MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

The New Yorker. Noventa años de portadas ilustradas


07. Peter Arno. Noviembre de 1951Para muchos ilustradores, recibir el encargo de dibujar la portada del The New Yorker supone algo así como si recibieran un doctorado honoris causa. Artistas españoles como Ceesepe, Max o Mariscal lo han logrado, incluso en un número notable de ocasiones, como Ana Juan, con más de veinte portadas en su haber, algunas de ellas emblemáticas (los homenajes al 11 de septiembre o a Charlie Hebdo). Lo cierto es que este semanario,
con noventa años recién cumplidos, ha sido el escaparate de lo mejor de la ilustración mundial, hasta el punto
de que a través de sus portadas podríamos hilvanar una historia de esta disciplina desde los locos años del jazz hasta nuestros días. Las imágenes de autores tan diversos como Steinberg (un asiduo, con 85 portadas), Crumb, Sempé o Hockney han encabezado esta publicación que es, además, un auténtico icono del siglo XX. Publicado en Visual 174


El voluminoso paquete ha sido enviado desde el 204 de la Quinta Avenida de New York: las oficinas de Pentagram en la Gran Manzana. Su viejo amigo Genís encabeza el remite.
“¿Pero qué diablos…?”, musita G, presa de la curiosidad, mientras trata de rajar sin causar demasiado estropicio las sucesivas capas de plástico y papel que cubren la pesada caja de cartón. Es hábil con su cortaplumas toledano, pero no lo suficiente, a juicio de Allan, que desde su observatorio habitual repite su letanía: “nevermore”.
Hace meses, quizá años –ya no confía en su memoria–, que no sabe nada de su íntimo antagonista, el camarada de unos tiempos cuyo recuerdo no le hace feliz: días que empezaban muy tarde y resbalaban inexorablemente hacia largas noches consumidas en Bocaccio, entre gin-tonics sin pepinos ni zarandajas, rodeado de esnobs de buena familia como Genís. Una tribu a la que empezó contemplando desde fuera, con un interés casi antropológico y a la que, sin darse cuenta, acabó perteneciendo: un diseñador gráfico entre escritores divinos, arquitectos trascendentales, rentistas camuflados y eternos cantamañanas. La nota –como ya cabía suponer viniendo de un hombre que en su vida solo ha leído los titulares de las revistas de tendencias– es breve, pero no lo suficiente para que no se cuelen dos o tres faltas de ortografía.
Genís tiene su misma edad, pero ser un carcamal no le impide seguir expresándose con esa jovialidad que G tanto detesta. En resumidas cuentas, le explica que ha cerrado lo que él llamaba su “boutique gráfica” y que ahora ha entrado a formar parte del mítico estudio Pentagram, en calidad de partner. Como sabe que su viejo amigo es una especie de coleccionista compulsivo de cualquier soporte impreso, le envía más de un centenar de revistas para las que no hay sitio en su nuevo despacho. Son números de todas las épocas del semanario The New Yorker, “un auténtico tesoro” (la frase es de Genís). “Un regalo para celebrar tu jubilación”, concluye la nota.
G no sabe muy bien si emocionarse por el precioso regalo o enojarse por recibir en su casa la basura que otros no quieren. Cuando comprueba que entre las revistas se encuentra nada menos que un ejemplar del primer número (año 1925), opta literalmente por la primera opción y deja que una gruesa lágrima se abra paso por los surcos de su mejilla.
“Viejo cabrón”, dice, conmovido a su pesar.
“¿Hablas conmigo?”, replica Allan.
Estas que ves aquí, oh mi sombrío camarada, no son sólo un puñado de revistas: son la historia impresa de noventa años de ilustración. Mira, mira el primer número: todo un icono del problemático y febril siglo xx. Te presento a…
Allan, hasta este momento medio adormilado, no puede creer lo que ven sus ojos:
¡Pero si es Eustace Tilley! Lo conozco muy bien. Estuvo en el congreso internacional de mascotas que se celebró en Barcelona hace ya unos lustros. Un tío muy estirado… Sé que ha tenido graves crisis de identidad, ya sabes, por esa costumbre que tienen los ilustradores de todas partes de rendirle homenaje dibujándolo de mil y una maneras. Dicen que no hace más que entrar y salir del psiquiátrico. Consumió cantidades ingentes de libros de autoayuda tratando de encontrarse a sí mismo. Parece que últimamente lo han visto correteando por Central Park, con el cráneo rapado, vestido de hare krishna, tocando una campanita y repartiendo pastelitos macrobióticos entre la gente. ¡Una pena!
En efecto, Allan, se trata de un personaje bastante enigmático. Nadie sabe lo que tenía en la cabeza Rea Irving –el primer director de arte de la revista y diseñador de la cabecera–, cuando dibujó a ese tipo que observa una mariposa a través de su monóculo. Sí sabemos en dónde se inspiró: está basado en un dibujo del francés Conde d’Orsay fechado en 1834 y aparecido en la undécima edición de la Enciclopedia Británica. El humorista y escritor Corey Ford lo bautizó y lo utilizó como protagonista de su sección The Making of a Magazine (Cómo se hace una revista, creo que sería la traducción aproximada). Nunca nadie desde las páginas del The New Yorker ha sabido explicar qué demonios quería representar tan europeo e incongruente lechuguino en el más neoyorquino de los semanarios. Aún así, vuelve a aparecer de una forma u otra cada febrero para conmemorar el nacimiento de la revista, y la publicación ha celebrado su noventa aniversario invitando a diversos profesionales de la ilustración y a los lectores a dar su versión del –según comentas– desgraciado señor Tilley.
Mientras va sacando cada uno de los ejemplares que contiene la caja, G parece dispuesto a recitar una de sus lecciones magistrales, aprovechando que Allan se apresta a escuchar:
En los primeros números, ni los propios editores sabían muy bien de qué iba The New Yorker. Hoy cualquier lector habitual te podrá decir que The New Yorker habla, fundamentalmente, de New York, es decir, del Mundo. Pero también hay crónica social, reportajes, crítica literaria, ensayo, ficción… Y humor, por supuesto. Sus viñetas son famosas y encontrarás libros monográficos que las recogen… Hay alguno por la biblioteca… Creo que en la actualidad cuentan con casi un millón de suscriptores en todo el mundo.
Allan, sumido en un repentino ataque de narcolepsia propio de su edad, dormita plácidamente sobre el busto de Baudelaire, con ese aire de reconcentrado ensimismamiento tan propio de los cuervos que usan gafas.
Embriagado por su propia erudición, G hace uso y abuso de la palabra:
Veo, mi querido compañero, que este tema te place. Prosigo pues, pero permíteme que antes me aclare la garganta con un poquito de este brebaje irlandés al que debo tan buenos ratos.
De vuelta del mueble bar, G reanuda sus divagaciones:
¿Sabías, mi alopécico amigo, que The New Yorker es una de las escasísimas revistas que hay en el mundo que tiene la figura de un verificador en su plantilla? Sobradamente sé que ignoras este dato, pero no iba a privarme de una pregunta retórica tan oportuna en este punto de la conversación. ¿Y qué diantres es un verificador? Te preguntarás. Pues un verificador es el encargado de leerse todo lo publicado en la revista con el fin de comprobar que los datos aportados en los textos se corresponden con la realidad. Una garantía de rigor periodístico.
La respiración de Allan ha adquirido la calidad acústica de un leve ronquido: un bajo continuo sobre el que G sigue superponiendo su histérica melodía de palabras:
Observo que estás francamente impresionado, mi párvulo camarada. No temas, nunca es tarde para sacudirse el polvo de la ignorancia… Para completar la información, te diré que la lista de colaboradores que han escrito en las páginas de esta revista en cuyo análisis me demoro es impresionante. Agárrate: Hannah Arend, Richard Yates, John Cheever, Roald Dahl, Truman Capote, Dorothy Parker, J. D. Salinger, John Updike, Susan Sontag, Raymond Carver, Simon Schama… En fin… Y para qué hablar de los ilustradores: Saul Steinberg, Peter Arno, Robert Crumb, Joos Swarte, Art Spiegelman, Sempé, Maira Kalman, David Hockney, Jacques de Loustal, Lorenzo Mattotti, Jean Michel Folon… Lo mejor de cada casa…
El leve ronquido de Allan ha mudado en atronador.
Sí, ya sé lo que me vas a preguntar, y la respuesta es afirmativa: también ha habido ilustradores españoles que han firmado algunas portadas, como Ceesepe o Max… Javier Mariscal ha ilustrado alrededor de una decena de ellas y Ana Juan más de veinte. Por cierto, recientemente, esta ilustradora ha salido en todos los medios porque uno de sus dibujos fue seleccionado para la portada de homenaje a Charlie Hebdo. Ya en su momento, había realizado la portada de homenaje al 11 de septiembre de 2011. Lo curioso es que en este país los ilustradores son noticia cuando hacen la portada de un semanario americano y no por su extraordinario trabajo de cada día. Este, mi querido Allan, es un país decididamente acomplejado y paleto… Pero volviendo al tema, también ha habido otros ilustradores españoles que han colaborado en las páginas interiores de la revista que nos ocupa, como el gran Pablo Amargo o Miguel Gallardo. Ahora, si me lo permites, debo aclararme la garganta.
Dicho y hecho, con gesto grácil, G empina literalmente el codo derecho para sorber con delectación un largo trago de su vaso. Allan dormita ahora plácida y silenciosamente, mientras un fino reguero de baba cae con mansedumbre desde su pico mal cerrado.
Haces bien en quedarte boquiabierto: no es para menos. Como bien sabes, mi volátil compadre, soy un hombre de gustos eclécticos, así que no puede sino maravillarme la cantidad de estilos diferentes que atraviesan estos noventa años de portadas: hay gestualidad, expresionismo, caricatura, concepto, línea, mancha, minimalismo, sofisticación, ingenuidad… En fin, para qué seguir… Como sabes, la ilustración es para mí una de las últimas trincheras del arte visual, lejos de ese mundo artificial, ensimismado, cursi e insufrible en el que se ha convertido ese arte contemporáneo que a mí cada vez me parece más extemporáneo, si me permites el juego de palabras. ¿No estás de acuerdo?
Allan, en su duermevela, solo acierta a decir una palabra antes de sumergirse en un sueño profundo: Nevermore. Texto: Carlos Díaz

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One comment on “The New Yorker. Noventa años de portadas ilustradas

Fantástico artículo, me va a venir muy bien para un trabajo que estoy realizando. gracias

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