MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Diseño con sentido común: Otl Aicher


02. Cartel para la escuela de adultos Ulmer Volkshochschule (circa 1948)Otl Aicher estableció las bases del pictograma moderno: la destilación más perfecta de la claridad, la racionalidad y la economía expresiva en diseño gráfico (donde la belleza es un parámetro insignificante). Cofundador de la legendaria escuela de Ulm, tanto su trayectoria profesional como sus escritos teóricos han contribuido a establecer las bases sobre las que construir el marco intelectual de una disciplina en constante evolución. La imagen de los Juegos Olímpicos de Múnich (junto a su canónica galería de pictogramas) es una de sus obras más conocidas, junto a las imágenes corporativas de Braun o Lufthansa. Publicado en Visual 175



Uno de los últimos lugares en los que al gacetillero le gustaría estar es precisamente este: el vientre blanco y aséptico de un gran hospital. Ha evitado la tentación algo macabra de comprar unas violetas: el único pretexto que su amigo G ha tenido para viajar (lo justo) es el de dejar unas violetas en la tumba de alguno de sus “muertos de cabecera”. De esta manera, conoció Ginebra gracias a Borges (cómo no); paseó por la Playa de La Corniche de Sète (donde Brassens no está enterrado, pese a su súplica, aunque descansa no muy lejos), cruzó el Atlántico para postrarse sobre el frío granito de la tumba de Luis Cernuda (medio por devoción, medio por refrescarse en un calurosísimo día mexicano); se atiborró de cerveza negra en su excursión al irlandés condado de Sligo, donde no pudo dejar de horrorizarse ante el espantoso espaciado tipográfico de la, por otra parte, espartana lápida de W. B. Yeats; y así sucesivamente.
Descartadas las flores, el gacetillero ha comprado un libro. Se le hace extraño visitar a G en estas circunstancias, entre aromas de medicamentos y desinfectantes: es como si el ingreso de pleno derecho en la tercera edad de su colega precisara de algún tipo de ceremonia iniciática y esta hubiera de celebrarse, necesariamente, entre las cuatro paredes de una inquietante habitación de hospital. La 322, para ser más exactos.
–¿Se puede?
–¡Adelante, adelante! ¡Qué grata sorpresa! Heme aquí, dando cuenta de un modesto ágape.
El gacetillero arroja una mirada de compasión hacia la bandeja tras la que le habla G, con mejor aspecto, por cierto, que nunca.
–No te preocupes –se adelanta G– no voy a caer en la vulgaridad de quejarme de la comida del hospital: es mucho peor la que cocino yo. Pero no te quedes ahí como un lelo. Ya sé que estos sitios no te gustan. Razón de más para agradecerte la visita. Siéntate ahí en el sofá.
–Te he comprado un libro, para que no te aburras.
–Oh, gracias, pero no creo que esté mucho tiempo más aquí, sólo me tienen en observación… ¡Mmm!, Richard Yates, Once tipos de soledad… Bonita cubierta… Parece que promete.
–Son relatos cortos. El librero me ha asegurado que son historias bastantes deprimentes.
–¡Ah, pero qué bien me conoces! Muchas gracias. Pero siéntate.
Mientras el gacetillero se acomoda, entra una enfermera a recoger la bandeja. A modo de saludo G le recita unos versos cervantinos del todo ininteligibles, que la mujer celebra con un ¡Ay, qué abuelete tan salao!, haciendo mutis por el pasillo.
–Ya lo ves, mi tierno camarada: a la que entras en este lugar y te ponen una de esas batas diseñadas para enseñar el culo, puedes estar seguro de que tu dignidad ha quedado colgada en la puerta junto a tus pantalones… ¡Maldito ciclista!
–Al menos, parece que el atropello no ha tenido mayores consecuencias.
–Sí, a fe mía que tienes mucha razón, podría haber acabado como Otl Aicher, el pobre…
–¿Otl Aicher? ¿El de la Escuela de Ulm? ¿Qué le pasó?
–Pasó que un motorista lo atropelló, con fatales consecuencias, cuando estaba cortando el césped en su casa de Rotis. Fue en el año 1991. Sólo tenía 69 años, poco mayor que yo.
–¿Rotis, como la tipografía?
–Mi querido amigo, los nombres de las familias tipográficas son a veces vestigios de una biografía. Aicher vivía en la pequeña localidad de Rotis (Alemania) desde 1972, curiosamente una fecha fundamental de su trayectoria profesional, la de la celebración de los juegos olímpicos de Múnich, para la que él realizó toda la gráfica, incluyendo los famosos pictogramas… Pero ya que hemos sacado el tema de la Rotis… Dime, a ti, ¿Qué opinión te merece?
El gacetillero parece dudar, y no quiere meter la pata ante su erudito colega:
–Estamos hablando de esa tipografía que tiene una versión con serifas y otra en palo seco ¿No? Como la Scala o la Stone.
–Sí, sí, claro, la famosa Rotis de Otl Aicher, que también tiene dos familias intermedias: la semi sans y la semi serif –se impacienta G–.
–Pues mira, no tenía una idea formada hasta que leí el libro de Aicher…
–¿Cuál de ellos?
–El mundo como proyecto. Es lectura obligada para mis alumnos. La edición que yo tengo está maquetada con Rotis de arriba a abajo y la lectura se hace bastante dificultosa (aparte de que los diseñadores que escriben suelen tener un estilo bastante denso). A mis alumnos les parece que el bueno de Otl es bastante dogmático en sus opiniones, cosa que tampoco se puede negar…
–Ya, bueno, hijo de su tiempo ¿No es cierto? Tienes razón en que la Rotis, al ser casi una condensada, puede resultar incómoda en textos largos y en pequeños tamaños. Pero a mí lo que en realidad me interesa saber es cómo ves eso de que una tipografía tenga, partiendo del mismo esqueleto, varias versiones con y sin serifa. Como profesional ¿Combinarías una Rotis Sans para títulos con una Rotis Serif para cuerpo de texto, por ejemplo?
–La verdad es que nunca he hecho una combinación semejante. Supongo que cuando necesito ese contraste entre un palo seco y una romana, lo que busco es una suerte de… No sé… De dialéctica entre ambas: que haya un diálogo interesante entre formas claramente distintas.
–No puedo estar más de acuerdo. De otra forma sería como combinar el color de la corbata con el de los calcetines. Empalagoso y redundante. Algo que solo un petimetre como Tom Wolfe se puede permitir (y no porque le quede bien, sino porque es el maldito Tom Wolfe…).
En ese momento aparece el doctor, que hace algunas preguntas de rutina al paciente. La conclusión es que no parece que haya nada por lo que preocuparse, pero que en atención a su edad, G deberá estar en observación una noche más. Tras su marcha, G no tarda ni un segundo en romper el silencio:
–Ya lo ves, últimamente casi te hacen sentir como un delincuente por tener la osadía de haber llegado a los sesenta. En fin… Hablábamos de Aicher… Veo que no es un diseñador que te entusiasme, sin embargo supongo que eres consciente de sus importantes contribuciones.
–Oh, sí, supongo que te refieres a los pictos de Múnich 72.
–No solo, amigo mío, pero déjame decirte que los pictos de Múnich fueron solo un aperitivo para los cerca de novecientos que creó para la multinacional de la iluminación ERCO, para la que diseño también el logo y la imagen corporativa. También diseñó la imagen corporativa de Braun o Lufthansa.
–Ya, si te digo la verdad, no conozco demasiadas cosas de su trabajo, aunque he leído algún otro libro suyo, además del que hemos mencionado. Analógico y digital, creo que se llamaba.
–Sí, ya sé que como tantos otros grandes de su generación, no simpatizó con el advenimiento de los ordenadores, aunque, antes de que me corrijas, ya sé que en ese libro no habla de eso, sino de la contraposición de dos filosofías, de dos maneras distintas de conocer, interpretar y “diseñar” el mundo.
–En resumidas cuentas –intenta zanjar el gacetillero–, el típico discurso racionalista: el diseño no es arte, las sillas incómodas responden a un mal diseño por bonitas que sean, etc, etc…
–Bueno, un discurso funcionalista perfectamente justificado para alguien que dedicó su actividad profesional a la imagen corporativa y la señalización. Pero si lees con atención a Aicher, lo que se trata sencillamente es de reivindicar el sentido común, algo que difícilmente se puede tildar de desfasado.
–De acuerdo, aunque una cosa es la teoría y otra la práctica. Cuando yo estudiaba diseño, a finales de los ochenta, mis profesores predicaban las ideas de la Escuela de Ulm, pero luego veías el trabajo de algunos de ellos y no podía ser más caprichoso o deudor de la estética del momento.
-–Como sabrás, Aicher fue uno de los fundadores, junto a Max Bill y otros intelectuales, de la Escuela de Ulm (Hochschule für Gestaltung), allá por el año 1953. En la actualidad se sigue identificando, de una manera insólita e injustificable a mi entender, a la formalista Bauhaus con el racionalismo, pero la escuela que realmente pone las bases de lo que habrían de ser los estudios de diseño en el futuro es la Escuela de Ulm. Lo de la Bauhaus sería tema para otra de nuestras conversaciones. Te aseguro que mi punto de vista es bastante desmitificador.
–¡Ja, ja!, pues en eso coincides con tu detestado Tom Wolfe… –replica el gacetillero, ya con ganas de provocar a su colega.
–¿Quien teme al Bauhaus feroz? es un libro interesante, pero tiene mucho de crónica amarilla, lo que debilita su capacidad crítica, pero de eso, si me lo permites, ya hablaremos otro día. Hoy, por lo visto, toca hablar de Aicher.
El gacetillero se arrellana en el sofá, por primera vez ajeno al entorno, con la inevitable sonrisa que le provoca comprobar la tirria que siente un dandy hacia otro dandy: uno siempre de negro y otro de blanco. Dos caras de una misma moneda: la cultura y la inteligencia ataviadas con los hábitos de un frívolo esteticismo.
–Así pues –replica–, explícame algo más de Aicher, antes de que me vaya y te abandone en manos de la ciencia.
G prosigue, en efecto, su discurso, sin querer reparar en la sorna de su joven acompañante:
–Mencionábamos la Rotis. Traffic es también otra conocida tipografía diseñada por Aicher y su equipo. Un tipo de palo seco, bastante condensado también y con vocación utilitaria.
Fue creada para la señalética de los transportes y el aeropuerto de Múnich. Aicher volvió a utilizar en señalética una de sus creaciones –la Rotis semi-sans– para la imagen gráfica del metro de Bilbao. La imagen de identidad también es suya, esa de los aritos rojos, la que parece que han cogido el símbolo del metro de Londres y le han dado un empujoncito para que se deslice, dicho sin ánimo de criticar (aunque, aquí, entre nosotros, he llegado a un punto de mi vida en que cada vez que veo el logotipo de una compañía aérea o una agencia de viajes planteado en letras inclinadas o sugiriendo movimiento, pienso que algún diseñador gráfico debería ser severamente castigado por tamaña simpleza).
En fin, podríamos seguir hablando horas y horas de Otl Aicher, pero a fin de cuentas solo fue un gran diseñador.
Como tú bien sabes, lo que a mí me pone son los poetas malditos, las canciones tristes y los libros deprimentes, como ese que me has comprado. ¡Qué título tan hermoso! . Texto: Carlos Díaz

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