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John Severson, el surf y la revolución artísitca de las olas


greatwave_final_preCorría la década de los 50 y el jazz sonaba en todas las emisoras de radio norteamericanas. Los jóvenes tomaban las calles con sus coches descapotables, los centros comerciales se convertían en los nuevos templos del ocio, los fast food causaban sensación y los autocines vivían sus días de esplendor con películas baratas de ciencia ficción. Por primera vez surgía una generación rebelde que soñaba con ser libre y buscaba diferenciarse de sus padres, sin importarle demasiado el futuro. Al mismo tiempo que las grandes ciudades sucumbían al movimiento juvenil, otra revolución tomaba las playas de California e introducía un estilo de vida transgresor. Publicado en Visual 174


Era el boom del surf y el mundo entero estaba a punto de rendirse ante el misticismo de las olas. John Severson fue uno de los pioneros de ese fenómeno gracias a los cuadros que pintó mientras estudiaba en la universidad de Long Beach, aunque se convirtió en una celebridad con sus documentales de surf y el lanzamiento de la primera revista consagrada a este deporte (The Surfer). Poco imaginaba al coger su primera tabla que esa actitud inconformista encumbraría un negocio multimillonario y que cambiaría la vida de personas que nunca habían visto el océano. Hemos tenido la oportunidad de hablar con este hombre del Renacimiento que vive retirado en Hawái desde 1971 y ha logrado trascender la etiqueta de artista para convertirse en leyenda.

Su aventura en el mundo del arte empezó en 1955, cuando estaba matriculado en la universidad de Long Beach State en California. ¿Qué recuerdos tiene de aquella época?
Fue maravilloso porque las clases del máster empezaban al mediodía, así que podía aprovechar las mañanas para practicar surf en el Huntington Pier cuando las olas eran perfectas y después dedicaba el resto del día a las clases de la universidad y al seminario de pintura. Era un horario perfecto y entonces vivía prácticamente al lado de Huntington Beach.
¿Podría contarnos qué técnicas em-pleaba para pintar y cuándo decidió atreverse con el surf art?
Empecé pintando al óleo y me gustaba experimentar con el pincel y la espátula. Alternaba las dos técnicas, aunque me atraía mucho el trazo de la espátula porque parecía que rompía las normas establecidas. Otra opción eran las caseínas y, por supuesto, las acuarelas. En Long Beach State tuve el mejor profesor que podía encontrar y me animó a pintar lo que realmente me apasionara. Recuerdo que un día me dijo: “Pinta lo que te guste hacer”. Yo le respondí que mi pasión era el surf y él me soltó: “Perfecto, pinta escenas de surf”. Así fue como empecé a representar momentos abstractos de las sesiones en Huntington Beach como un amanecer o estar al lado de una hoguera con mis amigos y las tablas.
Por curiosidad, ¿le gustaba pintar en la playa o prefería la tranquilidad del estudio?
Intenté pintar acuarelas en la playa, pero el viento y la arena me molestaban y resultó un desastre. Supongo que elegí un mal momento y por este motivo no tardé en convertirme en un artista de estudio. Aunque bajé un par de veces a la playa a vender mis obras cuando estaba sin un dólar en el bolsillo. Vendí la primera por 35 dólares y eso era mucho en aquellos días. La segunda era una furgoneta woodie aparcada en la playa con surfistas… Y resulta que me dieron 100 dólares por ella. Siempre hacía fotos de mis pinturas, pero esa no la retraté porque no imaginaba que fuera a venderla por ese precio.
Su vida dio un giro asombroso en 1956, cuando lo reclutaron para el servicio militar y acabó destinado en Hawái.
Primero me mandaron a Forth Ord en California porque estaba en período de entrenamiento. Luego me destinaron a Colorado que es un lugar precioso, pero estábamos en unos barracones rodeados de nieve y mis dedos se congelaron. No estaba acostumbrado a ese frío y mi circulación es bastante mala, aunque no lo descubrí hasta que llegué allí. Recuerdo que tenían que ponerme en un sitio resguardado cuando la temperatura bajaba de cero grados, algo que sucedía casi a diario. Entonces pedí que me mandaran los pinceles y retomé la pintura durante el entrenamiento básico. Solamente salía si hacía buen tiempo, pero superé el examen y me mandaron a Georgia, donde me enseñaron a ser operador de teletipos. De repente recibí noticias sobre mi siguiente destino y resulta que era en Alemania, pero el chico que iba delante de mí no pasó la prueba y me tocó su lugar, que era Hawái. A partir de ese momento viví en el North Shore, practiqué surf en olas grandes y mi trabajo consistía en dibujar mapas para los generales.
¿Fue entonces cuando inició su carrera como director de películas de surf?
Ya había experimentado con cámaras de 16mm mientras estaba en el instituto, pero solamente como hobby porque era muy caro y tampoco veía demasiado futuro en ese tipo de cine. Sin embargo, al llegar a Hawái y al practicar surf en esas olas enormes, en seguida le pedí a mi madre que me mandara la cámara y todo mi equipo. Recuerdo que llegó muy deprisa y empecé a rodar varias escenas con la idea de hacer una película y proyectarla en el incipiente circuito de surf que existía… Aunque entonces sólo había dos directores, Bud Browne y Greg Noll.
Aquellos documentales se adelantaron al cine independiente y sus proyecciones eran un auténtico fenómeno entre la comunidad de surfistas. ¿Cómo definiría su magia casi naíf?
Aquellas películas tenían un formato específico, debían mostrar escenas de surf y nosotros mismos hacíamos las proyecciones con la narración en directo. Por este motivo, los sketches que poníamos entre ola y ola eran lo que diferenciaba nuestro trabajo. Yo siempre utilizaba obras de arte, fotografías creativas, efectos de imagen, música y sonido para que mis documentales tuvieran un punto de vista original. El primero se titulaba Surfer (1958) y era muy primitivo, pero el siguiente se llamaba Surfer Safari (1959) y ya era más interesante porque tenía mucha música, efectos visuales y fue el primero en innovar. Era una obra de entretenimiento y nadie lo había enfocado de ese modo, así que logré hacer reír al público y que permaneciera interesado durante la proyección. Después rodé Surf Fever (1960) y creo que es la mejor obra de mi primera etapa como director, aunque fue en Big Wednesday (1961) cuando logré crear un pequeño argumento fingiendo que los mejores días para el surf eran los miércoles. Tenía miedo de que la gente pensara que era una trama estúpida, pero les encantó. Por último, Going My Wave (1962) volvió a ser una película de viajes que me llevó a Australia, Nueva Zelanda y Perú.
Entonces los pósteres eran la única manera de anunciar las proyecciones. ¿Se encargaba usted del diseño de esos carteles que hoy son piezas de coleccionista?
Supongo que me sentía preparado porque en la universidad había estudiado diseño gráfico y conocía todos los aspectos técnicos relacionados con la imagen, el color y la tipografía para los títulos. Por este motivo podía prepararlos la noche antes del evento. Era una tarea que me apasionaba y durante un tiempo incluso pensé que me gustaría dedicarme al diseño de portadas de discos porque me encantaban las cubiertas de jazz de aquella época y creía que podía ser una buena salida profesional. Pero entonces ya estaba pensando en lanzar la revista y no tenía sentido ir en otra dirección… Aunque acabé haciendo varias portadas de álbumes, entre ellas una bastante famosa de Dick Dale.
En 1960 se dio cuenta de que el surf era una moda imparable y decidió fundar una revista llamada The Surfer. ¿Cómo recuerda la maquetación del primer número en su apartamento?
Mi apartamento tenía dos habitaciones, una era donde dormía y la otra era el estudio donde trabajaba y montaba las películas. Recuerdo que tenía un escritorio muy grande donde también pintaba y dibujaba. Cuando empecé a trabajar en el primer número, diseñaba dos páginas cada día y las iba colgando en orden por las paredes de la habitación hasta llegar a las 36 páginas totales. Hacía poco que me había casado con Louise y ella entraba a mirar porque le gustaba cómo quedaba. Debo decirte que el proceso de maquetación fue mucho más sencillo que el trato con la imprenta. Resulta que encontré una que lo hacía, pero no tenían prisa ni tampoco prestaban demasiada atención al resultado porque solamente querían cobrar. Lo pasé mal puesto que no me dejaron retocar ninguna de las fotos que salían claras ni arreglar detalles que no me gustaban. Acabé haciéndolo con ellos, aunque luego busqué otra imprenta para los siguientes números de la revista.
Usted pensaba que la publicación tenía que basarse en fotografías, pero en seguida vio que los surfistas también querían estar informados…
Si te fijas en el primer número de The Surfer, la mayor parte del contenido son fotos, después hay un relato corto y decidí no incluir ninguna carta al editor. Yo la veía como una publicación de arte centrada en el mundo del surf, pero en seguida me di cuenta de que funcionaba como un centro de información y que era el único medio que tenían los surfistas para comunicarse entre ellos. Podías hablar con tus amigos en la playa o hacer un discurso en una proyección de una película, sin embargo, con la revista lograbas que tu mensaje llegara a toda la comunidad.
Supongo que la pregunta que muchos siguen haciéndole es ¿por qué vendió The Surfer en 1971?
Cuando empecé a salir con Louise, ella quería saber qué planes tenía para el futuro y le comenté que quería montar algo y ver cómo evolucionaba. Entonces empezaba a irme bien con los documentales, así que le dije que apostaría por ese negocio, que lo vendería al cabo de diez años y que después nos dedicaríamos a viajar y a mi arte. Tenía un plan predeterminado para una década y todo lo que hice fue seguirlo, aunque nunca imaginé que acabaría teniendo tanto éxito. Al final fueron once años trabajando en los documentales y la revista, hasta que la vendí en 1971 y nos trasladamos a Maui. Ya había estado en esa isla, pero nunca imaginé que acabaría viviendo allí.
Antes de retirarse, cogió la cámara de cine una vez más para rodar Pacific Vibrations. ¿Cuál era su motivación para embarcarse en otro documental de surf en pleno apogeo de la contracultura?
En 1969, antes de vender la revista, ya me había planteado rodar una película de surf medioambiental porque creía que estaba en la posición de hacerla y tenía el dinero para financiarla. Así que rodé un filme titulado Pacific Vibrations que no tenía narración ni diálogos y era una especie de obra de arte con escenas de surf esplendorosas para concienciar al público sobre el medio ambiente. Entonces decidí llevarla a Hollywood y en Warner Brothers quedaron tan encantados que me pidieron que la terminara para ellos, aunque querían algunos cambios. Me dijeron que añadiera una voz en off y que los protagonistas hablaran… Pero resulta que no les gustó el resultado. No era la misma película, sin embargo, la estrené por mi cuenta y fue un pequeño éxito. Hay una secuencia en la que Rick Griffin aparece pintando un autobús y en aquella época él pasó una temporada en mi casa de la playa donde teníamos al presidente Nixon como vecino.
Recientemente ha presentado el libro John Severson’s Surf con la editorial Puka Puka / Damiani. ¿Qué encontrarán en sus páginas los aficionados a las olas?
Es una especie de despedida y de resumen de mi carrera. Había empezado a escribir mis memorias, pero entonces enseñé algunos fragmentos a mi nieta Alize y a su novio Nathan Howe y ambos me dijeron que sería mejor hacer una monografía que se desarrollara a través de las películas, de las obras de arte y de la revista. Estuve un tiempo dándole vueltas a esta idea y decidí hacer caso a los jóvenes. Yo diseñé la mayor parte del libro, aunque Nathan se encargó de la portada y arregló muchas cosas que yo había propuesto. Sin olvidar que Alize hizo un trabajo magnífico restaurando fotos viejas. Por este motivo se ha convertido en un libro sobre mi carrera y no en una simple colección de relatos personales.
Para terminar la entrevista, ¿cómo es actualmente su vida en el paraíso?
Cada vez practico menos surf porque mis piernas tienen 81 años, me han acompañado durante todo este viaje y ya no me aguantan para cabalgar olas grandes. Ahora sólo puedo usar un viejo boogie board en olas pequeñas. Sin embargo, no he dejado de pintar y sigo haciéndolo casi a diario, aunque me lo tomo con mucha calma, sin horarios ni fechas de entrega. También me gusta tocar la guitarra, el problema es que me quita tiempo de pintar. Tengo mucho tiempo libre, así que me gusta aprovecharlo de manera creativa… Puede que haya gente que no lo entienda, pero yo sé perfectamente porqué lo hago. Texto: David Moreu.

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