MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Corita Kent. La palabra pintada


El pasado año, cuando se cumplieron 30 años de su muerte, el prestigioso AIGA (American Institute of Graphic Arts) le concedió una de sus medallas. Tres años antes, el Tang Museum, con el soporte de la Andy Warhol Foundation, le había dedicado la exposición, Someday is Now: The Art of Corita Kent. Exiguos reconocimientos que no sirven todavía para dar la visibilidad que merece al extraordinario arte gráfico de Corita Kent. Una vez más, ser mujer –y monja– ha resultado ser un obstáculo insalvable para que un trabajo de una calidad única sea conocido y valorado como se merece. Cuando uno se da de bruces por primera vez con las serigrafías de Corita Kent sólo cabe una pregunta “¿Cómo es posible que no las hubiera visto antes?”.
korina
[Monólogo de G].
Las mujeres tienen no sólo el deber de escribir el futuro, sino de reescribir el pasado. Todos esos libros sobre la historia del arte y la comunicación visual que ves en esa estantería insisten una y otra vez en los mismos nombres, abrumadoramente masculinos. Apenas a algunas mujeres se les ha permitido asomarse a esas páginas. Suelen ser versos sueltos, piezas difíciles de encajar en esos esquemas en los que legiones de perezosos académicos han ido acomodando la realidad, podando todo aquello que no se ajustaba a la imagen prediseñada, marginando a los que no añadieron su firma al pie de un manifiesto o a los que entendieron que la gloria y el arte no era una encrucijada, sino, tal vez, una bifurcación de caminos. En esos libros, mi joven amigo, faltan centenares de páginas, que sólo podemos atribuir a la ignorancia, la desidia o la mala fe de los que escriben las historias. Me atrevo a afirmar, entre tú y yo, que también sobran algunos párrafos, quizá capítulos enteros, que sólo el tiempo, tan paciente como implacable, logrará arrancar.
Me dices que una ilustradora y estudiosa de nuestra profesión, Clara Iris Ramos, te ha hablado de una monja que imprimía unas maravillosas serigrafías de estilo pop en los años sesenta y me confiesas que no sabías nada de su existencia. Acudes a mí, añades, porque no has tenido la precaución de apuntar el nombre que tu amiga, mucho mejor informada que tú, ha mencionado. Intuyo, más bien, que has tenido la certeza que este viejo diseñador jubilado te ofrecería, como siempre, la más suculenta información, acompañada, cómo no, por alguno de los espirituosos que alegran este largo crepúsculo por el que avanzo, digna y valerosamente, hasta el punto final de esta vida que los vientos más hostiles e impetuosos no han logrado pulir hasta la insignificancia letal.
Sí, lo siento, estaba a punto de caer en uno de mis arrebatos líricos, pero tu cara de pavor y los ronquidos de Allan me han devuelto a la realidad.
Brindemos pues a la salud de este año 2016 que se va asesinando a poetas (no lo vamos a echar de menos). Como es Navidad, hoy vamos a dejar descansar el whisky irlandés y vamos a abrir este magnífico malta, destilado en una lejana y brumosa isla del oeste escocés. Saboréalo y aprecia el aroma a turba y ese gusto de humo salvaje que te harán viajar a las indómitas tierras del norte. ¡Mmm, magnífico!
En fin, como decía, estoy muy viejo para escandalizarme por el hecho de que el redactor de una revista especializada muestre tantas lagunas en sus conocimientos. No es culpa tuya: vives atenazado por la inercia del presente y para forjarse una auténtica cultura es preciso avanzar, machete en mano, desbrozando caminos poco transitados…
Comencemos por el principio. Había una vez una monja, llamada Corita Kent, artista, activista a favor de los derechos civiles y la paz mundial. Una mujer que tuvo que vivir y trabajar dentro de una organización extremadamente misógina –la iglesia católica– enmarcada en el contexto de una sociedad patriarcal que, aún hoy, está muy lejos de acabar con las infames desigualdades entre sexos.
Supongo que tienes frescas las imágenes de aquellas cuatro monjitas limpiando el altar del –ejem– templo de la Sagrada Familia, aquí en Barcelona, cuando la visita del Papa Benedicto XVI. Fue la más gráfica expresión del papel que la jerarquía católica reserva a la mujer en su organización. Su idea de la mujer es esa figura de cera, inexplicable cruce de virgen y madre llorosa, que cuando le da por aparecerse, como un ovni, en beatífica conversación con algunos pastorcillos iletrados, se revela como una empecinada anticomunista, más preocupada por la felicidad en el otro mundo que por la justicia social en este.
Para una detallada biografía de Corita Kent, me asisten algunos libros y recortes de prensa –no te vayas a pensar que mi privilegiada cabeza es una computadora–. Mira, aquí se nos dice que nació en 1918 en Fort Dodge (estado de Iowa), en los Estados Unidos de América. Con apenas 18 años entró en la comunidad que la orden de Las Hermanas del Inmaculado Corazón de María (una orden, por cierto, fundada por un sacerdote catalán) tenía en Los Angeles. Aunque su nombre era Frances Elisabeth Kent, tomó el nom de guerre de Sister Mary Corita.
Nuestra artista permaneció en la orden durante 30 años, hasta 1968 (esa fecha mágica en que los estudiantes buscábamos la playa bajo los adoquines… Y sólo encontramos más adoquines).
Habiendo estudiado arte y diseño, así como historia del arte, en prestigiosas instituciones privadas, pronto comenzó a ejercer como profesora de arte en la universidad que regentaba la orden.
Su fama, no sólo como una consumada maestra de la serigrafía, sino como una renovadora de su lenguaje, pronto atrajo la atención de discípulas que acudían del resto del país.
Como sin duda no ignoras, entre 1962 y 1965 tuvo lugar el Concilio Vaticano II, en el que, a iniciativa del Papa Juan XXIII (al que sucedió Pablo VI en ese mismo periodo), la iglesia católica intentó proyectarse hacia el mundo con ciertos aires de renovación y modernidad. Aquellos sectores de la iglesia que se hallaban más comprometidos y conectados con la sociedad civil y sus necesidades –entre ellos, la comunidad a la que pertenecía Corita Kent– recibieron el Concilio como agua de mayo.
El trabajo de Corita, que solía jugar con citas de los evangelios con las que cualquier persona de talante liberal y humanista no tendría muchos problemas en coincidir, fue adquiriendo un compromiso político cada vez más acentuado, a favor de los derechos civiles y en contra de la Guerra de Vietnam. Esto, sumado al espíritu cada vez más abierto y renovador de su comunidad religiosa, consiguió sacar de sus casillas al arzobispo, que no dudó en tachar de sacrílego el trabajo de Kent: las reiteradas alusiones a la paz y el amor suponían, sin duda, toda una invitación a la anarquía y el desenfreno sexual.
Corita dejó los hábitos en 1968 y 300 de sus compañeras hicieron lo propio dos años después.
Corita, ya secularizada, se trasladó a Boston, donde siguió dedicándose en cuerpo y alma a su arte hasta el día de su muerte, en 1986. En su círculo de amistades se encontraba gente como Hitchcock, Saul Bass (con cuyo trabajo tiene obvias afinidades) o John Cage. No era una desconocida, pero estaba muy lejos de ser una estrella rutilante dentro de la aristocracia del arte.
Pero, peripecias biográficas aparte, hablemos del trabajo gráfico de Corita, cuyas conexiones –por lo menos formales– con el Pop Art, son evidentes. No, no te molestes en buscarla en los libros de arte dedicados a este movimiento artístico, no la encontrarás. La única artista a la que no le han podido robar ese derecho es a la extraordinaria Marisol Escobar (aunque la bibliografía sobre su obra, aparte de estar descatalogada en su mayoría, es ridículamente escasa): supongo que el hecho de no vivir en un convento –y su innegable fotogenia– evitó su invisibilidad. Por cierto, su fallecimiento, este mismo año, ha sido tratado con una asombrosa parquedad en los medios de comunicación.
Volvamos a Corita. Como a cualquier diseñador gráfico, el Pop Art me interesa: no en vano es el primer movimiento artístico que revierte las influencias entre las bellas artes y la gráfica publicitaria, siendo esta última la que ejerce su influencia formal sobre las primeras y no a la inversa, como había venido siendo lo habitual. Pero a veces siento que esta etiqueta de arte pop con la que se clasifica a artistas diametralmente opuestos, como Warhol o el primer David Hockney es una trampa. El primero se mueve en el ámbito de los artistas que tienen ocurrencias más o menos felices, mientras que el segundo es heredero de una sólida tradición pictórica, dentro de la que él mismo destaca como uno de los grandes maestros del color. No, no me repliques, porque mis prejuicios contra Warhol son inquebrantables.
Creo que el pop es, ante todo, una actitud. Me resisto a pensar que los cuadros del Equipo Crónica, con su fondo de denuncia social y, por qué no decirlo, poesía y experimentación formal, puedan asimilarse a los desnudos de Wesselmann, por más que haya coincidencias en el uso de la iconografía publicitaria de la época. Artistas como este último buscan, en el enloquecido mercado del arte contemporáneo, una gozosa y rentable manera de enriquecerse. Por ingenuo que parezca, creo que los chicos de Equipo Crónica creían en el poder transformador y social del arte. Corita Kent, ampliamente habituada, por su condición de monja, a dar por ciertas cosas bastante pintorescas, también creía, por supuesto, en ese poder.
Corita tiene una primera etapa, en los años 50, que a mí personalmente me interesa menos, pero que ha dejado algunas piezas excepcionales. En esta época, Corita trabaja de una manera más figurativa, aunque los textos se mezclan con las imágenes. Es un estilo “neo-gótico” muy del gusto de la época: figuras muy simplificadas con un colorido que recuerda al de los vitrales. También la letra tiene un aire de caligrafía carolingia. En conjunto, la influencia eclesiástica estaba muy presente, aunque los superiores jerárquicos de Corita se sentían horrorizados ante semejantes representaciones de Cristo y demás personajes. Posiblemente, Corita fue abandonando la figuración a favor de un uso más libre de las letras y la composición impelida por una necesidad de experimentación formal, pero no es descartable que llegara a hartarse de los reproches por las libertades iconográficas que se tomaba y decidiera explorar nuevas vías.
En las vitalistas composiciones de Corita late la voluntad de transmitir un mensaje de cambio. En sus trabajos, las citas de Jesús se alternan con las de John Lennon y un tal Paul McCourtney (sic) o Walt Whitman con la mayor naturalidad. Huelga decir que los hippies adoraban sus carteles incluso en sus ratos de lucidez.
En mi opinión, en los últimos años sus trabajos fueron perdiendo ese desparpajo formal que tenían durante los 60. El arte de Corita se volvió menos ambicioso y más repetitivo. Un año antes de que el cáncer le ganara fatalmente la batalla diseñó, para el servicio postal de los estados Unidos, uno de sus trabajos más divulgados: un sello, con los colores del arcoíris, presidido por una palabra trazada en vigorosas letras capitales de color lila: LOVE.
Y es que, como decían las canciones de mi juventud, todo lo que necesitas es amor, amigo mío. ¡Anda, bebe y calla!

Texto: Carlos Díaz

Publicado en Visal 184

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