MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

I shot the sheriff


Es sorprendente la buena salud de que goza el realismo fotográfico, nunca un estilo pictórico había tenido unos planteamientos tan poco ambiciosos ni había recibido una acogida tan fría por parte de la crítica. Nació cuando un artista con experiencia como litógrafo se dijo a sí mismo, cojo una diapositiva, la proyecto sobre el lienzo y ya tengo hecha la parte más difícil del cuadro, que es el dibujo de la perspectiva y los contornos hasta el más mínimo detalle; solo un californiano podía haber albergado semejante idea ya que, por su pasado español, son considerados por los demás norteamericanos como el paradigma de la vana ostentación.

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Así que Robert Bechtle, un estudiante de Bellas Artes nacido en San Francisco (1932), no tenía nada que perder si se consideraba que aquella burda triquiñuela era una técnica de escaso valor, con un pulso admirable pasó a lienzo fotos familiares donde se veían coches, paisajes de su entorno y gente en situaciones triviales. Al exponer en Nueva York a finales de los 60 parecía improbable que fuera a cuajar una pintura tan figurativa en la ciudad donde había el único Guggenheim fundado hasta la fecha, pero ¡vaya si cuajó! Cuando los poetas del asfalto encontraron el american way of life representado en una galería de arte entraron en shock y se produjo la química que dio origen a un nuevo estilo pictórico; ya solo hacía falta que, en lugar de esos remotos confines, se plasmara la Urbe, la moderna Babilonia, la Meca de la civilización Pop. En qué otro lugar del mundo podía florecer un arte así más que en Nueva York, donde están absolutamente enamorados de sus bugas, su skyline, sus avenidas, sus barrios y hasta de sus hamburguesas con ketchup. Pronto lo comprendió Richard Estes, recién llegado desde Chicago donde había cursado estudios artísticos, se dedicaba al diseño gráfico en agencias y revistas ilustradas cuando decidió volcarse en el fotorrealismo de tema neoyorquino. Es un tipo optimista que pensó si el Guggenheim no viene hasta mí, yo iré hasta el Guggenheim y lo hizo tema de uno de sus cuadros. En unos tiempos absolutamente dominados por los churretones de pintura expresionista abstracta, aquella forma de pintar tan lamida no era una disciplina artística acomodada a lo establecido, sino que más bien era una indisciplina que iba a contracorriente de los críticos y galeristas pues contradecía todos los planteamientos del arte contemporáneo ¿dónde quedaba la gestualidad, la energía, la velocidad? Cuando se pretendía implantar como modelo supremo un action painting a lo Jackson Pollock lo que está claro es que el informalismo integral no podía compartir un mismo espacio con esa especie de cromos grandes… porque el público los hubiera preferido.
El fotorrealismo nació en una coyuntura adversa. La crítica estadounidense, en su afán de ir a la cabeza de todo, incluso de las técnicas artesanales aprendidas de la vieja Europa, había determinado que el arte total consistía en colocar el lienzo en horizontal y mancharlo de pintura desde todos los ángulos, bien salpicando como quien lo bendice con un hisopo o estampando un cuenco lleno de acrílico con toda la fuerza del cuerpo. Por la descripción puede parecer que el resultado será una bírria pero las apariencias engañan, el action painting siempre tuvo muy buena prensa ya que venía avalado por Peggy Guggenheim, creo que el apellido ya lo dice todo aunque no estará de más comentar que Peggy era miembro de una familia judía procedente de Suiza que les había dejado en herencia una colosal fortuna. Con dinero todo parece más fácil. Su padre, en mala hora tuvo la desgracia de subirse al Titanic y nunca más se supo de él; al que conocemos más es a su tío Solomon, casado con Irene Rothschild, casi seguro que por amor porque lo que es dinero no les hacía falta a ninguno de los dos, lo cual comento sin el más mínimo asomo de envidia aunque haya que admitir que apellidarse Guggenheim Rothschild tiene que ser un puntazo. Solomon es quien fundó el Guggenheim de Nueva York con el objeto de respaldar el arte abstracto, además de ser el creador de una Fundación que vela por las vanguardias en otras partes del mundo, entre ellas Bilbao. Por su parte, Peggy tenía una galería con el pomposo nombre de The Art of This Century donde presentaba a los artistas europeos que habían servido de precedente a los expresionistas abstractos americanos, cuya obra se mostraba también para dar a entender que estaban en la brecha aunque no había nadie que pudiera igualar el prestigio rupturista de genios como Kandinsky, Dalí, Miró, Braque y Picasso. América necesitaba dar un golpe de pedal si quería comenzar a tirar del pelotón de las vanguardias, y con ese objetivo Peggy organizó una exposición de la pintora Janet Sobel, establecida en Nueva York aunque ucraniana de nacimiento.
La obra de Sobel tenía esa técnica gravitacional (por llamarlo de forma benevolente) que ha caracterizado el estilo de Pollock, quien lo hizo suyo por el flipe que le produjo ese estilo y a él se consagró, apoyado por un puñado de críticos lo suficientemente agresivos como para convencer a la élite cultural de que aquella era la pintura americana tipo. En el esquema mental de esos críticos la figuración pasaba a ser considerada como un intento de falsificar la realidad, todo dibujo era un fraude, colorear era cursi y la perspectiva, una pobre aspiración de apariencia tridimensional. El Arte es un negocio y había que entender sus reglas para que invertir en él fuera rentable, que un cuadro se cotice extraordinariamente es un dato objetivo. En cambio que prefieras un artista de estilo agradable importa poco, siempre será una apreciación subjetiva, fruto de tu pereza mental, incultura y aburguesamiento. No faltaron escritores estadounidenses que se rebelaron a la dictadura del talonario, pero también es verdad que recibieron más palos que una estera y desde entonces, ni nos sentimos cómodos alabando pintores figurativos ni se nos ocurre desmerecer el informalismo por miedo a parecer ignorantes. Así que Pollock era indiscutible y lo seguiría siendo de no ser porque la técnica de derramar pintura sufrió un severo varapalo con la aparición de unas maquinitas de feria que centrifugaban el papel de modo que al volcar pintura encima quedaba resultón, permitiendo que cualquiera pudiera hacer action painting por la módica cantidad de 20 duros. La cosa terminó con la aceptación del Tachísmo, que consentía una cierta intencionalidad en la mano del artista siempre que fuera de forma rápida y muy enérgica, encumbrándose al estrellato pintores como Antoni Tàpies, Saura y José Guerrero, por mencionar a los tres españoles más conocidos que, como sus homólogos de otros países, acapararon para sí la etiqueta de Arte Contemporáneo.
Que los fotorrealistas no tuvieran esa consideración no puede significar que no fueran contemporáneos sino que llevaba implícito el sambenito de que lo suyo no era Arte sino Kitsch, caca de la vaca, el anti-arte. Como los museos, galerías y ferias tienen comisarios artísticos que velan por las buenas costumbres, el naturalismo había sufrido una desbandada general cuando los fotorrealistas comenzaron a plasmar temáticas de su mundo cotidiano, no porque tuvieran ideas preconcebidas sino porque se lo pedía el cuerpo, pero es evidente que en todos subyacía la preocupación de escapar a la definición de Kitsch, en el sentido genuino de este germanismo lexical con connotaciones de falsificación y atraso que se endosaba a todo lo que pretendiera perpetuar el academicismo imperialista de otros tiempos y a todo lo que se le pareciera. El escultor Duane Hanson y la pintora Audrey Flack representaban temas vulgares para que nadie pudiera encontrarlos pretenciosos. No podían ser tachados de Kitsch porque plasmaban lo kitsch y los críticos de Arte no hacían más que repetir que una cosa es la realidad y otra la representación de la realidad. Nunca la representación de la realidad podía constituirse en la realidad misma y por lo tanto sus obras, al ser un falso Kitsch, eran un verdadero Arte. Chuck Close se dedicó a pintar retratos de grandes proporciones que le permitían plasmar accidentes cutáneos nunca vistos en un dibujo, en su autorretrato se pintó poco agraciado, no es que fuera un adonis pero era importante que no pretendiera aparentarlo. Con la incorporación de Denis Peterson, que reflejaba con total crudeza a los personajes más desfavorecidos de Nueva York, quedó constituido el movimiento con el nombre que éste le dio: Hiperrealismo.
Subidos a la chepa del Pop y de la Contracultura de los 70, por mucho que a los comisarios les repateara los higadillos, ningún sheriff podía disparar contra aquel estilo profundamente americano. En Europa y Latinoamérica ya era otro cantar porque las directrices del arte contemporáneo se infiltraron en la Universidad. Era chocante, el examen de ingreso a la Escuela Superior de Bellas Artes exigía dominar el dibujo a carboncillo y permanecían en el programa de estudios asignaturas como Descriptiva y Dibujo del Antiguo y Ropaje, pero lo que se aprendía en esas clases entraba en contradicción con lo que enseñaban en las asignaturas de Pintura e Historia del Arte. El resultado fue un artista como Miquel Barceló que ha mantenido su apego a la forma por muy asalvajada que sea la manera de trazarla. Suya es la obra maestra de la pintura contemporánea, la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos y Alianza de Civilizaciones, más conocida como El mar de Barceló, sito en el edificio de las Naciones Unidas de Ginebra, un océano de color de mil metros cuadrados, considerado por los entendidos como la capilla sixtina del drip painting, nuestro mayor legado cultural a las generaciones venideras que será objeto de admiración eterna… si no hay desgracias que lamentar con esas estalactitas puntiagudas que penden sobre la cabeza de los congresistas.
El concepto restrictivo de arte contemporáneo también se impregnó en las galerías. Me centraré en las de Barcelona que son las que conozco, pero me consta que Madrid y Bilbao van por el mismo camino. La Sala Gaspar marcaba la pauta en cuanto a las preferencias por el arte contemporáneo y su fondo artístico alcanzó prestigio internacional. René Metras se añadió a esa línea de modernidad con una política similar a la de Peggy Guggen-heim, o sea, exponer vanguardistas de reconocido prestigio internacional para crear un ambiente que permitiera dedicarse al mecenazgo de proximidad. El apoyo de la revista Dau al Set al socaire de Brossa, Tàpies, Cuixart y Tharrats, unido a la creación del Museo de Arte Moderno y la Fundación Joan Miró atrajeron a las galerías Maeght y Kreisler, en poco tiempo abrieron sala Joan Prats, Carles Taché, Llucià Homs, María José Castellví, Alejandro Sales y Senda que vivieron años de efervescencia hasta bien entrados los 90. Ciertamente, el vanguardismo pictórico ha tenido continuidad en artistas jóvenes, lo que no ha tenido relevo han sido los coleccionistas que compraban obra pensando que hacían una buena inversión pero luego resultó que no encontraban esos artistas en los museos de arte contemporáneo. Conocer las reglas del juego no significa que puedas ponerte al nivel de quien las escribe, cuando se perdió la confianza en la pintura contemporánea como inversión les crecieron los enanos; la juventud no pisaba una galería, la nueva ley de arrendamiento puso los alquileres por las nubes, de modo que la mayoría cerraron o se trasladaron a lugares menos céntricos, produciéndose así el final de una época que recibió la puntilla hace poco, cuando los Mossos d’Esquadra interceptaron una trama de falsificaciones de Tharrats.
Por lo que respecta al hiperrealismo, una de las ventajas de haber sido ninguneado es que los artistas que lo practican no van a echar de menos las galerías ni a los santones que creían estar en posesión de la contemporaneidad. Como es un movimiento relativamente reciente, todavía viven los pioneros y están disfrutando de la gloria que alcanzaron, pues su obra ha entrado en todo buen museo que se precie. Mantuvieron viva la esencia del arte tradicional contra todo pronóstico y la verdad es que poca cosa más puede decirse de ellos, ya que sus seguidores no han heredado un estilo definido sino que trabajan con entera libertad, con mayor o menor apego a sus planteamientos. No se les puede tachar de académicos pues algunos son autodidactas, la mayoría ni siquiera se considera hiperrealista o lo son solo a veces, la fotografía suele formar parte del proceso aunque no es condición indispensable, pueden dibujar, pintar con acrílico, óleo o acuarela, moldear objetos y personas reales y hasta usar el ordenador cuando es un proyecto digital. Quizá no haya grandes nombres ni sean muy conocidos por la gente, tampoco salen por televisión pero sí que hay buenos artistas que han desarrollado estilos personales reconocibles y lo que sorprende muy gratamente es encontrar tantas mujeres dotadas de singular talento; no solo por la obra realizada sino por el potencial arrollador que tienen sus propuestas ahora que han dejado de escucharse aquellos sermones sobre lo que el artista debería de hacer. Un cuadro no es diferente de un poema, un artículo de opinión o una canción, debería prevalecer siempre el derecho a la libertad de expresión; a mí particularmente me gusta cuando la creatividad germina en una persona que tiene un talento natural para expresarla. Publicado en Visual 188

Texto: Tomás Sainz Rofes

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