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Rick Griffin. El arte de la psicodelia


Pacific VibrationsAntes de empezar a leer este reportaje, os propongo que cerréis los ojos y emprendáis un viaje en el tiempo a la década de los 60, una época de descubrimiento, utopía y rock and roll que ha pasado a la historia por su imagen transgresora. Sin duda, fueron muchos los artistas que contribuyeron a definir aquella estética surgida en las playas de California, aunque ninguno abarcó tantos campos creativos como Rick Griffin. No en vano, sus ilustraciones elevaron el surf a la categoría de pop art, los hippies peregrinaron a los conciertos gracias a sus carteles psicodélicos y también hizo soñar a los más jóvenes con decenas de cómics underground. A pesar de la fama, su vida fue una montaña rusa de excesos y desilusiones que marcaron el trágico camino hacia la leyenda. Éste es nuestro pequeño homenaje a un hombre que lo cambió todo con su arte, pero que vivió demasiado rápido para contarlo. Publicado en Visual 161



En la calurosa tarde del 15 de agosto de 1991, Rick Griffin entró en un supermercado de Petaluma, (California), se dirigió a la cabina telefónica y llamó a su galerista, que le informó sobre la venta de una de sus obras. Aquella noticia supuso un breve respiro a las deudas que atormentaban al artista, así que montó en su Harley-Davidson y condujo hacia su casa para celebrarlo. Aunque el fatídico destino le acechaba en la autopista, cuando sufrió un accidente al adelantar a una furgoneta y falleció al cabo de tres días. “Rick tuvo mucho éxito en los últimos años de su vida y recuerdo perfectamente cuando mi hermano me llevó al hospital para ver lo que había sucedido”, nos explica Ida Griffin, su esposa. “No pude dormir en una semana y estuve llorando durante todo un año”. El mito trágico del rock se repetía de nuevo y ese verano se apagaba la luz brillante de un icono de la psicodelia, pero ¿quién se escondía detrás de aquella historia apasionante?
Para descubrir esta leyenda, lo mejor es remontarnos a sus inicios. Rick Griffin nació en junio de 1944 en el seno de una familia de clase acomodada que vivía en Palos Verdes, en el sur de California. Su padre era un ingeniero aeronáutico aficionado a la arqueología y, los fines de semana, él le acompañaba a las excavaciones, donde descubrió la mística de los nativos norteamericanos que tanto marcaría su carrera artística en las próximas décadas.
Con la llegada de los años 50, la vida de los adolescentes cambió por completo, puesto que el rock and roll empezó a sonar en las emisoras de radio y los jóvenes se lanzaron a las calles con sus coches descapotables y sus zapatillas All Star. Por primera vez surgía una generación rebelde, que soñaba con ser libre y quería diferenciarse del resto de la sociedad, sin importarle demasiado el futuro. Al mismo tiempo, la revolución del surf tomaba las playas de California y el mundo estaba a punto de sucumbir a la magia de las olas.
Rick Griffin pasaba las horas de clase en el Nathaniel Narbonne High dibujando en un cuaderno y sus compañeros le pagaban 50 centavos para que decorara sus camisetas con temas surrealistas. Cada tarde iba con sus amigos a Torrance Beach a coger olas y por las noches seguía soñando con su fabuloso longboard. Fue entonces cuando se cruzó con John Van Hamersveld, un joven que editaba una revista de surf y que estaba a punto de convertirse en un diseñador famoso. “Yo era tres años mayor y ya tenía carnet de conducir. Él era un novato en la playa, pero le propuse hacer varias ilustraciones para mi publicación”, comenta con una sonrisa. “Ese trabajo llamó la atención de John Severson, un director de documentales y gurú del surf que se convertiría en una figura paterna para él”.
Aquel encuentro le abrió las puertas a un universo fascinante y, después de graduarse, empezó a colaborar con Severson en la revista Surfer, considerada la auténtica biblia de esa moda. Rick Griffin era el ilustrador más joven de la plantilla y sus personajes recurrentes (sobre todo el emblemático Murphy) cobraron vida más allá de las páginas, gracias a su humor salvaje. De la noche a la mañana, aquellos dibujos aparecieron en cómics y en portadas de discos, puesto que su amigo Randy Nauert tocaba en una banda instrumental llamada The Challengers y le encargaron el diseño de su material promocional.
A pesar del éxito, en 1964 Rick tomó las primeras decisiones que marcarían su destino. Cansado de la rutina, decidió abandonar la revista, compró un billete de avión a Australia e hizo autoestop hacia el aeropuerto. Pero el coche que lo recogió tuvo un accidente y él sufrió graves lesiones, que le dejaron el ojo izquierdo dañado y varias cicatrices en la cara. A partir de entonces su apariencia empezó a cambiar, con una barba frondosa y un parche negro que recordaba a los viejos piratas.
Después de su estancia en el hospital, se matriculó en clases de arte en el Chouinard Art Institute y conoció a su futura esposa. “Rick era muy tranquilo y vergonzoso, pero también un caballero. A medida que fui quedando con él, descubrí su sentido del humor”, explica Ida Griffin con añoranza. “A ambos nos gustaban los cómics, el océano e ir a tiendas de discos a mirar portadas. Él decía que yo parecía una surfista con mi pelo largo y rubio”. Aunque su etapa como estudiante no duró demasiado, puesto que la música le interesaba más que la ilustración y se unió a un grupo de bohemios que habían montado un grupo de folk llamado Jook Savages. Cuando la banda decidió mudarse a San Francisco, Rick prometió unirse a ellos en unas semanas. Primero tenía que viajar a México con Ida, desconectar de todo lo que le rodeaba y practicar surf en playas recónditas.
Después de varios meses vagando sin rumbo, se reencontró con sus amigos y organizaron un espectáculo en la Psychedelic Shop del barrio de Haight-Ashbury. Corría el año 1966 y el cartel que diseñó para ese evento se convirtió en una pieza de culto, así que tomó la decisión de centrarse por completo en su arte. A medida que la escena psicodélica crecía, el mundo entero dirigía su mirada a lo que sucedía en California y la música se convirtió en el reflejo del ambiente contestatario que se vivía en las calles. “Rick probó el ácido y el peyote, pero entonces el término contracultura no se utilizaba demasiado”, nos aclara su esposa. “Él nunca se vio como un activista, sino que hacía surf, conducía su furgoneta por Los Ángeles y escuchaba música en la radio”. Un año después, su carrera dio un giro inesperado gracias al póster del Human Be-In, un festival que se celebró en el Golden Gate Park. Aquella creación en blanco y negro mostraba un jefe indio montando a caballo con una guitarra eléctrica y fue el gran culpable de que miles de jóvenes acudieran a un evento que prendió la mecha del verano del amor. Evidentemente, nada volvería a ser igual.
En medio de las protestas contra la Guerra de Vietnam y la segregación racial, empezaron a destacar artistas como Alton Kelley, Víctor Moscoso, Wes Wilson y Stanley Mouse, que junto a Rick Griffin se convirtieron en los referentes de aquel movimiento vanguardista. No en vano, sus carteles para Janis Joplin, The Grateful Dead, Jimi Hendrix o The Doors pasaron a decorar las habitaciones de todos los aficionados al rock que soñaban con aquellas estrellas. El secreto de su éxito estaba en los dibujos lisérgicos, los ojos voladores, las calaveras y, sobre todo, unas tipografías ilegibles que requerían cierto esfuerzo por parte de los espectadores. “Rick era un artista muy entregado y pasaba muchas horas en la mesa de dibujo. Tenía pocas semanas para hacer los pósteres, aunque disponía de un par de meses para las portadas de discos”, comenta Ida Griffin. “Nos divertíamos mucho discutiendo las ideas y después yo le ayudaba con el diseño, las letras, los colores y las entregas”.
Además de su trabajo como ilustrador, Rick fundó la empresa Berkeley Bonaparte para crear y distribuir carteles psicodélicos. Aquellas litografías de coleccionista se imprimían bajo su estricta supervisión y tenían un formato de 14 x22”. Asimismo, recibió el encargo de crear el logotipo de la revista Rolling Stone y solamente cobró 100 dólares por el trabajo, porque entonces nadie imaginaba que sus imágenes transgresoras serían tan influyentes. “Tanto él como los otros artistas no querían que sus creaciones fueran célebres”, explica su esposa. “Sino que se esforzaban por no trabajar en grandes empresas que les dijeran lo que tenían que hacer”.
En 1969, Rick Griffin se sumergió en el negocio de los cómics underground y dibujó viñetas para Snatch, Zap Comix y Tales From The Tube. Fue entonces cuando empezó a vivir como un nómada, dejando atrás el bullicio de San Francisco y pasando largas temporadas en Texas, San Pedro y San Clemente, donde encontró la inspiración para terminar una obra titulada Man From Utopia. Aquellos viajes marcados por el surf y la carretera le llevaron a retomar el contacto con John Severson y a resucitar el personaje de Murphy para la revista Surfer.
Los tiempos estaban cambiando, el hombre había llegado a la luna y el festival de Woodstock demostró que se podía vivir en paz y amor, aunque sólo fueran tres días. En medio de la incertidumbre, John Severson rodó la película Pacific Vibrations, que se convirtió en un homenaje a las olas y al ecologismo gracias al póster que diseñó Rick Griffin: una pintura crepuscular que mostraba a su esposa embarazada de su segunda hija. Meses después, la vida del artista llegó a una encrucijada y se convirtió al cristianismo. Ese cambio de mentalidad le animó a explorar nuevas imágenes y otros formatos. “Rick estaba familiarizado con los ritos de las tribus indias y el arte católico mexicano, aunque no había tenido una educación religiosa”, explica Ida Griffin. “Le gustaba coleccionar libros antiguos y biblias, pero el arte cristiano era algo totalmente nuevo para él y quería investigarlo”. En los años siguientes, se dedicó por completo a su espiritualidad y protagonizó exposiciones en París, Ámsterdam y Londres, que le acercaron por primera vez a las obras clásicas y al movimiento Dadaísta. También aprovechó aquellos viajes en furgoneta con su representante para practicar el surf en Biarritz y recorrer el norte de España, donde se rumorea que bebieron tequila con terroristas vascos y que cabalgaron olas de tres metros en Mundaka.
A finales de la década de los 80, Rick volvió a aceptar encargos de la revista Surfer y colaboró con la Calvary Chapel de Costa Mesa (California), además de diseñar carteles para Aerosmith y The Grateful Dead. En aquellos días se había alejado de su esposa y se instaló en la playa de Mystos, al norte de San Francisco, donde frecuentaba un nuevo grupo de amigos que no le conocían como el mito underground, sino como un tipo divertido, que adoraba la pizza con gambas. No obstante, pocos se sorprendieron al escuchar la trágica noticia de su muerte a los 47 años, puesto que sabían que vivía al límite.
Paradójicamente, hubo una época en la que cualquiera podía arrancar los carteles originales de Rick Griffin de las cabinas telefónicas o de los escaparates de las tiendas de surf. Aunque sólo la gente que formaba parte de ese ambiente contracultural apreciaba su valor. Con el paso del tiempo, esas ilustraciones se convirtieron en obras de culto y dejaron un rastro de incógnitas sobre lo que podría haber sido, pero nunca fue. “Eché de menos las visitas, las llamadas y las invitaciones para unirme a la escena underground que habíamos compartido en los años 60. Pero cuando falleció, la gente de su entorno me cerró las puertas”, se sincera John Van Hamersveld. “Cada uno tenía su propia imagen de Rick Griffin, porque él siempre estaba de paso y conectaba las personas con sus dibujos y sus historias”.

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