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Sixe. Una tragicomedia siniestra de arte y color


SixeartBarcelona vivió el boom del grafiti en los años 80 y Sixe se alzó como uno de los nombres más destacados de aquella escena underground. Pero los tiempos han cambiado y, actualmente, este artista es mucho más que un animal de la calle. Se ha convertido en un creador que experimenta con todo tipo de materiales, texturas y formas con resultados sorprendentes. Por este motivo no es extraño encontrarlo en su estudio trabajando en cuadros abstractos o moldeando esculturas con giros imposibles. El éxito ya ha llamado a su puerta y sus obras han dado el salto a las galerías más prestigiosas, sin olvidar que las agencias de publicidad adoran la magiade su universo visual. Bienvenidos a esta historia de arte urbano y pasión por reinventar las normas.
Publicado en Visual 156


Salimos a la calle y miramos a nuestro alrededor. En cada esquina y en cada muro podemos apreciar la huella inequívoca de los escritores de grafiti. Un arte fugaz y transgresor que surge de la nada para agitar las conciencias más acomodadas y poner una nota de color en la vida gris de miles de transeúntes. Pero ¿qué sabemos realmente de estos rebeldes del aerosol? Durante mucho tiempo fueron considerados vándalos que se apropiaban de las paredes para realizar sus pintadas, pero hoy se han convertido en figuras de culto y exponen en los mejores museos. Sin duda, uno de los casos más fascinantes es el de Sixe, un artista de Barcelona que descubrió la libertad del arte callejero siendo un adolescente y hoy ha logrado el éxito internacional. Sin embargo, en su estudio del barrio de Sant Andreu aún se respira el inconformismo y el caos de los orígenes. “Eran otros tiempos muy distintos a los de ahora. Por ejemplo, no teníamos internet y no había tanta información a nuestro alrededor”, recuerda sobre sus primeros pasos en el mundo del grafiti. “De alguna manera, eso hacía que nos volviéramos más originales en nuestros trabajos, porque no estábamos saturados ni intoxicados de ninguna manera”.
Actualmente, el street art es un fenómeno masivo que ha encontrado en la Red el mejor escaparate para promocionarse, aunque su esencia sigue siendo una gran contradicción. En la calle es una práctica ilegal y las autoridades se apresuran a borrar cualquier rastro de su presencia. Pero, al mismo tiempo, los galeristas, los diseñadores de moda y los creativos publicitarios se rinden a sus pies y quieren explotarlo sin miramientos, conscientes de su halo de autenticidad. A pesar de la vorágine que se ha generado, la magia de este arte no se encuentra en las obras, sino en “la actitud” despreocupada de los artistas. “Creo que nunca he tenido ninguna intención de llevar mi trabajo más allá o de querer ganarme la vida con él. Todo empezó como una simple necesidad de pintar en la calle”, comenta Sixe con voz seria. “Al principio era una manera de expresarme en las paredes y, poco a poco, me fui aficionando al arte. Hacía muchísimos grafitis, hasta que un día me di cuenta de que estaría muy bien atreverme con cuadros”.
Poco imaginaba este artista criado en la periferia de Barcelona que la decisión de encerrarse en un estudio para experimentar con sus primeros lienzos se convertiría, años más tarde, en un estilo de vida apasionante y que lo llevaría a recorrer el mundo entero. No en vano, existe una gran diferencia entre bombardear los muros de los parques con tus creaciones y afrontar el reto de las telas en blanco. Aunque, en el caso de Sixe, fue una adaptación casi espontánea. “Claro está que te mantienes en la misma línea de trabajo, pero como el soporte varía, entonces la pintura cambia totalmente”, explica mientras señala sus obras recientes. “El grafiti solo es en la calle y allí fuera todo es más libre. Te adaptas a la pared y al medio donde estás pintando, porque a lo mejor tienes que ir rápido y no puedes pensar demasiado. En el taller es más metódico y en la calle hay más adrenalina”.
Si nos remontamos en el tiempo, es evidente que la escena del arte callejero empezó a cambiar a mediados de la década de los 80, cuando Keith Haring y Basquiat pasaron de pintar en el metro de New York a vender sus obras por cifras millonarias. Aunque el reconocimiento definitivo de esta práctica como icono cultural (sobre todo en Europa) no llegó hasta el año 2008, gracias a una exposición multitudinaria organizada en la Tate Modern de Londres. Entre los artistas invitados a dejar su huella en la fachada del famoso museo estuvieron Blu (Italia), Fraile (un colectivo norteamericano), JR (Francia), Os Gêmeos (Brasil), Nunca (Brasil) y, por supuesto, Sixe, que recuerda con entusiasmo aquella experiencia. “Fue todo un hit porque ningún museo se había atrevido hasta ese momento a abrir sus puertas a artistas de la calle. Para mí, la Tate Modern es el segundo centro más importante del mundo”, afirma con orgullo. “Creo que fueron precursores del cambio y fue un hito en la historia del grafiti para que otras instituciones y gobiernos se dieran cuenta de que no éramos cuatro gamberros pintando paredes”.
Aunque Sixe permanece muy atento a las últimas tendencias de la escena underground, también ha tenido que ampliar su radio de acción para descubrir nuevos referentes visuales que enriquezcan su obra. En este sentido, una de las cosas que más llama la atención al visitar su estudio son las diferentes zonas que dedica a cada formato y a cada técnica de trabajo. Porque en su particular universo creativo, la línea que separa el azar de la reflexión es muy delicada y se desvanece en el horizonte como si el resultado final fuera un simple espejismo. “Me aburro pronto de mis trabajos, por eso tengo varios frentes abiertos con la escultura, con una pintura muy colorista y con otra súper negativa. También tengo trabajos figurativos, numéricos y, últimamente, estoy experimentando mucho con la abstracción”, explica sentado en un taburete. “No podría trabajar siempre con colores porque me cansaría, pero tener tantos frentes abiertos mantiene viva la inspiración y, creativamente, estoy más despierto”.
Descubrir la obra de Sixe es como emprender un viaje frenético por el lado más salvaje del arte contemporáneo, puesto que su manera de afrontar la representación huye de cualquier esquema intelectual. No en vano, sus orígenes como artista urbano siempre le delatan y su extenso catálogo está formado por una colección de pinturas, murales y esculturas que combinan lo humano, lo animal, lo geométrico y lo cibernético, en un género propio que podríamos denominar “pop art ácido”. Aunque, como es habitual, la interpretación de esta explosión de formas y colores depende de cada espectador y del entorno en el que se descubran por primera vez. “Pretendo que la gente reflexione delante de mis cuadros y que dejen abierta la imaginación para ver cosas que hasta yo mismo no veo”, comenta Sixe con una sonrisa cómplice. “Cuando alguien ve un cuadro mío, sonríe y recapacita durante un rato delante de él, es algo que me interesa. También es como una huella que voy a dejar en mi vida, porque cuantas más pinturas haga, más perdurará mi nombre de alguna manera”.
El sueño de trascender el paso del tiempo y que las obras de arte sobrevivan más allá de su época es algo que muchos creadores anhelan, pero que solamente han logrado algunos privilegiados marcados por la leyenda. Sin embargo, las reglas del juego están cambiando a una gran velocidad y, actualmente, el público no tiene miedo a enfrentarse a las propuestas más vanguardistas que surgen de los ambientes alternativos. Sixe es consciente de que la gente está saturada de información y que desea ver cosas nuevas a diario, por este motivo ya está pensando en dar el salto a otros formatos que amplíen los límites de su obra. Seguramente, este es el primer paso hacía un futuro brillante y lleno de incógnitas apasionantes. “También me interesa actuar con la imagen audiovisual. Pero quiero colaborar con otras personas, porque pienso que en este tema cuatro ojos ven más que dos”, afirma el artista gesticulando con las manos. “Creo que está muy bien intercambiar métodos de trabajo diferentes con gente que controla mucho este tema y pueden aportar y construir algo más fuerte que yo solo”.
Mientras Sixe está trabajando en su estudio, la Casa de América de Madrid le ha dedicado una gran exposición titulada “Cosmovisión andina y los hijos del Inti”, que se podrá ver hasta el 20 de mayo. Se trata de una aproximación a las culturas ancestrales de la costa peruana y del altiplano andino, que el artista barcelonés descubrió durante un viaje de tres meses por tierras latinoamericanas. Con un lenguaje visual propio, que tiene sus orígenes en el arte urbano más vanguardista, Sixe ha reinventado aquel legado ancestral a través de dibujos y diseños basados en la cerámica del pueblo Mochica y otras culturas andinas famosas por sus colores, su sabiduría y su misticismo. Muchas veces se afirma que no importa dónde llegues, puesto que el viaje es el destino. En este caso, el dicho no podía ser más acertado. “Regresé con un estilo nuevo y con una nueva inspiración, porque en el mundo andino ha habido muchas culturas preincaicas y prehispánicas muy interesantes”, comenta con entusiasmo. “He creado personajes que representan la cultura del sol, hay arquitectura, hay un gran tapiz, hay ídolos en escultura y hay dibujos en gran formato de diferentes situaciones de Perú”.
Una vez finalizada la entrevista y mientras damos un breve paseo por el estudio, Sixe no duda en mostrarme las obras y los bocetos que está realizando. Su manera de hablar demuestra que está viviendo un momento muy especial en su carrera y esto también se refleja en el gran número de eventos que tiene programados hasta finales de año, entre los que destacan su participación en Art Brussels, pintar murales en Polonia y Ucrania, viajar a Pekín (junto al Equipo Plástico) y regresar a Perú en busca de nuevas ideas. Antes de despedirnos le pregunto por sus mayores referentes visuales, más allá de la escena del arte urbano, y él se toma unos instantes antes de responder. “Me habría gustado estar en reuniones de los surrealistas en París. Habría sido súper interesante escuchar a toda esa banda de locos, como yo, o ir a reuniones del movimiento Dadá. Son muchísimos sitios donde me habría gustado estar”, afirma el artista en tono reflexivo. “Los tiempos pasados siempre se añoran y algunos fueron muy buenos, pero forman parte de la vida de otras personas. A mí me ha tocado vivir este momento e intento no añorar el pasado porque eso no me lleva a ningún sitio”.

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