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Guía para forrarse en el Salón del Cómic


El pasado noviembre FNAC celebró el mes del cómic, lo que significó una gran cantidad de presentaciones, charlas, talleres, proyecciones, firmas de ejemplares y clases maestras en las 13 capitales españolas donde la cadena tiene sucursal. En la mayoría de estas capitales se viene celebrando anualmente un salón del cómic (con este mismo nombre o algún otro equivalente) destacando por su antigüedad el Salón de Asturias, y por su dimensión el Salón Internacional del Cómic de Barcelona. Según dicen, nuestra querida historieta goza de una salud de hierro, el año pasado se publicaron 200 títulos, lo que supone una progresión ascendente con respecto al año anterior, aunque a mí me da la sensación de que está más muerta que viva por la sencilla razón de que ya no se publican revistas de cómic; lo que venía siendo el clásico tebeo. Recién cumplidos 100 años del nacimiento de la revista infantil TBO, de donde surgió la denominación, decir tebeo antiguo es una redundancia porque ya todos los tebeos lo son, al no haberlos modernos. Podemos encontrar libros, álbumes, reediciones, fanzines, videojuegos, DVDs, merchandise… pero ya no se publican revistas periódicas de historietas.

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No obstante, el cómic sigue vivo como lenguaje y como referente. No puede desaparecer porque, si desapareciera, habría que inventarlo nuevamente al ser el vehículo perfecto para que se desarrolle un cierto tipo de historias, un cierto tipo de humor, un cierto tipo de aventura, un cierto tipo de estética y un cierto tipo de autor. Con sus virtudes y defectos, que ambos saltan a la vista con igual facilidad. En cuanto a las virtudes, el noveno arte ha dejado una estela de creaciones gráficas que se revalorizan con el paso del tiempo, como la figura de Hugo Pratt (1927-1995), solo o en colaboración con el malogrado guionista Oesterheld, para el que dibujó personajes como el Sargento Kirk o el corresponsal de guerra Ernie Pike, que le dieron la soltura necesaria para la creación de Corto Maltés. Los álbumes más cotizados de Hugo Pratt no son los de Corto que, como son recientes, aún están a la venta y cuestan su precio facial, sino los tebeos descatalogados que son difíciles de conseguir y se han revalorizado mucho, llegándose a pagar 200.000 euros por uno de ellos; no hay una relación directamente proporcional entre el valor de mercado de un cómic y su popularidad. El marino soñador siempre será su mejor personaje, la prueba es que sobrevivió a su creador como suele suceder con los grandes héroes de papel, con el valor añadido de que los personajes de cómic suelen tener dos padres, el guionista y el dibujante (a veces incluso tres, recordemos a Stan Lee que era un editor creativo), mientras que en el caso de Corto, Hugo Pratt desarrolló ambas funciones.
En sus últimos años visitó distintas capitales europeas en busca de documentación, realizó esbozos que no llegó a utilizar en cómic sino que se publicaron como obra gráfica; una de ellas es una colección de 12 litografías que dibujó del natural a su paso por Córdoba en 1989. Al año siguiente, el propio Hugo Pratt la presentó en las VII Jornadas del Cómic de la capital cordobesa, Hugo ya no está entre nosotros pero 28 años después de aquel viaje ha regresado su creación, este noviembre se celebró la exposición Corto vuelve a Córdoba en la Casa de Sefarad, donde se exhibieron aquellos dibujos junto con otros testimonios interesantes. No en vano figura que el personaje de Corto Maltés es hijo natural de una gitana andaluza y su infancia transcurrió en la ciudad de la mezquita donde fue educado por un rabino. Además, se siguen publicando historietas nuevas con un estilo muy similar, los encargados de darle continuidad son españoles, Juan Díaz Canales (guionista) y Rubén Pellejero (dibujante) han publicado ya dos álbumes, Bajo el sol de medianoche (2015) vendió 220.000 ejemplares, propiciando un segundo álbum titulado Equatoria que salió en 2017. Corto ha protagonizado también su propio largometraje de animación: La Corte Secreta de los Arcanos (2002) basado en la historieta Corto Maltés en Siberia; a pesar del movimiento un tanto estático de los personajes es una película encantadora o así nos lo parece a los que estamos fascinados por este aventurero. Su buena acogida dio lugar a una miniserie de cuatro telefilms: La Balada del Mar Salado, Bajo el Signo del Capricornio, Las Célticas y La Mansión Dorada de Samarkanda, como veis todas basadas en sus álbumes. Su continuidad se confirma por el rodaje de una superproducción cinematográfica con personajes reales, dirigida por Christophe Gans (el de La Bella y la Bestia) en la que Tom Hughes encarnará a Corto Maltés.
Corto nos permite saber qué se siente cuando un personaje de cómic tan emblemático cambia de dibujante. Posiblemente algunos opten por dejar de seguirle, otros le guardarán fidelidad y los millenials puede que lo descubran con ojos nuevos. Hay dibujantes muy bien considerados que se les conoce por haber llevado a la perfección personajes heredados de sus predecesores, pongamos por caso a Charles Flanders, excelente profesional que recibió su alternativa sustituyendo nada menos que a Alex Raymond; el éxito le llegó con El Llanero Solitario, al que estuvo dibujando durante 35 años, tiempo más que suficiente para que los aficionados recién incorporados pensaran que era su creador. Todo un superviviente, El Llanero Solitario tiene un historial multimedia de lo más completo: comenzó en 1933 siendo un serial radiofónico; a continuación perteneció al mundo del cómic durante décadas; de ahí pasó al cine que lo revive a cada generación, desde una modesta serie mexicana hasta protagonizar flamantes superproducciones muy recientes; luego se convirtió en videojuego de Nintendo; y este año cumple su 85 aniversario siendo una app para jugar con el móvil. Todo un récord de longevidad tratándose de cultura juvenil. Pues bien, Charles Flanders al retirarse se mudó a Palma de Mallorca hasta su fallecimiento, donde dejó algunos originales que son pieza de coleccionista.
En la industria del cómic es frecuente que un personaje muy consolidado pase a manos de un nuevo dibujante, eso se hace evidente al pensar que Superman ha cumplido ya ocho décadas (de 1938 a 2018) dando trabajo a varias generaciones de historietistas. Es la mejor prueba del acierto que tuvieron sus creadores, Jerry Siegel y Joe Shuster, guionista y dibujante respectivamente del hombre de acero, cuyo nacimiento precisó de la creación de una revista que albergara aquel tipo de aventuras tan novedoso. Se da la paradoja de que quien está ganando más dinero por la creación de Superman no son ellos ni sus herederos, ni siquiera el editor; los que se están forrando son los coleccionistas que aún conservan aquellos tebeos en perfecto estado. En el año 2011 se puso a la venta un ejemplar del primer número de Action Comics con la primera aparición pública del superhéroe más influyente de todos los tiempos, el detonante de un fenómeno que cautiva a muchachos de medio mundo. El comprador pagó por él 2,16 millones de dólares, el precio más alto pagado hasta entonces por un tebeo. Pero es que en 2014 salió a subasta en eBay otro ejemplar que pulverizó este récord, alcanzando la cifra Guinness de 3.207.852 dólares. ¡Y pensar que quizá, en algún lugar del mundo, alguien está pensando en deshacerse de los cómics que su abuelo guardaba en el desván, entre los cuales puede encontrarse el primer número de Action Comics! Si no vamos de vez en cuando a ojear tebeos usados, seguro que la fortuna no nos sonreirá. La reliquia tiene un valor añadido para el lector español. En su primera aventura, Superman acude a un país en guerra a salvar la situación; los estudiosos han señalado que pudiera tratarse de una alusión a la guerra civil española, aunque sin referirse a ella directamente. Si nos fijamos en la fecha veremos que se publicó en junio de 1938, cuando el desenlace de nuestra guerra civil estaba indeciso. Desde Estados Unidos seguían la contienda con atención; para ahuyentar sus fantasmas, enviaron a Superman que solucionó el enfrentamiento con más astucia que superpoderes, forzando a los dos bandos a dialogar.
Otra buena inversión son los originales inéditos y los bocetos autografiados. En mayo de este año, la casa de subastas Christie’s de París vendió un carboncillo de Hergé por 175.000 euros, nada si lo comparamos con una ilustración de Tintín y Milú coloreada con acuarela, que el dibujante belga había dibujado para una portada que no utilizó. El precio de salida era de medio millón de euros y finalmente fue adjudicada por 607.500 euros. Hergé se la había regalado a un amigo que la legó a sus descendientes, reposando en aquel entorno familiar durante 77 años se revalorizó como un vino gran reserva, pasando de ser un obsequio a convertirse en una rareza muy cotizada. Hay que cuidar a los dibujantes porque nunca se sabe, sus detallitos amistosos pueden llegar a alcanzar las cifras que se están pagando en los últimos años por originales de Hergé. Un millón y medio por una doble plancha de El cetro de Ottokar, 1,55 millones por una plancha del álbum Aterrizaje en la luna –récord mundial de cotización por una sola página– y 2,65 millones por la doble hoja que servía de guardas a Objetivo: la Luna, récord mundial absoluto de una ilustración de cómic. Eso sin mencionar los beneficios que puede reportarnos la contemplación de esos trabajos cargados de talento, que transmiten emoción, intriga, romanticismo, pasión o tienen un fuerte impacto visual, no solo para deleite personal sino también como modelo de aprendizaje; muchos artistas aprendieron a dibujar copiando las viñetas de determinados tebeos que son una lección magistral en lo referente al encuadre, creación de ambientes, dinamismo y fuerza expresiva. Y si no que se lo pregunten a Roy Lichtenstein.
El dibujante Russ Heath se llevó una sorpresa cuando supo que Lichtenstein le había “fusilado” descaradamente un dibujo suyo. Tal como explicó en un cómic de una sola página, el cuadro Whaam! es la copia exacta de una viñeta que formaba parte de un cómic bélico publicado por DC. Lichtenstein vendió la obra por 4 millones de dólares, de los cuales Heath no recibió nada. Toda su aspiración era que le invitara a un vino pero el obsequio nunca llegó. Al jubilarse, entró en una época de penuria económica que pudo sortear gracias a la beneficencia de Hero Initiative, un organismo dedicado a socorrer a los artistas necesitados, la ONG sufragó los gastos de una operación, veló por su manutención y hasta le obsequió con una botella del mejor vino. Cuando veo el cuadro Whaam! siempre pienso “qué gran obra de Russ Heath”… pero qué gran mensaje de Roy Lichtenstein al mundo. A través del metalenguaje producido al interpretar una viñeta con la técnica pictórica, estaba reconociendo la calidad de los dibujantes de cómic y el valor de la narrativa gráfica. Lástima que, además de eso, no hubiera sido un poco más agradecido.
Como hemos señalado al principio, la historieta clásica también tiene defectos. La mayoría de dibujantes han sido varones blancos hetero y eso hace que el cómic no haya sido todo lo edificante que debiera en lo tocante a la igualdad de razas, sexos y religiones. Para que hubiera acción, se mataba tranquilamente a chinos, sarracenos, japoneses, marcianos, negros y feos, solo por el hecho de serlo. Para que se luciera el superhéroe de turno se echaba a las mujeres por el balcón… pero con cariño. Frank Miller, que es la figura de culto en estos días por haber sido el invitado especial de los salones del cómic más importantes de nuestro país, tuvo ocasión de defenderse de esas acusaciones a requerimiento de los periodistas. Vino a decir que el cómic era una forma de expresión que gozaba de gran libertad, se trataba de dibujar buenos y malos de la forma más gráfica posible, si es chocante es por el cambio de mentalidad que ha experimentado la sociedad en todo este tiempo. Si dibujaba rubias sexys, hombres apuestos, coches de época, rascacielos y escenas de mucha acción, no era con aviesa intención sino que en sus tebeos vemos todo aquello que a él le gustaba dibujar. Simplemente desnudó sus más íntimas perversiones para darles forma lo mejor que supo. Publicado en Visual 196

Texto: Tomás Sainz Rofes

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