entre los libertarios, precisamente porque cogió del Cubismo, del Surrealismo o del Futurismo los elementos que necesitaba, sin rendir pleitesía a ninguno de estos movimientos, ya que lo suyo era el arte de la sociedad industrial, el que habla de tú a tú con los ciudadanos, el que se encuentra desprovisto de estrategias teóricas y no puede cobijarse en los cálidos pesebres del arte envuelto en pueriles manifiestos, el que, en definitiva, rinde cuentas directamente con un público que será quien, en última instancia, determinará si una obra funciona o no funciona. Aunque sólo le falta añadir he dicho, queda claro que este es el momento de réplica de su interlocutor.
—Creo que, en todo caso, no es bueno mezclar conceptos –replica éste–, no hay que confundir lo que hace un pintor con lo que hace, en este caso, un cartelista. El trabajo de un cartel demanda del pintor una renuncia completa. No puede expresarse a sí mismo e, incluso si pudiera, no tiene derecho a hacerlo. La pintura es una propuesta autosuficiente. No así el cartel, que es un medio, un atajo entre la industria y el posible consumidor. Es, digamos, una especie de telégrafo. El artista del cartel es un operador, no emite un mensaje, simplemente lo transmite. Nadie pregunta su opinión. Él sólo espera establecer una conexión clara, potente, exacta.
G no puede estar más sorprendido –y de paso, motivado–, ante el nivel argumentativo de su oponente. Por sus palabras colijo que está usted interesado en temas de diseño o, en su defecto, de cartelismo. ¿Voy errado?
—En absoluto, yo, como usted, he formado parte del oficio, en el que he hecho un poco de todo. Le diré que incluso llegué a montar mi propia agencia de publicidad y a fundar mi propia escuela de diseño. Por eso tengo algunas ideas muy claras sobre lo que debe ser un cartel.
Muy a su pesar, a G cada vez le va cayendo mejor su imprevisto contertulio, que le provoca una viva curiosidad: Aunque a mi edad, he aprendido a no estar tan seguro de las fronteras que hemos trazado entre algunas disciplinas, nada me gustaría más que escuchar alguna de esas ideas.
El atildado caballero sonríe por primera vez y se inclina un poco hacia G: Para empezar, pienso que la cuestión esencial es que un cartel –que está dirigido a un apresurado viandante, hostigado por un alud de imágenes de todas clases– debe provocar sorpresa, violentar la sensibilidad y dejar una huella indeleble en la memoria.
¡Bravo! Completamente de acuerdo, pero, por favor, prosiga –le anima G–.
—Bien –continúa, en efecto, el desconocido caballero–, es importante considerar que un cartel, en tanto imagen, debe contener en sí mismo la solución a tres problemas: óptico, gráfico y poético.
¡Magnífico! Déjeme traducir y ampliar sus palabras –G, por un momento, ha logrado olvidar su dolor de muelas–, un cartel debe ser identificado y correctamente decodificado a distancias y condiciones adversas de lectura, esto es, debe funcionar como un artilugio óptico perfectamente concebido. También debe resultar interesante y atractivo por su resolución formal. Debe, en definitiva, demostrar una calidad gráfica. Y por último, debe crear un chispazo de emoción o sorpresa en ese territorio incierto de nuestra conciencia que se encuentra a medio camino entre el corazón y la inteligencia.
—Sí, yo diría que es más o menos eso lo que quiero decir –contesta el desconocido, haciendo gala de una exquisita cortesía, ya que no ha entendido una sola palabra del endiablado idioma que G pretende hacer pasar por francés–.
Antes de que nuestro viejo diseñador vuelva al ataque, su interlocutor se anticipa: Le molesta si fumo?
Por mí ningún problema –contesta, sorprendido, G–, no tengo vocación de inquisidor ni la sensibilidad olfativa de un can, pero me temo que la normativa estableció hace ya muchos años que está terminantemente prohibido fumar en espacios públi…
Nuevamente, el discurso de G es abortado por el caballero con el que ha emprendido tan animado cambio de impresiones:
—Me está usted hablando desde un futuro al que yo renuncié hace mucho. En mi época no estaba prohibido el humo, por la misma razón que no lo estaban los niños gritones, las personas poco amigas de la higiene personal, los poseedores de voces aflautadas, los expendedores de consejos, los incómodos de ver, las suegras cotillas, la decoración de mal gusto, los perfumes pestilentes o los agentes de seguros sin bozal: lo llamábamos tolerancia.
Dicho lo cual, enciende su pipa, emitiendo crípticas señales de humo que ascienden hacia el cielo raso.
Mientras, el intercambio amistoso de Allan con las dos mujeres parece haber descarrilado, ya que ambas se han levantado indignadas y han abandonado, con un solo gesto, la conversación y la sala de espera.
Antes de que G pueda hacerse una idea cabal de lo que está sucediendo, su interlocutor, que con la pipa en la boca contempla soñador las reproducciones de Cassandre en la pared, comenta, en voz muy baja, casi para si mismo: ¡Qué tiempos! Cuando diseñé esos tres carteles apenas era un muchacho de algo más de veinte años. Publicado en Visual 187

Texto: Carlos Díaz Cubeiro

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