MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Chuck Sperry. Turn on, tune in, drop out


Chuck Sperry_17La magia de los carteles de rock se remonta a mediados de la década de los 60 en una galaxia muy (muy) lejana llamada California, cuando las playas vivían al boom del surf, los jóvenes se manifestaban contra la Guerra de Vietnam y la música simbolizaba la contracultura que se respiraba en las calles. Aquellas obras psicodélicas definieron la estética de una época irrepetible y se alzaron como emblemas del pop art, aunque han tenido que pasar diversas modas para que una nueva generación de diseñadores recuperara la tradición de los pósteres de conciertos y la trasformara en una disciplina de culto. Uno de los artistas más destacados es Chuck Sperry, que hace veinte años se trasladó a San Francisco en busca de inspiración y hoy se ha consagrado como una estrella de las serigrafías con ecos de rock n’ roll. Hemos hablado con él para descubrir los secretos de su trabajo, las giras multitudinarias y su ferviente oposición al universo digital. Publicado en Visual 164



La primera pregunta es ineludible, ¿cuándo tomaste la decisión de orientar tu creatividad hacia la escena musical?
Empecé en el mundo del arte en los años 80 y mis primeros trabajos musicales fueron flyers fotocopiados en Xerox para grupos de punk de varios amigos, puesto que éramos como una tribu y yo era el único que tenía conocimientos de diseño para arrastrar a la gente a los conciertos. En aquellos días estudiaba la doble licenciatura de arte y periodismo en Columbia (Missouri), me dedicaba a ilustrar cómics y también editaba un magazine alternativo llamado “Java”, porque mi ambición era ser periodista. En el primer año en la universidad, empecé a colaborar en el periódico del campus y dibujé dos viñetas de contenido político cada semana durante cuatro años. Curiosamente, me dieron varios premios por esas creaciones y todo indicaba que acabaría trabajando en una publicación de la gran ciudad. Pero entonces llegó el punk y mis prioridades cambiaron por completo.
¿Cómo influyó esa música y su filosofía revolucionaria en tu incipiente carrera artística?
Todo fue muy deprisa porque me trasladé a New York en 1985 y participé en una publicación titulada “World War 3 Illustrated”, que es la antología de cómics políticos más longeva de Norteamérica y aún hoy sigue editándose. Entonces tuve la oportunidad de trabajar con los mejores dibujantes del país, como Eric Drooker, Peter Kuper, Seth Tobocman, Sue Coe, Barron Storey y muchos más. Aunque mi prioridad eran los cómics, también diseñaba pósteres para bandas de rock y, en 1989, tomé la decisión de mudarme a San Francisco, donde empezamos a publicar un periódico underground llamado “Filth Magazine”. Teníamos una tirada de 10.000 ejemplares gratuitos, yo era el director de arte y estaba muy metido en aquella escena alternativa, así que incluimos el trabajo de gente como S. Clay Wilson y Paul Mavrides.
Hablando de artistas que han dejado su huella en el mundo del rock y de la contracultura, ¿podrías contarnos quiénes han sido tus grandes influencias?
Me mudé a San Francisco atraído por los artistas que habían trabajado en el barrio de Haight-Ashbury en la década de los 60, como Wes Wilson, Rick Griffin, Stanley Mouse y Alton Kelley, además de ilustradores como Spain Rodríguez y Robert Crumb. Cuando empecé a diseñar pósteres, nunca imaginé que trabajaría y expondría junto a varios de ellos. Hace más de veinte años que vivo en un apartamento de ese vecindario y, de algún modo, me he convertido en el último creador que representa su tradición alrededor del mundo. Es fascinante viajar por todas partes contando aquella historia y explicar que nació en ese lugar concreto.
Mucha gente afirma que los años 90 significaron una vuelta a la creatividad y a los excesos de la era dorada del rock. ¿Cómo viviste esa época tan efervescente?
El legendario Fillmore Auditorium de San Francisco volvió a abrir sus puertas a principios de aquella década y encargaron a varios artistas que diseñaran pósteres para sus conciertos, siguiendo el ejemplo de leyendas de la era psicodélica como Rick Griffin, Stanley Mouse y Víctor Moscoso. Desde entonces he diseñado 25 carteles para ellos y es un honor compartir protagonismo con nombres tan ilustres. En 1994 empecé a realizar trabajos en serigrafía para el Trocadero Club, también en San Francisco, y el Jabberjaw de Los Ángeles. En aquellos días utilizaba colores fluorescentes y metálicos para anunciar algunas de las bandas más importantes del país y, en 1998, me uní a Virgin Megastore para hacer los carteles promocionales de los nuevos lanzamientos discográficos de U2, Beastie Boys, Pearl Jam y los Rolling Stones.
Este arte surgió de la escena psicodélica y hoy se ha convertido en un elemento para coleccionistas. ¿Te atreve-rías a definir la magia de los carteles de rock?
Hay dos cosas que destacan por encima del resto. La primera es que están hechos de manera artesanal y la segunda es que son una interpretación visual de la estética de las bandas. En la década de los 60, las portadas de los vinilos eran el medio de comunicación principal entre los grupos y sus fans. Piensa en el Sgt. Pepper’s de los Beatles o en el Quadrophenia de The Who, que eran obras de arte asombrosas. Entonces llegó el CD, pero era demasiado pequeño y no cumplía esta misión de la misma forma, así que fue en aquel momento cuando los pósteres de rock hechos en serigrafía empezaron a ganar popularidad. Actualmente, los CD han desaparecido, los vinilos han regresado y estos carteles se han consolidado como la mejor manera de difundir la imagen de las bandas.
Por curiosidad, ¿qué proceso creativo sigues para llevar a cabo la ilustración, el coloreado y la impresión de tus obras?
Empiezo haciendo el dibujo con un pincel muy fino, normalmente un Winsor & Newton, que me ofrece un buen trazo y apenas se degrada con el paso del tiempo. Después escaneo la ilustración y utilizo una paleta de colores y de texturas que yo mismo he diseñado para hacer las distintas capas. Me gusta pensar que el proceso de impresión es como la creación de una pintura. En este sentido, estoy implicado en cada parte del trabajo y he aprendido muchas cosas sobre la reacción de los papeles, el uso de tintas, las texturas y, sobre todo, cómo la superposición de diversas capas afecta a los colores. He metido mis brazos en tinta durante más de 18 años, así que tengo un conocimiento muy profundo de este arte.
Los pósteres se exhiben en galerías especializadas y se venden en ediciones limitadas. ¿Crees que este formato es una respuesta a la globalización del mundo digital?
Todo lo digital es efímero y solamente se aprecia unos pocos segundos en la pantalla de los ordenadores, pero la gente desea aferrarse a algo real y artesanal. Por este motivo llevo casi dos décadas imprimiendo en serigrafía y subiendo el estándar de calidad de este arte. No encontrarás demasiada gente que haya dedicado tanto tiempo como yo a este trabajo. Incluso Frank Kozik, el responsable de unir la serigrafía al mundo del rock, no tuvo una carrera tan longeva como la mía. Él dejó de hacer carteles en 2001 y me vendió su imprenta, que solamente había utilizado durante doce años. Lo mejor de todo es que ahora tengo libertad absoluta para crear la imagen de las bandas más famosas del mundo. No te negaré que esto implica cierta responsabilidad, pero resulta muy divertido.
Además de trabajar en Hangar 18 (tu estudio de San Francisco), también sales de gira para mostrar el proceso de creación de los pósteres. ¿Cómo iniciaste este peregrinaje alrededor del mundo?
Organicé los primeros tours en el 2000 y empecé a viajar a Europa un par de veces al año. Se parecía mucho a una gira de rock, con unas 25 fechas y tres días en cada ciudad, incluso me quedaba a dormir en los camerinos de los clubes más famosos. Era una experiencia muy divertida e imprevisible, puesto que llevaba dos portfolios bajo el brazo, me desplazaba en tren y apenas tenía una hora para colgar los carteles cuando llegaba al lugar de la exposición. Conocí a gente increíble y tuve la oportunidad de explicar cómo es este arte vinculado a la música. En cada ciudad encontraba jóvenes que nunca habían visto una serigrafía y no sabían nada de este formato, puesto que allí nadie se dedicaba a algo parecido. ¡Yo era el primer diseñador de pósteres de rock que conocían!
¿Puedes contarnos alguna anécdota que hayas vivido en estos viajes y que te haya sorprendido gratamente?
Este verano he expuesto en la galería Mondo Bizarro de Roma y monté una instalación en una pequeña iglesia en el pueblo de Tellaro, donde llevé una docena de trabajos en gran formato y los mezclé con música e iluminación. Esas piezas ahora están en París para adornar un restaurante llamado Crazy Heart, que se basa en mi obra. También estuve en Argentina dando charlas sobre la historia de los pósteres de rock y una de las presentaciones fue en el estadio donde se celebra el TRImarchi Festival en Mar del Plata, delante de 4.000 personas, pero no estaba nervioso. Para muchos asistentes era la primera vez que escuchaban aquella historia y que veían carteles hechos en serigrafía, supongo que por eso aplaudían tanto. Incluso logré que hicieran la ola como en un partido de fútbol. Los organizadores y la editorial Last Gap de San Francisco editaron un catálogo de mi obra, titulado High Volume, The Art of Chuck Sperry, que se vendió muy bien durante la gira.
¿Crees que los artistas y los diseñadores gráficos deben tener una actitud provocadora para que su trabajo llegue al público masivo?
Es algo que nunca está de más, porque el primer paso consiste en que la gente nos preste atención. Puede que no suceda con la primera obra ni con la número cincuenta, pero debemos seguir trabajando, ya sea bajo el sol o bajo la lluvia. Por este motivo creo que es importante mostrar una mezcla de rebeldía y de determinación. Cada vez aprecio más la evolución que existe entre varias series de carteles, porque ésta refleja los distintos períodos de creatividad por los que pasamos los artistas. Si haces muchas obras y eres constante, alguna despertará el interés de la gente y puede que sea un gran hit. Se trata de estar en el lugar adecuado y en el momento oportuno con la imagen acertada.
Por cierto, he leído que te involucraste en el movimiento de protesta “Occupy” y que uno de tus carteles se convirtió en un éxito popular. ¿Fue algo premeditado o surgió de manera improvisada?
Hice un póster para el movimiento “Occupy” de Oakland en California y coincidió con el momento más concurrido de la manifestación. Unas 8.000 personas se unieron para desfilar en señal de protesta desde el centro de la ciudad hasta el puerto, donde detuvieron el tráfico de barcos. Yo hice un cartel sin que nadie me lo pidiera, asumiendo los costes de impresión de 1.500 copias, y el mensaje decía: “This Is Our City, And We Can Shut It Down”. Los repartí entre la gente y resulta que apareció en las noticias y en los periódicos durante varias semanas. Curiosamente, el Yerba Buena Center for the Arts de San Francisco organizó una exposición sobre las manifestaciones e incluyó esta obra como uno de los elementos más representativos. ¡Fue increíble!
La escena de los pósteres de rock quedó inmortalizada en 2009 gracias a un documental titulado American Artifact. ¿Cómo te involucraste en ese proyecto y qué recuerdas del rodaje?
La directora Merle Becker se puso en contacto conmigo y me contó que quería hacer un documental que reflejara la historia de este movimiento artístico. Tenía la esperanza de que abordaría el tema de manera correcta y le dije que viniera a rodar a mi estudio de San Francisco. Pasamos un día genial, charlamos mucho e invitamos a Jello Biafra, el legendario cantante de los Dead Kennedys, para hacerle una entrevista. La sensación fue muy positiva y, cuando la película se estrenó, no pude estar más contento puesto que era informativa y divertida a partes iguales. Había capturado perfectamente la tradición de los pósteres de rock y recomiendo a todo el mundo que lo vea. Texto: David Moreu

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