MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Cuadernos: la frágil anatomía de la memoria


De un tiempo a esta parte, los artistas gráficos parecen haberse ido animando a revelar aspectos íntimos de su proceso creativo mediante la publicación o divulgación de sus cuadernos personales. Cuadernos donde a veces se garabatea sin rumbo mientras se atiende una llamada telefónica o se asiste a una tediosa reunión. Cuadernos donde se apunta a vuelapluma las impresiones de un viaje. Cuadernos donde se comienza a dar forma y contenido a algún proyecto profesional. Cuadernos donde se toma nota de reflexiones o donde se enganchan o reflejan pedazos del entorno gráfico que nos envuelve. Cuadernos donde se dibujan rostros de amigos y desconocidos, donde se intenta, a veces, capturar el aroma del instante. Cuadernos que son, al fin, un pequeño pedazo de la siempre frágil anatomía de la memoria. Reunimos aquí muestras de 20 creadores de diversas generaciones unidos en su pasión por el dibujo: una tecnología sofisticada, pero al alcance de todos los bolsillos. Publicado en Visual 162


Nuestro veterano amigo y colaborador –ese al que hemos convenido en llamar Sr. Gafapasta y que, en aras de la brevedad, denominaremos Sr. G– se ha jubilado. Tras casi cuarenta años al servicio del grafismo, ha decidido que ha llegado el momento de hacer otras cosas. Los que le conocemos bien, ya imaginábamos que no iba a dedicar su tiempo a contemplar obras o a jugar a la petanca, pero no ha sido menor la sorpresa de encontrárnoslo en una conferencia relacionada con la comunicación visual, a él, que no pierde ocasión de declarar su inquina contra la profesión y los que la ejercemos.
Aunque, según propia confesión, abandonó la costumbre de desayunar con vinagre muchos años atrás –creo que a imitación de uno de sus idolatrados poetas románticos–, su tez sigue presentando un aspecto entre apergaminado y cetrino. Pero, en conjunto, hay que decir que tiene buen aspecto. Se sentó muy cerca de mí, así que tuve ocasión de observarle durante toda la conferencia.
Isidro Ferrer, el conferenciante, hablaba sobre los cuadernos, de su pasión por acumular cuadernos propios y extraños, de la importancia que tienen en su proceso creativo y en su propia vida personal. La charla estaba acompañada de abundantes imágenes y articulada a partir de, en sus propias palabras: “cosas que caben en un cuaderno: el trabajo, los hallazgos, las reflexiones, los otros, la voz popular, los listados, las dudas, la agenda, el amor, las ocurrencias, las certezas, las cervezas, los amigos, los viajes”…
Cuando en pantalla aparecieron algunas de las páginas de los cuadernos en los que Isidro ha realizado bocetos para sus trabajos, el Sr. G empezó a revolverse en su asiento, presa de la inquietud. Al aparecer, algunos de los bocetos para El libro de las preguntas de Pablo Neruda, vi claramente, a pesar de la penumbra, como el habitual tono amarillento del rostro del Sr. G viraba hacia el verde pistacho. La explicación del fenómeno no es otra que la siguiente:
A estas alturas, no hay uno sólo de los llamados pecados capitales a los que el Sr. G no se haya entregado con entusiasmo. Aunque su preferido es el de la lujuria (no seré yo quien se lo reproche), el que realmente ha ejercido con dedicación y ahínco –y del que ha conseguido ser un consumado ejemplo– es el de la envidia. El Sr. G padece unos ataques de envidia –con sus colaterales expresiones de celos, resentimiento y frustración– absolutamente furibundos. En su defensa, subrayemos que al Sr. G nunca le han interesado los bienes materiales y, por tanto, jamás los ha envidiado. El Sr. G es, a su manera, un virtuoso, ya que el objeto de su envidia es el talento ajeno. Y en el reconocimiento de ese talento, hemos de admitir que nuestro hombre manifiesta un gusto exquisito. El Sr. G vive la desgarradora paradoja de sus encontrados sentimientos de admiración y envidia hacia una parte importante de sus colegas de profesión. Una paradoja espejo de otra más sangrante para él: la distancia entre sus altas expectativas y sus limitadas capacidades.
Caprichos del azar, algunos días después de nuestro encuentro, volví a tropezarme con nuestro misántropo favorito en una céntrica librería de Barcelona. Me sorprendió verlo cargado con un montón de libros de poesía. Con su acostumbrado verbo florido y cursi, me explicó que, aunque efectivamente había desertado muchos años atrás no sólo de la composición poética sino de su lectura, ahora que estaba jubilado se disponía a recuperar algunos viejos hábitos. Eso es, al menos, lo que yo le entendí, ya que me dijo no sé qué de “volver a frecuentar los áridos vergeles donde abreva la musa concupiscente con la frente marchita” (o algo parecido). También se disponía a adquirir alguno de esos cuadernos de notas que, según reza la publicidad, utilizaban Picasso, Matisse y Hemingway (si bien sólo hay constancia de que lo hiciera el legendario viajero Bruce Chatwin). El Sr. G también tuvo a bien explicarme que había vuelto a dibujar con cierta asiduidad (en sus palabras: “mi mano vagabunda insiste en su torpe vuelo de tinta y carbón por estos cielos de sobrecogedores y pálidos silencios de papel”).
Como no pude evitar reparar en un grueso volumen que llevaba junto a los libros de poesía y los cuadernos, el Sr. G sació mi curiosidad explicándome que se trataba de un libro dedicado a la diva del porno Vanessa del Río: un regalo para Allan, el cuervo con el que convive desde tiempo inmemorial. Me comentó que ya se había acostumbrado a que su vieja mascota se comportara como un voyeur depravado, así que más valía tenerlo ocupado con “ninfas del imaginario popular”, evitando así situaciones incómodas y malos entendidos con las vecinas, unas estudiantes de Erasmus a las que Allan ha importunado más de una vez sobrevolando sus ventanas. En este punto, el Sr. G inició un largo e ininteligible monólogo que no llegué a discernir si versaba sobre la amistad, la pederastia o la oftalmología y que sólo conseguí atajar cuando le hice la propuesta de colaborar en este artículo.
Al decirle la lista de los colegas que ya me habían enviado alguna imagen de sus cuadernos personales, nuestro amigo adoptó un gesto que pretendía ser una amable sonrisa, pero que más parecía la viva imagen del estreñimiento crónico. Para todos tuvo un elogio que contenía un dardo envenenado cuidadosamente envuelto en celofán. Me sorprendió enterarme que el Sr. G se había deshecho de su equipo informático, escáner incluido, así que quedamos en vernos en su casa para que me pasara uno de sus cuadernos para que yo mismo me ocupara de su reproducción.
Así que aquí estoy, en su casa, un par de días después. El Sr. G me recibe en batín de seda de un rojo intenso y tornasolado, una gran copa de vino tinto en la mano y un vinilo de música barroca sonando atronadoramente en su viejo equipo de música. Sobre el busto de Baudelaire, Allan parece dormitar. Está francamente desmejorado desde mi última visita: le faltan un montón de plumas en la cabeza y unas gafas de montura metálica descansan en la punta de su pico. A cambio de mi saludo, masculla su frase habitual: “never more”.
Mientras me muestra algunos de sus cuadernos, mi amigo me comenta que ha estado navegando estos días por la red buscando información que pueda serme de utilidad. No debo extrañarme, dice, se ha deshecho de su equipo informático, pero se ha comprado un iPad: “ya sabes que me gusta estar al día”, me comenta con sorprendente cinismo este devoto de las capas, los duelos al despuntar el alba y los coches de caballos.
Por lo visto, hay algunas páginas en la red que debería conocer, comenzando por www.cuadernistas.com, donde algunos de los artistas representados en el presente artículo cuelgan de vez en cuando reproducciones de sus cuadernos, desde el diario visual de Pep Carrió a las llamadas fotonovelas del Sr. García. También me entero de la traducción del término “cuadernistas” a otros idiomas: carnettistes, cadernistas, taccuinisti, sketch bookers, skizzenbüchler…
“Mira –continúa el Sr. G–, si buscas en Google sketchbook o sketch bookers, la información que aparece es asombrosa. ¿Sabías que hay tipos que se organizan para ir a dibujar por ahí en grupo, como si fueran singles en busca de plan o un grupo de ancianos en viaje del Imserso?”.
“Es fantástico”, replico con inocente entusiasmo.
“¡Es abominable! –zanja mi malhumorado colega– Dibujar en un cuaderno de estas características requiere intimidad, es un momento de comunión con uno mismo y los meandros de su inconsciente”.
Hoy no tengo prisa, así que no me importa echar más gasolina a la incendiaria verborrea de mi amigo:
“Hace un par de años tuve ocasión de ver una exposición de libretas en Shangai –le comento–. Había cuadernos de artistas, diseñadores, escritores, músicos… Me hizo reflexionar sobre este camino de ida y vuelta entre lo privado y lo público. Asomarse a esas libretas era no sólo como entrar en la intimidad de esos creadores, en sus momentos de soledad, en sus encuentros familiares o con amigos, sus viajes… Sino que era hacerlo, efectivamente, a lo más profundo de su subconsciente”…
“Mira, jovencito –me interrumpe el Sr. G, haciendo caso omiso de mis abundantes canas–, no nos vamos a sorprender a estas alturas del exhibicionismo de los que dedicamos nuestra vida a la creación, sea en el ámbito que sea”.
“Pero ¿no crees que enseñar en público dibujos, bocetos o apuntes realizados sin preparación previa y donde quedan registrados vacilaciones y errores implica un alto grado de humildad?”, me atrevo a rebatirle.
“Bueno, desde que los cuadernos de dibujo han abandonado el ámbito de lo privado y han trascendido –han tenido la voluntad de trascender– a lo público creo que hemos perdido algo importante por el camino. No sé si eso perjudica a los resultados –creo que no–, pero es obvio que cuando se pierde la impunidad del diálogo con uno mismo, las reglas del juego varían. Se pierde la inocencia. No conozco a nadie, a nadie, capaz de verbalizar todo lo que pasa por la infranqueable privacidad de su cabeza: raramente sacamos a pasear a los monstruos por la plaza pública”.
Dado que no sé muy bien qué responder, mi veterano colega prosigue:
No sé a ti, pero siempre que caen a mis manos libros que pretenden pasar por ser el diario íntimo o el dietario de tal o cual escritor, algo me huele a chamusquina. Son textos perfectamente coherentes, con ideas demasiado bien hilvanadas y mejor expresadas: se nota la postproducción, el concienzudo trabajo del orfebre que sabe donde limar, cortar o pulir”.
“Comparto esa sensación –respondo– aunque me cuesta imaginar a Cesare Pavese corrigiendo en su diario la sintaxis de su famosa frase ‘No más palabras. Un gesto. No escribiré más’ poco antes de salir de este mundo dando un portazo. No creo que los cuadernos de apuntes de un creador gráfico sean equiparables a un diario íntimo. A mi entender, se parecen más unos ejercicios gimnásticos para mantener la mano, y sobretodo el cerebro, en forma. A mí, insisto, me parece muy generoso que un creador nos permita asomarnos a la trastienda de sus procesos creativos”.
Silencio. El Sr. G apura el último trago de ese vino que no ha considerado oportuno compartir con su invitado. Lo paladea con tanta concentración, que cuando abre la boca, pienso que me va a recitar la nota de cata, pero me suelta lo siguiente: “El Tiempo es un sucedáneo metafísico del mar. Uno sólo piensa en él cuando quiere vencer la nostalgia marina”.
“Suena bien –acierto a decir–, pero no sé muy bien cómo interpretarlo”… “Nada hay que interpretar –replica mi colega, mientras intenta contener un eructo con su mano cadavérica–, se trata de una cita de Cioran. No pretenderás que a estas alturas de nuestra amistad me rebaje a la tediosa planicie de lo obvio”.
“Toda lucidez es la consecuencia de una pérdida”, añade Allan, otro experto en el pensador rumano.
“Bueno, lo importante es que vosotros estéis bien”, concluyo, mientras recupero mi sombrero y alcanzo la puerta de la calle, de vuelta al mundo de los vivos.*

*Gracias a Anna Rojo, Antonia Santolaya, Arnal Ballester, Carole Hénaff, Daniel Sesé, Enrique Flores, Sr. Gafapasta, Iker Ayestarán, Isidro Ferrer, Iván Castro, Joan Casaramona, Julie Escoriza, Miguel Gallardo, Pablo Amargo, Pablo Auladell, Pep Carrió, Pep Montserrat, Pere Fradera, Sebastià Martí y Sr. García, por su generosidad al compartir sus apuntes personales.

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