MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Lettering medieval


El alfabeto latino más arcaico no tenía minúsculas, se basaba en el etrusco que además carecía de serif y modulaciones de grosor; éste a su vez en el fenicio, que siempre se escribió a palo seco igual que su predecesor cananeo, que ni siquiera tenía un sentido de escritura determinado, unas veces se leía de izquierda a derecha y otras al revés, era aleatorio. Es por eso que inspiró sistemas que se leen en los dos sentidos, los semíticos, de derecha a izquierda, y los mediterráneos, en sentido opuesto. Era un tipo de escritura absolutamente tosco y sin embargo genial porque sentó las bases de los alfabetos fonéticos, con caracteres representativos de fonemas cuya lectura en voz alta imitaba la lengua hablada, generalizando así una característica ideada por los caldeos a nivel silábico para los nombres propios.
letering tomas
En las lápidas del imperio romano comenzó a utilizarse un nuevo tipo de letra provista de serif y esa clásica modulación del grosor propia del alfabeto latino. El padre Edward Catich lo analizó en su libro The Origin of the Serif (1968). Por su carácter suntuario los rótulos se caligrafiaban con esmero, el escriba trazaba previamente unas paralelas con pincel fino para que la altura fuera uniforme y repartía el texto delimitando cada una de las anchuras con líneas verticales; luego procedía a rotular las letras dentro de esas guías utilizando un pincel más grueso. Es posible que el trabajo de cincelarlas se encomendara a un escultor que no sabía escribir, y por ese motivo vaciara todo lo que estaba pintado, picando a su vez los glifos y las guías. Lo que podría calificarse de pífia monumental (nunca mejor dicho) resultó ser un recurso gráfico que imprimía carácter a las frases lapidarias de la república romana, el caso es que –hacia el siglo I a. C. –el serif hacía su aparición en el entorno de la escritura monumental romana con tal aceptación que comenzó a imitarse en escritos de menor rango.
Pompeya es el mayor depósito de información de aquel proceso, la furia del Vesubio conservó a través de los siglos un testimonio de la vida cotidiana en aquella ciudad romana, y una vez retirada la ceniza afloraron miles de muestras de la escritura popular en aquel tiempo. En uno de los gags de La Vida de Brian la guardia sorprende a Brian haciendo una pintada clandestina que decía ROMANES EUNT DOMUS (el equivalente en latín a Yankees Go Home), como que había faltas de ortografía se la hacen repetir cien veces por lo que la ciudad queda repleta de grafitis con la leyenda ROMANI ITE DOMUM; el gag es magistral pero menos anacrónico de lo que los chicos de Monty Phyton pensaban. En los muros de Pompeya vemos que una plaza céntrica no tendría las paredes despejadas como imaginaban, sino que estarían atiborradas de pintadas. Los partidos políticos pintaban el nombre de sus candidatos con frases lo más convincente posible, los comerciantes y empresarios pintaban el nombre de sus negocios y se hacían publicidad, utilizando el serif aleatoriamente para darle un carácter oficial a sus reclamos. Es llamativo que algunos de aquellos anuncios fueran de casas de prostitución, un ramo perfectamente integrado en la moralidad de aquellos tiempos paganos. Sobre las mismas paredes se alternaban los comentarios de usuarios que expresaban su opinión sobre el servicio; el rótulo corporativo y el grafiti compartían un mismo espacio en pie de igualdad, las máximas filosóficas se alternaban con expresiones satíricas más o menos insultantes, y meras banalidades del tipo Fulano estuvo aquí. Todo en mayúsculas, aunque con dos tendencias muy marcadas, una a disminuir la anchura para mejor aprovechamiento del espacio y otra a perder angulosidad en aras de la comodidad en el trazo. A aquel tipo de mayúscula condensada y roma le llamamos capital romana rústica para distinguirla de la capital romana cuadrada o quadrata, que en realidad se utilizaba poco, solo en los epigramas cincelados sobre mármol y algunos libros excepcionales como las obras de Virgilio o la Biblia.
El serif –adherido a los extremos de la quadrata en el ámbito pétreo de la epigrafía–se ha mantenido hasta la actualidad mientras que la escritura en minúscula se estuvo cocinando a fuego lento a través de los siglos. La primera tipología apreciable fue la capital cursiva, una especie de taquigrafía de las mayúsculas que procuraba agilizar el trazo pese a la oposición de Plauto que lo ridiculizó en su comedia El Impostor: “En mi opinión, parece que estas letras quieran tener hijos: se montan unas sobre otras (…) ¡parecen escritas por una gallina!”. Ajeno a estas humoradas, el proceso siguió su curso y aquella metamorfosis llegó a generar un prototipo de minúscula primitiva que pasó al sistema educativo y se perpetuó hasta la caída del imperio. Muchas de nuestras minúsculas quedaron configuradas en aquel periodo, pero la mayor parte resultarían indescifrables al hombre moderno –salvo a los paleógrafos, claro– lo que nos permite hacernos una idea de la situación, todos los romanos escolarizados podían leer y escribir en mayúsculas pero solo los que tenían estudios superiores se desenvolvían en minúscula, así que era un tipo de escritura reservado a las clases dirigentes, políticos, juristas y militares. La implantación general de la minúscula no se terminó de producir, es por eso que la numeración se escribía en mayúscula siempre, y solo en ese caso se combinaban mayúsculas y minúsculas en un mismo texto, por lo que no debería hablarse de minúsculas todavía sino que era una forma rápida de escribir y, aún en ese aspecto, era arcaica pues las letras carecían de nexo para ligarse entre ellas. Valga este resumen para explicar que el proceso se inició al filo de nuestra era y quedó truncado con la caída de Roma.
Cogió el relevo una escritura que partió de la minúscula romana y mediante la fuerte transformación de las letras ADHEM proliferó en las diferentes nacionalidades que mantuvieron el uso del latín en pleno auge del cristianismo bizantino. El fuerte retroceso del papeleo jurídico, la proliferación de códices religiosos, la implantación del pergamino en detrimento del papiro –especialmente el de vitelo, hecho de tripa joven–, y la costumbre de escribir usando plumas de ave y cálamos muy biselados derivó en un tipo de escritura libraria que se dio en llamar uncial atendiendo a su poco tamaño, pero que despertó un enamoramiento tal que se llegaron a diseñar capitulares unciales (literalmente de una pulgada) que ocupaban casi una hoja entera. La escritura uncial nos traslada a la alta Edad Media, pero se estuvo utilizando como letra capitular durante mucho más tiempo y aun hoy recurrimos a ella para dar aspecto medieval a un título o a un logo. Desde el punto de vista paleográfico hay que considerarla como letra mayúscula, ya que su altura queda encajada entre dos líneas paralelas, pero su trazado introduce formas que serán características de las minúsculas. La D orienta su seno hacia la izquierda; la A, la E y la M pierden su angulosidad; y la H además su simetría. Casi simultáneamente se producía otro tipo de letra que se conoce como semiuncial que desarrolló características propias de las minúsculas como los trazos ascendentes y descendentes que la hicieron de uso preferente. Con el tiempo quedó establecida la separación entre palabras y algunos signos tipográficos como el de interrogación y la alternancia con mayúsculas en casos concretos. Era un proceso multifocal complejo que se producía aquí y allá, ya fuera en comunidades romanizadas, hebraicas, cristianizadas, bárbaras o una mezcla de todo ello, como la población hispánica del período visigótico, la sajona insular o la dinastía franca de los merovingios que desarrollaron una escritura característica durante el imperio bizantino, mientras que el latín había perdido su condición de lengua hegemónica en beneficio del griego.
El poder es, sin duda, un activo fundamental para la pujanza y expansión de una lengua y el latín no es una excepción. La actividad que hemos descrito desde la caída del imperio romano hasta mediados del siglo VIII es rica en cambios a nivel gráfico, experimentación, novedades, influencias mútuas y reformas, pero se limita a unos pocos códices cuyo contenido se conserva de milagro. El escenario cambió cuando Carlomagno conquistó Roma y se hizo proclamar Emperador Augusto. Aquel hito se estudia en los libros de historia como el resurgimiento del imperio romano, el renacimiento de la iglesia católica, la unificación de Europa, la formación del imperio carolingio, y deslumbrados por tanto boato, la paleografía le regala como de propina el mérito de haber culminado la minúscula, que llamamos carolina en su memoria. Sería un caso raro en la historia del diseño que un tipo de escritura se hiciera con sangre en lugar de tinta y se utilizara la espada en lugar de la pluma, por eso ningún estudioso desaprovecha la ocasión de puntualizar que Carlomagno fue analfabeto la mayor parte de su vida para dejar bien claro a continuación que la minúscula carolina no es que fuera obra suya, ni mucho menos sino que cuajó bajo su reinado. Nosotros aun diremos más. ¡Si Plauto hubiera visto las fatiguitas que le costaba estampar su firma sobre el vitelo…! Habría dicho que parecía que firmaba con la pluma de una gallina viva, que aleteaba luchando por escapar de entre sus manos y encima lo hacía con un tipo de letra escuchimizada que, por no ser, ni siquiera era carolina.
La paleografía ha estado poniendo nombres absurdos a las escuelas de escritura surgidas entre el antiguo imperio romano y el nuevo imperio cristiano. ¿Qué es eso de semiuncial? ¿No había un nombre propio para el estilo en el que se fraguaron los mayores progresos? Los paleógrafos se estuvieron picando la cresta a cuenta de eso ¿qué es eso de escritura visigótica? Quizá pensaban que Chindasvinto escribía en latín. El que escribía en latín era Isidoro de Sevilla, que era descendiente de hispano-romanos por la rama paterna, y también lo escribían sus hermanos y hermanas, una de ellas avenida a casarse con Recaredo para darle un poco de sesera a la dinastía bárbara. Después de muchas diatribas lo único que se consiguió fue un consenso para dejar de llamarle bárbaras a las letras que precedieron a Carlomagno, en su lugar le llaman escrituras precarolinas como si hubiera sido un prodigio de las letras. La única diferencia entre la minúscula precarolina y la carolina es que entremedias había invadido Europa. La paleografía no es una ciencia exacta, o depuran su metodología o no hay quien pueda tomarla en serio.
Con Carlomagno se reverdeció el uso del latín y se escribieron montones de libros, eso es verdad pero, por su carácter monotemático, parecen todos el mismo. Casi todo lo que se escribía era referente a la Biblia, cuando no eran traducciones eran meras copias de libros anteriores. Había una caligrafía potente y una industria artesanal del libro que podía haber dado obras maravillosas, pero da la sensación de que los únicos escritores sobre la faz de la tierra hubieran sido San Agustín y los cuatro evangelistas. Los paleógrafos suelen señalar con condescendencia que “la minúscula carolina no se extendió inmediatamente a la península ibérica”. Claro que no, después de sitiar Barcelona y arrasar Zaragoza, los vascones le pillaron por banda en Roncesvalles y aquí seguimos tan panchos leyendo en minúscula “visigótica”, árabe y hebreo. Dicen que la minúscula carolina penetró en Hispania en el siglo IX por el cuadrante nororiental. Penetró a su manera, claro, cuando el hijo de Carlomagno conquistó Barcelona a los musulmanes pagando un alto precio por la primicia.
La escritura carolina no es un indicador válido del progreso de un país donde se escribía con una semiuncial propia en la que se plasmaron obras de Juvenco, Álvaro, Recemundo, Eulogio (autor del Memorial de los Mártires), Elipando (que en el 784 proclamó una doctrina contraria al Papado conocida como Adopcionismo), y el que fuera su mayor crítico, Beato de Liébana. Mientras en Europa adornaban los números romanos con floripondios, aquí adoptamos la numeración arábiga con base 10 incluyendo el número 0, el saber acumulado en Al-Andalus llegó a ser autóctono en todas las ramas: Álgebra, Astronomía, Biología, Filosofía, Zoología, Botánica y Música, lo que puso a Córdoba en cabeza de la civilización mundial. Cuna de Averroes y Maimónides, entre muchos otros que revitalizaron el pensamiento latino y griego desde su propia religiosidad. El imperio carolingio no tuvo una larga existencia pero ahí está como un mojón para complicar el estudio del lettering medieval. Vamos a mirar con buenos ojos aquellos trabajos, disfrutando de su estética decididamente naïf para conocer a alguno que otro de aquellos iluminadores de capitulares, artífices infatigables del kistch más laborioso del mundo mundial. No es una temática frecuente en Visual pero no se nos van a caer los anillos por eso.

Texto: Tomás Sainz Rofes

Publidaco en Visual 185

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