MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Curtis McNair. El arte psicodélico de Motown


Rare Earth_One WorldCiertas personas se convierten en leyenda por azar. Así podría resumirse la asombrosa carrera de Curtis McNair, un diseñador gráfico que se trasladó con su familia a Detroit, entró a trabajar como director de arte en Motown en 1968 y, sin pretenderlo, contribuyó a definir la estética psicodélica de aquella discográfica con sus famosas portadas de álbumes. Unas obras vanguardistas que estaban repletas de ilustraciones y de fotomontajes, además de contar con sugerentes tipografías que marcaron tendencia en un momento de cambio social y de protestas en las calles. Ajeno al éxito que alcanzaron esos vinilos, él prefirió llevar una vida bohemia y discreta, se dedicó por completo a la pintura y también participó activamente en la lucha por los derechos civiles en una época en la que los Estados Unidos estaban divididos por la segregación racial. Aunque no ha sido hasta la vejez que ha recibido el reconocimiento que merecía. Aprovechando que este año se celebra el 45 aniversario de un disco tan legendario como el What’s Going On de Marvin Gaye, hemos tenido la oportunidad de conversar por teléfono con Curtis McNair para descubrir los entresijos de su trayectoria artística y conocer mejor a la persona que se esconde detrás de aquellas imágenes icónicas, que han dejado una huella imborrable en la escena de la música soul. Publicado en Visual 178



Antes de empezar a hablar sobre música, le propongo que nos remontemos hasta los inicios de su afición por el arte. ¿Cómo descubrió el mundo de la ilustración?
Cuando era pequeño acostumbraba a dibujar personajes de cómics y otras imágenes que veía en los periódicos, así fue como mi profesora del colegio se dio cuenta de que tenía aptitudes para la ilustración y me encargó trabajos especiales relacionados con el arte. Ella habló con mi madre sobre mi talento y entonces decidieron comprarme un curso de dibujo por correspondencia. Puede decirse que siempre he estado vinculado a este mundo tan creativo.
Tengo entendido que lo destinaron a Europa cuando estuvo en el ejército y que, una vez allí, aprovechó para visitar los museos más famosos.
Formé parte del primer contingente de soldados negros que se integraron en el ejercito norteamericano a principios de los años 50 y eso tuvo una gran repercusión porque convivíamos,trabajábamos y pasábamos el tiempo libre junto a los soldados blancos. Me destinaron a Alemania y recuerdo que visité el campo de concentración de Dachau, que es la prueba más lamentable de la crueldad humana. Después fui a Roma y pude ver la Capilla Sixtina, que es espectacular. Luego me trasladé a París y visité la Torre Eiffel, la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre, la tumba del soldado desconocido y Notre Dame, donde nos dejaron subir al campanario. También fui al Museo del Louvre y vi las obras de Da Vinci, entre ellas La Mona Lisa. En teoría estaba prohibido, pero le hice una foto que aún conservo. Entonces tenía 20 años y, más tarde, cuando me matriculé en la escuela de arte, nos hablaban de muchas obras que yo había visto en persona.
Regresó a Detroit y, a principios de la década de los 60, se involucró en el movimiento por los derechos civiles. ¿Qué recuerdos tiene de aquella experiencia?
¿Puedes imaginar qué significó para un joven como yo pasar de un ambiente integrado como el del ejército a regresar a mi casa y no tener un acceso igualitario a las cosas? Piensa que en los años 60 empezaron a llegar muchos inmigrantes del sur en busca de mejores oportunidades y entonces se iniciaron los conflictos raciales. La gente negra no podíamos ir a ciertas zonas de la ciudad, no podíamos cambiar de casa y estábamos viviendo en barrios que eran como un gueto, así que me uní a las protestas que se hacían en espacios públicos, en boleras, en restaurantes y en piscinas para reclamar la igualdad de derechos. Se vivieron momentos muy tensos porque muchos de nosotros fuimos arrestados por manifestarnos en las calles y sufrimos una gran brutalidad policial.
La gran pregunta es ¿cómo se convirtió en el director de arte de Motown?
Yo trabajaba en el departamento gráfico de Chrysler y un amigó me dijo que le habían propuesto entrar como director de arte en Motown. Pero resulta que él rechazó el puesto y les recomendó que contactaran conmigo porque yo tenía más experiencia en el mundo del diseño gráfico. Me entrevistaron, tomé la decisión de abandonar Chrysler y, en 1968, empecé a hacer las portadas de sus álbumes. Motown formaba parte de la comunidad de Detroit y, siempre que conducías por la ciudad, veías esa casa de dos plantas con un ático que utilizaban como estudio de grabación. Aunque yo era de otra generación y me gustaba más el jazz porque era mayor que los artistas y que la gente que trabajaba en el sello.
Aquella discográfica ha pasado a la historia por ser una cadena de producción musical. ¿Cómo era trabajar en un ambiente tan creativo y estricto?
Yo hacía las tareas de director de arte y de diseñador gráfico, con un ayudante que se encargaba de la parte mecánica de la impresión. Berry Gordy, el presidente, ya se había trasladado a California y el escaso contacto que teníamos era por teléfono. Realmente gozaba de bastante libertad creativa, aunque todo lo que se hacía en el sello dependía de los productores y yo nunca hablaba directamente con los artistas, solamente los veía en las sesiones de fotos. Cuando los cantantes estaban de gira, se complicaba mucho el proceso de creación de las portadas porque de-bíamos contactar con fotógrafos de la Costa Oeste o de Nueva York, pedirles que hicieran fotos de los conciertos y que nos las mandaran a Detroit para realizar el diseño. Dependíamos de mucha gente externa a Motown para conseguir todo el material que necesitábamos.
Supongo que fue un reto diseñar aquellas portadas, puesto que los álbumes y los singles tenían un formato específico y unas dimensiones establecidas.
Piensa que las portadas no dependían de las sesiones de fotos, sino de las reuniones creativas que teníamos con los productores. Yo les pasaba ideas en base al contenido de cada álbum y, en caso de que hubiera un single que quisieran promocionar, tenía que centrar todo el diseño en ese tema concreto. Tomaba muchas notas, dibujaba bocetos y entonces les proponía hacer una sesión de fotos, crear ilustraciones o recurrir a otras técnicas. Tenía un calendario de trabajo para entregar las muestras y los productores podían aceptarlas, modificarlas o rechazarlas. Si alguna les gustaba, poníamos en marcha todo el proceso para hacer el diseño final.
Uno de los detalles que más llama la atención de esas portadas son los títulos. ¿Cómo era el proceso de creación de aquellas tipografías tan especiales?
Era imposible conseguir esas tipografías psicodélicas en Detroit, por ese motivo contacté con una empresa de la Costa Oeste que se llamaba Letter Graphics y hacían un trabajo excelente. Recuerdo que me mandaron su catálogo y tenían un servicio de mensajería nocturno para los envíos. Era la época de la explosión psicodélica y el estilo de los títulos había cambiado mucho, pero allí trabajaban varios expertos en ese arte que se dedicaban únicamente a crear y a modificar los tipos móviles. Como puedes observar, cada portada era distinta.
¿Se sentía identificado con el arte psicodélico que invadió la escena musical?
Entonces se vivió una gran explosión de posibilidades creativas y tuve la oportunidad de trabajar estrechamente con Norman Whitfield, que se había adentrado por completo en ese género musical con los discos que producía para The Temptations. Me parecía excitante poder expresarme de ese modo visual, hacer algo que marcara tendencia y que, además, fuera completamente novedoso. Vinieron muchos artistas nuevos a Motown atraídos por aquel sonido transgresor y recuerdo, sobre todo, uno de los álbumes que grabó el grupo Rare Earth.
A continuación me gustaría preguntarle por algunos de sus trabajos más emblemáticos. El primero es la portada del disco War & Peace de Edwin Starr.
Los productores pensaron que lo mejor sería hacer la sesión de fotos con el artista y después centrarnos en el diseño de la portada. Cuando me mandaron aquella colección de imágenes, recordé la pregunta que aparece en la letra de la canción homónima: “¿Qué tiene de bueno la guerra?”. Y lo primero que me vino a la cabeza fue la palabra paz, que era el concepto totalmente opuesto. Así que dibujé un signo de la paz enorme e inserté las fotos del cantante.
Otro álbum bastante conocido es My Cherie Amour de Stevie Wonder…
Utilizamos una foto que hicieron del exterior de una cafetería y le sobrepusimos una imagen de Stevie Wonder. Reconozco que no le presté demasiada atención al diseño de esa portada y el resultado se resintió bastante al ver la prueba de impresión. En definitiva, a algunos les gusta y a otros no. A mi, personalmente, no me convence demasiado.
Aunque su creación más célebre es la cubieta de What’s Going On de Marvin Gaye. ¿Cómo afrontó el diseño de esa obra que se convertiría en leyenda?
Un día Marvin me pidió que fuera al estudio donde estaba grabando para que me hiciera una idea de lo que quería transmitir con sus nuevos temas y yo aproveché para hacer varias fotos de la sesión que aún conservo. Él estaba pasando una época muy difícil por culpa de la muerte de Tammi Terrell y no quería encerrarse en un estudio para hacer las fotos de la portada, así que decidí mandar a un fotógrafo llamado Jim Hendin a su casa para que lo retratara en su propio ambiente, aunque resultó ser un día lluvioso y estaba a punto de nevar. Cuando me llegaron las imágenes, seleccioné las que mejor representaban la esencia del disco en base a lo que había escuchado, pero mi supervisor eligió otras que no me gustaban. Discutimos un buen rato y entonces siempre cuento la historia de que le propuse ir a ver a Marvin para saber su opinión. Subimos a la segunda planta de Motown, le mostramos las fotos y él rápidamente señaló las mismas que yo había elegido.
Con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, ¿cuál cree que es la magia de ese álbum?
Tener la oportunidad de ver cómo Marvin trabajaba con los músicos me demostró que estaba volcando su alma en aquellas canciones y que había logrado crear un ambiente muy espiritual en el estudio. Aún escucho de vez en cuando el disco y descubro cosas nuevas. Creo que su magia tiene que ver con el hecho de vivir en este mundo y la búsqueda de soluciones que nos planteaba. La pregunta que lanzaba en What’s Going On sigue vigente porque aún no hemos encontrado la respuesta.
¿Por qué terminó de manera tan repentina su carrera como diseñador en Motown?
En 1971 reunieron a los empleados que todavía quedábamos en la oficina de Detroit y dijeron que nos trasladarían a la nueva sede en California, pero me tuvieron esperando varios meses mientras veía que recortaban gastos y que despedían a mucha gente. Por ese motivo decidí dejarlo voluntariamente un año más tarde.
Entonces abrió su propio negocio en Detroit…
Me atreví a montar un pequeño negocio de impresión, aunque el resultado no fue cómo yo esperaba y decidí traspasarlo. Después empecé a trabajar en el departamento de diseño gráfico del Ayuntamiento y, varios años más tarde, encontré un trabajo a media jornada como profesor de arte en un colegio. Yo no tengo hijos, así que esa fue la primera vez que tuve la oportunidad de interactuar con jóvenes y descubrí el enorme talento que tienen para el dibujo. Estar con ellos en clase me demostró que los niños no tienen prejuicios porque no nacen con una mentalidad segregada. Me sorprendieron con su energía, con sus ganas de vivir y con la esperanza que proyectaban en todo lo que hacían.
Después de tantas vivencias a sus espaldas, ¿sigue disfrutando el arte con la misma pasión?

Me gusta mucho pintar y, recientemente, he organizado un par de exposiciones en mi vecindario. Me encanta el arte y ahora estoy trabajando en una nueva serie de cuadros abstractos y en una serie de collages a partir de fotografías de revistas, sobre todo de National Geographic. Las recorto, las desgarro y las pego en un lienzo siguiendo un hilo temático. Me gustaría titular esta serie como Imágenes Universales porque tienen un impacto tremendo y también porque odio tirar las revistas a la basura. Texto: David Moreu. Fotografía: T. Ortega Gaines

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