MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Reflexiones sobre la invención
de la imprenta 2.0


01_EscribaMeryComo vimos en el número anterior, una serie de impresos datados en China, Corea y Japón en el siglo VIII de nuestra era desmontan la creencia de que Gutenberg fuera el inventor de la imprenta ya que su logro no tuvo lugar hasta el siglo XV. Siete siglos de diferencia son muchos siglos, incluso en la noción medieval del tiempo, ¿por qué le seguimos concediendo un gran mérito al impresor alemán? A ver si encontramos las respuestas. Las imprentas orientales se dedicaron principalmente a la fabricación de dinero, no hace falta que diga más. Sabiendo eso, no vamos a extrañarnos de que allí se inventara el papel, la tinta, la xilografía, el grabado y todo cuanto guarde relación con la fabricación de billetes. En cuanto a la reproducción de obras literarias, ese es otro cantar, los impresos no exceden de la extensión de un folleto. La cultura que inventó el mecanismo de la imprenta no tuvo la motivación necesaria para publicar libros y por ahí se va a librar el señor Gutenberg. Publicado en visual 179


Nuestro sentido platónico de los conceptos nos lleva a considerar como “libros” los rollos de pergamino y sin duda que el soporte es lo de menos cuando los autores se llaman Platón, Aristóteles, Arquímedes, Euclides o Sófocles pero hoy aquí nos interesaremos por el formato, porque esto es una revista, compaginamos hojas, trajinamos columnas de texto, nos esmeramos en las cubiertas y estamos hablando de la imprenta con la sensación de que nadie nos ha explicado debidamente la pequeña historia de la encuadernación ordenada de contenidos. ¿Cuando, cómo y por qué nace el libro libro?
A falta de pruebas arqueológicas es preciso vagabundear –como decía Jean Mallon- a través de los siglos en busca de las claves que satisfagan nuestra curiosidad.
Mientras que en Egipto el rollo de papiro llegó a ser una práctica cotidiana a juzgar por los escribas esculpidos que se conservan, en Oriente Próximo se mantuvo el uso de la tablilla y su hermana mayor, la estela, con algunas soluciones imaginativas para obtener varias páginas como los conos de Urukagina de Lagash y el Himno Nupcial de Iddin-Dagān, escrito en las caras de un prisma hexagonal. La grandeza de la civilización mesopotámica se puso de manifiesto en 1847 al encontrarse en Nínive la primera gran biblioteca de la humanidad, varios siglos anterior a las de Alejandría y Pérgamo, donde se recuperaron más de 20.000 tablillas cuneiformes reunidas por el rey Asurbanipal.
El alfabeto fonético fenicio fue adoptado pronto por sus vecinos arameos pero cuajó lentamente en Mesopotamia donde estaba arraigado un acadio todavía ideográfico pero legible por sus partículas silábicas, tan funcional como pudieran serlo el chino o el japonés. Tras una época de inscripciones demóticas donde la emergente escritura consonántica aparece junto a la cuneiforme, surgió la lengua vehicular del territorio, llamada caldeo por influencia del libro The Analytical Hebrew and Chaldee Lexicon (Benjamin Davidson, Londres 1848) y más recientemente arameo en razón de su antigüedad, que dio lugar a lenguas específicas como el hebreo, el asírico (el arameo sucinto de Aram) y posteriormente al árabe. Esa es la escritura no hebrea de los Rollos del Mar Muerto que contienen partes del Talmud, el texto hebreo de donde emana el Antiguo Testamento; la información es abundante si uno cree religiosamente, en caso contrario hay que leer entre líneas para desentrañar lo que no está en los escritos. La paradoja es que no hay nada más talmúdico que eso. La Tora conserva aún el formato rollo en la liturgia y en el arte mientras que la Biblia cristiana se representa solo encuadernada; así que el libro tuvo que nacer en el periodo intermedio.
La aparición del libro coincide con el inicio de nuestra era, con eso ya lo digo todo.
El alfabeto también supuso un gran progreso para los pueblos mediterráneos que lo utilizaron para plasmar por escrito su tradición oral, produciéndose unos textos cargados de épica patriótica que fluctúan entre la mitología, la epopeya y la inspiración divina; pongamos por caso a Homero que en sus narraciones no se privaba de incluir cíclopes y sirenas mezclando el mito y la realidad. En la pluma de los logógrafos griegos (así llamados precisamente por transcribir el habla) ese tipo de personajes fantásticos dejó de proliferar, dando paso a una nueva época en que prevaleció la mentalidad historiadora de un Herodoto o un Catón en el orbe romano.
Quiso la fatalidad que Pompeya se convirtiera en testigo de una época, la falta de actividad durante siglos por culpa del Vesubio y los progresos arqueológicos actuales se han combinado para arrancarle al pasado una serie de instantáneas de su vida cotidiana. Entre sus paredes hay restos de frescos… y no me refiero al ciudadano Lucio Cecilio Jocundo que se corría unas farras verdaderamente dionisíacas, tanto es así que ha legado a la posteridad su cara de cachondo y su carajo; cuando digo fresco me refiero a las pinturas murales que muestran utensilios de escritura. En la más antigua (Villa de los Misterios, siglo I a.C.) vemos a un niño leyendo un rollo de pergamino en público, en este caso se trataba de un ritual báquico para introducir a las esposas en la sexualidad. Los que pensaban que las escrituras estaban ligadas a la religión no se equivocan demasiado, Dionisos Baco era uno de sus dioses y aquello formaba parte de la liturgia.
El resto de pinturas (siglo I d.C.) muestran material de escritorio, los consabidos rollos de pergamino con los que el patricio Terencio Neo llevaba la administración de su negocio, provisto de cálamo y dos tinteros mientras que su esposa usaba un soporte rígido donde hacía anotaciones domésticas, echaba cuentas y aprendía -o enseñaba- a escribir. Era lo más parecido a un iPad que había en el siglo I y además se llamaba igual: tableta. Untadas de cera oscura hasta el resalte que le hacía de marco, se escribía rayando la cera con un estilete metálico que llevaba en su otro extremo una espátula para borrar aplanando la incisión. Un lápiz óptico, vaya. Las vendían de tres, cuatro y cinco tabletas útiles por las dos caras , con agujeros en uno de sus lados para poder anudarlas unas a otras, en cuyo caso se llamaban pugillares por lo mucho que se utilizaba el pulgar al ojearlas a modo de… ¡libro!
La tableta encerada más antigua que se conoce es de principios del siglo I. Era tal la querencia que los romanos tenían por sus pugillares que los enterraban con ellos, pero el pugillar descrito no es un libro, es una libreta, lo más parecido a un libro continua siendo lo que leía el niño en la Villa de los Misterios ya que llevaba un texto escrito de antemano. En tiempos de manuscritos es fácil confundir libreta y libro, máxime cuando salieron al mercado los folios en blanco, evitabas el engorro de la cera y como eran de pergamino, podías borrar el texto con una esponjita húmeda, reescribir varias veces, enviar cartas y recibirlas; con aquello los jóvenes romanos ingresaron en la blogosfera ya que el pugillar venía a ser un bloc de cartas, ideal para mandárselas a los Corintios, a los Efesios o a quien quisieras sin necesidad de rollos macabeos que, por cierto, Pablo y los macabeos fueron los primeros en llamarle biblos a las escrituras. Tanto la religión católica como la judía guardan memoria de los pugilares, considerados como libros muy antiguos de pequeño formato, los llamados codex pugilares.
Para que haya libro hay que buscar un editor y Marcial lo tenía.
Marco Valerio Marcial fue un poeta bilbilitano, o sea nacido en Calatayud cuando era de cajón el gentilicio puesto que llevaba su prístino nombre de Bílbilis. Animador de la vida social en la Roma clásica del siglo I, publicaba regularmente sus Epigramas poéticos con un estilo entre satírico, erótico y costumbrista, que es el que aquí nos interesa porque nos trae noticias de la edición de libros. El volumen XIV lo dedica a sugerir regalos para las fiestas Saturnales y entre las recomendaciones estaba el último grito en pugillares, unos de marfil provistos de pergamino fino de la marca Vitelio, llamado así por el apellido de su fabricante. Escribas lo que escribas en tu pergamino, que sepas que a las pibitas les causa buena impresión si es de Vitelio, ese es todo el contenido del poema VIII pero, por breves que fueran sus dísticos y por largas que fueran las cartas de la gente, nadie confundía los volúmenes con los pugillares . El volumen traía muchos epigramas y se distribuía en formato rollo, por eso se llamaba volumen precisamente, porque al leerlo se volteaba. Sus obras iban enrolladas a un ánima de madera tan bien trabajada que al cónsul de Roma le encantó, en adelante Marcial -muy digno- en lugar de poemas le enviaba la dirección del carpintero. Tenía en su casa un armario, no muy grande, donde coleccionaba los volúmenes que le apetecía pero –según dijo- sin cabida para meter las obras completas de Tito Livio; normal, puesto que estaba compuesta de 142 volúmenes con sus respectivos umbilicus de madera; ¡cuántas terrazas tienen menos balaustrada! Como no sean textos selectos, haré pasar a las polillas, decía Marcial, o sea que el volumen tocó techo por exceso de idem.
El editor buscaba soluciones, ya sabéis cuan drásticos pueden llegar a ser en su afán de compaginar la cultura con la viabilidad, así que a fuer de escatimar inventaron el libro. Lo primero que hicieron fue despedir al tornero y comenzar a distribuir los textos en hojas pequeñas (pellibus exiguis). Marcial no lo llama códice ni biblia sino pugillaribus membranei (pergaminos susceptibles de ser ojeados con el pulgar) y lo define como un bloque de hojas apiladas: “multiplici quae structa est massa tabella”. Lo segundo fue reeditar a los clásicos y así Homero, Virgilio y Ovidio fueron cabiendo en las estanterías, incluido Tito Lívio compendiado. Venían a ser una especie de portafolios que requerían de un atril, lo cual era suficiente porque su función primordial era ser leído en público, las casas de los patricios solían tener auditorios preparados a tal efecto. Marcial recomienda la adquisición de sus obras en libritos de hojas pequeñas para que fuera portátil “Hos eme, quos artat brevibus membrana tabellis” y
Por la solubilidad de la tinta los pergaminos eran susceptibles de ser borrados con agua, esa es la razón por la que hay palimpsestos o libros reescritos sobre otro anterior; por ameno que sea el escrito siempre siempre a nuestra humana condición le resultará más interesante saber qué ponía debajo. Por eso será significativa la invención del papel por I-Say-Loun, más o menos cuando moría Marcial. En Europa fuimos capaces de inventar el libro sin tener papel y en Oriente inventaron el papel sin poder leer lo que escribían en él, finalmente imprimieron antes que nadie porque en Occidente pasaron muchos años antes de que el papel y las letras se abrazaran fraternalmente. La escritura conoció un gran impulso en el orbe cristiano gracias a Carlomagno que -para no variar la tónica- era analfabeto; una cosa no quita la otra, el imperio carolingio generó mucha actividad documental y como consecuencia se comenzó a ligar las letras para ganar velocidad, la escritura cursiva supuso la creación del alfabeto en minúscula que uniformó la caligrafía en un amplio territorio. Por su parte, el papel se introdujo en Europa por Al-Andalus, los musulmanes lo obtuvieron en la conquista de Samarcanda a donde había llegado con el comercio por la ruta de la seda y trasladaron su uso hasta la localidad valenciana de Xátiva, allí se instaló una papelera que quedó en funcionamiento tras la caída del Califato, de modo que los cristianos lo conocieron cuando Jaime I conquistó aquella taifa. Los más antiguos documentos de papel que se conservan en España son del siglo XIII según creo. Ya tenemos el soporte necesario para que imprima Gutenberg puesto que utilizó los tres: papel, pergamino y vitela, aqueel pergamino fino de los pugillares que perdió una i por el camino.
Aún faltaba una reforma significativa que atañe al aprovechamiento del papel. Como la itálica carolingia ocupaba demasiado espacio, se tendió a condensarla para que cupiera más contenido, en España quizá se notó menos porque se mantuvo la redondez y la diferencia de altura entre mayúsculas y minúsculas pero en otras naciones surgieron letras con un gran fuste, angulosas y extremadamente metódicas, lo que se dio en llamar letra gótica. En Alemania concretamente se había llegado a una caligrafía tediosa y más en lo que respecta a la confección de biblias, las páginas eran tan monótonas que parecían tejidas en un telar, lo que motivó que se le llamara letra textual y al contenido literario le llamemos desde entonces textos por parecer un tejido de letras. Gutenberg lo tenía a huevo, había talleres de xilografía que echaban humo con la fabricación de naipes y para más inri se le adelantó un impresor de Haarlem (Holanda) llamado Laurens Coster que algunos compatriotas reivindican como el verdadero padre de la tipografía y hasta tiene erigido un monumento con un gran tipo en su mano. ¿Qué inventó entonces Gutenberg si hasta utilizó una prensa de uvas para presionar la matriz contra el papel? ¿qué aportó si su intención era sacar una biblia idéntica a la manuscrita? ¿Qué logró si se le acabó el dinero a mitad del tiraje y terminaron el trabajo sus acreedores? Si hasta es dudoso que haya impreso un librito que le atribuyen en una fecha anterior a la del papel que lleva.
Bien, Gutenberg es el padre de la imprenta moderna porque sin él hubiera tardado aún muchos años en consolidarse. Lo que imprimió Coster fueron las capitulares de un libro en donde el texto era manuscrito, Coster inventó el clip-art; en China, Corea y Japón no competían contra un caudal de manuscritos primorosamente miniados mientras que Gutenberg le echó un pulso al mundo y lo ganó. Le echó una carrera a todos los amanuenses que abastecían el mercado de biblias y como había demanda apostó por que su velocidad sería imbatible a partir de un determinado número de ejemplares. Y el tiempo le dio la razón. Era un orfebre meticuloso que, en lugar de fundir metales preciosos para hacer joyas lucrativas, se empeñó hasta las cejas para poder hacer tipos, considerando que la letra impresa sería el día de mañana una joya en sí misma por su valor sociocultural. Y el tiempo le dio la razón. No se lucro con ello sino los de siempre, los prestamistas pero él fue quien consagró su vida en fundir los diminutos tipos del cuerpo texto, en buscar una aleación lo bastante dura para que no se rompiera con la presión y lo bastante blanda para que no agujereara el papel, en afinar el mecanismo para que tuviera la perfección necesaria, en ajustar la anchura de los tipos para que se pudieran voltear sobre el papel sin caerse en lugar de poner el papel encima de cualquier manera, en educar a una generación de impresores para que su propósito tuviera continuidad. Por crear los cauces para que hubiera un Shakespeare, un Cervantes, un Erasmo, un Martín Lutero, un Balmes, un Marx y todos los que han mejorado el mundo con sus libros. Por facilitar la creación de escuelas y universidades en base a los libros de texto. Por contribuir a reformas sociales, la ilustración, el enciclopedismo y la ciencia. Por ésta revista que tienes entre manos. Por todo eso y por mucho más la humanidad le recuerda y le estará eternamente agradecida. Texto: Tomás Sainz Rofes

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