MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

La gráfica popular China


portdaChina, más que un país, es un mundo. La certeza de que una parte del futuro pasa por sus fronteras no parece ir pareja con un mayor y más atinado conocimiento de su cultura. El diseño gráfico no es una excepción. Con este artículo, hemos querido hacer una brevísima panorámica de lo que ha sido la gráfica de la República Popular China, desde sus antecedentes inmediatos de los años treinta hasta finales de los ochenta, en la que el diseño, libre del «realismo socialista», vuelve de alguna manera a su punto de partida y se abre de nuevo a las influencias internacionales. Publicado en Visual 160


Unos siglos antes de que un emprendedor del siglo XV conocido como Johannes Gutenberg se labrara su ruina económica y personal inventando la imprenta de tipos móviles, Bi-Sheng (990-1127 d.C.), un ciudadano chino del que apenas guardamos memoria, inventaba un sistema de impresión basado en el uso de complejas piezas de porcelana con los caracteres tallados en una de sus caras. No es de extrañar que el artefacto de Bi-Sheng no alcanzara a la larga el mismo éxito que el de su colega alemán, ya que el número de piezas de porcelana se correspondía con el de los principales ideogramas chinos del momento (unos 40.000 aproximadamente). A Gutenberg le bastaron 150 caracteres para poner en marcha su empresa: pura eficacia alemana.
De todas formas, los esfuerzos del bueno de Bi-Sheng no cayeron en saco roto, ya que unos simpáticos monjes coreanos tomaron prestada su idea e imprimieron en 1377, mediante el uso de tipos móviles de bronce, el Jikji (oportuna abreviatura del título «La antología realizada por el monje Baegun de las enseñanzas de los sumos sacerdotes sobre la identificación del espíritu de Buda mediante la práctica de Seón»), un libro que dio origen al budismo zen en Japón. Actualmente, el etnocentrismo europeo se está relajando un poco y se empieza a reconocer que la Biblia de Gutenberg no es, en rigor, el primer libro impreso con tipos móviles, quedando este honor para el que imprimieron los anónimos monjes coreanos, inspirados por el chino Bi-Sheng.
China, el país donde se inventó el papel y la imprenta es, por tanto, un país de referencia en la historia del diseño gráfico. Siendo además un gigante económico y demográfico en plena expansión (es, de momento, la segunda economía del planeta), cabe esperar que algunos de los nombres propios más relevantes en la gráfica internacional de los próximos años residan en Shangai, Pekín, Hong Kong o Macao. Shangai, la ciudad más poblada de China, ha tenido un constante protagonismo cultural. Durante los años 20 y 30, representó la modernidad de la gran metrópolis, un cruce de culturas de reputación internacional (buena y mala, tirando a canalla) en la que convergían prestigiosos profesionales y aventureros de diversa calaña.
Las compañías farmacéuticas y de cosmética, así como la industria tabaquera, eran los principales clientes de las agencias de publicidad. La influencia de occidente, que tanto se dejaba notar en los usos y costumbres de la población (incluso en la reinterpretación del rol tradicional de la mujer en la sociedad china) también se traducía en una imaginería gráfica impregnada de los rasgos distintivos del Art Déco: estilización geometrizante, síntesis de la forma y tipografías integradas en las dinámicas compositivas.
Pero también había, en esta época, un espacio importante para la influencia de las tradiciones plásticas. El diseñador Chen Zhi-Fo (1898-1962) realizó múltiples cubiertas de libros y revistas basadas en el uso de patrones geométricos directamente conectados con la arquitectura y artesanía tradicional de su país.
El llamado Movimiento Moderno habría de influenciar decisivamente el trabajo de importantes creadores como Qian Jun-Tao. La abstracción geométrica, la libertad compositiva y los hábitos estéticos de la Nueva Tipografía hallaron acomodo en publicaciones de vanguardia en unos años en los que, también en China, la idea de un progreso mecanizado y tecnológico se abría paso con fuerza.
Una publicación literaria como El arca supuso en los años treinta un buen ejemplo de esa traducción del Movimiento Moderno a la sensibilidad china, con la introducción de composiciones fotográficas. Paralelamente a la coexistencia de las influencias foráneas y la tradición, los años treinta vieron la aparición de una gráfica fuertemente politizada. Frente a la amenaza militar japonesa (un vecino incómodo que no hacía más que asaltar una y otra vez la frontera), el sentimiento nacionalista se fortaleció, mientras que muchos artistas empezaron a alinearse en torno al Partido Comunista, en clara oposición a un gobierno que frecuentaba compañías poco recomendables, como las de Hitler o Mussolini. En este sentido, diversas revistas satíricas aparecieron con el objetivo de propagar las ideas marxistas entre campesinos y obreros. Asimismo, las revistas ilustradas sirvieron para afianzar una nueva visión de la mujer, desligada de su perfil tradicional y enfatizando su importante papel en la futura sociedad comunista.
La dictadura comunista, instaurada en 1949 por el siniestro –y como ahora se ha sabido, incansable concupiscente– Mao Zedong (y que en una versión bastante irreconocible, salvo en su desprecio a los derecho humanos, pervive hasta el día de hoy), supuso un cambio de rumbo radical en las líneas maestras de la comunicación gráfica china, tanto en el contenido como en la forma. La publicidad derivó en propaganda y el vanguardismo en “realismo socialista”.
Si bien, la tradición plástica siguió reflejándose en la gráfica (sobre todo a mediados de los años sesenta), con interesantes propuestas que recuperan el arte del papel recortado y la xilografía, la revolución prefirió encarnarse en carteles y publicaciones en las que se reflejaba una determinada visión –más que edulcorada, alucinógena– de la sociedad china (con hombres y mujeres invariablemente risueños que respondían al arquetipo del obrero, campesino o militar bendecido por el régimen: es decir, aquél que enarbolaba El Libro Rojo de Mao como un crucifijo y rendía culto al líder).
Los años de La Revolución Cultural supusieron una fuerte homogeneización del diseño gráfico. La ilustración (realista), de factura impecable y vigorosa, parecía aspirar a prescindir del texto. En estos años, la tipografía se resignó a un papel menor, rojo sobre blanco, al pie de publicaciones y carteles.
Los convulsos años ochenta (que culminaron con las protestas estudiantiles de la plaza de Tian’anmen) supusieron una cierta explosión creativa en la que se exploraron nuevos territorios para la gráfica, sin dejar de incorporar y reinterpretar elementos visuales del pasado. Durante los años noventa, muchos ciudadanos chinos empezaron a formarse en escuelas extranjeras y el estilo general se “internacionalizó”. Hoy los más importantes diseñadores de la República Popular China desarrollan un trabajo no demasiado diferente al de sus colegas de otros puntos del planeta. Pero de eso, mejor, hablaremos en otra ocasión…

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