MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Homenajes, parodias, plagios y coincidencias


Gafas01La copia es una práctica tan antigua como la propia actividad artística. Gracias a esforzados copistas romanos han sobrevivido réplicas de esculturas griegas de cuya existencia jamás hubiéramos tenido noticia. Pero la copia puede tener muchas derivadas, no siempre perfectamente discernibles entre si, desde el que copia para aprender hasta el que pretende hacer pasar por suyo aquello que ha copiado (plagio). A lo que hay que sumar las desafortunadas coincidencias –haberlas, las hay–, las parodias o los homenajes, por no hablar del recorta y pega, un delito incruento pero deleznable, sobretodo cuando el que lo ejerce es también un creador perfectamente informado de lo ilícito de su acción. Las imágenes que ilustran este artículo son un pequeño resumen de todas estas posibilidades: desde que el que se apropia indebidamente de una imagen con la vana esperanza de no ser descubierto, hasta el que lo hace precisamente con esa intención, ya que la copia es el mensaje. Publicado en Visual 167


“¡La originalidad es un concepto muy sobrevalorado!”.
La primera, en la frente, pensé.
Había ido a visitar a G y no pude dejar de comentarle que estaba preparando este artículo sobre la copia, el homenaje, etc.
En cualquier caso –prosiguió mi excitable amigo– cuando se habla de originalidad, se utiliza el término con muy poco rigor. Cualquiera que se haya enfrentado a la experiencia docente sabe cuan mitificado está el término entre la inexperta tropa y con cuanta facilidad se confunden originalidad y excelencia. Proponle a un alumno primerizo de diseño gráfico que te haga una propuesta de, no sé, una doble página de libro. Ya verás lo poco que tarda en poner la foliación en los márgenes interiores (o no ponerla), para romper así siglos de monotonía creativa, durante los cuales a ningún diseñador se le habría ocurrido la genial idea de poner el número de página en un lugar menos visible. O en proponer un formato de libro redondo o cualquier otra ocurrencia de este calibre.
Este candor del diseñador primerizo es entrañable –objeté–, forma parte de la vehemencia juvenil. Yo lo veo muy sano.
Ya… Y dice mucho de la manera de pensar de la sociedad en la que se desenvuelve, más atenta siempre a lo accesorio que a lo sustancial, –atajó G, sin intención de dejarme colar ninguna otra frase–.
Mi sano y entrañable colega –prosiguió–, hubo un tiempo, durante algunos siglos, en que esto distaba mucho de ser así. Me refiero al prestigio del que goza la originalidad. Los hombres miraban a la Grecia clásica con la melancolía y la añoranza de pensar que ninguna obra humana, ni artística ni literaria ni filosófica, podría medirse con la de aquellos hombres: el anhelo era parecerse a ellos. Por fortuna, los creadores de todos los tiempos, aún a su pesar a veces, han aportado nuevas miradas y formas, no mejores, pero sí distintas. A mi modesto entender, el malentendido sobre la originalidad nace junto a eso que llaman arte contemporáneo, cuando el solo hecho de proponer algo diferente, independientemente de su interés –intelectual o estético– o su pertinencia, se convierte en un bien intrínseco.
En este punto, quién sabe por qué asociación de ideas o por no haber respirado ni una sola vez durante todo su discurso, G suspiró muy hondo, empuñó su vaso y dio entera cuenta de su whisky como si le fuera la vida en ello. Acercó mucho su cara a la mía. Mirándome muy fijo a los ojos y bizqueando ligeramente, continuó su argumentación:
Sólo a la sombra de este inmenso malentendido se explica que artistas como Dalí o Warhol sean muchísimo más conocidos hoy –y valorados– que Morandi o Hockney, por poner dos ejemplos más o menos coetáneos de aquellos. Pregúntale a cualquiera (he dicho a cualquiera, no a un crítico de arte) por qué le gusta tanto Dalí (o si el sujeto es un cinéfilo informado y moderno, puedes preguntarle por el movimiento Dogma) y te apuesto mi colección de bastones a que no tardará ni medio minuto en emplear el adjetivo “original”. Y eso que lo que Lars von Trier y sus secuaces proponían en su manifiesto –bajos presupuestos, cámara al hombro, sonido ambiente, argumento lineal– lo podría haber firmado cualquier realizador de cine porno.
Puedo estar de acuerdo prácticamente en todo lo que dices, repliqué, pero no acabo de ver a dónde quieres ir a parar…
Quiero ir a parar en que nadie en su sano juicio puede ser tan arrogante como para calificar su obra de original si su obra vale realmente la pena. Todo lo que hacemos los creadores, sea mejor o peor, es trabajar sobre una herencia de siglos. Es sólo gracias a las aportaciones de todos los que nos precedieron que no nos vemos en la penosa situación de trabajar partiendo de cero. No puedes enfrentarte a un encargo sin documentarte sobre el tema y sobre lo que se ha hecho ¿No?
Naturalmente, eso de no documentarse para no recibir influencias suena a artista romántico…
¿Romántico? Ejem, suena a majadería, sencillamente. ¿Qué sucede cuando no te documentas? Que a lo mejor, con mucha suerte y si eres mínimamente brillante, llegas a la misma conclusión a la que álguien llegó cincuenta años atrás. ¿Y qué hemos adelantado con eso? Mira, yo siempre cito aquella frase de Isaac Newton: “Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes”.
Entendido -–dije– la originalidad absoluta no existe.
A veces la originalidad es criminal y fascista: si yo me muevo en el metro de una ciudad desconocida, lo que exijo al diseñador de la señalización es que haya sido lo suficientemente poco “original” para que, con el conocimiento previo que yo tengo del código establecido en las señalizaciones de los metros de la mayoría de las ciudades civilizadas, no me pierda por sus pasillos y andenes, como un alma en pena, acordándome del árbol genealógico de tan “creativo” colega.
Ya –repuse yo, con elocuencia–.
¿A qué viene todo esto? Te preguntarás, mi inquisitivo amigo. Pues ni más ni menos a que la idea de originalidad es la vara de medir de todo eso de lo que tú quieres hablar en tu artículo: copias, homenajes, coincidencias… Como bien sabes, antes o después, siento la imperiosa necesidad de invitar a Jorge Luis Borges a nuestras conversaciones… (En este punto, se me escapó un “uf” por suerte inaudible para G, demasiado ocupado en escucharse a sí mismo para reparar en mi interjección).
Nuestro ginebrino amigo porteño afirmaba, en variados momentos y rincones de su obra, que toda poesía se reducía a una limitada combinación de metáforas, siempre las mismas, las únicas posibles. Las combinaciones de palabras y de imágenes son infinitas, pero no es infinito, ni mucho menos, el número de estas combinaciones que tiene algún sentido o interés. O dicho de otro modo, todas las metáforas esenciales ya han sido formuladas (es lo que tiene nacer en un siglo tan tardío). Todo lo que los nuevos poetas puedan añadir nos remite a una serie de, llamémosles, modelos elementales. Es decir, todo nuevo poeta y por extensión, todo nuevo creador literario o visual está condenado a caer en los mismos argumentos y estrategias. El margen para la originalidad es estrecho y todo aquello que lo excede debiera ser la horma de nuestra humildad. He dicho.
G, que había terminado precipitadamente su discurso, se levantó de su silla y salió disparado hacia el lavabo del que volvió con expresión beatífica.
La próstata, muchacho –se excusó–. No te hagas nunca viejo, es un mal negocio… Pero te decía… Bueno, no sé, es importante que entiendas que con todo eso no estoy defendiendo a los tramposos que utilizan el plagio como el camino más corto para ganar un concurso o resolver un encargo o aquellos otros, de peor calaña si cabe, que roban obras ajenas para enriquecer su bolsillo o su ego (o ambas cosas).
Yo no soy más que un diseñador jubilado, pero sobre mis insomnios pesan muchas horas de trabajo delante del papel en blanco, duros momentos en los que las musas parecen haberse ido con la música a otra parte. En esos momentos, llegas a pensar que nunca más se te volverá a ocurrir una idea que valga la pena y que por qué demonios no le hiciste caso a tu santa madre y estudiaste algo de provecho y te hiciste notario o, como mínimo, registrador de la propiedad, aunque no tengas ni puñetera idea de en qué consiste ser registrador de la propiedad. Sé, en resumen, lo que es una vida de creador y el rechazo que me produce toda esa gente que medra gracias a las ideas ajenas.
El problema es que son unos ingenuos –interrumpí–, vivimos en un mundo donde al final todo se sabe. Nunca me ha entrado en la cabeza cómo nadie puede pretender robar una idea y quedar impune…
Sólo una última cosa, muchacho –zanjó G–, guárdate mucho de acusar a nadie en tu artículo, porque es muy difícil deslindar el plagio de la mera coincidencia o de una mala jugada del inconsciente… Capítulo aparte merecen las parodias. El mismísimo Quijote nació como una parodia de los libros de caballerías. Y para que una parodia funcione hay que saber copiar y hacer cómplice al lector o al espectador de que se copia con la intención de que se sepa que se copia. La parodia no es, en esencia, distinta del “homenaje”, sólo que en este caso el que copia rinde tributo al copiado. Nuevamente, vuelve a ser muy importante que quede fuera de discusión la intención con la que se hacen las cosas, ya que si el homenaje no es claramente percibido como tal, se queda en una miserable copia… Es un tema complicado y del que no están a salvo ni siquiera los genios ¿Sabías que talentos tan notables como Charles Chaplin o George Harrison perdieron demandas por plagio? Picasso decía, supongo que medio en broma, medio en serio, que “los buenos artistas copian, los genios roban”.
“¡Quien esté libre de pecado… Que Dios se la bendiga!” graznó Allan desde su observatorio (el busto de Baudelaire), molesto porque le habíamos despertado de su siesta. Texto: Carlos Díaz

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