MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Crónicas de pseudo/nimma. Bajarte los pantalones


Bajarse los pantalones cuando estás dando una conferencia es algo que solo puedes hacer una vez en la vida. Nunca lo había hecho. Nunca lo volveré a hacer. Quizá convenga dar unas explicaciones…
Me habían invitado a las jornadas de la Confederación de Escuelas de Arte y Diseño. Los asistentes eran profesores de las escuelas públicas de diseño. A los que pregunté, me dijeron que el viaje y el hotel se lo pagaban de su bolsillo… así están las cosas. Publicado en Visual 174

Fueron dos días intensos. Mi conferencia era la de cierre. Había ido con una intención clara: convencer a los profesores de que no le hacen ningún bien a sus alumnos cuando les presionan, obligan o sugieren que se presenten a concursos de diseño. Y que las escuelas no están para organizarlos, supervisarlos ni promocionarlos.
Durante la conferencia, hablamos sobre el caso del cartel de fallas de Metrovalencia, en el que una profesora organiza para el cliente un concurso entre sus alumnos, el cartel ganador resulta ser un plagio y el tema salta a las páginas de los periódicos y las redes sociales. La alumna es públicamente “linchada”, el cartel es retirado y la profesora, viendo la que se está liando, lejos de defender a la alumna la deja a los pies de los caballos cargándole toda la culpa. Hecha la exposición, saqué una cartela en la que podía leerse “NO aboquéis a vuestros alumnos a concursos de diseño”. Me la puse delante y pregunté: ¿os he convencido?. Y la respuesta fue que no. Me quité los zapatos y me subí a la silla. ¿Os he convencido ahora? Y la respuesta fue otra vez que no. Entonces dije: sacad los móviles… me desabroché y me bajé los pantalones. Con la cartela delante insistí: ¿os he convencido ahora?
No les convencí. Pero la imagen ha rodado por la red, al menos el debate está sobre la mesa. “Y si he hecho esto, es porque quiero que cuando el lunes volvais a vuestras escuelas y os pregunten por estas jornadas, la respuesta sea que el Sobrino se bajó los pantalones durante la conferencia para protestar por los concursos”, les dije.
En este tema de los concursos auspiciados por las escuelas, hay que analizar a quién benefician.
¿Benefician al cliente (normalmente un estamento público que se marca un punto al decir que ayuda a las escuelas)? Casi nunca. A veces sale un cartel muy bueno, pero no suele pasar. Y no porque los alumnos no sean capaces de hacerlo, sino porque el proceso está viciado: el alumno trabaja condicionado por el profesor y la asignatura. Además, no tiene interlocución con el cliente. Y todo el proceso se desarrolla en un ambiente contaminado, de competición en el aula.
¿Benefician al alumno? Esa debería ser la prioridad, el alumno.
Hemos visto en el caso de Metrovalencia como puede destrozarle la vida. Se han leído cosas muy fuertes en las redes dirigidas a aquella alumna que cometió un error. Sí, cometió un error. Para eso están las escuelas, para cometer errores en ellas, y sobretodo, que esos errores no traspasen los límites del ámbito académico. Cuando se les empuja a participar en estos concursos, los alumnos son expuestos de manera injusta a una zona de riesgo para la que no están preparados.
¿Benefician a la Escuela? Yo creo que no, pero aunque así fuera, si perjudican al alumno, hay que renunciar a ese beneficio.
Veamos algunos de los argumentos que escuché con los pantalones por los tobillos:
“Es una oportunidad para los alumnos de trabajar en el mundo real”. Eso no es el mundo real. De hecho, las asociaciones de profesionales están en contra de los concursos no restringidos ni remunerados. Los profesionales no se presentan a esos concursos. El proceso –unas bases sin posibilidad de contacto ni debate con el cliente– está viciado en sí mismo. No responde a lo que debe ser el desarrollo de un proyecto de diseño. Yo diría que esos concursos son una muestra de cómo no debe afrontarse un encargo.
“Es una oportunidad para el que gana, que consigue visibilidad”. No recuerdo ningún alumno al que le haya abierto puertas ganar uno de esos concursos. En realidad, no recuerdo ni el nombre ni la cara de ningún alumno que haya ganado uno de esos concursos… Sí en cambio suelo ver a su profesor o al director de la escuela en una foto con el político de turno en la prensa local. Por contra, conozco a alumnos que con su proyecto de final de carrera han ganado premios (Laus, edAwards, los que sean…) y les ha servido de trampolín.
“Es importante para la escuela, y estamos en una selva, es muy difícil competir con las privadas”. Quizá el error es tratar de competir en eso, y en muchas otras cosas, con las escuelas privadas. Es hora ya de que la pública se sacuda ese complejo de inferioridad: sus alumnos son mejores porque acceden por méritos académicos y de selección, no mediante talonario. Sus profesores tiene talento y dedicación vocacional, lo he visto estos días que he pasado con ellos… y sí, quizá tengan limitaciones presupuestarias, peores ordenadores o una biblioteca no tan dotada… ¿de verdad creemos que en los ordenadores y los libros está el valor de un centro de enseñanza?
¿Qué mensaje estamos trasladando a los alumnos abocándoles a concursar? Que su trabajo no tiene valor, es especulativo, que el valor está en el resultado. Y eso no es cierto. Incluso aunque alguien pudiera concluir que tenga aspectos positivos para los alumnos… son cuatro años en que podrán disfrutar de ellos. Pero habrán contribuido a denigrar la profesión de la que van a vivir los cuarenta años siguientes… ¿de verdad tiene sentido?

Plausive

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