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Ian Johnson. Una historia de arte, skate & jazz


a joyful noiseUno de los aspectos más fascinantes de la cultura popular es que cada época tiene una banda sonora que se vuelve inseparable de los acontecimientos que suceden a pie de calle. La culpa de esta simbiosis se debe a los movimientos juveniles, que muchas veces logran esquivar a las modas y consolidan un ambiente alternativo que se rige por sus propias normas y sus ritmos autóctonos. Aunque luego acaben absorbidos por la corriente mayoritaria y estén sometidos a las imposiciones económicas. Precisamente esto es lo que sucedió con el fenómeno del surf a finales de los años 50, cuando los surfistas de California escuchaban bebop en los bares de playa mientras esperaban a que llegaran olas gigantes. Publicado en Visual 177


Y lo mismo se repetía tres décadas más tarde, al unirse la rebeldía del skate con el mundo del jazz gracias a los primeros vídeos que lanzaron algunas marcas independientes para promocionar a sus estrellas. Entonces el monopatín y ese género más negro que el carbón se convirtieron en dos caras de la misma moneda, sin embargo, todavía faltaba que algún artista con proyección internacional se animara a plasmar en imágenes aquella unión tan inverosímil, anacrónica y profundamente hermosa. Es en esta parte de la historia que entra en escena Ian Johnson, un ilustrador que vive en San Francisco y que trabaja como director creativo en el legendario sello Western Edition. Bienvenidos a un viaje personal y geográfico por su universo visual repleto de estrellas de la época dorada del jazz y de tablas de skate con diseños vanguardistas.

Te propongo empezar esta historia por el principio: ¿Cómo fue para un adolescente apasionado por el skate trasladarse de Connecticut a San Francisco a finales de los años 80?
Fue una experiencia genial. Entonces era un novato y no sabía que San Francisco era la meca del skate urbano, así que pensé que aquella manera tan apasionada de vivirlo era igual en todas las ciudades. Mi visión del mundo no era muy amplia y en aquellos días pensaba que era normal que los profesionales del patín entraran en las tiendas de skate a cada momento. Fue increíble estar en algunas zonas que acabaron siendo legendarias, como Brown Marble, Black Rock o Embarcadero. Lo que más me marcó fue patinar en el downtown, conocer a gente nueva, ir a la tienda FTC y hacer algunos trabajos para ellos.
¿Recuerdas cuándo surgió tu afición por el arte y la ilustración? Supongo que tus padres apoyaron tu vocación, aunque abandonaras la universidad antes de terminar la carrera…
Cuando era pequeño siempre estaba dibujando cosas. Era hijo único, así que pasaba mucho tiempo solo y jugar con lápices era una afición asequible para ocupar las horas libres. Mis padres eran amigos de muchos artistas, íbamos a museos, teníamos libros de arte y pintura en casa… incluso mi padre era un buen dibujante. La verdad es que me apoyaron, y todo ese ambiente contribuyó a que apreciara mucho el arte. En mi etapa en el instituto me apunté a clases extras de arte y mi madre insistió para que fuera a la universidad. Resulta que recibí una carta del Pratt Institute para hacer una entrevista, me aceptaron y estudié allí durante un año. Solamente fueron asignaturas básicas, como LCD y dibujo de figuras, pero me ayudó bastante.
La leyenda cuenta que los pioneros del surf de la década de los 50 escuchaban jazz en los bares de playa. ¿Cuál es la verdadera historia de la relación entre este género musical y el skate?
No puedo afirmar que conozca la verdadera historia en el sentido estricto, pero creo que mucha gente coincidirá conmigo en que seguramente todo esto empezó con el fragmento de Mark Gonzales en ese video de 1991 titulado Video Days que dirigió Spike Jonze. Recuerdo que sonaba la canción Traneing In de John Coltrane porque encajaba perfectamente con su estilo crudo, melódico e improvisado de patinar por las calles. Y, por supuesto, también tuvo un papel fundamental el video A Visual Sound de Stereo Skateboards en 1994 porque toda la banda sonora era de jazz.
La gente de nuestra generación acostumbra a descubrir el jazz a partir de los samples que aparecen en muchos temas de hip-hop. ¿Cuándo empezaste a escuchar esta música y cómo describirías su magia?
La primera vez que escuché un tema de jazz fue en casa de mi abuelo porque le gustaba sintonizar el programa que Leo Rayhill hacía desde Nueva York y donde sólo ponían esta música. Supongo que lo descubrí demasiado pronto y no me llamó la atención. Sin embargo, cuando salió el video de Stereo Skateboards, me animé a comprar discos de jazz e incluso empecé a tocar la trompeta. Entonces me gustaba el hip-hop, así que escuchar todos esos beats que sampleaban temas clásicos de jazz me hizo apreciar más este género y pasó a ser algo cool. Creo que la magia de algunos temas de jazz se encuentra en la improvisación, en cómo los músicos llegan al límite de sus habilidades y logran emocionarnos. Sin olvidar que la complejidad de la historia norteamericana puede explorarse de manera muy interesante a través de este género.
Actualmente trabajas como director creativo en Western Edition, una marca de skate que toma su nombre de un barrio afroamericano de San Francisco (Western Addition) que tuvo una gran escena de jazz.
A finales del siglo XIX y a principios del XX, el barrio de Western Addition acogía a una población muy heterogénea y se construyeron muchas casas de estilo victoriano. Después del terremoto de 1906, el City Hall y diversos negocios se trasladaron allí, sin olvidar que su avenida principal, Fillmore Street, fue la primera en tener tranvías en la ciudad. Ten en cuenta que el barrio de Chinatown quedó devastado y la población japonesa fue reubicada en Western Addition por su propio consulado. Así fue como este vecindario empezó a recibir inmigrantes que no podían permitirse una vivienda en las partes más ricas de San Francisco, sobre todo gente filipina, mexicana, afroamericana, rusa y judía. Por este motivo, el vecindario se hizo famoso como uno de los más diversos al oeste del Misisipí. En 1933 abrió sus puertas el Jack Tavern’s, el primer club nocturno de la zona para afroamericanos. Curiosamente, en San Francisco aún no estaba permitido que un negro fuera propietario de un local, excepto en el barrio de Western Addition. Después del ataque de Pearl Harbor, muchos ciudadanos japoneses fueron mandados a campos de concentración y los afroamericanos que se trasladaron allí para trabajar en el muelle de carga acabaron viviendo en sus casas. A mediados de los años 40 abrieron muchos más clubes para negros, las grandes estrellas de jazz del momento actuaban allí y era como el Harlem de la Costa Oeste. Después de la II Guerra Mundial hicieron un plan de renovación urbanístico en el barrio, pero actualmente el proyecto sigue inacabado y muchas zonas siguen pendientes de reformas.
¿Os planteasteis establecer una conexión entre la historia fascinante de este vecindario y vuestra marca de monopatines?
La relación con la marca es muy sencilla. Cuando empezamos, ya teníamos el nombre y yo era un gran aficionado al jazz, así que utilizamos ilustraciones de diversos músicos que habían actuado en el barrio en la época dorada. Incluso usamos algunas fotos vintage para los primeros carteles promocionales con la idea de reflejar la historia del vecindario. Mi intención era establecer un paralelismo entre aquella época de San Francisco y lo que estaba sucediendo con la escena del skate, puesto que destruyeron muchas zonas habituales de patinaje y los skaters tuvieron que trasladarse a Los Ángeles. Al final no fue un proceso tan dramático o permanente como parecía al principio, así que es evidente que nuestra ciudad evoluciona a base de ciclos, de migraciones y siempre será una meca del monopatín gracias a sus colinas, a su historia y a la industria que tenemos. Sea como sea, éste era el concepto que buscábamos y se ha ido transformado a partir de nuestros intereses y del trabajo de los skaters que esponsorizamos.
¿Podrías contarnos cuál es tu proceso creativo para las ilustraciones y qué técnicas acostumbras a poner en práctica para dar forma a una tabla de skate?
Siempre estoy trabajando en ilustraciones para mis exposiciones o para cualquier otra finalidad. Normalmente todo empieza con un dibujo que he hecho de manera improvisada y si creo que puede encajar en una tabla de skate, entonces lo escaneo y con el ordenador ajusto su tamaño a la medida concreta de la madera. Otras veces tengo una idea y la dibujo específicamente para que sea un gráfico de skate. En estos casos, hago el boceto previo, lo desarrollo, lo escaneo y lo termino en el ordenador.
¿Podemos afirmar que las portadas de los álbumes clásicos de los sellos Blue Note y Prestige Records son las mayores fuentes de inspiración para tus creaciones visuales?
Por supuesto, sobre todo las de Blue Note. El diseño y las fotografías que aparecen en aquellas portadas son una parte esencial de mi estética visual. Creo que la simplicidad, el atrevimiento y el estilo que desprendían gracias a las fotos, a la tipografía, a los colores y a la maquetación eran y siguen siendo muy vanguardistas y no dejan de sorprender. En cierto modo se han convertido en la imagen que todos tenemos de cómo debería ser una buena portada de jazz. Reid Miles era un maestro del diseño y los retratos de Francis Wolff eran geniales.
Por curiosidad, ¿te han propuesto alguna vez diseñar portadas de discos para artistas actuales de jazz o actualizar las cubiertas de álbumes clásicos para reediciones?
Hice un trabajo para Sony Music que consistía en un boxset de Herbie Hancock que al final decidieron no utilizar, aunque fue una experiencia divertida. Actualmente estoy diseñando la portada de un álbum de Diggs Duke y también he hecho cosas para el sello de Gilles Peterson. Me encantaría colaborar con cualquier artista de jazz actual que me guste, sin embargo, nadie me lo ha propuesto y todavía no me he movido para conseguirlo. Las portada que más me gustan de todas las que he hecho son la reedición del álbum World Ultimate en vinilo de Nonce y la de Seven Days To Engineer de Sach, ambos editados por el sello alemán HHV. Sach es uno de mis raperos favoritos y utiliza muchos samples de jazz, así que fue asombroso colaborar con él.
El año pasado publicaste un libro titulado I Know You’re Somewhere y también organizaste diversas exposiciones. ¿Qué planes tienes para los próximos meses?
En 2008 publiqué mi primer libro, titulado Beauty is rare thing y el que tú comentas es mi segundo trabajo en el mercado editorial, básicamente una recopilación de las ilustraciones que hice entre 2008 y 2014. No tiene un tema central, simplemente es una mirada extensa al trabajo que hice en ese período de tiempo. Como deseo de futuro, sólo quiero seguir el mismo camino en el que estoy actualmente, crear más obras, organizar exposiciones más ambiciosas por todo el mundo y, dentro de unos años, me gustaría embarcarme en otro libro. Me encanta este formato para recopilar ilustraciones.
Antes de terminar la entrevista, me gustaría hacerte una pregunta de ciencia ficción. ¿A qué época viajarías si tuvieras una fabulosa máquina del tiempo y a quién te gustaría conocer?
Saldría un listado muy grande porque son muchos los músicos que me habría gustado ver en directo en diversas épocas y en distintos locales. Supongo que me encantaría viajar al Nueva York de principios de los años 40 e ir al Minton’s Playhouse del Harlem para presenciar los inicios del bebop. Aunque no sé si me gustaría conocer a ningún artista en persona. Si surgiera de forma natural y fueran simpáticos, entonces genial, pero nunca se cumplen las expectativas cuando conoces a la gente que admiras o respetas. A veces, ser un simple espectador es más que suficiente. Texto: David Moreu. Imágenes cedidas por Ian Johnson. Web del artista: www.ianmjohnson.com

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