MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Que no cale


Este año han sido seis los estudiantes que se han puesto en contacto con nosotros para solicitar prácticas no remuneradas como parte de su formación. Un número alto si tenemos en cuenta que nunca lo hemos solicitado y que no aparecemos en las bases de datos de los centros educativos de diseño. No han sido las escuelas o universidades las que han llamado, sino los propios alumnos, facilitándonos los contactos de los centros en los que estudian o comprometiéndose a ser ellos quienes hicieran todo el papeleo.
Proactivas ellas –cuatro eran mujeres– o símplemente acostumbradas al mamporrerismo institucional que les obliga a trabajar gratis y ser ellas quienes busquen a su explotador.
No estoy en contra de las prácticas, siempre que los empleadores dediquen tiempo y esfuerzo a formar a sus becarios en aquellas cuitas en las que salen pez de las academias. No suele ser así, sino que se tiran seis meses realizando las funciones mecánicas que los asalariados no quieren hacer. Una semana valdría para absorber todo lo que pueden aportarles, pero aún deben varios meses de esfuerzo a cambio de la oportunidad que se les brinda.
Lo realmente preocupante es que todos los centros formativos en diseño lo han interiorizado sin esfuerzo, desde la academia más pequeña hasta la universidad más prestigiosa: es el canon que hay que pagar para obtener el título. Pocos fiscalizan el trato recibido por sus alumnos o las tareas que llevan a cabo; no hay control sobre sus horas o una guía para la empresa sobre los conocimientos que se pretende que adquieran los alumnos. Está claro, por tanto, que no se espera que sea enriquecedor más allá del primer contacto con un mundo laboral que, en el caso de las prácticas no remuneradas, puede ser cruel. Al menos, no enriquecedor para el alumno.
No puedo evitar que en mi cabeza este empeño de las academias por favorecer el trabajo gratuito enlace íntimamente con discursos como los que el bicho –conocida en su casa como Mónica Oriol– hizo hace ya dos años, y en los que supeditaba el sueldo a la experiencia adquirida. O lo que es lo mismo, a la edad. Es decir, que los más jóvenes, esos que vienen con más ganas de hacer cosas y cargados de ideas frescas, tendrían que cumplir con unas prácticas obligatorias, tras lo cual podrían ser contratados a jornada completa por doscientos o trescientos euros mensuales hasta que adquiriesen la experiencia suficiente para cobrar los seiscientos y poco de sueldo mínimo.
Para que estas situaciones sean un hecho, sólo hay que repetirlo lo suficiente para que cale, para que todos tengan claro que es lo que hay, como las prácticas no remuneradas en empresas.
Hace sólo mes y medio que el presidente de la CEOE decía que el contrato indefinido era “Un concepto del siglo XIX”, y que en adelante el trabajo “habrá que ganárselo todos los días”. A parte de las enormes carencias que tiene este hombre en historia, el mensaje es claro: quiero poder echarte cuando quiera. Era de esperar que ésa fuera la postura de la organización que aúna a los grandes usuarios de becarios de este país, y cuya posición ya defendió su predecesor. Al menos hasta que tuvo que ingresar en la cárcel.
Apenas quince días después, el ministro en funciones declaraba en la misma línea que “Hay que acostumbrarse a que el contrato indefinido forma parte de la historia”. ¿El ministro de Trabajo? No, que va. El de Interior, Jorge Fernández Díaz, era quien hacía estas declaraciones con cabeza gacha y cara circunspecta, como el que asume algo como dogma aunque le pese.
Para cerrar el círculo y que el calado social del que hablábamos sea completo, el Banco de España no tardó ni una semana en echar el capote al ministro y remarcar, por tercera vez en menos de un mes, que había que bajar la protección a los contratos indefinidos.
Este panorama no es sólo para el diseño y la publicidad. Afecta a todos por igual, por lo que algunos estudiantes ya se han movilizado contra el sistema de prácticas que les aboca a la miseria y la semiesclavitud durante años. En concreto, los estudiantes de Ciencias de la Información han creado ya una plataforma exigiendo a sus universidades y a los medios que les acogen en prácticas que revisen los términos de esos acuerdos.
¿Y los nuestros? porque esto es una pescadilla que se muerde la cola: a mayor número de becarios, menor número de empleos. A menor número de empleos, menos futuro y menos estudiantes que quieran estudiar esta profesión. Siguiendo esta lógica que podría hacerse efectiva en pocos años, deberían ser los propios centros de enseñanza quienes dieran el alto y rompieran una lanza a favor de las aptitudes de su alumnado, exigiendo un programa concreto a las empresas que quieran beneficiarse de su esfuerzo.
Cómo nos vean dependerá de cómo nos mostremos. No podemos ser nosotros nuestros propios explotadores.

Texto: Nano Trias

Publicado en Visual 181

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