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Crónicas de pseudo/nimma. FAD Certification of Design Quality para establecimientos hoteleros


Las certificaciones son, supongo, un mal menor. O mejor, una moneda de dos caras. Que se evalúen las empresas para que cumplan con unas especificaciones, las que sean, lleva en muchos casos a que se esfuercen en cumplirlas, y eso tiene que ser bueno. Hasta ahí la teoría. En la práctica, se trata de un negocio: el de establecer los criterios y someter a las empresas a su cumplimiento. Un negocio estupendo, que en demasiados casos se basa no en las bondades de la certificación, sino en los inconvenientes de no tenerla. Prueba de ello es que hay actividades en las que en la práctica es casi imposible desenvolverse sin el sellito de marras aunque solo sea porque lo tienen las empresas con las que se compite, y otros –como hasta ahora el diseño– en las que es perfectamente prescindible. Publicado en Visual 162

Viene ello a cuento por la presentación de la “FAD Certification of Design Quality para establecimientos hoteleros”, que otorgan mano a mano el FAD –que se supone que aporta prestigio al título y conocimiento a la hora de otorgarlo– y Applus+, que pondrá, hay que suponer, la metodología y rigor en su cumplimiento. A bombo y platillo se anuncia la creación de esta certificación y simultáneamente, el nombre de los establecimientos que de momento la han obtenido: ABaC Restaurant & Hotel, Mandarin Oriental Barcelona, Hotel Murmuri y Hotel Omm.
Resulta novedoso que exista una certificación a la calidad en el diseño. Por un lado, ha exigido establecer unos baremos, y eso está bien. Uno de los males que sufre el diseño es el escaso esfuerzo que se ha hecho siempre por establecer criterios con los que medir su calidad y su eficacia. Hasta aquí, todo correcto. Pero no nos quedemos en la cáscara, y hagámonos unas cuantas preguntas.
¿Era necesaria una certificación así? Necesaria, lo que se dice necesaria, no parece. Aunque convengamos que no estorba, incluso que puede que sea conveniente. Todo lo que reivindique la importancia del buen diseño lo es. Y siendo así, qué mejor que sea Applus+ quien la otorgue, que dicen que es líder mundial en ensayo, inspección y certificación.
¿Tiene sentido que oficie el FAD como co-otorgante? Ahí es donde surgen las dudas y reticencias. El FAD es, de momento y hasta que no se nos diga lo contrario, una agrupación de asociaciones de profesionales. Ni entre las atribuciones de estas ni entre las del propio FAD está arrogarse la facultad de evaluar la idoneidad de los diseños, del trabajo de los profesionales. Sí llamar la atención acerca de la excelencia de lo que se diseña, destacar lo mejor, y lo hace convocando premios en los que jurados externos e independientes valoran las piezas y seleccionan las que destacan por su calidad. Pero no se trata de eso, la certificación tiene el efecto inverso cuando se deniega: invalidar, se supone que con criterios objetivos, aquello que no cumple con los requisitos. En otras palabras, detectar el mal diseño.
¿Es lo que se espera de las asociaciones profesionales? Es evidente que no. El FAD ni puede ni debe permitirse el lujo de poner en cuestión el resultado del trabajo de los profesionales, sean o no miembros de sus asociaciones. Es cuestión de tiempo que algún establecimiento hostelero “suspenda” el proceso de certificación y, como no puede ser de otro modo, echará la culpa a los diseñadores. Y el argumento será especialmente sólido: El propio FAD, con sus cien años de historia, será quien avale que el trabajo de un profesional del diseño, incluso es posible que de uno de sus asociados, no cumple.
No es lo que se cuestiona la idoneidad de la certificación en sí, sino el que sean las asociaciones quienes hagan de jueces a la hora de otorgarlas. Y lo que subyace detrás de esta iniciativa: que aunque sobre el papel el FAD está al servicio de las asociaciones y son estas quienes deberían marcar el rumbo, en ocasiones prescinde del criterio de estas. Y a veces, como es el caso, sus actuaciones van en dirección contraria.

Plausive

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