MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

La microedición y sus microtecnologías (1ª parte)


La trepidante historia de la microedición –prima hermana de la autoedición–, se puede rastrear desde múltiples fenómenos tan heterogéneos como el panfleto, la prensa clandestina, la literatura de cordel o el fanzine, y su papel ha sido esencial en la creación de “esferas públicas” subterráneas, como también ha permitido difundir la voz de ciertas identidades populares encargadas de la exploración de sus autorrepresentaciones. Hablamos de fenómenos aparentemente pequeños y periféricos definidos injustamente como “narrativas marginales” en papel, de pocos tirajes y métodos rápidos y económicos, que han implicado a gentes de todo tipo: desde escritores y dibujantes, a escolares, amateurs, pedagogos, impresores, cajistas, fotocomponedores, disidentes, colectivos, libreros o comerciantes clandestinos. Tal vez esto sirva para descubrir que la microedición no contiene una historia de podredumbre tan pequeña y que su impacto social no es tan minúsculo. De hecho, la manufactura de estos formatos, las tecnologías asociadas a su reproducción o su distribución, o la democratización de los medios o su censura, no pueden disociarse de los fenómenos políticos e históricos de su presente. Es obvio que tampoco es indisociable de la historia de la impresión mecánica, de sus sistemas y sus usos en tiempos subterráneos. Es interesante la reflexión que hace sobre esto el bibliófilo Francisco Mendoza Díaz-Maroto, muy acostumbrado a los pequeños paraísos de papel de la literatura de cordel: “Desde los orígenes de la imprenta se producen libros para ricos y pliegos para pobres”.

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Entonces, ¿qué conexión hay entre el libelo de los siglos XV y XVIII, la literatura de cordel o el fanzine? Por una parte, hay una voluntad de deshegemonizar la edición “oficial”. Por otra, se propone crear una contra-industria desde las capas más diversas de la cultura popular. El especialista en literatura clandestina en el Antiguo Régimen, Robert Darnton, reflexiona al respecto: “Entenderíamos mejor los orígenes intelectuales de la Revolución Francesa, si dejáramos la Enciclopedia y descendiéramos a Grub Street”. Valga señalar que el Grub Street del que habla Darnton es ese lugar donde fue posible la clandestinidad literaria, un escenario donde se mezclaban las trastiendas secretas, el mercado negro y los personajes marginales (y no tanto, recordemos a Voltaire) con ganas de escribir y publicar. La reflexión de Darnton es aplicable al estudio de cualquier fenómeno por los márgenes situándolos en paralelo a los procesos históricos. Prosigue Darnton: “Los historiadores saben muy poco acerca de cómo se escribía, imprimía, distribuía y leía la literatura autorizada por el Antiguo Régimen. Y saben todavía menos sobre libros prohibidos. Y sin embargo casi todo lo que se considera hoy literatura francesa del siglo XVIII circulaba entonces en los márgenes de la legalidad”. La misma historia alternativa que evalúa Darnton, se puede disfrutar en abundancia en los archivos de la Société Typographique de Neuchâtel, en Suiza, que reúne algunos de estos libros clandestinos que fueron claves para difamar el reinado de Luis XVI. Pero también se pueden recorrer símiles en el catálogo de la prensa clandestina y de exilio de la Hemeroteca de l’Arxiu Històric de Barcelona, formada por más de mil títulos que se publicaron de forma ilegal, o en el exilio del 1939 al 1977. O en la biblioteca Libri Prohibiti de Praga, que preserva una colección de aproximadamente 50.000 ejemplares y que se sitúa como la mayor del mundo dedicada al samizdat. La Biblioteca Nacional de Catalunya contiene 3.968 entradas en su catálogo para aucas. La Fanzinothèque de Poitiers cuenta con otros tantos 50.000 ejemplares de fanzines y microediciones de todo el mundo. A todo esto podemos sumar los libelos clandestinos, la littérature de colportage francesa, el chapbook inglés, el volksbuck alemán, la literatura de cordel o la lira popular chilena y mexicana, las publicaciones hechas por escolares vinculados a las pedagogías Freinet, las de los Black Panther Party o las Biblias de Tijuana. Todo esto para llegar a recorrer las múltiples formas alegales de algunos de estos formatos sin ISBN que ha dado la edición contracultural, la experimentación visual e impresa del libro o el fanzine desde los años 30 hasta hoy. Sin entrar en carteles, folletines, pasquines, ephemera, almanaques y otros tipos de comunicación popular impresa. A propósito de esto, en otro marco teórico y contextual pero por afinidad, podemos también nombrar las más de 1.800 publicaciones de arte conceptual contemporáneas investigadas por Köln Walther Köning en su libro NO-ISBN on self-publishing, editado por Salon für Kunstbuch.
El término “microedición” ocupa un terreno bastante resbaladizo de definir en el marco de la cultura visual impresa. Primero porque los conceptos “micro” y “editar” están entre varios lugares a la vez o atravesando pliegos y formatos de diversa naturaleza. Por una parte tenemos el prefijo “micro” que pudiera aparentar una reducción a escala (del libro). Por otra “publicar”, que significa sin más hacer público algo. ¿Qué nos propone todo esto? Otra obviedad: que no todos los formatos de edición han sido producidos para ser consumidos por millones de personas, ni han sido todos encuadernados con gran lujo o a la rústica, ni todas las tecnologías han sido diseñadas y utilizadas para imprimir millones de copias. Menos mal.
Un ejemplo es el trabajo impreso de los Ranters (o el que se hizo contra ellos), un grupo radical –que se ha visto como una especie de grupo proto-anarquista– que floreció en Inglaterra desde finales de la década de 1640 hasta mediados de la década de 1650. Sus puntos de vista sobre religión, política o sexualidad eran considerados heréticos, lo que provocó una ola de pánico moral entre los poderes políticos y religiosos. Para este grupo, las formas ortodoxas de la religión podrían ser rechazadas, el concepto de pecado carnal podía ser descartado y la Biblia desatendida. El amor libre se consideraba una ruta viable para la liberación espiritual. Y para poder hacer públicas estas ideas, autoeditaron y distribuyeron panfletos y publicaciones propios. Para los radicales religiosos, la mundanalidad desvergonzada de sus folletos era motivo de contrarespuesta, popularizando a su vez el panfleto anti-Ranter, visualmente muy interesante en relación a la difamación y caricaturización de estos, expresada en sus planchas xilográficas. En estas circunstancias, aparecieron una serie de panfletos que debían ser necesariamente impresos en formatos utlraeconómicos y rápidos, otorgando a estos papeles un modo de expresión directa.
Pongamos el foco en el profuso siglo XVIII. En lo que se refiere a la producción de libelos e impresos populares para “pobres” en el Antiguo Régimen, la producción impresa era oficialmente permitida por la gracia del rey y debía presentarse a ciertos gremios que otorgaban los permisos de producción y distribución. Seguramente, como en muchos períodos de la historia posteriores, la organización corporativa de la cultura, la censura y estricto control de los materiales impresos, impulsó a que muchos autores recurriesen a algunas imprentas de tipos móviles clandestinas situadas fuera de las fronteras o en sus alrededores, como la Société Typographique de Neuchâtel (STN). La STN tenía pocas dificultades para imprimir y relacionarse con fundiciones que le abastecían con facilidad, aunque el papel y la tinta eran una gran preocupación ya que los proveedores no siempre llegaban a tiempo, debido a las legislaciones de importación de los suministros, también reglados por la censura. Aún así, imprentas y casas editoriales de este tipo permitieron que se produjeran cantidades de libelos y panfletos como respuesta a las clases dominantes, culturales o religiosas, popularizando los pequeños tirajes de géneros prohibidos o de temáticas políticas, caricaturescas, eróticas, pornográficas, filosóficas o ateístas. Esto venía ocurriendo también durante el Siglo de las Luces, cuyos autores tenían dos tipos de circuitos para publicar, bajo licencia borbónica o con opción clandestina, perseguida por los censores inquisitoriales. Esto no evitó que existieran pequeños talleres clandestinos para fabricar libros y folletos. Es el mismo período de expansión de la literatura de cordel en la Península Ibérica, en sus colonias y en Brasil, que llenaron las calles pinzadas de cordeles con formatos de gran baratura, papel de mala calidad e impresión más que rápida. Contenían rimas romanceadas y dibujos xilográficos. La legislación de imprenta de Carlos III prohibía la impresión de papeles menudos, considerados indecorosos disparates de nula utilidad para la instrucción pública. Sin embargo, a pesar de las restricciones, se produjeron muchos y en ellos están claramente reproducidas las identidades culturales de la época, sus vidas cotidianas y sus historias populares, incluso sus contradicciones retratadas en forma de comedias, crímenes, religión o propaganda. Precisamente ni estos ni los libelos fueron eventualidades marginales, como se acostumbra a decir de ellos, pero ambos eran actividades bajo sospecha, fiscalizadas y sometidas a la censura. Y la desobediencia de ambos fueron madres de una lucha por la liberación social de las clases populares.
En pocas palabras, la impresión siempre ha ido ligada al acceso a ciertos medios y a las políticas de su reproductibilidad. ¿Qué loco podría ingeniárselas para mecanografiar un libro entero, sacar 10 copias tamaño miniatura mediante un mimeógrafo y esconderlas en el interior de cajetillas de tabaco como un caballo de Troya? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la tradición disidente de las publicaciones samizdat surgidas como respuesta a la censura soviética en el Bloque del Este y las cuales fueron posibles gracias al mimeógrafo. Esta actividad consistía en producir o copiar publicaciones y distribuirlas de forma clandestina para escapar de la censura de un estado policial permanente. Los libros samizdat viajaban a través de diferentes canales secretos de un lado a otro del Telón de Acero. Caso curioso es el de las publicaciones miniaturizadas de la Editorial Kolibrík que se escondían en cajetillas de cigarros para ser introducidas secretamente desde la República Federal de Alemania hasta Checoslovaquia. El exceso reducido de tamaño, hacía que fuese difícil su legibilidad, de manera que a estos pequeños libros les acompañaba una lente de aumento en su dorso.
Otra de estas maravillosas y dramáticas publicaciones fueron las copias samizdat que se hicieron de la revista Vedem, alrededor de los años 80. El samizdat procuró copiar y difundir esta revista checa que hacía cuarenta años había sido producida entre los años 1942 y 1944 por un grupo de niños en las barracas del gueto de Theresienstadt en Terezín, y de los cuales poco más de 15 niños sobrevivieron al terminar la guerra, pues la mayoría fueron deportados en 1944 a Auschwitz. La revista Vedem contenía reflexiones, chistes, ensayos, cuentos y dibujos, y su edición y producción amateur era comunitaria. Supuso una forma de enfrentarse a las duras condiciones, donde cada uno de ellos tenía un lugar para expresarse, autoorganizarse, celebrar debates y formar un grupo propio con otros.
La microedición que tiene por protagonista a los niños es otra historia fascinante. ¿Es posible vincular la imprenta con el aprendizaje escolar? El maestro e investigador Alfred Ramos nos cuenta en su libro Mestres de la imprenta. El moviment Freinet valencià (1932-1939) la historia de una pedagogía popular conformada por unos maestros que tejieron un nuevo concepto de escuela a partir de las técnicas Freinet. Esta especial pedagogía fue promovida por Célestin y Élise Freinet, quienes proponían un método de educación popular basado en la expresión libre y cuyas técnicas pedagógicas más características fueron la introducción del uso de un tipo de imprenta casi portátil (tipográfica o hectográfica) y el periódico escolar. Sus técnicas consistían en promover el trabajo cooperativo a partir de la organización del trabajo individual o compartido, cuyas tomas de decisiones se resolvían en asamblea. El epicentro del aprendizaje estaba conformado por la conciencia de autonomía del alumno, quien era al mismo tiempo autor, investigador, ilustrador, editor, corrector, cajista o impresor, pero también estaba basado en la cooperación mutua durante el proceso junto a los otros compañeros. Hay quien ha visto conexiones entre Félix Guattari y Célestin Freinet, entre las pedagogías de la ruptura del primero y las pedagogías de la cooperación del segundo, ambas basadas en los principios de la autogestión popular y en el cuestionamiento de la escuela como tal. Pero el aprendizaje no terminaba con la impresión de estas pequeñas ediciones, sino que tomaban sentido a través de la correspondencia junto a otras escuelas, generando toda una red de intercambio de materiales impresos.
Algunos de estos diferentes géneros, llamemos de “pequeña gráfica impresa” clandestina, popular o subterránea, han ido empleando una nutrida gama de procedimientos vinculados a las posibilidades o carencias materiales, a las versatilidades de sus lenguajes, a las dificultades infraestructurales de sus tecnologías o a las legislaciones de estas últimas, que a su vez han constreñido a sus contenidos. Al igual que se puede trazar un camino entre los pequeños paraísos de papel, se pueden recorrer muchas microtecnologías que las han hecho posibles: desde las minervas de palanca manual tipo Boston, a la imprenta Freinet, pasando por la hectografía, el limógrafo o vietnamita, el mimeógrafo o ciclostil, la multicopista Gestetner, la xerografía/fotocopia, las duplicadoras RISO o el pequeño delirio de las Gocco Print, además de las que sirven de complemento, como las no tan pequeñas tecnologías Linotype y Monotype, las tecnologías desktop publishing y sus sistemas informáticos de tratamiento de datos, a las que se suman las variantes de impresión digital, combinadas con los muchos sistemas de impresión no mecánicos. Es importante situar el paradigma historiográfico del diseño en el análisis de las relaciones entre las tecnologías de impresión y sus “productos” simbólicos. No se puede entender la literatura de cordel sin la xilografía ni la voz de sus gentes, como tampoco la pedagogía moderna y popular sin las imprentas Freinet y sus grabados, ni la prensa clandestina libertaria sin el mimeógrafo, o el fanzine sin la fotocopia o la risografía.
Esta es la primera parte de algunas experiencias descritas que nos aproximan a la naturaleza cultural de la microedición gráfica, que en diversas épocas de la historia representa toda una tradición. Podríamos afirmar que las microtecnologías de impresión han permitido una forma de responder a las necesidades de muchas identidades populares y las cuales propusieron una alternativa para la descentralización de los grandes relatos. La historia de la impresión mecánica y sus sistemas es enorme, tan enorme como el futuro que queda por llegar y que algunos ya lo presentan como la nueva era de la “impresión post-digital”. Publicado en Visual 195

Texto: Clara-Iris Ramos

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