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La Felguera. Nada es sagrado, salvo los libros


Portada Angeles Fosiles Alan Moore prensaTradicionalmente, los textos políticos no han destacado por la calidad de sus ediciones. Si bien en muchas ocasiones las razones estaban relacionadas con situaciones de persecución y clandestinidad; en otras fue la dejadez o los complejos de los responsables, que consideraban que el trabajo bien hecho podía restar credibilidad al contenido o incluso ser una desviación pequeñoburguesa. La editorial La Felguera ha revolucionado el panorama de los textos contracultura y políticos gracias a una cuidada selección de títulos y unas estupendas ediciones. Publicado en Visual 176


Durante la pasada edición de la Feria del Libro de Madrid fueron muchos –tal vez más de los que sus propios responsables hubieran deseado, si es que esta afirmación cabe en relación a una empresa que se dedica a la venta de libros o cualquier otro producto– los que conocieron por primera vez a La Felguera. A pesar de su habitual discreción, de esa actitud cauta, enemiga de llamar la atención más allá de lo necesario, de ese saber estar sin hacer aspavientos, esta editorial llegó a suscitar encendidos debates en medios tan importantes como El País, El Mundo, Vice, la prensa vaticana y los tabloides ingleses. Todo porque Letizia Ortiz había adquirido uno de su libros, Ángeles Fósiles de Alan Moore, texto de culto sobre magia, satanismo y saberes herméticos, definido por el propio autor como “una llamada a las armas” y que, por lo que se ve, no es un texto apropiado para reinas. ¿Qué habría pasado entonces si, en lugar de un texto sobre magia, Letizia hubiera adquirido King Mob. Nosotros el Partido del Diablo, El Catecismo Revolucionario. El libro Maldito de la Anarquía, W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno) o La Facción Caníbal. Historia del Vandalismo Ilustrado? Muy posiblemente los tertulianos radiofónicos, los analistas políticos, los fanáticos religiosos y los periodistas del corazón habrían entonado su particular Himno a la picota –otro de los títulos disponibles en su catálogo–, contra los atónitos dueños de La Felguera.
Surgida hace más de veinte años, La Felguera comenzó siendo un colectivo de activistas culturales vinculado a la guerrilla de la comunicación, a las vanguardias artísticas y al movimiento situacionista. “Llegó un momento en que estábamos en tierra de nadie –explica Servando Rocha, responsable de la editorial junto a Beatriz Egea–. Para la gente politizada éramos unos artistillas, pero para los artistillas éramos demasiado politizados. Además, llegó un momento en que había demasiados amigos y, a pesar de que nosotros estábamos en contra de la crítica de arte oficial, al final nuestro discurso era de que todo estaba bien. Así que decidimos que eso debía desaparecer”.
Aún no se había producido el movimiento del 15-M pero la sociedad española comenzaba a mostrar signos de hartazgo ante el desgaste democrático que se vivía y las nuevas generaciones –no las del PP, las otras– que se empezaban a preocupar por asuntos políticos demandaban nuevos materiales que se alejasen de los textos clásicos con los que sus padres y abuelos hicieron la Transición y que enfocasen la militancia desde puntos de vista más lúdicos que incluyesen referencias a la cultura popular, desde el cine a la música, sin olvidar los videojuegos, el ocultismo o el cómic. La Felguera no solo estaba ahí para satisfacer esas necesidades sino que supo dotar a esos materiales de una presentación de la que carecían hasta el momento. Por fin alguien entendía que un texto de inspiración libertaria o relacionado con el punk no tiene por qué estar impreso en fotocopiadora y encuadernado con grapas, ni se vulnera su contenido si se presenta con tapa dura y sobrecubierta.
“El otro día me comentaban que El Catecismo Revolucionario era muy caro por cómo lo habíamos editado nosotros, porque tenía una versión en ruso cuando nadie habla ruso… Nosotros intentamos hacer nuestro trabajo de la mejor forma posible porque pensamos que los libros que editamos son los libros que nosotros compraríamos si los editasen otras personas. En ese sentido, creemos que cuando esos materiales los presentas de otra manera, los dignificas. Lo más sorprendente es que la gente que comparte ese pensamiento no ve la necesidad de dignificar y hacer las cosas de otra manera. También es verdad que a la gente siempre le parecerán caros los libros, los hagas como los hagas y los pongas a 6, a 7, a 8 euros…”.
A pesar de lo dicho más arriba, La Felguera no es un proyecto de mera autosatisfacción, sino que tiene muy presente el público al que va dirigido. Unos lectores que han sabido fidelizar gracias a sus cuidadas ediciones y a su buena selección de títulos, muchos de los cuales ni siquiera existen a priori, sino que van siendo creados según los temas, movimientos y autores que sus responsables consideran interesantes para investigar y profundizar sobre ellos.
“Cuando decidimos los títulos a publicar, no solo pensamos en nosotros sino también en el otro. Y no solo en lo relativo al contenido sino también al diseño o a las portadas para que resulten atractivas o para que no resulten muy agresivas. En El diario de los asesinos, por ejemplo, le dijimos a Mario Riviere que tal vez iba a ser muy fuerte lo de poner al encapuchado con un cuchillo. Ahí, por ejemplo, pensamos en el otro, aunque al final, decidimos que, de perdidos al río, y lo sacamos con cuchillo”, explica Servando.
“Luego, a la hora de elegir qué editamos todo depende de lo que vamos encontrando. Temáticas nuevas, historias, personajes… No hay una planificación clara”, apunta Beatriz.
“Bueno no hay un plan determinado pero sí cierta tendencia a la hora de elegir esos temas –continúa Servando–. Por ejemplo, nosotros somos una editorial con un perfil muy anglosajón, porque siempre he sido muy anglosajón y siempre me he ido a Estados Unidos o a Inglaterra, y también cuidamos el orden en el que salen los libros. Por ejemplo, antes del Catecismo revolucionario salieron Sherlock Holmes contra Houdini y Valle Inclán y el insólito caso del hombre con rayos X en los ojos, así que el tercero tenía que ser un libro político. El problema que existe con nuestros libros es que no son traducciones, son libros de edición que requieren mucho esfuerzo porque los vamos haciendo nosotros. Por eso, hay títulos que aparecen muy rápido y otros que van muy lentos porque precisan de más cosas. Tenemos en marcha uno de nazismo kitsch que tiene muy buenas fotos pero que no acaba de salir porque no queremos que sea un libro solo de fotografías sino que hay que contextualizarlas y los textos están tardando en salir, o el libro de Daniel Defoe del Himno a la Picota, teníamos el texto con el que le habían juzgado y encarcelado, luego teníamos la oda a la picota pero, cuando empezamos a enriquecer con notas al pie, nos dimos cuenta de que las notas estaban mejor que los propios textos. No sabía que Defoe había sido espía, no sabía que el primer periódico que se editó en Europa fue un periódico creado por el gobierno para manipular la opinión pública. Entonces lo cambiamos todo y lo convertimos en una especie de novela de aventuras. El prólogo pasó a ser una obertura y luego el primer, el segundo y el tercer acto”.
Para los responsables de La Felguera, los libros, como los discos, o cualquier otra manifestación cultural deben ser una experiencia. Algo que merezca la pena disfrutar desde el punto de vista del contenido y del objeto. De ahí el cuidado en las ediciones, en el diseño, en la maquetación, en la selección de las imágenes e incluso en la elección de las canciones porque, aunque resulte sorprendente, muchos de sus títulos poseen su propia banda sonora para escuchar mientras se leen o como herramienta para entender su contenido. ¿Quién dijo que solo los e-books eran interactivos y tenían sonido?
“La Felguera tiene mucho que ver con la música. Escuchamos música, escribimos con música y nos hemos dado cuenta que a aquellas tiendas de discos que tienen sección de librería acude un público emergente de rock and roll que, igual que se lleva un vinilo, se compra una biografía de Johnny Cash o un libro de Allen Ginsberg. Ese público lo hace y nosotros también lo hacemos porque, tanto ellos como nosotros, somos fetichistas. Ese fetichismo lo aprovechamos en cosas como la tienda online, donde regalamos publicaciones u otros objetos de regalo que solo se pueden conseguir a través de esa vía. Es lo que decíamos antes de cuidar el producto y ofrecer lo que nos gustaría que nos ofrecieran a nosotros. No nos gustan los libros muy finitos, nos gusta más que tengan empaque, y por eso buscamos papeles con un poco de volumen, también nos gustan que tengan ilustraciones o fotografías, por eso me sorprende que la gente diga ‘claro vuestros libros son más caros porque tienen papel más grueso o ilustraciones’. No, si cuesta lo mismo. Si tú no quieres meterle imágenes es porque esa es tu línea editorial y porque hay mucho trabajo detrás a la hora de buscar imágenes libres de derechos… Por mucho que digan que el libro está en crisis, el papel siempre queda y eso es una responsabilidad muy grande que exige hacer las cosas bien”.
Por su forma de trabajar, por sus ediciones, por sus contenidos, por sus referentes, La Felguera es una editorial muy del siglo XX que funciona como las antiguas sociedades secretas, en torno a la cual se ha congregado una comunidad de lectores que, lejos de ser minoritaria, empieza a ser cada vez más numerosa.
“Lo de la sociedad secreta tiene una importancia, no solo porque queda bien, sino porque las historias que intentamos mostrar son las historias secretas del siglo XX, del XIX o de la época actual. Esas historias que se alejan de la historia oficial, de la wikipedia, de la macrohistoria, de los grandes relatos, porque hay que entender que los años sesenta se pueden contar a través de los grandes acontecimientos o a través de los asesinatos de Charles Manson. Y una cosa es tan válida como la otra. El último libro que hemos sacado se llama La Furia y trata sobre una feminista pionera de la revolución francesa, que propuso crear batallones de amazonas, que al principio era muy bien vista por los hombres, a la que Baudelaire le dedicó un poema, pero que al al final fue perdiendo esos apoyos y acabó en el manicomio. Mientras lo preparábamos vimos que había un paralelismo con Valerie Solanas y el S.C.U.M. y no es que nosotros seamos muy inteligentes sino que, a medida que vas investigando, descubres esas conexiones. De todas formas, no intentamos dar ningún mensaje con nuestro trabajo y, de haber alguno, es el de mantener la capacidad de jugar, de entender que la imaginación es un poder creador y eso tiene un componente antiautoritario. Cada uno debe hacer lo que quiera. Esa es la libertad del arte porque si no te conviertes en un censor, lo que haces se convierte en propaganda y a la gente, que no es tonta, no le gusta que le digan dónde tiene que mirar. En el fondo nuestros libros recrean la experiencia de un grupo de gente contando una historia alrededor de una hoguera”. Textos: Eduardo bravo

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