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Fulgencio Pimentel. Editar bien o no editar


portadaLa afición por el material impreso puede manifestarse de muy diferentes maneras. Algunos optan por quemar su vida en librerías de viejo; otros no dudan en esquilmar el patrimonio cultural común para solazarse en su casa con un mapa centenario; los menos ponen esa pasión al servicio de los demás. Este es el caso de César Sánchez y Daniel Tudelilla de Fulgencio Pimentel, que prefieren compartir su gusto por los libros editando algunos de los mejores y más cuidados títulos que han llegado a las librerías en los últimos tiempos. Publicado en Visual 160

“La verdadera labor del editor es no editar. No saques nada, que ya hay demasiado. Si publicas algo, que sea porque hace falta, porque lo merece, porque está bien, aunque luego puedas fracasar”. Con estas palabras define César Sánchez la filosofía de su editorial. Unos principios que pocos o ningún editor se atrevería a rubricar y que hace gala de una altísima exigencia por el trabajo bien hecho, por el diseño exquisito y una enorme generosidad para con sus lectores, impropia de una compañía cuyo nombre se inspira en el Mr. Scrooge cañí y galdosiano por excelencia: Fulgencio Pimentel.
“Fulgencio Pimentel no fue un mero homenaje a Vainica Doble”, explica César, en referencia a uno de los temas que se incluían en el primer disco de larga duración del dúo madrileño y que narraba la historia de un tendero ruin y mezquino que, como decía la letra “un caramelo nunca dio, / diez céntimos jamás perdonó / el peso siempre lo escatimó” . “A mí me gustan con locura. No creo que haya habido en música popular nada igual que se pueda igualar a Vainica Doble –reconoce César–, pero creo que no debía haber elegido ese nombre porque parece que estás en un gueto. Le molesta al fan, le molesta al otro que no le entra con lo de Vainica… Lo que quería era un nombre castizo porque no quería que sonara a superhéroe y a americano”.
El casticismo y la reivindicación sin complejos de nuestra cultura es algo que Fulgencio Pimentel lleva a gala, tanto en la elección de sus autores, como en las cuidadas traducciones o en los divertidos guiños a sus lectores. De hecho, y aunque sea de manera accidental, la editorial ha hecho de Logroño un lugar universal gracias a su cuidada edición de Frank, el personaje de Jim Woodrin, en cuyo primer volumen aparece el nombre de la ciudad, de igual manera que en las antiguas ediciones de Fondo de Cultura Económica, de Espasa Calpe o Losada ponía aquello de “Madrid”, “Buenos Aires” o “México”.
“Lo de Logroño no tiene más misterio que el de que la primera portada de Frank era una copia de una cubierta de La Veleta que ponía Granada y que a su vez Andrés Trapiello había copiado de otra porque, aunque todo el mundo cree que el verdadero responsable es Alfonso Meléndez, al que yo tengo veneración, el ideólogo de esas cosas es Trapiello que es muy buen diseñador. Por eso, nos hacía mucha gracia poner Logroño, porque Logroño es un lugar perdido, un lugar de paso. Es una ciudad pequeña pero hay mezcla social, no es comparable a Vetusta, para nada, y no tiene la servidumbre de una ciudad grande. Logroño nos deja muy en paz y eso es algo que tenemos que agradecerle.
Lo de los casticismos reconozco que es un lujo que me permito y que tal vez no debería hacer. El lenguaje para mí tiene que fluir y no existe un español real y coloquial que sirva para todos, porque el español es un idioma muy saqueado y prostituido. Lo más sencillo sería huir de los localismos, pero un español de telediario tampoco es real. Por eso, la norma que casi siempre cumplo es no permitirme lujos que puedan despistar al lector. Si el lector se tiene que parar ahí, por muy guay y genial que quede, no lo incluyo porque a mí también me molesta cuando lo veo en otros libros por muy buena que sea la traducción. Si es un lugar en el que se va a parar de cualquier manera, entonces sí. De hecho, tenemos la vana pretensión de arreglar un libro con una buena traducción. Nos pasó con Consumido de Joe Matt, que es un autor que adoramos y que empieza de puta madre, pero que la caga en las últimas treinta páginas. Con la traducción que hicimos intentamos mejorarlo o darle una fluidez que no tenía”.
Los responsables de Fulgencio Pimen-tel se han permitido entre otros caprichos, meter canciones de Chicho Sánchez Ferlosio en tebeos de Michel Rabagliati, publicar a Rafael Azcona (en coedición con Pepitas de Calabaza), rescatar viñetas perdidas de Mauro Entrialgo, traducir el Prison Pit de Johnny Ryan como Pudridero y permitirse el lujo de proponer otros cuantos más como Agujero chungo, Maco chungo o Pozo chungo en los créditos del libro. Para rizar el rizo, incluso fantasean con editar una colección de libros capricho para un público muy reducido que incluiría obras de, entre otros, Sánchez Mazas, padre de Chicho y Rafael Sánchez Ferlosio y que llevaría el título de Recoletos o Prensa Nacional.
“En este sentido, montar Fulgencio Pimentel y demostrar que no tenemos vergüenza de ser lo que somos, no solo era una cuestión estética sino que también iba por el lado de la admiración por ese editor que se juega los cuartos por pura afición. Este es un negocio que no tiene ni pies ni cabeza y cuya única finalidad es la misma que la de grabar casetes para tus amigos. La única diferencia es que llega a más gente, pero mi intención cuando monté todo esto era hacer buenos libros para mis amigos. Es un pensamiento muy amateur y, cuando lo oyen los profesionales, o miran a otro lado o directamente te dicen que eres idiota”.
A pesar de todo, en apenas unos años, Fulgencio Pimentel ha conseguido afianzarse en el mundo de la edición independiente gracias a su cuidado catálogo, su preocupación por el diseño, los magníficos acabados de sus publicaciones que les llevan a elegir los mejores papeles y las imprentas más finas, y su apertura a otras materias más allá del cómic y la ilustración, como es el caso de la poesía.
“El difunto Berenguer, editor de La Cúpula, que en paz descanse, me decía ‘tú ¿quién eres?, ¿ese que nos quitas los autores?’. En realidad nunca les quité autores, sino que cuando saqué los dos primeros libros, los negocié directamente con los autores, cosa que no aconsejo a nadie, pues aprovecho a decir que, a veces, es más complicado que negociar con un autor que con un agente y, por supuesto, más complicado negociar con un agente que con un editor. A raíz de eso, Fantagraphics me dijo que eligiera cualquier autor de su catálogo y elegí a Joe Matt, porque otros que me hubiera gustado sacar me costaban mucho dinero. Ahora el problema es que no hay tebeos buenos. Hace diez años se podía decir que había una edad de oro porque había cuatro o cinco autores muy buenos de distintas generaciones que convergían, unas cuantas editoriales que editaban, pero ahora no. Por eso, hacer tebeos tiene un límite, tanto para los autores, de los que solo sobreviven los estajanovistas, como para los editores. Por eso nos hemos abierto a la poesía. Son cosas que todo el mundo nos desaconseja. Los editores de tebeos se descojonan porque sacamos poesía y los de la poesía, muy posiblemente, se descojonen de que publiquemos tebeos. Sin embargo, es un salto natural porque no hay tantos tebeos que nos gusten al año y, de los que nos gustan, solo una pequeña parte está en nuestra mano editarlo. Además, nosotros somos más lectores que otra cosa. No se trata de, venga, vamos a sacar más libros, no. No tenemos estructura para sacar eso, no podemos sacar 1.000 libros al año, sería cambiar el estilo, la forma de trabajar… Si ya nos damos unas palizas brutales y pasamos muchas noches sin dormir sería imposible. Y luego para que las cosas salgan mal”.
Editar libros con acabados casi perfectos tanto en lo que se refiere a impresión, presentación, elección de papeles e incluso ortotipografía es uno de los desvelos de los responsables de Fulgencio Pimentel. Una preocupación que llega a extremos casi obsesivos, inapreciables para el lector medio y que, en ocasiones, les ha hecho pensar que habría que destruir una edición completa y reimprimir toda la tirada; en otras, directamente, la han destruido y reimpreso.
“He mejorado mucho –reconoce César–. Ahora no me agobio tanto y, además, he aprendido a apretar a las imprentas, cosa que no sabía hacer, porque yo era de los que se avergonzaba cuando mi madre le apretaba a la pescadera. Con el primer volumen de Frank, por ejemplo, estuve bebiendo güisqui a morro mientras paseaba por mi casa y gritaba ‘¡putos charlies!, ¡putos charlies!’, como si fuera una peli de Vietnam, porque decidimos imprimirlo en China y lo cuidaron muy poco. Ahora, el de Brassens puede ser el libro con más errores tipográficos que hemos editado y, sin embargo, es un libro que me da gozo. Es de las pocas veces, junto con el de Bendik, que me ha pasado eso. Ahora me descojono pensando que todas estas cosas le van a traer problemas a otros porque, cuando Sfar vea la edición española de Brassens, la libertad, va a flipar. A él siempre le imprimen en papeles súper blancos, en estucados… Nunca le han impreso en papeles con un poco de tono y estoy seguro de que, en el futuro, empezará a pedir a sus editores que se le imprima de esa forma. Sus editores, claro, alucinarán, porque es habitual que la gran mayoría de editores no controle de papeles.
Este verano, me presentaron a uno de los jefazos de la multinacional de Torras, que es de Logroño y con el que tengo muchos amigos en común. Un día, de fiesta, estuvimos hablando y le vacilaba diciendo ‘¿pero por qué hacéis esto con ese papel?’ y me respondía ‘jamás he visto un editor que sepa tanto de papeles como tú’. En realidad no controlo de papel, pero me preocupo por ello y, eso sí, son los otros editores los que ni controlan de papel, ni de producción, ni de cómo se hace un libro, ni de nada. Y no solo en las grandes empresas. Pregúntale a un pequeño editor cuál es el papel que han utilizado en sus últimos diez libros y ya verás lo que te dice”.
A pesar de toda esta dedicación, la labor del editor, al menos en nuestro país, es una tarea ardua y de eso también saben mucho en Fulgencio Pimentel.
“El verano pasado fue horrible porque las librerías estaban descapitalizadas y devolvieron mucho fondo. Nosotros, más o menos, nos defendemos porque los libros que hacemos son medio bonitos y hay libreros a los que les da pena devolverlos. Cuando eso sucedió, se truncaron nuestros planes de futuro. Íbamos a crecer, dar un paso adelante y nos hemos frenado porque no tenemos capacidad como para refinanciarnos con mucha alegría. Hay libros muy chulos ya previstos para el 2013 en los tres frentes, literario, poesía y tebeos, pero, si te digo la verdad, tal y como está la cosa, no tendría ningún problema en no sacar un libro en los próximos siete meses si no fuera porque no sabría cómo pagar los gastos fijos.
Hay que ser consciente de que lo que hacemos es para minorías absolutas. Ni Dios compra lo que hacemos. No hay público. Solo vende el tebeo con gancho, con anécdota y, además, competimos con las ediciones originales de los libros que editamos, porque nadie se va a compar una edición flamenca, pero sí se compra la inglesa, que suele estar impresa en China con una tirada de 5.000, cuando tú no puedes hacer tiradas de más de 1.000 porque muy posiblemente solo vendas 300.
A mí no me importa que haya un hueco pequeño de púlico. Mejor. No tengo problema en que las cosas que hacemos solo le interesen a 300 personas. El problema es de producción, porque no es rentable una tirada de 300, bueno, ni de 1.000, ni de 1.500”.
A diferencia de su tocayo, este Fulgencio Pimentel no escatima ni recursos ni esfuerzos para superar los acontecimientos, por muy adversos que estos sean. Si el mercado editorial no pasa por sus mejores momentos, Fulgencio encontrará un hueco en cualquiera de los otros sectores en los que destaca, por ejemplo, el diseño gráfico para terceros.
“La industria del libro está en serio peligro. No pasa nada, que se joda. Si se hunde, ya nos reconvertiremos, aunque sí que tengo claro que nunca seré un editor digital porque somos gente de la plástica, tal vez un poco fetichistas a los que nos gusta el tacto. Por eso, nuestra intención es compaginar nuestra labor como editores con la realización de trabajos de diseño gráfico para otros clientes o editoriales.
Daniel [Tuledilla], mi compañero en la editorial y yo trabajamos muy bien juntos. En ocasiones uno hace una cosa y luego, cuando lo vemos, no sabemos a quién se le ha ocurrido y lo mismo sucede cuando uno de los dos ha estado haciendo mil versiones de algo que no acaba de funcionar y, de repente, llega el otro, lo resuelve en un segundo y ya no hay que tocarlo más. La empatía que tenemos es tremenda y, si no fuera por él, a lo mejor cerraba y ya vería qué hago en el futuro”.
Suceda lo que suceda en el futuro, de lo que no hay duda es de que Fulgencio Pimentel habrá dado las suficientes alegrías para convencerse de que el esfuerzo ha merecido la pena. Sus lectores son de esa opinión e, independientemente de lo difícil que haya sido la experiencia, seguro que también lo ha sido para sus responsables.
“Al cabo de todos estos años he conseguido una hermosa colección de cartas, tanto de dibujantes de tebeos como de poetas, verdaderamente impresionante y preciosa en las que me cuentan sus impresiones y su sorpresa al recibir su libro acabado. Las de Joe Matt son especialmente divertidas”.

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