MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

MADRIZ, que ya tiene treinta años cumplidos


03 Portada nº1 (la mancha de pintura es del ejemplar)La lectura del excelente estudio de Pedro Pérez del Solar, profesor de la Universidad de Texas, Imágenes del desencanto. Nueva historieta española 1980-1986 (2013), me ha despertado vivas evocaciones, como en su día la tesis doctoral de Rafael Menéndez (Entre la ilustración y la historieta: las obras de LPOy OPS en la revista MADRIZ, 2004). Unido a las frecuentes preguntas de colegas jóvenes y a la invitación de Visual, me he animado a trazar estos apuntes personales acerca de la gran aventura del MADRIZ. Publicado en Visual 172


En el panorama de los setenta, Tierno Galván era una prominente figura del socialismo español. Doble doctor, despojado de su cátedra universitaria a la vez que García Calvo y Aranguren por secundar las revueltas estudiantiles de 1965, en la mente antifranquista aparecía como futuro presidente de la Tercera República. Cubría pausadamente su trayecto pero, tras la muerte de Franco, en las maniobras electorales se le cruzaron unos sevillanos a la carrera, empujándolo a la cuneta, llámese alcaldía de Madrid. En el 79 se convirtió en el primer alcalde socialista, aliado con el PCE. La rotunda victoria del grupo sevillano en las generales del 82 le hizo ver cómo se disipaban en el horizonte la tercera república, el marxismo y el socialismo hacia los que venía proyectándose desde hacía décadas. Sin embargo, en el 83 fue reelegido alcalde por mayoría absoluta. A los madrileños les caía bien, ya fuera por sus medidas saneadoras, por los barrocos bandos de retórica florida, por mirar sin disimulo la teta suelta de Susana Estrada, o quizá tan solo por no ser tan antediluvianamente facha como sus antecesores.
Al verse reforzado por el respaldo popular, a él, que había traducido por primera vez al español el Tractatus de Wittgenstein, le salió una vena desafiante y pasota y se puso heterodoxo al frente de la resurrección de la ciudad, dispuesto a agitar su cultura festiva y a celebrar sus destellos ácratas.
“El que no esté colocado, que se coloque… ¡y al loro!”
A finales del 83, Felipe Hernández Cava me llamó para darme una excelente noticia: había posibilidad seria de hacer una revista. El periódico municipal quería estrenar un suplemento juvenil, una separata encartada, de unas pocas hojas. Se lo habían propuesto y él quería convertirlo en publicación desde el principio exenta. Una revista de historietas, un tebeo. Era incierto, estaba por hacer, pero quería saber si podía contar conmigo para, junto con OPS y El Cubri, darle al proyecto un armazón inicial sobre el que articular los materiales que aparecieran una vez en marcha.
Había conocido yo a Felipe en enero del 75, al publicar mis primeros dibujos en El Cocodrilo Leopoldo, donde también publicaba El Cubri. Saltó enseguida un conflicto con la empresa, que quiso pagar la mitad de lo pactado, y en las reuniones de protesta me hice amigo de los cubris, en especial de Felipe, que era el más sociable. Les visitaba en su estudio de la Elipa, entonces extrarradio, y alguna vez les ayudaba en sus trabajos. Con riguroso planteamiento cercano al Equipo Crónica, eran la bandera gráfica del antifranquismo radical y todos los grupos querían propaganda ilustrada por dibujos de El Cubri. Felipe, Saturio y Pedro no daban abasto. Sonaba la puerta y era un trotskista, un prochino o un leninista a ver si ya estaba lo suyo: su cartel, su portada, su tríptico, su pegatina, su octavilla… Horas y horas de trabajo gratis et amore, todo por la causa, compensadas por los encargos que sí se pagaban, la mayoría de publicaciones periodísticas, prolíficos semanarios y mensuales políticos del estilo de La Calle o El Viejo Topo. En largas charlas hablábamos de agrupar gente y fundar una revista de historietas. Le dábamos vueltas, entre la planificación y el ensueño. Uno de los nombres barajados: Bandera Negra.
Un día de 1977 Felipe se refirió a una cooperativa de dibujantes que se estaba formando en Barcelona, a partir del fanzine BANG! y su equipo de analistas: el Colectivo de la Historieta. El plan era sacar un mensual con trabajos de los cooperativistas. Incorporarse implicaba aportar 50.000 pesetas. Tal cantidad no equivalía a los 300 € de la conversión actual. Un periódico costaba 15 ptas y el pan 10 ptas, de modo que la cuota rondaría los 3.500 € actuales. Más o menos lo que había yo juntado dibujando en semanarios (Opinión, Guadiana, El Papus, Gentleman, Reporter, Qué…). Las reuniones eran en Barcelona y allí conocí a las personas tras las firmas célebres: Ventura y Nieto, Luis García, Adolfo Usero, Antonio Martín, Carlo Frabetti, Andreu Martín, y a gente cuyo trabajo descubrí entonces: Mariel Soria, Jaume Marzal, Marika, Juanjo Sarto, Teresa Inglés… Reuniones de muchas horas, muy concurridas (en una medida quizá desbordante para el lado autista de mi carácter), entre espesas humaredas tabaquistas. Una vez, al abrir las ventanas para respirar, entraron gases lacrimógenos procedentes de Plaza Catalunya, junto con sirenas y disparos de pelotazos. Uno de los dibujantes fue a por un papel a su coche y volvió sin él. El coche había sido incorporado a una barricada. A finales de los 70 las manifestaciones eran constantes en todo el país y la actuación de los antidisturbios causaba numerosos heridos y no pocos muertos. La revista que hacíamos en Barcelona, Troya, tenía talante luchador y planteamientos de realismo crítico, puro blanco y negro. Aspirábamos a que significase el paso de maduración intelectual del tebeo español. Páginas autóctonas, ocasionalmente acompañadas por impresionantes capítulos de Breccia. Confiábamos en una buena acogida de los lectores de izquierdas, además de contar con los aficionados a lo que entonces estaba siendo recalificado como “cómic”. Pero salimos a kiosco a la vez que Blue Jeans y Tótem, revistas a todo color y papel satinado repletas del refrescante material de los Humanoides Asociados (Moebius et al.) en Metal Hurlant; las imponentes planchas de Pratt, Battaglia y Toppi; y, gracias al aflojamiento de la censura, la Valentina de Crepax o los despliegues eróticos de Manara, material hasta entonces retenido… Por enfático y voluntarioso que fuese nuestro compromiso, no podíamos competir. No vendíamos, y el dinero dio para ocho números, uno de ellos doble: menos de un año, hasta primavera del 78.
Entonces se era legalmente mayor de edad a los veintiuno. Yo aún no los había cumplido y ya sentía cierta frustración, pero también acumulaba aprendizaje.
Concluido el episodio Troya, de revistas se volvió a hablar en un plano ideal. Felipe y yo coincidíamos en rechazar al prototipo estándar de aficionado a los tebeos, campo propicio al coleccionismo, la taxonomía, el culto al dato enciclopédico, la devoción a los géneros rígidamente definidos, la proyección neurótica de toda clase de fetichismos…
Tal acuerdo seguía presente cuando, como antes relataba, Felipe me llamó a finales del 83. No vamos a hacer un tebeo pensando en el aficionado estándar, eso lo sabemos, nos dijimos. Vamos a explorar caminos nuevos, experimentar con las posibilidades a mano.
El Ayuntamiento pondría dinero para arrancar sin dependencia estricta del mercado. Una condición: que los trabajos tuvieran relación con Madrid; hilo conductor, así se tratara de una alusión tangencial. Sería una de las fuentes de seriedad. Otra, el sobrio estilo adoptado por El Cubri para la serie de Luis Candelas. Otra más, la contundencia de OPS y el grafismo de corte volteriano por él escogido para su Bestiarium Matritense. Por mi parte, inicié una serie de narraciones con Madrid como reconocible escenario, compuestas y dibujadas minuciosamente. Baladas por su tono melancólico y sentimental, pero también ambicioso, buscando profundidad. La elegante portada de Ceesepe aportaba un contrapunto de mayor ligereza, y conectaba, además, con la breve tradición underground madrileña, los fanzines (Carajillo y otros) en los que el propio Ceesepe, el gran Santana, El Hortelano y Ouka Lele habían cimentado una base iconoclasta.
Felipe consiguió pactar una tarifa muy decente por página. Iniciamos andadura con 16, en blanco y negro, y cubierta de un papel igual al de interior. Junto a las tres pautas que nos correspondía marcar a OPS (todavía no volcado en El Roto), al tándem FHC/Pedro Arjona (Saturio Alonso ya había emigrado a Irlanda) y a mí, aparecieron trabajos de una estética consolidada (Juan Giménez o Carlos Giménez), además de otros más novedosos (Javier de Juan, Federico del Barrio o Rubén). Abrimos 1984 con ese nº 1 que era como un nº 0, un esquema, un prototipo en el que embarcar a más gente. Me puse a buscar entre mis compañeros de Bellas Artes. De esa cantera, en los números siguientes fueron entrando el coyote Víctor Aparicio, Luis Serrano, Jorge Arranz y Victoria Martos. De Bellas Artes de Valencia era también Ana Juan, desde pronto incorporada; Keko, de Artes y Oficios. La procedencia de autores así explica uno de los rasgos más acusados de la revista: el predominio de lo visual sobre lo narrativo en tantos trabajos; el peso de lo gráfico (lo plástico, incluso), el decantamiento hacia lo ilustrativo más que hacia lo textual. Algunos hubieron de superar vacilaciones e incertidumbre porque nunca antes habían hecho historieta y no daban con una fórmula definida.
No tardó en constituirse un equipo de habituales, los hasta ahora mencionados más Raúl, Fernando Vicente, Julio Cebrián, Seguí, Cueto, Diego, Ana Miralles, J. López, Bernabéu, Torrente, Calonse, Gras, Javier Vázquez, Olivares, Guzmán y otros, sin olvidar las reconfortantes visitas de Max, Gallardo, Micharmut, Sento, Cifré o Asun Balzola.
La revista iba teniendo más páginas, muchas de ellas en color, empezando por la portada, en papel mejorado. El empeño funcionaba, claramente. Llegó el momento en que el problema ya no era encontrar a quien pudiese aportar trabajo sino la gran cantidad de aspirantes a publicar sus páginas en el MADRIZ.
Otro rasgo característico se deriva de la infraestructura mínima, por no decir inexistente. No contábamos con un local de redacción, una sede donde los componentes pudiéramos reunirnos: no había pues reuniones, ni de las interminables en que se discute lo angélico y lo bizantino, ni de ninguna clase. Varios de los colaboradores no nos conocíamos en persona sino a través de los dibujos. Concentrados en la idea de la revista, trabajábamos individualmente repartidos por la ciudad, cada uno en su rincón, sin dilapidar energía en reuniones. Parecido a una célula clandestina. Felipe, el enlace, coordinaba el encargo y recogida de los trabajos. Quedábamos en la Cervecería Alemana o en La Venencia, o pasaba él por casa, o yo por la suya, le entregaba las páginas y, llegado el caso, le presentaba a alguien cuyos dibujos podían merecer la pena. Así con cada colaborador. Solía reaccionar con entusiasta sensibilidad, muy de agradecer. En su modo sutil de dirigir el invento era patente la conciencia de estar propiciando un experimento innovador.
Estamos hablando de tiempos predigitales; no sólo no teníamos móvil ni apenas contestador, sino tampoco escáner, ni Internet, ni e-mail, ni procesadores informáticos de imágenes. Había cada mes tráfico de originales, a entregar materialmente, llevar luego a maquetar y después a la imprenta, donde supervisar las pruebas, no siempre satisfactorias: frecuente que virasen a cian o los magentas se disparasen. O que los negros se empastaran, como en la Balada de la Expectación: la clave de la historia era que en cada viñeta la cabeza de un personaje aparecía rodeada por una aureola trazada con finas rayas blancas, rayas que en la defectuosa reproducción se esfumaron debido al empaste. La pérdida de calidad también se daba en la reproducción del color, y allí estaba Felipe examinando las pruebas en la imprenta municipal y bregando con los operarios para apurar resultados. En total, un trabajo ingente que se echaba a la espalda. No obstante lo fatigoso, disfrutaba conociendo a los autores y pensando guiones para ellos. Así que otro rasgo: el clima de amistad y confianza, favorable a la soltura (es normal bloquearse tras la prueba de publicar por primera vez), a la desinhibición formal. Recuerdo ahora cuando llegó a casa con Pedro Osés, que había dibujado pasajes de la vida de Woody Guthrie en estilo insólitamente alineado con el genial expresionista Wilson McCoy, uno de los dibujantes de The Phantom.
Al cabo de unos números MADRIZ arraigó entre los destinatarios, el público juvenil de una bulliciosa ciudad, martirizada durante la guerra, que trataba de sacudirse el muermo de varias décadas de capitalidad franquista, la costra grisácea de su oficialismo ministerial. Otras revistas insistían en rescatar el nombre de la villa: La Luna de Madrid, Madrid Me Mata.
Críticas había, claro, de la competencia, sujeta a las condiciones mercantiles; de la oposición en el gobierno municipal (un ultradecente Gallardón clamaba contra una historieta de Ceesepe en la que se ridiculizaba a Franco, o contra una viñeta mía en la que un colgado, cabeza abajo, se ufanaba demencialmente de chutarse pis, leyéndolo el pacato político con horror, como una incitación, una propuesta); de quienes no coincidían con la estética de la publicación y desde otras posiciones editoriales rivalizaban, en ocasiones agriamente.
Pero cabalgábamos. Tras la serie de las baladas me centré en una fórmula surrealista, narraciones gráficas sin viñetas ni palabras, a color, ensayando formatos que ni por asomo habrían cabido en ninguna de las revistas existentes.
Movida sí, Movida no… No nos lo planteábamos. Ni militancia ni programas. Cada cual a su manera, vivíamos la ciudad. De modo significativo, varios barrios castizos céntricos se reciclaban a zonas de copas, mientras las fiestas de cada distrito y los conciertos se convertían en fenómenos de masas. Huertas, hoy Las Letras, reabsorbía el trapicheo que desbordaba desde Malasaña y los yonquis se escoraban hacia un Lavapiés desmoronado. Retrospectivamente visto, Madrid se estaba convirtiendo en una película de Almodóvar.
En cualquier caso, y mientras el alcalde Tierno animaba expresamente a los jóvenes a divertirse y disfrutar de las calles, algo nuevo afloraba. Una subjetividad más flexible y articulada. Como en música: Enrique Urquijo, Germán Copini o Antonio Vega; ni cantautores, ni heavy metal, tampoco exactamente pop; formas nuevas que hacían eclosión sin aguardar la correspondiente etiqueta, y que no sólo reflejaban sensibilidades insurgentes sino que las despertaban en el público. De igual modo, ni Línea Clara ni Línea Chunga, sino expresión personal. Éramos como la Nouvelle Vague frente a la industria de Hollywood.
Del MADRIZ surgieron muchos dibujantes que después pudieron vivir de su oficio y hoy son firmas consolidadas. Tal vez no habrían encontrado salida en otras publicaciones.
El entierro de Tierno Galván, en 1986, fue impresionante: el carruaje negro tirado por caballos hasta Cibeles entre muchedumbre agolpada, una mañana fría de sol diáfano, paralizada la ciudad. La voz balbuceante, casi inaudible, del sucesor, anunciaba el fin de la heterodoxia.
Desaparecido el Viejo Profesor, se incrementaron tensiones en la revista en la medida en que, excepto él, nadie en el Ayuntamiento parecía entender para qué demonios estaban sufragando una publicación cuyo sentido, en tanto no era propagandístico, se les escapaba. El periodista que había puesto su carnet y figuraba en la mancheta (en toda publicación un periodista con carnet profesional debía entonces figurar como director, por imperativo legal), al principio conforme con su función de mera pantalla, quería tener algún protagonismo. Intentaba mandar, imponer la incrustación de algunos trabajos, en pugilato con el director real, Felipe. Las aproximaciones personales a los dibujantes, mediante las que buscaba zafarse de su papel burocrático, en general no le sirvieron. Mantuve con él una fría y única entrevista. Era evidente que de arriba le presionaban para que controlase el rumbo del MADRIZ. Por otra parte, la imprenta y distribución municipales no funcionaban muy allá. Con ellos el crecimiento había tocado techo. Visto el desencuentro, que se aceleraba, más bien parecía sabotaje.
Siguiendo mi compromiso fundacional con Felipe, publiqué en todos los números excepto en el 26 (no recuerdo por qué, acaso cansancio o no llegar al cierre, o estar de exámenes o enfermo) y en el 30, porque las correspondientes dos páginas enfocaban vitriólicamente el ingreso en la OTAN, golpe de mano gubernamental ante un atónito electorado. Dado el clima de crispación que ya se vivía con nuestros patrocinadores, vimos que lo razonable era no incluir las páginas en la maqueta. Por lo demás, aparecieron un total de 82 páginas con mi firma, más una portada y varias ilustraciones para textos. No me he detenido a contar lo publicado por los compañeros, pero supongo que la cifra revela, por asiduidad y constancia, una de las mayores implicaciones en el proyecto.
Antes de los tres años llegó el cierre. Como de costumbre, pretexto económico: alto coste, bajas ventas, etc. Parte de lo segundo, achacable a la precaria infraestructura y a la escasa eficiencia, ya mencionadas. En cuanto a lo primero, como dijo Ana Juan, se gastaban mucho más en fuegos artificiales para una verbena. No era lo costoso el problema sino que no se encontraba justificable continuar financiando la actividad de un grupo autónomo impermeable a los intentos de control y capitalización. No había más que ver el fastidio con que el contable extendía los cheques cuando llegaba el día de cobro.
MADRIZ fue un episodio de libre expresión, propiciado por una conjunción singular de factores, entre ellos el gesto de Tierno Galván de, en los últimos años de su vida, apoyar la iniciativa, imposible sin ese patrocinio, inviable en el mercado. Otro factor: contar con un director que llevó la batuta en estado de gracia por campos difíciles, coordinando a un grupo variopinto, con la viñeta como bisagra: tan pronto en el límite de acá de los códigos historietísticos, como más allá, acotando recursos nuevos y balizando senderos desconocidos para el idioma gráfico.
MADRIZ estuvo muy cerca de ser una revista como a la medida de uno, de cada uno de los implicados; un medio donde emplearse a fondo, echar el resto. Y eso, hallar condiciones idóneas para la creación artística, está por desgracia muy lejos de ser lo normal: quienes participamos en la aventura fuimos afortunados. Texto: Luis Pérez Ortiz (LPO)

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