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El dibujante de tribunales


La rápida evolución de las herramientas digitales está simplificando muchas funciones en el mundo editorial, prensa incluida. Al tiempo que agiliza enormemente la producción (las bobinas de papel y los paquetes de periódicos que antes viajaban en camiones durante horas, lo hacen ahora a través de la fibra óptica en un segundo, un clic), este progresivo robotizar tareas se lleva por delante viejos oficios analógicos o artesanales cuyo saber queda sólo para dar un ocasional brillo de calidad, un lujo esporádico que aporte el aroma de la antigua maestría. Entre ellos, el de dibujante de tribunales.

La figura del dibujante de tribunales nunca tuvo gran tradición en España pero, como tantos otros componentes de nuestra mentalidad, lo conocemos a través del cine norteamericano. En las películas de género judicial, cuyo argumento consiste en el desarrollo de un proceso ante los tribunales, es frecuente que algún plano muestre entre el público a ese tipo que, enfrascado en sus cuadernos, dibuja rápidos apuntes de los personajes presentes en la sala: abogados, juez, acusados, testigos, miembros del jurado.
Damos por sentado que tal oficio debe su existencia a la prohibición de captar fotografías durante los juicios, prohibición que efectivamente existe en la mayoría de los estados norteamericanos, si bien cada juez tiene un margen de arbitrariedad al respecto. Sin embargo, esta norma explica la larga pervivencia del oficio, pero no su origen, anterior a la invención de la fotografía. Hay que remontarse bastante antes, cuando a finales del siglo XVII se celebraron en Massachusetts los juicios de Salem, en un clima de histeria colectiva y curiosidad morbosa. La mayoría de los colonos procedían de sectas puritanas europeas (tan radicales que en algún caso los echaban del viejo continente hacia el Nuevo Mundo para perderlos de vista) y proyectaban sobre la ancestral religión campesina, la brujería, un fantasear decididamente pornográfico, que se recreaba de modo convulso en la imaginación de orgías frenéticas, besos negros al diablo cabrío, enculamientos, copulaciones con íncubos y súcubos y todas las modalidades pecaminosas en el campo sexual. El proceso estuvo cargado de una calentura que incendiaba la curiosidad de los vecinos y llevó a los primitivos periódicos de entonces a encargar a algunos ilustradores que se convirtiesen en ojos de un público ávido de imágenes y testimonios lo más minuciosos posible; con pelos y señales, por así decir.
Tras ese ya lejano momento fundacional, la colaboración del ilustrador fue en adelante solicitada cuando algún juicio creaba expectación, aunque en los años siguientes ninguno llegó a las cotas de Salem. Además, las publicaciones se confeccionaban a velocidad de tortuga, tipo a tipo: una periodicidad semanal ya era vertiginosa.
En la rutina procesal que admitía la esporádica presencia de un dibujante discreto y silencioso no encajó en su momento, la segunda mitad del siglo XIX, el fotógrafo. Por una parte, cuestiones estrictamente pragmáticas: los aparatosos trípodes, el fogonazo del magnesio, la necesidad de que todo el mundo se paralizase para no salir movido; por otra, las jurídicas: el testimonio fotográfico, al registrar un gesto o postura anecdóticos, poco representativos (un bostezo, un pronto colérico…), y publicarlos con gran relieve como si fuesen significativos, podía influir en la imparcialidad del jurado y la ecuanimidad deseable en el público. Se consideró, además, que a menudo los participantes perderían la concentración a la hora de declarar, más pendientes de la pose con que aparecerían retratados, si el perfil sería el bueno, y si habían escogido ese día atuendo favorecedor, que de manifestarse de forma leal y sincera ante el tribunal. Ello sin contar con la protección de la imagen de los menores acaso involucrados, claro, y la necesaria intimidad del jurado.
El oficio de dibujar en las cortes judiciales se convirtió en una salida más para el ejército de graduados de las innumerables escuelas de arte norteamericanas, y una especialidad para la que los ejercicios académicos preparaban con particular esmero: las largas sesiones de apuntes del natural encontraban ahora una aplicación práctica. Pero desde luego no es lo mismo estudiar a una estilizada modelo que a cada rato cambia de una postura armoniosa a otra, que a un psicópata deleznable, tal vez violador de niños o descuartizador de mujeres, cuya declaración ante el juez contamina con tonos siniestros la atmósfera de la sala.
Al considerar las dificultades específicas del oficio, tales como la alta velocidad del trabajo, la urgencia y la precisión al cazar los detalles al vuelo, o el dominio extremo de los instrumentos de dibujo, no se repara lo bastante en esta otra dificultad de tener que contemplar de cerca a grandes criminales, verlos en plena expresión. Los casos que implican a algún astro del showbusiness como O. J. Simpson o Michael Jackson son los menos. Lo frecuente son asesinos sórdidos e incomprensibles como Charles Manson u otros diez mil, ajenos del todo a la fama.
Por supuesto, no hay cada día casos sensacionales, de los que a criterio del redactor jefe merecen ilustración, pero el dibujante debe permanecer de guardia, como un bombero acuartelado. Entre tanto, y cada cual según su preferencia, cultiva como ejercicio otros géneros: paisajes, láminas de pájaros, cómic, pintura abstracta, caricaturas… Cuando es movilizado, recoge su equipo de campaña, el maletín con los cuadernos, lápices, pinceles, rotuladores, pasteles, etc., consigue la acreditación y, una vez en la sala tras pasar rígidas formalidades y controles, detector de metales y a menudo perros olfateadores, escoge entre el público el observatorio que le permita la visión adecuada: lo bastante próximo como para ver de cerca los rasgos de los personajes, pero no tanto como para perder de vista el recinto, el ambiente general del recinto. Desde ese punto observará con la máxima atención. Si no calcula bien la distancia y la iluminación es posible que necesite recurrir a binoculares, lo que complica el uso de las manos y puede irritar a algún juez. En los grandes juicios se juntan periodistas, familiares de testigos y encausados, estudiantes de derecho y ayudantes de los abogados. Si el dibujante no espabila, desde el sitio que le quede apenas verá otra cosa que cogotes. Su trabajo consiste en dibujar mucho, pero no incesantemente. Hay ratos para un estudio quieto del panorama, una concentrada espera del momento relevante. En ocasiones, un reo principal aparece un instante, jura, contesta con un par de monosílabos y se lo llevan otra vez a la celda. Entonces hay que extremar la retentiva, fijarse intensamente y memorizar los datos esenciales para a continuación fijarlos en el bloc.
A lo largo de la jornada acumula varios apuntes rápidos, a elaborar en las horas siguientes, dentro del espídico ritmo al que en el siglo XX marchan periódicos y revistas.
La mirada que se aplica es más documentalista que estética. Más antropológica. Busca capturar con máxima rapidez fisonomías, gestos característicos, posturas que expresan una psicología entera: antes la precisión y la carga informativa que el bello estilo o el trazo virtuoso. Y lo mismo al tratar el espacio, si se quieren sugerir las dimensiones de la sala, cómo se distribuyen en ella los participantes.
Los grandes trabajos logrados en el género reúnen todos estos rasgos para transmitir la atmósfera del lugar, el ambiente emocional, la personalidad de los implicados, la viveza de las situaciones. En este punto debe mencionarse el célebre hito plasmado por el mexicano Bill Robles cuando captó el instante en que Charles Manson se abalanzó sobre el tribunal y fue placado en el acto por un vigilante.
Momentos así, brillantes y anecdóticos, ganaron para el oficio la denominación de “artista corresponsal”, que hace justicia al lado periodístico del cometido, con su fuerte carga adrenalínica. Porque a la inquietante coincidencia en el mismo espacio con un criminal, ya señalada, se suma la responsabilidad de ser los únicos ojos habilitados para transmitir imágenes del acontecimiento: imágenes informativas que permitan a los lectores ávidos de datos trasladarse con la imaginación al candente escenario, exactamente como sucedía siglos atrás en el episodio de Salem.
Hoy, con la costumbre de la fotografía, el vídeo y la retransmisión televisiva, esa avidez y esa exclusividad se han ido progresivamente desdibujando.
En Estados Unidos hay unos cuantos maestros de la especialidad, con 30 o 40 años de oficio a las espaldas, recorriendo por el país cortes de diversa categoría, a sueldo de las grandes cabeceras (Washington Post, LIFE, New York Times, San Francisco Chronicle, etc.), agencias y periódicos locales. El mencionado Bill Robles ganó celebridad por el “apunte-instantánea” de Manson enloquecido, que tampoco es un dibujo de especial calidad, pero junto a su nombre deben aparecer Elizabeth Williams, Aggie Kenny, Richard Tomlinson, Janet Hamlin, Lou Chukman, Mona Shafer Edwards, Jane Flavell, Richard Johnson, Patrick Flynn, Brigitte Woosley, Vicki Ellen Behringer, Howard Brodie, Christine Cornell o Pat López. Para el final queda el gran virtuoso, el absoluto maestro, Art Lien (www.courtartist.arthurlien.com), asignado a los juicios de la Corte Suprema pero presente también en juzgados militares, en pequeños tribunales de pueblo y salas variadas cuya vida refleja por dentro y por fuera con mano privilegiada, capaz de capturar los momentos esenciales en detalles de los rostros, así como el aire de los recintos, mobiliario incluido, con enorme sentido del espacio.
En el sur de Francia, país que comparte la política norteamericana de prohibir la toma de fotografías durante los juicios, un etarra exigió que un dibujante que realizaba en la sala su trabajo no le dibujase. Alegó unos derechos cuya prioridad el tribunal terminó aceptando, por lo que el ilustrador pudo hacer apuntes de todos los presentes excepto del procesado.
En el Reino Unido apenas hay practicantes del oficio porque, aunque los dibujantes pueden asistir a los juicios y tomar notas escritas y memorizar, no pueden dibujar en la sala, en directo, sino fuera, después. Es el caso de la destacada Julia Quenzler.
En Australia los fotógrafos están excluidos de los juzgados y los dibujantes no tienen su competencia a la hora del reportaje gráfico.
Como se apuntaba en las primeras líneas, el oficio de dibujante de tribunales apenas ha tenido tradición en España, salvo episodios muy aislados. Con ocasión del juicio en Campamento a los golpistas del 23-F, con prohibición expresa de las fotografías, el diario El País encargó al pintor José Luis Verdes que acudiese a las sesiones e ilustrase las crónicas. Fue un modo de subrayar la importancia histórica del acontecimiento, si bien el artista se desmarcó de la línea documentalista propia del género y dio tono fantástico a buena parte de los dibujos, con lo que, al margen del valor artístico que adquiriesen en virtud de tal tratamiento, el valor periodístico resultó escaso. Al contrario de los dibujos que, también acreditado por El País, realizó Alfredo González. En sus memorias (La ventana de atrás, 2017) dedica unas líneas a narrar aquella experiencia: “Montaron bares de campaña en los patios, atendidos por soldados, que nos servían cerveza y bocadillos. Andábamos mezclados periodistas, cámaras, dibujantes, militares… Un capitán me hizo una caricatura que guardo en algún sitio. Tras interminables escáneres y cacheos, nos acomodaron en una gran sala, a la espalda de los reos uniformados, que sólo se volvían para mirarnos con desdén. Y, desde luego, impresionaban más sus uniformes de gala de grandes charreteras, que las togas y puñetas de jueces y abogados”.
Otro juicio de gran relieve, el derivado en Madrid de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Atocha, fue televisado entero por el segundo canal autonómico, mediante una realización impersonal, neutra, probablemente a cargo de un robot.
Este pulso entre robotización y humanismo se parece al que prefiguraba Aldous Huxley en Un mundo feliz cuando enfrentaba a John el Salvaje, quien memorizaba fieramente los versos de Shakespeare, con una masa social de analfabetos funcionales, gregarios y felices.

Texto: Luis Pérez Ortiz (LPO)

publicado en Visual 186

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