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Sebastià Boada. Un icono de la ilustración Pulp


Sebastià Boada nació en Barcelona en 1935 y se crió en un ambiente artístico de clase acomodada. Después de la guerra estudió pintura en la escuela Llotja (mientras trabajaba de botones en la Cámara de la Industria) y entonces sus padres lo animaron a cursar la carrera de Bellas Artes porque apreciaban su talento. Pero en lugar de dedicarse a la enseñanza como muchos de sus compañeros de promoción, optó por ser dibujante de cómics y colaboró con diversas agencias durante la época dorada que se vivió en España en la década de los 50. Más tarde, cansado de las limitaciones creativas de las viñetas, aceptó encargos para portadas de novelas pulp y se especializó en ilustración, destacando en géneros como el terror, las aventuras, el kung-fu y el fantástico, aunque los lectores
adoraban sobre todo sus escenas de western sexy, y acabó realizando más de 1.000 cubiertas para editoriales extranjeras. Sebastià Boada es uno de los máximos exponentes de aquella generación que dejó una huella imborrable en el imaginario visual de nuestro país y ahora nos desvela su asombrosa historia en primera persona.

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Le propongo remontarnos a los inicios de una carrera fascinante que ha durado seis décadas. ¿Podría contarnos cuándo descubrió su pasión por la ilustración y qué influencia tuvo su familia?
Todas las cosas relacionadas con el arte eran bienvenidas en el ambiente familiar donde crecí, a pesar de la miseria que había como consecuencia de la terrible guerra civil. Entonces aun muy reciente y mal digerida. El arte era un bálsamo que mis padres supieron administrarnos a mis hermanos y a mí en aquella época. Incluso mis tíos, que tenían aficiones artísticas, y mi madre, que había estudiado en la escuela Llotja en 1917, nos servían de modelo. Éramos tres hermanos y, aunque cursamos estudios muy distintos, todos acabamos despuntando en disciplinas relacionadas con el arte.
Muchos profesionales de las agencias de ilustración de aquella época dorada eran rebeldes autodidactas, pero usted decidió seguir una formación académica.
Nosotros vivíamos en Badalona y yo siempre fui mal estudiante, así que cuando cumplí 14 años empecé a trabajar en Barcelona y tenía que desplazarme cada día a la gran ciudad en tren. Al ver que tenía una enorme facilidad para el dibujo, mis padres decidieron apuntarme a la escuela Llotja y yo me di cuenta en seguida de que ese podía ser mi camino profesional. Hice seis años de cursos nocturnos y entonces me animé a matricularme a la carrera de Bellas Artes, que se hacía en la calle Avinyó. Me licencié, pero nunca ejercí de profesor porque mi pasión me llevaba hacia la ilustración y las historietas. No en vano, en aquella época ya me había iniciado tímidamente en la Editorial Bruguera donde me ganaba mejor la vida que en mi anterior trabajo de funcionario.
Por curiosidad, ¿era lector habitual de los cómics que se publicaban en aquellos días? ¿Cree que esas obras tuvieron algún tipo de influencia en el desarrollo de su estilo visual?
Si te soy sincero, nunca he sido un gran consumidor de cómics. Supongo que lo normal. Recuerdo que coleccionaba El Coyote que dibujaba Batet a principios de los años 50. Eso no quita que admirara profundamente a los dibujantes de historietas como Jesús Blasco y sus hermanos, que destacó de manera extraordinaria en historias del oeste con Cuto, su personaje estrella. También me emociono al pensar en Eugeni Giner, creador de El Inspector Dan, que fue quien me introdujo en la historieta romántica para el mercado inglés, y a quien yo hice de negro durante un breve período de tiempo. Había muchos dibujantes que me encantaban, pero a mis 82 años soy incapaz de recordar sus nombres.
Carlos Giménez retrató el ambiente de las agencias de ilustración en su obra Los Profesionales. ¿Qué recuerdos tiene de aquellos estudios y cómo era la relación con el resto de compañeros?
Era un ambiente muy bonito, aunque también había mucha gente loca. Y la prueba es que, tristemente, muchos acabaron con problemas de alcoholismo y de drogas. Se necesitaba tener la cabeza centrada, pero éramos muy jóvenes, apenas llegábamos a los 20 años, y entonces ganábamos bastante dinero. Como no vivía en Barcelona, yo siempre dibujé desde mi casa y sólo tenía contacto con el resto de compañeros cuando iba a entregar mi trabajo. Conocí a los mejores ilustradores, aunque nunca tuve una relación demasiado personal con ellos. Las excepciones fueron Joan Martí (que firmaba como Petronius) porque habíamos estudiado juntos Bellas Artes, Enric Sió porque se convirtió en mi cuñado y Joan Beltrán (conocido como Noiquet) porque era de Badalona. ¡Tres grandes profesionales! Como te he comentado, me inicié en los dos estudios de Bruguera: el primero era donde estaba la editorial y Víctor Mora (creador de El Capitán Trueno) era el jefe indiscutible; y el segundo gestionado con mano de hierro por el Sr. González. El ambiente de cordialidad y de trabajo eran excelentes. También conocí los estudios de Bardon Art de Jordi Macabich y Josep Dalmau, Selecciones Ilustradas de Josep Toutain y, finalmente, Norma Editorial de Rafael Martínez.
Su carrera dio un giro radical cuando empezó a ilustrar portadas de novelas con una evidente estética pulp. ¿Por qué cree que esos libros tuvieron tanta aceptación en el mercado extranjero?
El hecho de que el trabajo llegara de Inglaterra fue un estímulo enorme porque los precios que pagaban eran tres veces más altos que los que pagaban aquí en España. Y a ellos les salía a cuenta coger a dibujantes españoles porque la calidad era excelente. Este éxito no fue únicamente mío y en el exranjero, sino que también hubo muchos dibujantes que triunfaron en España porque muchas editoriales iban a remolque de lo que nosotros producíamos para otros países. Por ejemplo, en Barcelona aparecieron publicaciones que imitaban a las que se hacían en Europa y en los Estados Unidos. Yo he sido muy polivalente y nunca me ha importado cambiar de género. Eso era un incentivo y el secreto consistía en documentarse. Hice portadas de libros románticos, policiacos, de aventuras, de terror, góticos, de fantasía, históricas, de kung-fu, de dinosaurios y de ciencia ficción. Pero reconozco que siento debilidad por el western y el western sexy, de las que produje más de 1.000 cubiertas. Es un género incombustible porque, mientras el interés en otras temáticas se apaga, en éste siempre quedan las brasas.
¿Podría detallarnos su proceso creativo y qué técnicas utilizaba habitualmente para realizar esas portadas a todo color? Supongo que hacía bocetos a lápiz para desarrollar las ideas básicas.
En la mayoría de casos, el proceso creativo venía marcado por un breve guión del editor donde indicaba qué debía aparecer en la portada y debíamos reflejarlo en un boceto. Sólo si lo aprobaban podías empezar la ilustración a color. Normalmente hacía los originales tres veces más grandes que el boceto. Según el género, me documentaba en libros de cine, en revistas y en el archivo que me había ido creando con el paso de los años. Y si no encontraba lo que buscaba, la única solución era poner a prueba la imaginación, cosa que sucedía con bastante frecuencia. En otras ocasiones te arriesgabas y ofrecías a la editorial un boceto que no te habían pedido, pero que intuías que podía interesarles. Si lo aceptaban, entonces disfrutabas mucho más porque disponías de documentación y de libertad creativa. La técnica que siempre he utilizado ha sido la pintura al óleo porque, a pesar de los inconvenientes de secado y de transporte, los colores se conservan perfectamente. Eso sí, siempre uso papel de calidad, lo protejo con un barniz plástico y pinto encima con pintura muy fina, rebajada con aguarrás. Al final vuelvo a protegerlo con el mismo barniz y, para entregarlo, le pongo un papel de parafina.
Siempre he tenido la sensación de que los ilustradores de aquella época estabais muy pendientes de lo que sucedía más allá de nuestras fronteras. ¿Cómo era Barcelona en los años 50 y 60?
En 1955 tenía 20 años y, en aquella época tan triste, la mayoría de jóvenes teníamos sentimientos políticos contrarios a la Dictadura, aunque pocas veces teníamos la oportunidad de manifestarlos. ¡Los que lo hacían, lo pagaban muy caro! Todos éramos “anti”, pero en círculos pequeños de amigos. En 1961 fui a vivir a Ginebra, donde trabajaba mi hermano, me matriculé en l’École des Beaux Arts de Genève y compaginé las clases con las historietas que dibujaba para Escocia. Allí conocí a la que sería mi esposa, Lucienne, y tuvimos dos hijos cuando regresamos a España. Sin embargo, a pesar de que los años pasaban, la política aquí continuaba siendo más de lo mismo. Pero el hecho de haber traspasado las fronteras de ese país cerrado y retrógrado me abrió la mente y me agrandó el espíritu.
En toda historia artística hay un momento de cambio. ¿Cuándo se dio cuenta de que el trabajo relacionado con la ilustración empezaba a decaer y que no llegaban tantos encargos como antes?
El éxito de la ilustración y de las historietas coincidió con mi entrada en el mundo laboral en los años 50. El descenso de los encargos y la pérdida de interés por este tipo de arte coincidió con mi jubilación. ¡Así que no puedo quejarme! He vivido siempre de lo que me ha gustado y esto no puede decirlo todo el mundo. Cuando surgió la moda de los videos en los años 80, hice muchas carátulas y creo que fue la época más próspera para nuestro gremio. Entonces los americanos eran los que mejor pagaban. Nos las pedían casi de un día para el otro y en seguida tenías un nuevo encargo. Eran relativamente fáciles de hacer porque disponíamos de documentación de las propias películas. Lo esencial era hacer buenos retratos de los protagonistas. Pero todo tiene un fin y eso duró unos seis años.
¿Qué opina sobre la consolidación de las tecnologías digitales e Internet? Tengo entendido que usted se ha adaptado muy bien a estos cambios e incluso ha digitalizado su extensa obra.
Con la llegada de las nuevas tecnologías ha habido cambios formidables dentro del mundo de la ilustración. Viendo películas actuales te das cuenta de cómo la realidad virtual apenas deja espacio para la imaginación porque convierte los sueños en imágenes reales. Tanto el diseño como el dibujo ya no pueden excluirse de estas nuevas herramientas. Existen auténticas maravillas creadas virtualmente que vemos a diario en anuncios y portadas de revistas. Esto me coge un poco fuera de órbita. No te negaré que haya intentado hacer alguna incursión a partir de elementos de anteriores obras mías, mezcladas con nuevas creaciones. Pero se trata de un juego de niños comparado con lo que hacen los profesionales.
Para terminar, una pregunta de ciencia ficción: si tuviera una máquina del tiempo ¿a qué época le gustaría viajar y a qué personaje histórico desearía conocer?
A mi edad ya no te haces estas preguntas, pero si insistes, te diré que siempre he tenido debilidad por la historia. Hay muchas épocas que me atraen por su estética, como el antiguo Egipto, la Grecia de Alejandro, la Roma imperial y la Edad Media catalana. Aunque la razón me dice que, a pesar de todas las deficiencias, errores, abusos, corrupciones, destrucción del medio ambiente y guerras estúpidas, es precisamente en nuestra época donde se ha consolidado el símil imperfecto de democracia más importante del mundo. Y creo que en ninguna época anterior nos acercamos a esto, ni en sueños. Publicado en Visual 196

Texto: David Moreu. Imágenes cedidas por Sebastià Boada

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