MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Las primeras Cover Girls (II)


08_LolaMontez1840En los últimos dos siglos ciertas instituciones, bien fueran teatros, café-cantantes o sociedades culturales, se han caracterizado por su contribución al diseño gráfico con la publicación de carteles y portadas para los libretos de partituras a la venta.
Un elemento tan frecuente hoy en el negocio del espectáculo como es el cartel anunciador hubo un tiempo en que fue un recurso novedoso que sobrevino con la invención de la litografía y terminó de cuajar con la cromolitografía, cuando las imprentas estuvieron lo suficiente adelantadas como para lograr grandes estampaciones en color utilizando una matriz de piedra a la que debe su nombre. Los que hemos asistido a la llegada del color en los campos de la fotografía, el cine y la televisión podemos imaginar lo atractiva que debió ser visualmente aquella adquisición tecnológica dieciochesca que dotaba de cromatismo a los trabajos de imprenta. Desarrollada inicialmente para cursar trabajos cartográficos, pronto los perfiles costeros de las naciones fueron substituidos por otros contornos más sinuosos y no hubo bailarina que se preciara que no pasara por la piedra… O sea, por la matriz litográfica, no se me malinterprete. Publicado en Visual 174



Quizá aquellas antiguallas nos parezcan hoy poco elaboradas, apenas la combinación de un dibujo y un texto marginal pero eso se quita echando un vistazo a los trabajos de imprenta anteriores, con aquellas portadas atiborradas de palabras entrecortadas que cambiaban de tamaño a cada renglón como, pongamos por caso, esa hoja donde podemos leer “Trivnfo del Santo Mysterio de la Vera Crvz de la Villa de Cervera”. Aparte del shock de encontrar escrita la palabra Vniuersidad con la V y la U intercambiadas por algún arcano designio de nuestra gramática primitiva, podemos comprobar que los festejos que se montaban en el siglo XVII tenían tanta suntuosidad que daban para la publicación de un voluminoso incunable de tres tomos donde se explicaba el motivo de la celebración dando todo tipo de explicaciones desde la antigüedad más remota. Sin duda me he contagiado del abuso de colación al enfilar mi artículo con tanta perspectiva histórica pero encuentro que es maravilloso que hubiera que revestir las fiestas de un carácter tan solemne para poder divertirse sin que fuera considerado pecaminoso. La parafernalia técnica que hoy podemos disfrutar en un party-dance sin más motivo que las ganas de marcha tenían entonces, además de una espectacularidad proporcional a la época, un carácter divino, milagroso e imponente. La ciudad quedaba enteramente iluminada de noche con centenares de antorchas y cantidad de pólvora restallando en los momentos álgidos del ceremonial, se utilizaba gran diversidad de elementos festivos (así empezaron los gigantes y cabezudos y las guerras de moros y cristianos por mencionar dos casos muy extendidos en toda España) y naturalmente música, esa que hoy escuchamos fuera de contexto interpretada por grupos de cámara debía de sonar entonces en la noche artificial como un frenético pasacalle que adquiría carácter místico por obra y gracia de la fe.
La construcción de teatros al modelo italiano con las estructuras arquitectónicas adecuadas para grandes representaciones proliferó a lo largo del siglo XVIII, al menos en Madrid, y un número creciente de ciudades españolas donde empezó a ser cada vez más frecuente el disfrute de espectáculos y bailes cortesanos concebidos como un obsequio de los primeros borbones a su pueblo, para que presenciara las Zarzuelas de autobombo que previamente habían encargado a los compositores áulicos. Muy buena música, todo hay que decirlo pero unas letras difíciles de disfrutar hoy en día, sobre todo si uno es republicano. El diseño gráfico hizo su aparición tímidamente en su cometido de combinar imágenes y textos en portadas y carteles publicitarios con todo un siglo por delante para aprender a mejorar los resultados. De entre los artistas que se dedicaron a plasmar aquellas antañonas figuras del espectáculo que hoy nos parecen poco menos que bailarinas de clausura vamos a destacar a Marcos Téllez, autor de láminas ilustrativas sobre el baile bolero y al cartógrafo y grabador Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, hermano del célebre autor de sainetes Don Ramón de la Cruz. Los criterios de la censura eran estrictos, a Juan de la Cruz le censuraron un provocativo mapa de América del Sur y a María Antonia Hernández Vallejo, alias La Caramba “cómica que fue de los coliseos de España@ la conminaron a arrepentirse de sus pecados, publicando su conversión en un pliego de cordel para que tuviera carácter ejemplar. Aparte tenemos los trabajos costumbristas del pintor rococó José Camarón, los hermanos Bayeu y Francisco de Goya que plantó su caballete a orillas del Manzanares o el prado de San Ildefonso (cuando el Paseo del Prado era un prado a secas) en obras de gran valor documental. Había un continuo toma y daca entre la mitra y el trono para ver cual de los dos estamentos aleccionaba más a la población con sus respectivos espectáculos, algunos de las cuales perduran en el folklore a pesar de que la revolución francesa mandó al garete aquellos planteamientos de tal forma que en el XIX era perfectamente normal acudir al teatro a divertirse por el simple reclamo del dibujo de una señorita elegante puesta en jarras.
Si los espectáculos ilustrados tenían una gran importancia en cuestiones de estado no vayamos a pensar que la cotidianidad de las funciones teatrales románticas perdieran ni un ápice de relevancia como instrumento político, algunas de aquellas recatadas bailarinas eran artistas capaces de encandilar a la audiencia con su dominio del movimiento continuo y el manejo de las castañuelas, pero otras eran hermosos caballos de Troya que embelesaban a las más altas autoridades de la nación ocasionándoles muchísimos quebraderos de cabeza. Potentados, aristócratas e incluso reyes jugaron a aquella peligrosa lotería y abrieron su corazón a verdaderas espías aleccionadas para hundirles en la miseria irremediablemente. Detrás de cada uno de aquellos inocentes carteles podía haber una historia llena de intriga con consecuencias que cambiaron el rumbo de la historia y tuvieron, en algún caso, un desenlace fatal como el de la pobre Mata-Hari que pagó con su vida el haberse entregado a aquel peligroso juego de tronos sin haber medido bien las consecuencias.
Uno de aquellos locales pródigos en publicar carteles de reclamo era el Her Majesty’s Theatre de Londres donde Fanny Elssler estrenó su Grand Ballet La gitana y saltó a la fama the Spanish dancer Lola Montez en junio de 1843, la hermosa bailarina –que en realidad era irlandesa– logró introducirse en la corte de Luís II de Baviera haciéndose pasar por gitana andaluza y acabó echándole a los pies de los caballos de los partidarios de la reforma liberal, ocasionando su abdicación en favor de la joven Alemania. En 1855 viajó a Australia atraída por la fiebre del oro, como su arte no era nada excepcional puso en circulación el rumor de que realizaba el baile de la araña sin ropa interior, lo que provocó una crisis al Royal Theatre de Melbourne porque en lugar de atraer, ahuyentó a la muy moralista población local. Una reseña como la que se publica ahora en VISUAL hubiera sido muy arriesgada en aquel tiempo, en Ballarat la furibunda hembra se presentó en la redacción del Times hecha un basilisco por haber publicado una mala crítica de su actuación, como no la firmaba nadie corrió a latigazos al editor del periódico. Por si acaso su espíritu vaga aún entre nosotros, estoy por dejar este artículo sin firmar y que se entienda con Alvaro Sobrino. La Montez terminó su carrera en los Estados Unidos donde era tan famosa su reputación de mujer fatal que no la dejaron bailar en público ni una sola vez.
En el ecuador del siglo XIX, cuando nuestra bisoña democracia contemplaba aún el voto femenino, teníamos ya arraigado en el Parlamento un marcado bipartidismo que oscilaba entre los conservadores liderados por Narváez, que se identificaban por un clavel rojo en la solapa y los progresistas de José de Salamanca, que lo llevaban blanco. Como aún no había estadios de fútbol donde desfogarse, medían sus fuerzas apoyando a distintas bailarinas boleras. La favorita de los conservadores era Sofía Fuoco que rivalizaba en hermosura, estampa, elegancia y donaire con la protegida de Salamanca, Guy Stephan. Los éxitos de una eran celebrados con gran júbilo por sus seguidores y recibidos con enojo por los adversarios; su popularidad era enorme ya que eran tema recurrente en las tertulias, marcaban la moda en el vestir y en el peinado inspirando a los poetas y novelistas las descripciones más encendidas de la belleza que cada una atesoraba. Teófilo Gautier glosó a la Fuoco con ingeniosas metáforas, mientras que Serafín Estébanez Calderón le dedicó a la Stephan el relato Asamblea General, un texto importante porque se considera precursor del emergente género flamenco al perfilar dos gitanos míticos como El Planeta y El Fillo desarrollando su arte singular ante otras notabilidades. Vicente Castelló diseñó la portada del opúsculo preliminar que terminó siendo un capítulo del libro Escenas Andaluzas, todo él ilustrado por el pintor Francisco Lameyer.
El repertorio de la musa progresista era más andaluz, con géneros de nuevo cuño como El Jaleo de Jerez y El Zapateado de Cádiz mientras que el de la conservadora que era más filarmónico, como se decía entonces; los bailables, lejos de ser frívolos, adquirían un gran simbolismo cuando Guy Stephan bailaba el Jaleo de Jerez vestida de gitana y a continuación interpretaba el Olé andaluz ¡sin cambiarse de ropa! Guiños así provocaban un enorme revuelo que a veces acabó bañado en sangre. Hoy como ayer, aquel bipartidismo danzístico dilapidó nuestra principal riqueza, los géneros tradicionales, que se anunciaban en otro tipo de carteles más modestos como bailes de gitanos.
Otro caso sobresaliente fue el de una malagueña bonita y risueña conocida por Anita la Camelia, ella y su hermana Victoria trabajaban en el salón Central Kursaal de Madrid como teloneras de otras artistas más conocidas formando un dúo llamado Las Hermanas Camelias. Una noche el local se llenó de público distinguido porque al día siguiente eran los esponsales del rey y habían invitado a la aristocracia de todo el mundo, lo más granado de la alta sociedad se preparaba a disfrutar de una suntuosa ceremonia con cargo a las arcas del Estado como suelen ser estas bacanales. El típico agasajo para los visitantes extranjeros era llevarles a disfrutar de la legendaria hermosura de las bailarinas españolas, de modo que compareció por el Kursaal el príncipe Jagatjit Singh, maharajá de Kapurthala, con su impresionante séquito para regocijo de Valle-Inclán, Pío Baroja y Julio Romero de Torres que eran clientes habituales. Después de la actuación, el príncipe envió proposiciones a Anita con regalos que sus padres devolvieron inmediatamente, ya que solo tenía 16 años pero su alteza no estaba acostumbrado a ser rechazado y perseveró en el intento incluso después de haber abandonado Madrid precipitadamente. Como sabemos, la accidentada ceremonia nupcial de Alfonso XIII con Victoria Eugenia se saldó con 25 muertos en un atentado anarquista.
Ante la insistencia, finalmente Anita obtuvo permiso para responderle con una carta redactada maravillosamente por Valle-Inclán, interpuesta como condición una ceremonia formal el amor no habría de encontrar freno. ¡Qué le dijo! Para un maharajá de la India un simple desayuno es una celebración que no podría imaginar ni en sus mejores sueños. No cabe duda de que la dejó complacida ya que se casó con ella dos veces, una en París y otra en la India por el rito Sijh con un boato de cuento de hadas, cientos de sirvientes, miles de invitados, flores a tutti-plein, manjares sibaríticos durante horas y horas de lujo asiático a lomos de elefantes engalanados con esmeraldas, una de las cuales se pidió Anita como recuerdo. Sí, la celebre corona de media luna que causó sensación en toda Europa había sido la diadema de su elefante. Cuando pasaron las ensoñaciones, aquella jovencita se dio cuenta de que se había convertido en la maharaní de Kapurthala y estaba atrapada en un esperpento de Valle-Inclán.
Después de unos años de tocar el cielo dejó de ser la favorita del harén, llegaron las infidelidades mutuas hasta que fue repudiada quedándole de por vida sus títulos nobiliarios indios pero también joyas, galas y una pensión exorbitante que eso sí tenía consideración allá donde fuera. En sus estancias en París y Madrid, así como en sus visitas a Málaga, vivió mejor que una reina porque pudo llevar un tren de vida que la permitió ser espléndida y realizarse como persona haciendo lo que le daba la real gana sin tener la agenda cargada de compromisos sociales. No se ha estudiado debidamente la huella que dejaron en Kapurthala sus fiestas andaluzas ni la influencia que la vocación de la maharaní pudo tener en los súbditos de aquel territorio que hoy se reparte entre Pakistán y el estado del Punjab, sin olvidar que la guerra indopakistaní ocasionó una fuerte emigración hacia la región de Bollywood. Aparentemente son lugares donde el cantebaile ha tenido una fuerte implantación.
La búsqueda de cartelería antigua está de actualidad en Internet, algunas de las imágenes que ilustran este artículo fueron halladas por investigadores amateurs que alimentan blogs como “Flamenco de papel” y “Papeles Flamencos” o proceden de fondos documentales digitalizados por la Biblioteca Nacional de los países más adelantados, como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia, entre los que se encuentra el nuestro. En esos papeles macilentos encontramos las raíces de nuestras costumbres actuales, nuestros ritos y expresiones, nuestro folklore, nuestro flamenco y algunas fiestas populares que se remontan hasta lo más remoto de la memoria documental, incluidos aquellos Corpus de fuego con pasacalles que hemos comentado al principio. Festejos como la Patum de Berga, Patrimonio Cultural de la Humanidad que ha inspirado las fiestas populares de la mayoría de poblaciones catalanas, así como fiestas de Moros y Cristianos, Gigantes y Cabezudos, Fallas y otros muchos festejos se recuperan gracias al valor documental de los carteles del pasado, donde se dan la mano el arte, el diseño gráfico y la historia. Texto: Tomás Sainz Rofes

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