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Raúl de la Fuente. Un día más con vida


Una de las pocas verdades absolutas es que la mayoría de libros no están pensados para dar el salto a la gran pantalla. Una premisa que se hace aún más evidente en los relatos periodísticos, donde el momento y el contexto alimentan la urgencia del escritor. Sin embargo, existen excepciones, y una de las más recientes es la película Un día más con vida, que convierte la novela homónima de Ryszard Kapuscinski en una sorprendente mezcla de cine de animación y de realidad documental que rompe toda clase de tabúes estéticos. La premisa resulta inconfundible porque el emblemático reportero polaco se trasladó a Angola en 1975 para informar desde primera línea de fuego sobre la guerra civil que devastaba el país: “Sentimos una angustia especial. Es una lección aprendida a través de la historia. Correrá la sangre. África está despertando”. Tomando ese pulso narrativo frenético, el director Raúl de la Fuente ha transformado la crudeza de las palabras en imágenes majestuosas y ha cosechado premios en festivales internacionales, además de alzarse con el Goya a la mejor película de animación. Ahora nos cuenta su experiencia personal en este proyecto que ha marcado un antes y un después en su extensa carrera.
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Te propongo remontarnos a los inicios de esta historia con ecos cinéfilos y literarios para conocer tu trayectoria profesional. ¿Podrías contarnos cómo te adentraste en el mundo audiovisual?
Mi carrera está vinculada al viaje. Empecé a recorrer África y América Latina hace bastante tiempo. Luego visité Cuba, donde rodé documentales con Compay Segundo y con la Vieja Trova Santiaguera. También estuve en Etiopía como fotógrafo, viajando solo, siguiendo un poco esa inspiración de Kapuscinski. En 2006 realicé mi primer largometraje documental, titulado Nömadak TX, que se estrenó en el Festival de San Sebastián y fue el documental español más premiado de ese año. En 2013 estrené Minerita, un corto documental que cuenta historias de supervivencia de las mujeres mineras del cerro Rico de Potosí en Bolivia. Ese proyecto ganó el Goya y fue finalista para los Oscar. Después continué viajando y estuve en Haití, donde realicé el largometraje documental I am Haiti, y rodé en muchos otros países como Costa de Marfil, Togo, Benín, Colombia y Venezuela. Me considero un privilegiado porque ninguno de mis protagonistas podría devolverme la visita. Soy yo quien puede viajar y quien tiene la oportunidad de conocer a todas esas personas.
¿En qué momento descubriste la magia del libro Un día más con vida de Ryszard Kapuscinski y cuándo te planteaste que podía convertirse en un relato cinematográfico?
Descubrí a Kapuscinski cuando era muy joven, no recuerdo la edad. El primer libro que leí fue Ébano, que me fascinó, y luego continué devorando el resto de sus obras. Después de rodar Nömadak TX y de estar todo un año promocionando la película, tenía ganas de contar una nueva historia. Junto con la productora Amaia Remírez nos dimos cuenta de que nos obsesionaba Kapuscinski y que nos interesaba muchísimo su figura, así que decidimos hacer una película sobre él. En ese momento tuvimos claro que el libro que elegiríamos para una adaptación cinematográfica sería Un día más con vida. No había otra opción, los productores teníamos que ser nosotros mismos. Incluso decidimos crear la empresa Kanaki Films para llevar a cabo este proyecto. Y entonces buscamos socios, como Platige Image, una empresa polaca de animación muy potente nominada al Oscar, Walking The Dog en Bélgica y Wüste Film en Alemania.
Una de las cosas que más llama la atención son las escenas con los protagonistas reales de la historia. ¿Cómo localizásteis a esos supervivientes que permanecían en el anonimato?
La esencia de la historia era esa fusión entre animación y realidad. Fue un regalo encontrar a los protagonistas porque si ellos no estuvieran vivos, la idea original se habría caído. Artur Queiroz decía: “Kapuscinski siempre tiene buena información”. Entonces pensamos que, si aún estaba vivo, quizá seguía trabajando como periodista igual que en el libro. Decidimos buscarlo en el periódico en el que escribía en aquella época y, cuarenta años después, seguía con su trabajo. Conseguimos el contacto de Farrusco a través del embajador polaco en Angola. Lo llamamos y nos respondió con acento cubano. No en vano, era un portugués que cambió de bando y se unió a la guerrilla, pero pasó muchos años luchando con los cubanos. Luego conseguimos contactar con Luis Alberto Ferreira en Lisboa, y también viajamos a Cuba donde no conseguimos encontrar a Mauricio y Pablo, los dos cubanos con los que Kapuscinski se citó para tratar sobre la invasión sudafricana.
Sin embargo, la parte más impactante de la película son las secuencias de animación. ¿Cómo os planteásteis la producción de aquellos 60 minutos de metraje? ¿Qué técnicas utilizásteis?
Buscamos una animación hiperrealista, por eso trabajamos con actores y con la técnica del motion capture, donde se les colocan unos sensores que captan sus movimientos y se ruedan todas las acciones que hacen. Previamente habíamos realizado muchos ensayos y teníamos bastante claro cómo funcionaba la película. Luego sólo tuvimos que ir al estudio para grabar. Lo más interesante es que los personajes parecen humanos y creo que eso hace que el público conecte muy bien con ellos. Mucha gente nos ha dicho: “Me encanta la película porque es animación, pero parecen personajes reales”. También decidimos utilizar ese look de cómic y de novela gráfica, que tiene un componente muy romántico porque apela a nuestra infancia. Eso hace que los personajes sean realmente creíbles y que la película tenga esas dosis de emoción que considero imprescindibles para que una historia sea buena.
Uno de los recursos narrativos es el contraste entre las escenas de acción y las escenas oníricas. ¿Siempre tuvisteis claro que la película debía funcionar en varios planos dramáticos?
Queríamos hacer una película de aventuras, donde las escenas de acción fueran trepidantes, abundantes e intensas. La idea era colocar al espectador en la trinchera junto a Kapuscinski, bajo un fuego de balas, y hacerle sentir lo que se vive en una guerra, lo que sientes en un check-point cuando te apuntan con un AK-47 en la cabeza y estás a punto de morir. Y las escenas oníricas son una manera de entrar en la mente del protagonista, en ese universo tan onírico, tan poético y tan surreal que manejaba en su literatura. Si hacemos animación es para recrear estados mentales, psicodelia, pesadillas, sueños, deseos… todo ese mundo interior de los personajes principales que nos parecía tan rico. Por ejemplo, el sentimiento de culpa está narrado en tono onírico, metafórico y surreal. La muerte de Carlota y la pesadilla posterior es uno de los momentos más intensos de la película, con ese mar, ese abismo negro de culpabilidad que atrapa a Kapuscinski.
A pesar de contar con guiones o escaletas, los documentales acostumbran a tomar forma en la sala de edición. En vuestro caso, ¿la animación se realizó antes, después o durante el rodaje?
La animación se realizó en paralelo al rodaje, pero no había margen de actuación sobre esa parte de la historia. Una vez que dimos luz verde a la producción, ya no había posibilidad de cambiar. Donde sí había mucho margen de improvisación y de experimentación era en las secuencias de imagen real, tanto en el rodaje como en el montaje. Esos fragmentos siempre estuvieron “vivos” y existía la posibilidad de cambiarlos de lugar. Por tanto, las cartas a barajar eran diversas y la película estuvo abierta hasta pocos días antes de ir al laboratorio. Durante la última semana hubo muchos cambios en la parte de imagen real, incluso en temas de locuciones, de voces, de diálogos y de sonido. La idea era potenciar el componente emocional y, por eso, hubo un trabajo tan importante en el personaje de Carlota, que cobró más importancia de la que tenía al principio. Nos dimos cuenta de que ella era el alma de la película.
La narración se convierte en un viaje en busca de un personaje casi mítico y eso me recordó a Apocalypse Now. ¿Cómo director, cuál crees que es el tema esencial de esta historia?
Desde luego, el Comandante Farrusco como personaje está inspirado en el coronel Kurtz de Apocalypse Now y también vemos el viaje al corazón de las tinieblas que realiza Kapuscinski para tratar de descubrir la verdad sobre esa guerra que entonces se decidía en el sur. Para mí, el tema principal de la película es el deseo de trascender y de dejar huella, algo universal que todos los humanos creo que compartimos. Kapuscinski escribió la historia de los protagonistas para que nunca fuera olvidada. La historia de Carlota y de tantas personas jóvenes, mujeres y niños que luchan y mueren en las guerras. Kapuscinski decidió que se merecían permanecer. Quiso darles un día más con vida para que nunca quedaran en el olvido.
Cada película supone un reto para el director, puesto que invierte parte de su vida personal en levantar el proyecto. ¿Aprendiste alguna lección importante durante la producción?
Desde que se nos ocurrió la idea en el 2008 hasta que estrenamos la película en Cannes en el 2018 fueron 10 años de trabajo. El mayor reto fue aguantar todo ese proceso, mantener unido a un equipo de 500 personas, con 5 países implicados, y las evidentes complicaciones de una coproducción a distancia. También supuso un reto conseguir la financiación y gestionarla. Codirigir tampoco fue nada sencillo, aunque, finalmente, tanto Damian Nenow como yo estamos muy contentos con el resultado. Creo que había una multitud de factores a tener en cuenta y quizá el principal era que no había una película de referencia en la cual pudiéramos inspirarnos o consultar porque nadie había hecho un proceso como éste. ¿Qué lección he aprendido? Siempre son inseguros los resultados de las batallas.
Todo ese esfuerzo y los años de trabajo se han visto recompensados con la participación en varios festivales de cine internacionales. ¿Cómo fue el paso por Cannes y San Sebastián?
Un día más con vida siempre ha tenido muy buena estrella, incluso cuando buscábamos financiación. Saber que el estreno sería en Cannes y en la sección oficial fue un golpe de efecto. Y que Thierry Frémaux la apadrinara y dijera “no serás la misma persona tras ver esta película” fue lo mejor que podía pasarnos porque nunca pensamos que llegaríamos tan alto. También fue muy importante a nivel personal el Premio del Público en el Festival de Cine de San Sebastián porque era la primera vez que un realizador vasco y una película española (que además es de animación) lo ganaban. Recientemente, hemos estado en el Festival de Cine de La Habana, donde fue un estreno increíble y muy emocionante con el público de la ciudad. Después fuimos a Sevilla a los European Film Awards y, contra todo pronóstico, ganó el premio a la mejor película europea de animación y éste es el mayor galardón que hemos recibido en nuestra trayectoria profesional. Ser la mejor película europea de animación es un honor inmenso.
Para terminar, una pregunta de ciencia ficción: si tuvieras una máquina del tiempo ¿a qué época te gustaría viajar y a qué personaje histórico te gustaría conocer?
Por eso hice esta película. Es una máquina del tiempo y representa un viaje. Si tuviera que elegir, no dudaría en trasladarme al año 1975 en Angola, en septiembre, y me gustaría haber conocido a Ryszard Kapuscinski y haber viajado cerca de él. También me habría encantado cruzarme, en aquel mismo momento histórico, con Fidel Castro y a Bob Marley. Publicado en Visual 197

Texto: David Moreu. Imágenes cedidas por Kanaki Films. Web: http://www.kanakifilms.com

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