MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Gráfrica III


Grafrica-3-Im-8Orfeo no iba del todo en cueros. O al menos así no nos lo muestran. ¿Quién sabe cómo iba ataviado cuando enamoró a Eurídice, o si cuando volvió la vista atrás, Eurídice calzaba zapatos de tacón de aguja? ¿La elegancia es un invento masculino o femenino?

(I’m the hippiest number in town and I’ll tell you why/I’m the snappiest dresser right down to my inch wide tie/And to get you wise I’ll explain it to you/A few of the things that a face is supposed to do.

The Hight Numbers (antes y después llamados The Who). Zoot Suit, 1964.) Publicado en Visual 163



El color del duelo en África es el blanco. Y no por razones racistas, sino por causas físicas: el cadáver de un negro dejado a la intemperie, al cabo de unas horas pierde la melanina de su epidermis y emblanquece. De ahí el pánico que provocaron los primeros ejércitos coloniales cuando invadieron el África Negra: no eran combatientes comunes, eran muertos vivientes que, además, solo con un es- truendo, podían matar a un centenar de metros de distancia.
Hay diferencias culturales muy profundas entre civilizaciones distintas, como por ejemplo el uso del paraguas. En África, cuan-do llueve, nadie lo usa, y cuando aprieta el sol, tampoco. No es funcional, es simbólico: bastón de mando fálico (cerrado), o connotación de estatus (abierto). No se olvide que las señoritas victorianas lanzaron la moda de la sombrilla como accesorio indispensable para no broncearse, y que las campesinas del sudeste asiático llevan todavía amplios sombreros de paja por el mismo motivo: hasta que no irrumpiera Coco Chanel, el moreno no estuvo de moda en Europa –coincidiendo más o menos con el Frente Popular y las vacaciones pagadas. Más tarde llegó el “black is beautiful”.
El vestir es un elemento visual básico de la relación entre los individuos, señal ya sea de conformismo o de inconformismo. Obviedad: no viste igual un director de sucursal bancaria, que el antisistema que le rompe los cristales de la fachada. Roland Barthes analizó magistralmente la cuestión en 1967 desde la óptica estructuralista en El sistema de la moda, aunque concentrara su atención en el análisis semiológico de la moda femenina:
“[…] La historia no puede actuar analógicamente sobre las formas, pero sí puede hacerlo sobre el ritmo de esas formas, para transformarlo o cambiarlo. Paradójicamente, la Moda solo puede conocer una larga historia o una historia nula mientras su ritmo sea regular […] el cambio de ritmo es el signo de una nueva sociedad, definida al mismo tiempo por su economía como por su ideología. […] Las sociedades africanas pueden mantener su antiguo atuendo y someterlo a variaciones de la Moda, se da entonces el nacimiento de un nuevo ritmo”.
La cita de Barthes, aplicada a las subculturas juveniles, desvela la espontaneidad de lo que se le escapa a la industria, aunque después sea recuperada por los cazadores de tendencias, que están al acecho.
Zoot suiters

El zoot suit es un estilo de vestir nacido entre los músicos de jazz de Harlem a principios de los 40, rápidamente adoptado por jóvenes chicanos y pachucos de origen mexicano, y también, algo más tarde, por afroamericanos y filipinos. Las hechuras son de dandy: americanas con largos faldones, pantalones con perneras anchas que se estrechan en el dobladillo y cinturas por encima del ombligo. Siendo su epicentro Los Ángeles, la moda se extendió por buena parte de los EEUU, dando lugar a una de las primeras tribus urbanas de origen proletario —los Hell’s Angels no nacerían hasta finales de la década. Consumidores de marihuana y anfetaminas, poco amantes del trabajo y de las convenciones, los zoot suiters estuvieron pronto en el punto de mira de las autoridades. En junio de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, un incidente en Los Ángeles entre marinos regresados del frente y zoot suiters, provocó una revuelta de estos últimos a la cual respondieron los militares armados a los que se unió la policía con una caza a todo aquel que vestía las prendas. La revuelta se extendió a otras ciudades: San Diego, Filadelfia, Chicago, Detroit, Nueva York; incluso en Beaumont, en el conservador Estado de Texas, se vivieron disturbios parecidos en lo que se llamaron los zoot suit riots, el primero de los conflictos raciales violentos de Norteamérica. En Los Ángeles murieron cinco pachucos, seiscientos resultaron heridos, y quinientos fueron arrestados. De los nueve militares detenidos solo uno tuvo que pagar una pequeña multa. En Harlem el balance fue de treinta y cuatro muertos (veinticinco afroamericanos y nueve blancos).
En 1978 Luis Valdez escribió un musical basado en los acontecimientos: Zoot Suit, cuya versión cinematográfica se estrenó en 1981. En 1980, un mestizo nacido en Montreal pero crecido en el Bronx neoyorquino formó una big band, Kid Creole & the Coconuts, donde los instrumentistas negros vestían zoot suit, los blancos iban disfrazados de explorador colonial (salacot incluido), y las Coconuts, las coristas, eran tres señoras estupendas. El nombre era un guiño a King Creole, película musical de 1958, dirigida por Michael Curtiz (cuyo título en español fue El barrio contra mí), en la que Elvis Presley, pésimo actor, hacía el papelón de interpretar a un latino de Nueva Orleans.
La subcultura zoot suiter pervive hoy entre los chicanos de California y Florida. Tribu urbana, alejados de las maras violentas, fueron pioneros en tunear automóviles reduciendo al mínimo los amortiguadores en modo que el chasis quede a cinco centímetros del suelo.

Zazous

Al mismo tiempo, y sin que hubiera ninguna conexión directa entre los dos fenómenos, en la Francia ocupada y bajo el régimen colaboracionista de Vichy surgieron los zazous, jóvenes airados, fanáticos del jazz, que adoptaron vestimentas similares a sus congéneres del otro lado del Océano. En el origen de la denominación, una canción de Cab Calloway (que vestía zoot suits) de 1933: Za Zuh Zaz.
Now, here’s a very entrancing phrase/It will put you in a daze/To me it don’t mean a thing/But it’s got a very peculiar swing!
/Zaz zuh-zaz-zuh-zaz/
Zaz-zuh-zaz-zuh-zay.
Un suizo, Johnny Hess, con una canción grabada en 1938, Je suis swing, popularizó el término zazou.
Je suis swing, je suis swing/Zazou, zazou, zazou dé.
Los zazous, despilfarraban tejido mientras la industria del textil estaba obligada a racionarlo por imposición de los nazis que lo necesitaban para la confección de uniformes; llevaban el pelo largo peinado hacia atrás con gomina mientras el gobierno obligaba por decreto a los peluqueros a recuperar el cabello cortado para la confección de zapatillas; las chicas zazou, además de lucir amplias faldas plisadas y chaquetas largas, ante la imposibilidad de encontrar medias de seda, lanzaron la moda de pintarse las piernas con una raya que simulaba la costura, los chicos llevaban siempre un paraguas cerrado. Y lo que el Poder no soportó fue, cuando el mariscal Pétain promulgó la ley racial –obligando a los judíos a llevar la estrella amarilla–, que algunos zazous la cosieran en la americana. Fueron arrestados por la calle y condenados a penas menores. Eran una amenaza, la prensa los estigmatizó: “Blanquitos degenerados que solo sueñan con bajar del cocotero para imitar al negro”; un panfleto petainista, La Gerbe (El vómito) los satanizó: “Hay que tomar en serio a los zazous de una vez, para suprimirlos”. Un solo intelectual, Boris Vian, tuvo el coraje de defenderlos, mientras Simone de Beauvoir ni se había enterado de que hubiera una guerra y Jean-Paul Sartre estrenaba en el París ocupado. El Partido Comunista Francés les dio la puntilla, acusándoles de vagos inmorales. Los zazous respondieron con ironía: “Si tenéis ansias de eternidad, pedid un arsénico con menta”.
En 1942, empieza la caza al zazou, escuadras de fascistas de la JPF (Jeunesses Populaires Françaises), flanqueados por la policía rastrean los bares donde se reúnen y después de molerlos a palos los rapan y desnudan. Los que se resisten, son enviados a trabajos forzados en el campo. Los pocos que quedan, despojados de su identidad, entrarán en la clandestinidad de los subterráneos, con la música a bajo volumen, pero el impulso se ha acabado. No resucitará ni con la Liberación (aunque algunos se unieran a la Resistencia), excepto en el hecho de que Francia fuera el país europeo que acogió a los jazzmen negros norteamericanos sin trabajo.

Teddy boys, mods y otras hierbas

En los 50, el rockabilly crea en Inglaterra su propio estilo, los teds, mayoritariamente de clase obrera, procedientes del sur londinense, recuperan la moda “eduardiana” (de ahí su apodo): chaquetas con largos faldones con el cuello ribeteado de terciopelo negro, corbatas estrechas (o lazos), chalecos… Un pedrusco en plena jeta de los estilistas de Savile Row, que empezaron a desorientarse y a los que los 60 les desmadejaron: la aparición de los mods propició la aparición de nuevos diseñadores, como Mary Quant, decisiva en la sexualidad de la época –Agustín García Calvo sostenía que la minifalda (que favorecía la jodienda de pie) tuvo enseguida su respuesta reaccionaria con la invención de los pantys que sustituyeron a las medias–.
Los mods, al igual que los teds, fueron conflictivos, sus peleas en Brighton en el 64 contra los rockers son míticas, aunque de estos últimos no hablaremos; no fueron precisamente un ejemplo de elegancia vestimentaria. Como tampoco lo haremos ni de los hippies ni del punk, musicalmente nacido en París alrededor de Skydog Records y recuperado como moda por dos oportunistas ingleses: Malcom McLaren y Vivienne Westwood, movimiento que remató Richard Branson, despojándose de sus camisas afganas y de las sandalias, fichando en el 77 a Sex Pistols para Virgin Records. Las chicas, que habían pasado de ser simples comparsas de la tropa masculina al rechazo de la moda impuesta por las revistas de estilo, quemando en público sostenes, reivindicando el amor libre y promiscuo (gracias a la píldora anticonceptiva), volvieron a abrazar la lencería sofisticada, deudora de la herencia dudosa de la estética sadomaso.

Sapeurs

En el Congo Brazzaville de los años 60 nace el único movimiento juvenil genuinamente africano: los sapeurs, de los que ya contamos brevemente la historia en el artículo anterior. La llegada de la moda yé-yé francesa, vehiculada por cantantes como Johnny Halliday, Jacques Dutronc (todo un dandy), o grupos como Les Chaussettes Noires o Les Chats Sauvages, cuaja en un barrio del sur de la ciudad, Bacongo, uno de los menos poblados. En este caso no son jóvenes de la clase obrera –inexistente en el país, la mano de obra especializada se importa de otros países, y los cuadros, de Europa– los que impulsan lo que ahora se denominaría una tribu urbana, sino desocupados, pequeños delincuentes que sobreviven de apaños y robos. Lo que les une es la vestimenta europea, lo poco que ganan lo gastan en comprar prendas de ropa, cuanto más caras mejor. Así se crean los Clubs de Jeunes Premiers, traducible por Clubes de Jóvenes Destacados, grupos de tres, cuatro o diez amigos que comparten vecindad e intereses, con un líder que hace de puente con otros clubes. La red crece con lazos solidarios, raramente conflictivos entre sí y nunca politizados; los miembros intercambian información para pequeños golpes, ropa, música y, cuando se da el caso, pequeñas cantidades de dinero para afines de lo que se instituye con las siglas de SAPE (Societé des Ambianceurs et des Personnes Élégantes). Orgullosos y altivos, los sapeurs dan la nota: los escolarizados visten mucho mejor que los profesores.
Ya en los 60, el movimiento se contagia a Costa de Marfil (a pesar de no ser un país limítrofe). En el barrio de Treichville de Abidjan, de mala fama, sede de burdeles y bares donde acuden los funcionarios europeos deseosos de encanallarse, empiezan a proliferar jóvenes vestidos a la última: la diferencia con Brazzaville es que muchos son proxenetas, pequeños traficantes de marihuana y carteristas. Cantidad de europeos sufrirán las consecuencias de su afán de riesgo exótico-sexual.
En 1970, un golpe de Estado cruento, con fusilamientos masivos de políticos del anterior gobierno, inaugura en el Congo el primer Régimen marxista-leninista de África. Está claro que los sapeurs son una china en el zapato de los burócratas y militares y las consecuencias se harán notar muy pronto: vilipendiados por la prensa oficial (“ejemplo nefasto para la juventud”), el Poder los etiqueta como lumpen y manda cerrar los almacenes de prêt-à-porter Tissus K.M., los únicos que importan producto extranjero, predilecto tanto de los sapeurs como de la alta burguesía. Empieza el exilio hacia Paname, apodo de París en toda el África francófona. A finales de los 70, la huida hacia Francia empieza a ser masiva: el efecto llamada funciona a tope y a los que se van se les bautiza Aventuriers, muchachos de 18 o 20 años a los que, de pronto, se les derrumba el sueño. París es cruel, la sociedad blanca los rechaza, no hay trabajo, viven de hurtos en supermercados y de trapicheos, pero en sus comunicaciones con sus amigos y familiares aparentan vivir en el mejor de los mundos. A cada regreso muestran sus prendas carísimas de marcas famosas que han robado o comprado a costa de privaciones, alimentando el sueño de otros que harán que gire la rueda. A partir de entonces se les llamará Parisiens.
En Paname los sapeurs recién llegados lo primero que hacen es acudir a la MEC (Maison des Étudiants Congolais), albergue juvenil financiado por el PCT (Partido Congolés del Trabajo), sin una gestión estructurada a pesar de los esfuerzos (pocos) de los miembros del partido nombrados para ello. En un edificio de varias plantas se les destina a la última, donde, ya que rehúsan pagar su cuota para la electricidad, se alumbran con velas y cocinan con camping gas (sémola en lugar de su mandioca habitual, detestan las patatas). No participan en la limpieza y el mantenimiento del edificio, lo que desean es largarse cuanto antes. El paso siguiente es aprender a trasladarse en metro, saltarse las barreras, no pagar billete y circular por la ciudad, darse un paseo por la mañana por las oficinas de empleo, después por las tiendas de ropa y por la tarde, luego de cambiar de vestimenta, acudir a la plaza de la República, delante de los grandes almacenes Tati, en la chaine (la cadena que separa la acera de la calzada) para pavonearse con lo que han conseguido durante los últimos días. Si no tienen nada nuevo para mostrar, no van, se arriesgan a que un jurado del todo espontáneo les diga “affaires za fua”, algo como “no vale, no has pasado el examen”, toda una humillación. Por la noche van a discotecas: Les Cocotiers, La Plantation, L’Emeraude…, escuchan la música pero no acostumbran a bailar, se les arrugaría la ropa, que llevan siempre a la tintorería, nunca a la lavandería, a la que van muy de vez en cuando para lavar los tejanos, las camisetas y las sábanas (si es que las tienen). Allí pueden (sobretodo en L’Emeraude), ligar con una francesita a la que le pirren los negros, con la que harán pareja hasta que ella cambie de idea. Desprecian a los senegaleses (a los que llaman ngaya, campesinos), que tienen más éxito entre las chicas blancas por ser más altos y delgados, con rasgos menos negroides, y que abrazan generalmente la estética rasta (dreadlocks, barba descuidada, camisas tradicionales, pantalones anchos de algodón). Los congoleses desconfían de sus compadres sapeurs zaireños que los han estafado a menudo vendiéndoles billetes de avión para ir de Kinshasa a Bruselas, línea mucho más accesible que el monopolio que Aeroflot, rusa, mantiene sobre el Congo. Muchos de ellos serán repatriados inmediatamente, los zaireños les habrán proporcionado también pasaportes y visados falsos.
Su estética cunde en el Congo, crean su propia música y un baile: la griffe (la marca). Al regresar a Brazzaville deben mostrar lo que llaman la gamme, lo que han conseguido acumular durante su estancia en Paname, y esta vez no solo entre sus amigos de exilio sino en su propio barrio y a su propia familia, que ha contribuido a su mantenimiento. Un nuevo examen: affaires za fua o affaires zi belé son las sentencias que dictan el paso para ser aceptado: o apruebas o no. La peor es affaires-za-ou zi-fuidi: a los que han hecho trampas falsificando etiquetas de prendas, se les expulsa. Los elegidos hacen piña: es famosa la irrupción el domingo 6 de Septiembre de 1981 de decenas de ellos en el estadio Alphonse Massambat-Debat de Brazzaville en un derbi entre Diables Noirs y CARA (Club Athlétique Renaissance Aiglon), los dos equipos de fútbol rivales de la ciudad. Ataviados con sus mejores prendas, caminando en fila india con su andar característico a zancadas, moviendo marcialmente los brazos, afeitadas las sienes y maquillados color papaya, ocuparon, con gran escándalo, la grada destinada a las autoridades.
Algunos fotógrafos (de los que lamentamos no poder incluir sus imágenes) han seguido el movimiento a partir del cambio de siglo: Baudouin Mouanda (congolés), Héctor Mediavilla (español), Daniele Tamagni y Francesco Giusti (italianos) entre otros, pero a pesar de la calidad de su trabajo, la SAPE se había convertido ya en un fenómeno folklórico, competición extravagante entre Brazzaville y Pointe Noire (una la capital administrativa, la otra la económica), Kinshasa (la cuna de la música, a través de los llamados kinos) y Abidjan (que reclama su derecho de pernada). La fotografía no puede adelantarse a sus objetos, no puede más que seguirlos.
Movida exclusivamente masculina, sin connotaciones homosexuales, gracias a los acuerdos de cooperación entre el Congo, Rusia y China, algunos estudiantes becados aprovechan a partir del 2000 las posibilidades de producción que se les presentan y que en su país se les niegan, para crear sus propias marcas e iniciar un proceso de renovación sin el lastre de la decadencia estrafalaria local. Sus colores extremos, sus fantasías, sus patrones, pronto influirán, desde África, en el mercado global de la moda.
Testimonio actual

“Me llamo Terence Etsaka (es la versión corta de mi nombre), estudiante de medicina. Nací en Brazzaville hace veintisiete años, hijo de un padre empresario y de una madre jurista. Hice mi enseñanza primaria y secundaria en el Congo, hasta obtener el bachillerato en 2004. Después volé a San Petersburgo donde estuve dos años. Al volver al Congo durante un año, volví a marcharme, esta vez a China, a Wuhan, para continuar mis estudios, gracias a una subvención de mi país y una ayuda del gobierno chino.
Al igual que muchos compatriotas, crecí en un entorno de fashionists, aunque mi pasión por la moda no se reveló hasta los dieciocho años, cuando me regalaron un traje. Entonces entré en la SAPE y decidí ser diseñador de moda; más una pasión que un oficio, algo incluso divertido, una manera de expresarme: soy creador a tiempo parcial, y ahora estoy en condiciones de poder dedicarme tanto a mis estudios de medicina como a mi segunda actividad. Algo que me hace feliz.
El universo de la moda evoluciona continuamente, cosa que exige renovarse sin cesar. La marca Terence Etsaka ha cumplido ya dos años y no se inscribe en una política de competencia con otras marcas –tampoco tendría la fuerza para hacerlo–, sino como alianza; considero a mis cofrades no como rivales, sino como cómplices con los que trabajar juntos: en la SAPE no hay peleas, además de un movimiento es un modo de ver las cosas que puede variar de un individuo a otro, intercambiando ideas, ya sea en kitouba, lingala, francés (la lengua oficial del Congo), inglés, ruso o chino. Hay puntos comunes: a un sapeur le gusta combinar colores, es elocuente y elegante (detesta pasar desapercibido) y también vehicular una imagen positiva de sí mismo, sentirse cómodo (‘Feel good-Look good-Smell good’), aunque algunos sapeurs se complazcan en llevar el esteticismo a niveles extremos y perderse en la autocomplacencia en lugar de cultivar la humildad. Todo congolés nace sapeur, o predispuesto a serlo, está inserto en nuestra cultura: no se necesitan líderes aunque algunos pretendan llegar a serlo, otros mantenemos una cierta distancia.
Mi intención para el porvenir es situar al consumidor en el núcleo de la industria, partir de él para que vista a su gusto, se integre en el proceso de creación, y sea él mismo el vehículo de promoción. África sigue siendo mi campo predilecto de acción y queda mucho por hacer. Concibo las piezas, dibujando a mano o con ordenador, de la confección se encargan mis amigos chinos. Tengo, por ahora, un centenar de clientes fieles, espero poder abrir pronto un punto de venta en Brazzaville”.

Costuras

A pesar de las distintas culturas, el afán por diferenciarse es común y no solo a los movimientos juveniles: Beau Brummell, nieto de un tendero, que nunca dio un palo al agua, sedujo al Príncipe de Gales y a toda la noble-za londinense (a la que ridiculizó a menudo) por su capacidad para ser el árbitro de la mo-da; acabó mendigando. Oscar Wilde era un dandy homosexual; acabó en prisión. A John Galliano se le escaparon exabruptos antisemitas y se declaró culpable alegando exceso etílico; y Sassou-Nguesso está considerado el hombre más elegante del Congo. Papa Wem-ba cantaba en Proclamation:
Na mokili baninga bo yoka
tozali ba passagers to yoka.
En este mundo hay que saber
que estamos solo de paso.

Texto: Albert y Jordi Romero

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