MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

La plataforma de batallas creativas Adtriboo, en concurso de acreedores


Creyeron que era una buena idea enfrentar a los diseñadores entre sí, y sacar partido de ello. Utilizaron manidos argumentos: que si era dar una oportunidad a los que no la tenían, que si nadie obligaba a nadie a participar, que si el talento está desperdiciado, deambulando por los pasillos, y ellos estaban aquí para hacerlo visible y aprovecharlo…
Despreciaron conceptos básicos en las relaciones comerciales, argumentando que estaban anticuados. Sabían que no era verdad, pero les estorbaban y había que denigrarlos. Fueron muchos los errores, pero el mayor de todos fue el que les llevó al fracaso: creyeron descubrir la fórmula perfecta para los clientes, obviando que necesitaban, sí, necesitaban a los diseñadores. Y los despreciaron. En cualquier negocio puedes entrar en un sector rompiendo las reglas del juego, pero debes estar seguro de que no necesitas a los agentes existentes. Publicado en Visual 172


Erraron en el volumen. Permitieron que sus clientes fijaran precios irrisorios, es más, pretendían que ese era un activo: cada uno pagaría lo que quisiera, independientemente del coste de producto, de la situación del mercado, etc. Quizá abrigaron la esperanza de que sería tal el volumen que aunque ellos, en su condición de comisionistas, salían perjudicados, lo compensarían porque la fórmula era tan revolucionaria que el crecimiento sería tal que equilibraría la balanza. Nunca sucedió. Durante el tiempo que ha durado, un puñado de proyectos semanales, con precios que pocas veces superaban los trescientos euros de los que ellos solo percibían un pequeño porcentaje, no podía sostener el tinglado. Cuando vendes intangibles –y la creatividad lo es– jugárselo todo a la baza del precio obviando la calidad y la excelencia, nunca ha funcionado. Ni en el mundo analógico ni en el digital. Ni en el siglo XX ni en el XXI.
El diseño de calidad les dio la espalda. Creyeron que de la cantidad saldría lo excelente, pero eso tampoco funcionó. Entonces quisieron cambiar el modelo: incorporaron como posibilidad la batalla de portafolios. La que en principio era una segunda opción –¿por qué nadie iba a preferir una sola propuesta pudiendo tener decenas de ellas sin pagarlas?– resultó tener mucha acogida entre sus clientes, quizá hartos de tanta amateurización. Casi sin darse cuenta, Adtriboo era ahora un mal remedo de aquello que ellos habían venido a cambiar. Se habían convertido en una mala copia de lo que tanto habían criticado por viejuno, por desfasado.
Tampoco funcionó. Eso ya existía en el mundo real, y no había que pagar por ello. Otras plataformas llevan años ofreciéndolo, con una diferencia: son gratuitas.
Hasta aquí ha llegado la aventura de estos visionarios. Quedan daños colaterales. El desencanto de los clientes, a los que no será fácil convencer de que el problema no somos los diseñadores. Tampoco sabemos en qué situación quedan los tuercelápices que picaron en el anzuelo: aunque hoy no es posible visitarlo en la página, la mecánica de facturación a clientes y remuneración a creativos en Adtriboo era (¿es?) la siguiente: cobraban por adelantado al cliente el total del proyecto, y sólo cuando este daba su conformidad con el resultado, el diseñador cobraba. En una situación de concurso de acreedores, el diseñador ya no cobra. Como no puede ser de otro modo, pasa a engrosar el concurso, esto es: su deuda se añade a la lista de los acreedores que Adtriboo tenga. Cuando se resuelva el concurso, después de saldar deudas con Hacienda y Seguridad Social si las hubiere, los acreedores se repartirán el sobrante de manera proporcional… En el caso de que exista ese sobrante. Si antes ya era dudosa la rentabilidad de participar en los proyectos, ahora es simplemente suicida.
Es una buena noticia la desaparición de Adtriboo. Sin duda. Pero el mal está hecho. Han puesto su grano de arena en el deterioro de los niveles de precio, de respeto por el trabajo.

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