MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

The Old Spanish Main


Cuando la banda californiana The Byrds dejó de conformarse con ser la respuesta americana a los Beatles avivaron el country que chispeaba entre la psicodelia de sus discos anteriores, la ausencia de David Crosby fue suplida por la incorporación
de Gram Parsons, lo que contribuyó a mejorar la calidad técnica de la grabación que sentó los fundamentos del rock californiano: Sweetheart of the Rodeo.
Veamos aquel long play en su edición original en vinilo, cosecha del 68, cuando el tamaño de las carátulas nos permitía apreciar los detalles. La carpeta fue diseñada por Geller and Butler Advertising quienes resolvieron la portada con una ilustración de Jo Mora firmada en 1933, tan anclada en la tradición ranchera que se remonta al periodo español.
No es frecuente que los hacendados españoles y charros sean reconocidos como pioneros de la América profunda. ¿Quién sería el tal Jo Mora, capaz de colar esa idea? El esbozo biográfico de una saga de artistas polifacéticos que hicieron las américas nos llevará a descubrir un buen número de paradojas relacionadas con nuestra antigua laya. Publicado en Visual 170

Domingo Mora (Barcelona, 8 de Diciembre de 1840 – San Francisco, 24 de Julio de 1911)

El padre de Jo se llamaba Domingo Mora y fue un escultor natural de Barcelona, ciudad muy preparada para dar formación académica a sus talentos gracias a la Academia de Bellas Artes de San Fernando y la Escuela de Artes y Oficios de la Llotja pero aún no había iniciado el ensanche que la convirtió en la gran urbe que conocemos. Todavía no construía su Sagrada Familia ni había arraigado la arquitectura modernista que dio trabajo a tantos escultores. Donde buscaban artistas era en las antiguas colonias, aquellos nuevos países los había independizado la soldadesca que dependía como nunca de artistas extranjeros para que glosaran sus métodos. En 1864 Domingo marchó a Uruguay en busca de oportunidades, su estilo era primoroso como un Fortuny en tres dimensiones, no en vano fueron condiscípulos en la Llotja; aunque ganó el dinero suficiente para subsistir durante 13 años, su estancia en Montevideo solo fue positiva porque allí conoció a su futura esposa.
Laura Gaillard pertenecía a una familia de origen francés que sabía reconocer un hombre de porvenir en cuanto lo veían, baste decir que sus dos hermanas emparentaron con la familia Bacardí. No vayáis a pensar que por haberle echado el ojo a un escultor fuera menos espabilada que su hermana Ernestina que cazó al heredero de un emporio sin el cual el mundo de la noche carecería de sentido. Habrá que explicar que en aquel tiempo los escultores eran dioses, sacaban figuras del barro para luego inmortalizarlas al vaciarlas en bronce. En una época en que la arquitectura estaba abonada al estilo Beaux Arts, el novio de Laura era un valor seguro; en cambio casarse con Facundo Bacardí había sido toda una aventura.
Sacar ron de una caña no es fácil para un hombre que, al abolirse la esclavitud, regresó a Sitges arruinado porque era incapaz de rentabilizar su plantación de caña de azúcar. Amalia Moreau tuvo que empeñar sus bienes confiando en que su marido lograra aprender el método que los fabricantes del Caribe guardaban en secreto, regresara a Cuba siendo capaz de elaborar una suerte de aguardiente lo bastante refinado para su ingesta y consiguiera hacer llegar los barriles a la alta sociedad americana por un mar infestado de bucaneros sedientos. Aquello sí que era piratería y no lo de ahora. La SGAE se queja pero habría que oírles si los corsarios se les encaramaran por la quilla del chiringuito con el sable entre los dientes y les hicieran saltar por la borda para quedarse con el ron, el oro y las mujeres. Salir con un escultor era más sensato.
Domingo y Laura se casaron en Montevideo donde nacieron sus dos hijos con apenas dos años de diferencia, sus biógrafos les consideran uruguayos aunque solo lo sean de nacimiento ya que al año de nacer el menor regresaron a Barcelona para nunca más volver sin que ningún organismo oficial patrocinara el vaciado en bronce de sus modelados, en la ex-colonia no estaban para figuras goyescas. Por mediación del escultor August Saint-Gaudens, el más solicitado por los arquitectos del Beaux Arts estadounidense, la familia se trasladó a Nueva York en 1880 para establecerse definitivamente en suelo norteamericano. Las grandes ciudades crecían a lo ancho, con alturas discretas que permitían contemplar las esculturas dispuestas en la fachada. Domingo Mora estuvo al frente de una factoría en Perth Amboy (New Jersey) donde realizó cientos, algunas para edificios que han sido demolidos, como el antiguo Metropolitan Opera House pero otras ahí están todavía viendo pasar el tiempo. Entre sus ocupaciones sociales estaba la de colaborar en una revista satírica catalana que se editaba en Nueva York. De todas las huellas del pasado que nos indican lo mucho que hemos cambiado, esta publicación se lleva la palma: “En la isla de Cuba se trabaja mucho y se goza poco” ¡parece mentira que este reproche pudiera decirse en catalán!
La Llumanera de Nova York fue editada por el periodista Artur Cuyàs que, en clave de humor, se tomó muy en serio la defensa de nuestras últimas colonias americanas, lo que le ocasionó quebraderos de cabeza porque en Estados Unidos lo que prevalecía era el interés en anexionárselas, como ahora tan bien sabemos. El conflicto era imparable y llegó el día en que tuvo que claudicar, pero a lo largo de su existencia no dejó de sorprendernos con su apego a la unidad de la patria y sus llamamientos a la cordura y a la lealtad expresados en un catalán sentido y práctico, con opiniones diáfanas que buscaban vencer por el camino de convencer, sin delegar en representantes políticos que despertaban desconfianza quedó muy clara su resuelta oposición a la estelada independentista… La cubana. Siendo esa la ideología de Domingo Mora, no quiero ni imaginarme sus comidas familiares con el clan Bacardí que, también de forma abierta y entusiasta, eran promotores del Cuba libre, en los dos sentidos de la expresión.

Francisco Luís Mora. (Montevideo, 27 de Julio de 1874 -New York, 5 de Junio de 1940)

Domingo Mora educó a sus hijos en el arte desde que eran niños, ambos completaron su formación en las escuelas superiores de Boston y Nueva York, y se colocaron en la prensa. Con 19 años, Francis era un apuesto dibujante titulado que pretendía a la guapa y sofisticada Sonia Brown, de ascendencia británica, hija del alcalde de Perth Amboy. La atracción era mútua pero el estatus de ilustrador gráfico parecía insuficiente para picar tan alto, aquella frustración hizo que tomara cartas en el asunto su madre, a quien el Arte le merecía la mejor de las consideraciones. Doña Laura le llevó a Madrid para que se empapara de las obras del Museo del Prado, allí copió a Velázquez y Goya codo con codo con William Merritt Chase. A su regreso expuso en salones elegantes con el rubro de ser el artista que tomaba el relevo de los grandes genios para revertirlo en los temas y personajes americanos. Retrató dos Presidentes entre otros altos cargos, magnates y astros de la farándula.
Sus parientes de la saga Bacardí han editado un libro donde se le reivindica como el introductor de la pintura española en Norteamérica, “F. Luís Mora, America’s First Hispanic Master” una forma de decir que adquirió la nacionalidad estadounidense sin dejar de volver a España cada vez que necesitaba cargar las pilas. Evidentemente que no llegó a ser un grande de la pintura española pero logró pintar obras que se acercaban bastante. Sus padres pudieron morir orgullosos de ver cumplido su sueño y él pudo realizar el suyo propio de casarse con su amor de juventud, Sonia fue su musa y su admiradora a partes iguales hasta que falleció inesperadamente dejándole con una hija. Francis Luís Mora no tenía un lado oscuro que quisiera manifestarse con pinceladas sombrías, se fue una temporada a California con su hermano Jo y al regresar a Nueva York rehizo su vida con una antigua amiga que también había enviudado.

José Jacinto Mora. (Montevideo, 22 de octubre de 1876 – Monterey, 10 de octubre de 1947)

En Pebble Beach, California vivía Jo Mora, el hombre que andábamos buscando, a él no es preciso reivindicarlo sino que hay que descubrirlo porque su obra no es conocida y nos hizo guiños que nos pueden sorprender. Dejó su empleo como ilustrador del Boston Herald para instalarse en el lejano Oeste, que fotografió, dibujó y modeló con esmero. Sus esculturas de vaqueros recuerdan las que había realizado su padre en Uruguay pero su aceptación fue distinta, Jo publicó tres libros, entre ellos A Log of the Spanish Main (Esbozo de la América española) aparte del cartel Sweetheart of the Rodeo que muestra la evolución del vaquero desde el conquistador español hasta el moderno cowboy. Cuando lo popularizaron The Byrds ya había sido utilizado para anunciar el rodeo de Salinas y en 1950 la marca Levi’s lo eligió para conmemorar sus primeros 100 años de existencia. En el verano de 2012 una galería de San Francisco lo tenía expuesto en su escaparate como una obra de arte esencial. La leyenda America’s Finest Overall indica que Levi Strauss había concebido esa prenda para llevarla sobre otros pantalones, eran holgados, indicados para trabajadores fabriles y en particular los que se dedicaron a la explotación minera durante la fiebre del oro. Aquel cartel contribuyó a darles su actual categoría de pantalones vaqueros ya que, a partir de entonces, los dibujantes de afiches desarrollaron hasta la saciedad la estética bluejean que Jo Mora había plasmado 20 años antes.
Todo lo contrario que la acogida que tuvieron las obras de su padre en Uruguay. Algunas piezas se inventariaron en 1929 y seguían en su estado natural de barro, sin cocer siquiera. Domingo Mora fue el primer escultor en plasmar lo genuinamente uruguayo modelando primorosos jinetes dedicados a la doma del caballo, pero lo autóctono allí no interesaba, las figuras que se vaciaron en yeso se han ido deteriorando en el artesonado de unas pocas casas señoriales y una que hizo para exterior, con un acabado cerámico policromado, hubo que rehacerla por culpa del vandalismo y colocarla en la azotea. Iba de decepción en decepción hasta que se dio cuenta de la beligerancia del gobierno contra la vida rural y en especial contra los jinetes voleadores que protegían sus ranchos. Su última obra –la única que hoy se exhibe fundida en bronce– fue un gaucho descabalgado exhalando su último aliento, yacente, patético, crispado por el dolor de la lanzada que le atraviesa el pecho. Cuando por fin acertó a entender cual era su cometido, comprendió que no era el lugar más indicado para vivir. Su talento quedó desaprovechado aunque también es cierto que en ninguna parte se lamenta más que en el moderno Montevideo, donde le han puesto el nombre de Domingo Mora a una calle con motivo de su bicentenario nacional.
Joe Mora no encontró trabas para honrar a los vencidos, tanto los nativos como sus propios antepasados. Vivió con las tribus Hopi y Navajos, a los que ubicó en el mapa ilustrado del Gran Cañon del Colorado, trabajó el cartel Indios de América del Norte con más mimo si cabe que el que puso en los mapas de California, Los Angeles o Carmel, adonde se trasladó para trabajar en la Misión que evangelizó Fray Junípero Serra.
Aparte de Sweetheart of the Rodeo otros carteles muy curiosos son el mapa de Yosemite realizado en 1931 donde encontramos un guiño a la II República española que no hemos recibido hasta su publicación en Visual (si es que localizamos en la parte superior el gorro frígio con la leyenda Liberty cap) y la fantasía histórica Ye Olde Spanish Main”donde plasmó el substrato hispano sin hipotecar el porvenir de la joven Unión. De ahí que se le conceda el epíteto de Renaissance Man of the West (el Renacentista de Occidente). Texto: Tomás Sainz Rofes, Licenciado en Bellas Artes.

Plausive

Suscríbete

rss