MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

La gráfica del Telón de Acero


telon 1El hastío de los ciudadanos del bloque comunista tras la caída del muro de Berlín provocó que, durante años, las manifestaciones gráficas surgidas en esos países se ignorasen y juzgasen con una excesiva severidad que impedía apreciar su calidad artística. Gracias al libro Iron Curtain Graphics, editado recientemente por Gestalten, podemos conocer algo más sobre esa producción gráfica tan desconocida como maltratada. Publicado en Visual 159


Organizado en cuatro capítulos que abarcan buena parte de las actividades de la sociedad moderna, como son la propaganda, la seguridad en el trabajo, la cultura y el entretenimieto y la educación y la ciencia, Iron curtain graphics permite disfrutar de la gráfica realizada en Rumanía y otros países de su entorno antes de que se inventasen los ordenadores y cuando todavía se hablaba de la existencia del Telón de Acero. Un trabajo de investigación que lleva la firma del estudio rumano Atelierul de Grafica. Hablamos con Stefania Carla Duschka, una de sus miembros, para que nos cuente detalles sobre este interesante proyecto.
¿Cómo os embarcasteis en un proyecto como “Iron Curtain Graphics”?
Hay dos razones relacionadas. Por una parte, es un hecho que en Rumanía todavía perduran bastantes imágenes (como carteles, señales, portadas de libro, diferentes tipos de objetos manufacturados, etc.) de las décadas comunistas imágenes que son interesantes y contundentes visualmente hablando, o que sencillamente están muy bien estéticamente. Por otro lado, está nuestro interés personal por ese tipo de vestigios del pasado, especialmente porque la gran mayoría son mejores trabajos gráficos que los realizados o diseñados después de 1990 con la aparición de los ordenadores. Por supuesto, también es muy interesante el mensaje, que es pura propaganda, y esta especie de re-explotación de la época comunista que es muy popular actualmente.
Nos dimos cuenta de que este material es una herencia que se perderá en pocos años, al menos en el caso de Rumanía.
Desde el principio, pensamos que sería interesante ampliar nuestra búsqueda a imágenes procedentes de otras zonas excomunistas para conseguir una visión más amplia. Estamos muy contentos con cómo funcionó todo gracias a la ayuda de nuestros colaboradores extranjeros.
¿Cuándo comenzasteis a trabajar en el libro?
Hace más o menos cuatro o cinco años formamos un pequeño equipo para trabajar en dos libros, álbumes de fotos, acerca de ruinas industriales. Cuando fuimos a visitar esas antiguas fábricas, descubrimos lo cotidiano, las cosas del día a día que la gente utilizaba en esa época. A principios de 2012 ya teníamos la idea de hacer un libro sobre este material porque nos encanta hacer libros, es nuestra pasión. Hacia el final de ese año, el libro ya estaba listo.
¿Cuáles fueron los principales problemas que encontrasteis a la hora de realizar el proyecto?
Principalmente problemas de financiación. La búsqueda en sí misma es costosa, porque es necesario viajar a diferentes partes de Rumanía, pero lo más caro de todo fueron los costes de impresión. Solicitamos una subvención para proyectos culturales y tuvimos la suerte de recibir financiación para ambos libros. De otra manera, y a pesar de nuestro gran entusiasmo, nunca habríamos sido capaces de realizar esa búsqueda tan amplia o de haber conseguido tan buena calidad de impresión en esos libros. Otro problema, nada insignificante, fue que no tuvimos acceso a todas las empresas o archivos en los que estábamos interesados.
¿Cómo conseguisteis todo el material que se puede ver en el libro? ¿Qué ocurrió con esos carteles tras la caída del Telón de Acero? ¿Se destruyeron? ¿Se conservaron en museos por las nuevas autoridades democráticas?
Centrándonos primero en Rumanía, que es donde realizamos la mayor parte de nuestra búsqueda, mucho del material que fotografiamos era considerado directamente basura. Nadie estaba interesado en esas imágenes después de la caída del Telón de Acero. Muchas fábricas fueron destruidas, amplios complejos industriales junto con sus edificios y la maquinaria comenzaron a desaparecer en un proceso que aún continúa a día de hoy.
No sucedía lo mismo con los carteles culturales, algunos de los cuales estaban en colecciones privadas –nos sorprendió muy gratamente encontrar gente entusiasta con nuestro proyecto y deseosa de ayudarnos, así que, una vez más, gracias a todos los que nos ayudaron– y otros en archivos públicos inaccesibles para el público en general.
En cuanto a los museos, en Rumanía no hay ningún museo dedicado a ese periodo, lo que es una pena porque muchas de esas cosas son muy valiosas y merece la pena conservar para dar forma a una gran colección. En otros países, como la República Checa o Polonia, tienen una aproximación al tema diferente y sí le han dedicado museos.
¿Cuál es el valor de esos materiales? ¿Son importantes únicamente por razones estéticas o es únicamente por cuestiones históricas?
Poseen muchos aspectos interesantes. Por supuesto nos interesan principalmente por las soluciones visuales empleadas, pero los textos y el mensaje propagandístico de los pósteres, por ejemplo, también pueden ser analizados desde un punto de vista histórico, político y antropológico. Por otra parte, el capítulo sobre la seguridad laboral puede resultar interesante para la gente que trabaja en publicidad. Los más jóvenes y aquellos nacidos después de 1990 podrán captar el sentimiento y la atmósfera de esos días.
Pero muchas de esas imágenes también están repletas de un sentido del humor muy especial, que puede resultar gracioso a la gente en general. Supongo que uno de nuestros objetivos era contribuir a una mejor imagen histórica de esas décadas presentando esta selección de pequeños, cotidianos y modestos productos visuales.
¿Cuánta libertad tenían esos autores a la hora de realizar ese tipo de material? ¿Es posible hablar de verdaderos autores o la censura y la falta de libertad los convertían en meros instrumentos en manos de los gobiernos?
Los materiales son variados. Algunos fueron realizados por artistas gráficos profesionales y otros por obreros en los talleres de las factorías. Supongo que tú te refieres a la primera categoría. Muchos de los carteles de propaganda fueron hechos por ‘verdaderos autores’, como tú dices, por profesionales que ignoraban los mensajes y miraban su trabajo como un reto visual. Algunos eran artistas y profesores respetados del Instituto de Arte, como Iosif Molnar. Por supuesto, hubo algunos que querían sacar partido (y no únicamente de tipo económico) de ese tipo de encargos. Sin embargo, la mayoría de los profesionales que crearon esos trabajos lo hicieron porque fueron forzados a ello y para poder desarrollar sus proyectos personales. Por ello, especialmente después de 1990, esos trabajos de propaganda pierden todo su valor (artístico) en caso de que lo tuvieran. Solo ahora es cuando vuelven a resultar interesantes.
¿Cómo se producía ese tipo de material? ¿Cuál era el proceso político/creativo desde la idea inicial hasta la impresión y su uso en el espacio público?
Sin duda, la idea inicial procedía “de arriba”, con un comité (en el que estaban incluidos censores) que decidía qué artista iba a ser elegido para el encargo. Ellos conocían a todos los artistas porque eran miembros de la Unión de Bellas Artes (Uniunea Artistilor Plastici). Una vez que el proyecto era aprobado, creo que el comité también se encargaba de imprimir las copias necesarias y distribuirlas. Esos materiales se empleaban en ocasiones especiales (aniversarios, visitas de Ceaucescu a diferentes fábricas, etc.), pero también se empleaban para ser colocados en paredes de edificios públicos.
Esos encargos estaban muy bien pagados. Generalmente todos los artistas que trabajaban para el Estado, para el Sistema, en esa época, disfrutaban de una buena vida. Actualmente esa gente resulta muy controvertida, como puedes suponer.
Además de los artistas en sí mismos, también existían instituciones enteras dedicadas al diseño y la producción de materiales propagandísticos.
En este caso, el proceso de creación de los carteles sobre la seguridad en el trabajo resulta muy interesante. El Ministro de Trabajo encargaba a los artistas la realización de carteles que tratasen diferentes problemas relativos a los diversos tipos de oficios. Hecho esto, imprimían un catálogo que era distribuido entre todas las grandes fábricas. Finalmente, los departamentos de salud laboral de las empresas usaban los carteles de esos catálogos a medida que los necesitaban. En ocasiones, los carteles eran copiados de esos catálogos por el trabajador más dotado para el dibujo en los muros de la fábrica o en tableros de metal o madera. Esos son los más graciosos de todos.
¿Los autores firmaban sus trabajos o eran atribuidos a un autor desconocido o colectivo?
Algunos de los carteles de propaganda están firmados porque, de hecho, son trabajos de litografía muy cuidados, pero la mayoría no llevan firma. También es cierto que cuando la ideología se fue imponiendo hasta el extremo y lo individual se convirtió en algo poco importante, se firmaban como si hubieran sido hechos por un autor colectivo de la cooperativa responsable.
¿Qué les sucedió a esos profesionales después de la caída del comunismo? ¿Continúan trabajando? ¿Alguno de ellos es un diseñador destacado en la actualidad?
No, que nosotros sepamos. Solo conocemos a unos pocos que continúan trabajando. Muchos han fallecido o se dedican a proyectos personales. Algunos abandonaron Rumanía. La mayor parte de los diseñadores actuales trabajan en publicidad, que es un mundo completamente diferente, con gente completamente diferente.
Esos autores, ¿Están orgullosos de su trabajo, al menos desde el punto de vista del aspecto gráfico, o están un tanto avergonzados de su pasado?
Ese es un tema que a menudo se ignora. Si atendemos a los trabajos culturales (carteles, portadas de libros, ilustraciones) entonces sí, existe cierto orgullo. Algunos artistas incluso ganaron importantes premios europeos en esa época, pero esto está casi olvidado.
Como comentaba antes, la situación es diferente en, por ejemplo, Polonia, donde hay un museo dedicado al póster polaco que incluye todo, desde los trabajos de propaganda, pero, claro, todos conocemos la tradición polaca de cartelismo y la magnífica escuela que han tenido y tienen allí.
En vuestro libro explicáis que los carteles y la propaganda tienen dos campos de acción diferentes: la política y la vida cotidiana. ¿Es posible distinguir entre esos dos campos cuando se vive en una dictadura?
Por supuesto que todo estaba influido por la ideología comunista, pero podemos trazar una diferenciación entre los pósteres políticos y otros productos gráficos. Los carteles de propaganda eran estrictamente relacionados con el mensaje comunista. En otros casos, como los carteles de películas o portadas de libros, es posible ver una mayor diversidad o incluso libertad en la expresión gráfica.
¿Cuál era la influencia de esos mensajes en la población? ¿Dónde se ubicaban esos materiales?
Se colocaban en cualquier lugar. La idea era que la gente los viera en cualquier momento. Tal vez al principio les llamaban la atención, pero más tarde todo el mundo los ignoraba, incluso los de prevención de riesgos laborales, que sí estaban justificados y que eran útiles.
¿Cómo ha sido recibido el libro por la gente de Rumanía u otros países de su entorno en los que era habitual el uso de ese tipo de carteles y mensajes?
En Rumanía nuestro proyecto ha sido muy bien recibido. La gente lo entiende como una colección de cosas curiosas. La gente joven está muy interesada y las generaciones mayores parece que han redescubierto esos trabajos.
Pero no solo tenemos una buena respuesta desde los antiguos países comunistas sino también desde los Estados Unidos, Polonia o Gran Bretaña.

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