MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

El Theatrum mundi de Jirí Šalamoun


Jirí Šalamoun ha afirmado en algunas entrevistas que le gusta hablar mientras dibuja para negociar con las historias y explorar las posibilidades de las superficies. He aquí que los checos tienen a un grafista que habla en voz alta, lo que da lugar a pensar lo siguiente: ¿quién es exactamente Jirí Šalamoun? ¿Un ilustrador, diseñador, artista gráfico, dibujante, cartelista, animador, poeta? Él mismo aclararía: “Me considero dibujante y trabajo en el campo del arte gráfico, la ilustración y el cine de animación, un poco de cada cosa, porque es más fácil esparcirse sobre pequeños campos de juego. Es menos problemático cambiar las herramientas y tecnologías que cambiar el enfoque fundamental […] Pero si tuviera que aparecer bajo un título, probablemente sería un ilustrador de libros”. ¿Y desde dónde se sitúa el esparcimiento de Šalamoun? Su producción sobreabundante recorre unos 60 años de actividad en más de 100 libros, 40 películas de animación, innumerables carteles, series litográficas, cubiertas, títulos de crédito, escenografías e ilustraciones para prensa y revistas. Un grafista multifacético capaz de maniobrar el trazo ágil, agreste, salvaje, pero preciso en ideas y con enorme sofisticación para coleccionar lenguajes y recursos gráficos de distinta naturaleza. Podría decirse que su relación con el pensamiento visual funciona como una pirotecnia de formatos de enunciación.

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Al fin y al cabo, para Šalamoun lo más importante es tener un amplio campo de juego para contar historias propias e interpretar historias memorables de la literatura universal. Las imágenes que nos proporciona son una explosión de escenificaciones del absurdo de la vida, a veces desde lo sarcástico, a veces desde lo mordaz, entre la risa, los llantos y las llamas que persiguen a sus personajes desamparados y despeinados que corretean de un lugar a otro en busca de la salvación, cuyos grandes temas metafísicos podrían estar conectados con las profundas narrativas de Europa Central, compenetrándose con las grandes preguntas irresolubles de Kafka. Su gran epicentro, el de las historias, ha sido el lugar para desarrollar otra gran habilidad: el dominio del humor como fenómeno para amansar los excesos de la tragedia. Šalamoun escribe: “El humor probablemente esté destinado a compensar la falta de un punto fijo en el universo […] el humor tiene algo que ver con el coraje […] También puede ser un nombre para un tipo de actitud que proviene de la conciencia de la muerte y lo transitorio, como es su antítesis complementaria, la melancolía”.
Nacido en 1935, sintió ya desde sus primeros pasos un profundo interés por el idioma del dibujo. Y se salvó de un trauma, pero no se salvó del temor traumático de una infancia en la Praga ocupada por los alemanes, ni del terror de la aleatoriedad de los bombardeos nocturnos. En la infancia, retiene lo que ve en las calles. Colecciona dibujos automáticos de máquinas, coches, barcos y personajes fantásticos. Desde la ventana de su casa es capaz de leer las circunstancias. En su cabeza se agolpan de forma desordenada y permanente las imágenes de la violencia, la muerte, la conciencia del castigo o la intimidación. También garabatea tanques, aviones y personajes de la guerra. Seguramente, un primerizo pero no menos intuitivo Šalamoun, decidiría que su camino era el de explorar ese malestar traumático y la conciencia del fin bajo la forma del desacuerdo. Nos gustaría imaginar que esa fue una de las circunstancias que lo moverían a iniciar sus estudios en artes gráficas en la Academia de Bellas Artes de Praga (Akademie výtvarných umêní v Praze), no olvidemos, en la opresiva década de 1950. Como un modo de reacción al sombrío contexto político, allí fue donde fundaría el grupo Smirds junto a otros compañeros de academia, un laboratorio gráfico al servicio de los fenómenos inarmónicos de la existencia, apuntando hacia la expresión grotesca, marginal, paradójica, absurda, burlona y ridícula de la vida. Esto le llevaría a marchar hacia Alemania Oriental a continuar sus estudios de tipografía y diseño de libros en la Academia de Bellas Artes de Leipzig (Hochschule Für Grafik und Buchkunst) y en cuyo contexto se respiraba aún la violenta familiaridad de la degradación de los bombardeos urbanos.
Aquí nos vamos a detener un poco. La amplia y heterogénea producción de Jirí Šalamoun acumula toda una compleja lingüística visual sobre múltiples soportes, contaminada por la idea histórica de “causa” de un efecto contextual, en una época y en un tiempo determinados. Cierto es que su actividad se enmarca también en un periodo de frenética experimentación gráfica, que llevó a una generación a renovar la disciplina del diseño, la ilustración y las artes gráficas en la desaparecida Checoslovaquia, a trabajar en una nueva “historia de las imágenes”, siendo vecina de otro laboratorio portentoso como es Polonia. Recordemos la riqueza de la tradición checa de libros ilustrados de los años 30 a los 90, que destaca con una intensa lista de autores como Miroslav Šašek, Josef Lada, Josef Capek, Adolf Hoffmeister, Alois Mikulka, Adolf Born, Zdenèk Miler, Kvêta Pacovská o Zdenek Seydl. Rememoremos el periodo comprendido entre el 1950 hasta el 1989, donde los principales artistas gráficos checoslovacos dedicaron su tiempo a la creación de carteles de películas, algunos ya de trayectoria reconocida como Karel Vaca, Milan Grygar o Zdenêk Ziegler. O a un padre de todos ellos, un tal Johann Amos Komensky, conocido como Comenius, que ya en el siglo XVII inauguraba el primer libro checo pensado para niños, cuyo autor manifestaba que, sin los libros, las escuelas eran la “cámara de tortura de la inteligencia”. Estamos hablando del Orbis Sensualium Pictus –recientemente editado por Libros del Zorro Rojo–, concebido como un manual escolar y un bellísimo libro ilustrado con fines didácticos, enfocado a explorar el aprendizaje del latín, pero también los sentidos y las actividades de la vida. Menos mal, ¡el libro infantil! Esa gran ventana para ilustrar a los niños hacia los paisajes de la episteme.
Jirí Šalamoun cumplía con las condiciones para participar en el programa de esta generación renovadora. En sus primeros años, tras finalizar los estudios, tuvo la suerte de encontrar a editores que recurrieron a él por su forma de concebir la disciplina, elaborando trabajos ricos en el arte gráfico y tipográfico. Entre estos encontramos desde un bonito libro ilustrado que acompaña relatos del gran maestro polaco del absurdo y la sátira Sławomir Mrozek, a sus primeras incursiones como portadista de libros. En realidad Šalamoun daba un paso gigante en cada encargo. Así sucedió en otra de sus primerizas experiencias como editor de arte, ilustrador y diseñador para la revista Film junto a su pareja Eva Natus, en donde también se inicia como divulgador escribiendo regularmente columnas sobre animación. Esta etapa se sitúa en un momento en el que la profesión tipográfica empezaba a independizarse de la ortogonalidad de la composición de tipos móviles, y las nuevas fórmulas compositivas florecían para permitir ampliar los márgenes de las letras, probablemente muy en consonancia con las ideas de los tipógrafos Oldrich Hlavsa o Milan Kopriva, que por cierto, dieron vida a muchas de las rotulaciones de sus primeros libros. El impulso investigador de Šalamoun recibió con entusiasmo las posibilidades de la grafía de la palabra como elementos dependientes del dibujo y fue progresivamente aplicándolos a otros trabajos, en los que empieza a madurar su forma de entender la expresión gráfica y la amplitud de sus recursos.
Hablábamos al principio de su gran capacidad para articular lenguajes múltiples, y de su preferencia para definirse como ilustrador de libros. La década de los 70 es una gran época de fervor destinada a edificar sus brillantes y desconcertantes síncresis pictóricas. En 1971 ilustra Los papeles póstumos del Club Pickwick (Kronika Pickwickova klubu) de Charles Dickens en dos volúmenes, cuyas cubiertas son toda una declaración de intenciones. Ambas portadas se asemejan y se complementan. En el primer volumen y bajo la gran rotulación del título del libro –trabajo de Milan Kopriva–, presenta un dibujo central a varias tintas en el que el señor Samuel Pickwick se arranca el pelo. De estas cubiertas memorables nos podrá hablar muy bien Vicente Ferrer de la editorial Media Vaca, quien señala que el espacio de éstas se asemeja a la fachada de un edificio en la forma de organizar los elementos. En ellas aparecen bordeando texto e imagen una serie de dibujos rápidos a línea que son la secuencialidad de los distintos capítulos de la obra. ¡Y los lomos! Los lomos de estos libros son un verdadero espectáculo de gran exuberancia dedicada bajo los mismos principios.
Los años que siguen son el tiempo de poner en juego su modelo enciclopédico de grafismo. Probablemente el libro que daría el paso definitivo hacia la polifonía de los lenguajes visuales sería El Último Mohicano (Poslední Mohykán) de James Fenimore Cooper, cuya gran adaptación realiza en 1972 y en el que presenta una trepidante gama de dibujos de mapas, diagramas, descripciones visuales, instrucciones de uso, disecciones de uniformes, anotaciones, acumulaciones de objetos, personajes, escenas y formas que van acompañadas de pequeñas escrituras, signos y números para dotarlos de aparente precisión científica. Lo que hace Šalamoun es algo más que ilustrar un libro, algo más que hacer un seguimiento de los puntos clave de la historia. Este libro ofrece una doble lectura: a los ojos de los niños se vive la emoción de las historias de aventuras, para los adultos se despliega el absurdo del theatrum mundi. Su capacidad para entender el relato concede al lector un inventario de formas para explicar, representar y gestionar las herramientas descriptivas del dibujo científico al servicio de una ficción extremadamente rica en expresiones visuales. No es de extrañar que en 1974 la revista Graphis ponga el foco en este libro y se refiera a él como un joven que promete. Ni que sus páginas le concedan vituperios y alabanzas para consagrarlo como constructor de un sistema pictórico complejo a la hora de tratar la naturaleza del libro y sus posibilidades narrativas.
Sus métodos de expresión en el dibujo van ampliándose poco a poco, empezando a apuntar influencias hacia el pop, la psicodelia y la publicidad norteamericana, llegando a generar trabajos ricos en vivos planos de color, como fue el libro Pan Tau a tisíc zázraku, su particular versión del texto de Ota Hofman publicado en 1974. Al que le siguen otros trabajos en los que deja atrás otra vez el color para volver al potencial de la línea gráfica y el negro como Johannes doktor Faust. Jenovéfa. Don Šajn, cuyo libro de 1976 está compuesto de 47 dibujos de alta intensidad gráfica. En él, se mezclan formas concretas, abstractas, símbolos y signos mágicos que posteriormente se manifestarán en otras de sus obras. Es este periodo en el que se inicia en el campo de la animación y los títulos de crédito para películas, en el que participa junto al escritor Rudolf Cechura en la creación visual del personaje Maxipes Fík, uno de sus trabajos gráficos más mediáticos y el cual fue originalmente una popular serie animada de televisión checa para niños, posteriormente convertida en una colección de libros.
Šalamoun se siente atraído por muchas formas visuales que se manifiestan en el folclore o en las gráficas populares, desde la publicidad hasta el cómic, pasando por la tradición del Lubok. Podemos encontrar entre sus trabajos desde carteles que funcionan con puro arte secuencial compositivo a libros que se despliegan como manuales inteligibles de formas y símbolos más simples. La fusión de todos estos principios visuales están profundizados en dos libros fundamentales: las adaptaciones de El hobbit (1979) de Tolkien y Tristram Shandy (Život a názory blahorodého pana Tristrama Shandyho, 1985) de Laurence Sterne. Este segundo libro es un géiser de ilustraciones de diversa tipología, que ponen al descubierto el funcionamiento de su particular tratamiento visual de las historias. Por lo que se refiere al texto, Tristam Shandy fue y es uno de esos libros complejos repletos de maquínicas y experimentos literarios. Es más, me atrevería a decir que el texto original de Sterne contiene una de las ilustraciones más arriesgadas del siglo XVIII que goza de una contemporaneidad tremendamente inusual. El ejemplo concreto es una página en negro, la cual trata de plantear un luto, representar una muerte. Este truco visual, entre muchos otros que contiene, no es nada inocente y anticipa uno de los debates más sonados de las tradiciones antirrepresentacionales del siglo XX. Lo cierto es que a la novela de Sterne le costó lo suyo ser comprendida, e incluso publicada. La versión de Šalamoun es precisamente una reinterpretación del texto original, en el que aplica sus propios métodos y operaciones visuales. No es difícil comprender el tipo de profundidad que maneja a partir del texto original. Puede decirse, que quizá se asemeja al ejercicio paródico y subversivo de los experimentos de Sterne en relación a la novela dieciochesca tradicional, plagada de exageraciones visuales al servicio del absurdo, de la farsa y del sentido de la comedia de la vida. En este contexto, Šalamoun es capaz de ver las ventajas de las estructuras narrativas que contiene y su modelo enciclopédico se vuelve a poner en actividad, visto ya en trabajos anteriores.
De acuerdo con ello, son muchos trabajos los que completan la mirada de Šalamoun, los cuales podrían ser descritos aquí. Como fruto de esta imposibilidad, nos queda festejar a una figura inquietante en el panorama de la ilustración, cuya versatilidad nos ha dado imágenes maravillosas: cuchillos mordidos, manuales frenológicos, marchas funerarias acompañadas de señores haciendo el pino, narices con 5 agujeros o manos que señalan alguna cosa hacia el infinito. Su maleta visual va cargada de dibujos a lápiz de morfología simple y legible, a carteles coloridos con salvajes rotulaciones en diagonal. Él decía “ilustrador de libros”. Ahora bien, su modestia esconde que también fue poeta. Y docente. Además de coleccionista de marionetas como su amigo Svankmajer.
Las peripecias en la búsqueda de cualquier material editado en nuestro territorio hacen que para nosotros esté altamente fragmentado su legado e insuficientemente mostrado fuera de las fronteras checas (a día de hoy). Suerte que Šalamoun durante algunos años ha gozado de exposiciones individuales de muchos tipos. Ahora bien, en Praga hay mucho que escarbar todavía entre montañas de algún Antikvariát de libros de ocasión, entre los cuales quizá exista ejemplares de sus cientos por unas pocas coronas. Y afortunadamente parte de su labor cartelística la podemos encontrar en el archivo y distribuidora Terry Posteres, una espléndida tienda física emplazada en Praga especializada en pósteres de cine checo de los años 50 y 60, que contiene una gran base de datos online con más de 6.000 carteles de todos los períodos de la historia del cine. No está de más resaltar que el nombre de esta tienda es una alusión al nombre de Terry Gilliam quien acostumbraba a visitar el cine Aero, bien próximo a las orillas del Moldava. Volviendo a nuestro Šalamoun, suerte también que hace poco menos de 3 años la bellísima editorial Baobab –por cierto, cuyo coeditor es un antiguo alumno de Šalamoun–, publicó un extenso monográfico sobre su trabajo titulado Jirí Šalamoun or Imaginable Views of the World para conmemorar su 80 aniversario. La menos esperada de las posibilidades es que cerca de nuestro territorio se le conceda una retrospectiva como la que recientemente le ha regalado el festival JUNGLE de Lieja en Bélgica, un festival altamente recomendable que ha recogido un conjunto de 80 obras seleccionadas por la librería francesa La Sardine en Lire y el grafista checo Luboš Drtina, quien gestiona el fondo Šalamoun. Publicado en Visual 193

Texto: Clara-Iris Ramos

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