La crisis de la publicidad no tiene mucho que ver ni con los bancos ni con el ladrillo. Estaba ahí mucho tiempo antes, cuando un sector incapaz de afrontar un panorama nuevo se aferraba –se sigue aferrando– a maneras de hacer inoperantes, primando un status establecido sobre la realidad de mercado.
La del diseño es, si cabe, más lamentable, porque se fundamenta en un axioma erróneo consistente en una ecuación perversa, la de que a la inversión en diseño hay que exigirle retorno inmediato en las ventas y la cuenta de resultados. Un argumento que han manejado y manejan centros de diseño, organismos de promoción, asociaciones –sí, también las asociaciones profesionales tienen su parte de culpa–. La consecuencia de ello la tenemos en un sector atomizado, frágil, incapaz para las estrategias y el medio plazo, que sigue anclado en una parte importante a la anécdota, al elemento puntual: hoy diseñamos un libro, mañana un envase o una identidad. Hemos procurado trasladar la conveniencia de una concepción horizontal del papel del diseño en las empresas y organizaciones, sin preocuparnos de que para ello iban a ser necesarias unas estructuras capaces de recorrer ese eje transversal con conocimiento, agilidad y capacidad de dar respuestas.
Cuando ahora se tambalean las pequeñas estructuras de los gobiernos central y autonómicos destinadas a la promoción del diseño, se hace patente que la política que se ha venido haciendo era tactista y miope, y no ha dejado nada aprovechable. Publicado en Visual 146
No hay ningún sector en el que los foros de debate y las estructuras sectoriales no cuenten con ninguna ayuda. Pero sí sucede en el del diseño. Ha sucedido siempre, tanto es así que ya ni se reclama. No han estado, ni están, ni se les espera.
La atomización de la representación colectiva ha sido siempre una obsesión de los responsables de la promoción del diseño. Desde hace dos décadas, intermitentemente se han esforzado en proponer, auspiciar y casi se diría que exigir una fórmula de interlocución única –eso que ellos llaman la federación–. Pero ello requería un esfuerzo económico que las asociaciones no podían, en su precariedad, afrontar, y que tampoco quienes se lo exigían estaban dispuestos a sufragar. La anecdótica cuando no inexistente contribución desde el Estado al tejido organizativo del diseño, ha funcionado como resorte para eludir el compromiso: “si no os debemos nada, ¿por qué tendríamos que haceros caso?”.
Desde hace ya varios meses conocemos por el Boletín Oficial del Estado que el organismo estatal para la promoción del diseño, antes sociedad estatal, cambiará por enésima vez de ministerio y volverá a Industria. Y dejará de tener entidad en sí mismo para integrarse en ENISA, una empresa pública destinada a inversiones de capital a empresas, a quienes el diseño no les suena ni por asomo, y para quienes parece que el objetivo prioritario es financiar la salida a bolsa de las empresas españolas. De esta evolución nada sabemos, ni los responsables ni los afectados han dado una explicación. Ni siquiera sabemos si se mantendrán las siglas y algún grado de independencia o serán simplemente absorbidos, ellos y su dotación presupuestaria. En la web de esta empresa el Ddi sólo aparece mencionado una vez. Ni en el histórico de noticias, ni en el organigrama… de momento, el Ddi es solo un elemento más en el listado de “otras direcciones de interés”.
Cualquier otro sector profesional hubiera reclamado transparencia en el proceso, hubiera exigido en los medios y en los despachos unas garantías… aquí no. Es tan poco por lo que hay que pelear, que se diría que la batalla no merece la pena.
Habrá que esperar a que la integración sea real para ver cómo queda. Y como en el chiste zafio, habría que preguntar: “entonces, de lo otro… ¿ni hablamos?”. Como ya habrá supuesto el lector, lo otro no es sino el Premio Nacional, ese que ahora ya tiene dotación, aunque no exista.




