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Las cubiertas de Blue Note Records


BlueNote03Las portadas que Reid Miles y otros diseñadores crearon para el sello especializado en jazz Blue Note Records desafían el concepto de tiempo. Desde los lejanos años cincuenta y sesenta, sus atrevidas composiciones tipográficas, su inteligente y efectivo uso del color y el tratamiento audaz y a menudo insólito de las fotografías, hacen que no hayan perdido ni un ápice de la frescura con la que aparecieron en las tiendas de discos en su momento. Son un referente ineludible en la historia del diseño gráfico y una fuente inagotable de inspiración para los jóvenes diseñadores. Son el feliz resultado de un encuentro irrepetible entre música e imagen. Publicado en Visual 156


Los graznidos de Allan se superponen a la trompeta de Freddie Hubbard creando un efecto difícilmente calificable como melodioso. El Sr. Gafapasta rara vez se detiene a reprenderlo por su actitud: a su edad ha aprendido a no gastar ni un ápice de sus energía en causas perdidas. Sabe bien que su cuervo es tozudo, vengativo y pendenciero. Cerrar el mueble bar con llave fue ayer una medida necesaria: el veterinario hizo un pronóstico ciertamente pesimista acerca del hígado de su mascota en la última visita. Ahora nuestro hombre tiene que afrontar las consecuencias de haber sido él solo quien diera cuenta de lo que quedaba de la botella de Courvoisier ante la mirada implorante de su oscuro compañero. Se ha levantado con una suave pero sostenida resaca, su única compañera de cama de los últimos tiempos.
Por un momento, el Sr. Gafapasta se detiene a observar como gira el vinilo de Freddie Hubbard: ondulándose grácilmente bajo la aguja, delata un precario estado de conservación. Gira inexorable, ensimismado en su círculo vicioso. En otro tiempo, el Sr. Gafapasta no hubiera dudado en establecer algún paralelismo entre ese movimiento concéntrico y su propia vida. Pero hoy es domingo por la mañana y el Sr. Gafapasta sabe hace tiempo que la literatura no ayuda, sobre todo si es de tan dudosa calidad como la que ha escrito algunas páginas de su vida. Hoy es domingo por la mañana y sus días se deslizan por una pendiente. Más de seis décadas le pesan en las rodillas. Su profesión le aburre –al fin y al cabo, fue ella quien le eligió a él y no a la inversa– y, como diría el poeta, todos sus amigos se han ido y le duelen las partes con las que antes jugaba.
Hace rato que Allan decidió callarse tras un salvaje ataque de tos que sonó casi a último estertor. Lament for Booker, una de esas melodías que reconcilian a nuestro hombre con el mundo, resplandece en los altavoces sin otra interferencia que el chisporroteo típico de los vinilos que nos han acompañado largas horas. Le fascina el sonido de los viejos discos, imperfecciones incluidas. Piensa que la música emana directamente del color negro, del no color, de ninguna parte, tan lejana y a la vez tan próxima. El jazz de su juventud todavía le alivia el corazón en la infinita penumbra…
Cuando está a punto de sucumbir de nuevo a la literatura barata de sus pensamientos, el borboteo del café recién hecho le rescata. Hoy es domingo por la mañana y ha llegado el momento de emprender una misión titánica, un objetivo que le ayude a superar el último tramo de otra semana. Ordenará su discoteca, pero no sin antes consumir una cantidad decente de café bien negro.
Mientras apura su taza, el Sr. Gafapasta desliza morosamente su mirada por las abarrotadas estanterías donde descansan cuatro largas décadas de coleccionismo musical. Recuerda una novela que leyó hace ya algunos años –Hight Fidelity, del británico Nick Hornby–, en la que el protagonista, tras una ruptura amorosa, se decide a reordenar sus discos como terapia. En ese momento, al personaje de Hornby le asaltan las mismas dudas que le están surgiendo a él en estos mismos instantes: ¿Cuál es el mejor método para ordenar una discoteca? ¿Clasificar los discos por autores? ¿Por orden alfabético de los títulos? ¿Por géneros? ¿Por sellos discográficos? El protagonista de la novela –cree recordar– resuelve ordenarla por estricto orden cronológico de adquisición. Un método ciertamente novelesco, pero claramente ineficaz cuando se poseen miles de discos y una memoria de pez como la suya.
Como ya hizo en su momento con la biblioteca, elegirá un criterio mixto: cada género será tratado de forma diferente. Los de rock, pop y folk serán reordenados por autor; los de soul, clásica y jazz, por sello discográfico. Los discos de flamenco serán dispuestos en dos grandes grupos: los de cante clásico y los que irán, excomulgados, directamente al infierno. En todo programa de acción hay que estar, no obstante, abierto a la improvisación. Conviene hacer algunas excepciones: las decenas de versiones que atesora de las Variaciones Goldberg de Bach compartirán una misma estantería, de manera que Glenn Gould pueda confraternizar con Keith Jarrett y Trevor Pinnock. Al Sr. Gafapasta le gusta ser un poco provocador en este sentido: en su biblioteca, Vargas Llosa y García Márquez también comparten estantería, precisamente gracias a sus irreconciliables diferencias personales; mientras que sus diversas ediciones del Quijote se disputan el espacio con su colección completa de álbumes de Asterix.
Sus viejos discos de jazz son algo así como la joya de la corona. De hecho, en el mercado, muchas de esas primeras ediciones alcanzan precios astronómicos: son su plan de pensiones más fiable. Para el Sr. Gafapasta el jazz tiene el inconfundible aroma del tabaco rubio, del humo que ciega los ojos y del gin tonic que nubla la mente. El tintineo de los cubitos contra el cristal de la copa son un instrumento más que se suma, errático y necesario, al arte de los músicos. La trompeta, su instrumento preferido, le suena siempre a elegía, a la dulce y melancólica melodía de los sueños abandonados: si los perdedores tuvieran un himno, este debería interpretarse con un solo de trompeta.
Allan lo arranca de sus digresiones mentales graznando su propia cantinela: ¡Nevermore! ¡Nevermore! “Efectivamente –piensa nuestro hombre, siempre tan afecto al pesimismo– nunca volveré a experimentar esa sublime comunión de música e imagen que suponía cada nueva adquisición de un disco de Blue Note”.
El Sr. Gafapasta empezó su colección comprando unos cuantos discos en una pequeña tienda de King’s Road, en Londres. Fue en su viaje iniciático de 1972, lo recuerda perfectamente. El cielo de la capital británica –Pantone Cool Gray 4 uncoated– resplandecía como nunca lo había hecho ningún otro cielo de su soleada y cuartelaria España. Aunque no sabía nada de Sonny Clark, Donald Byrd o Dexter Gordon, aquellas cubiertas le fascinaron. Le pareció que aquellos diseños anunciaban a las claras la incuestionable calidad musical del contenido. No se equivocaba. Aquellos rotundos titulares en Clarendon o Franklin Gothic entraban en un diálogo casi galante con las fotografías. Fotografías tomadas desde ángulos imposibles o a una velocidad tan baja que los músicos se convertían es espectros de paso sobre la superficie cuadrada. En ocasiones, las fotografías formaban parte de la propia tipografía. Una tipografía que colonizaba la completa superficie del disco, con unas letras de palo que no podían dejar de recordar a las teclas negras del piano, esas que entre nota y nota suben y bajan medio tono pellizcando con suavidad la sensibilidad del oyente. Cubiertas editadas a menudo a dos tintas, pero con un uso inteligente y exquisito de los bitonos y los pasados de trama.
De Blue Note siempre le ha gustado todo, hasta el nombre, aunque tardó algunos años en averiguar su significado. Se trata de un término que utilizan los músicos de blues y jazz para nombrar al intervalo de cuarta aumentada en la escala musical. También ha oído hablar de la tercera menor sobre el acorde dominante. Un trabalenguas en chino mandarín no tendría menos significado para él. En todo caso, parece que es algo así como ese espacio sonoro donde la magia se produce, la improvisación despega y el auditorio se sumerge hipnotizado,. La nota azul: “lugar donde se intrincan, mezclan y confunden lo dionisíaco y lo apolíneo; discordia creadora, combinación exquisita de ensueño y embriaguez, violencia conmovedora del sonido, ditirambo en el que el hombre se siente arrastrado a la más alta exaltación de todas sus facultades”. Esto es, al menos, lo que ha escrito el psicólogo argentino Nicolas Poliansky, poco antes de pasar a mencionar a Lacan.
Reid Miles, diseñador nacido en Chicago, firma una cantidad considerable de las cubiertas de Blue Note. “El bueno de Reid Miles –piensa nuestro hombre–, copiado hasta la náusea, tantas veces sin criterio ni causa, pero aunque la mona se vista de seda… Como decía el anónimo poeta venezolano, el diseñar ha de tener sentido, entendimiento y razón. La elegancia está en el espíritu. De nada vale copiar unos hábitos tipográficos y visuales, si no se entiende que la belleza es un arma afilada y peligrosa que no hay que dejar en manos inexpertas”.
Reid Miles nos dejó en el año 93, con sólo sesenta y seis años, pocos más de los que, glups, ahora cuenta nuestro protagonista. Había dejado el diseño años atrás, para dedicarse por entero a la fotografía. Sin embargo, siempre será recordado por lo que hizo en un período de once años (1956-1967) para Blue Note. Miles diseño casi quinientas portadas para el sello neoyorquino, algunas de las cuales merecen el calificativo de obras maestras. En sus diseños contaba en ocasiones con las fotos que Francis Wolff (1908-1971) –productor musical y cofundador, junto a Alfred Lion, de la compañía en 1939– tomaba durante los ensayos (se calcula que llegó a disparar más de treinta mil fotografías a lo largo de su carrera). Las fotos de Wolff se diferenciaban de las que utilizaban otras compañías discográficas en sus portadas, donde los intérpretes aparecían posando de manera más o menos anodina para la cámara. Wolff, que se movía a sus anchas por el escenario o la sala de grabación, captaba a los músicos en acción, retratando con ello la esencia del jazz: la música en vivo.
No es ningún secreto que Miles realizaba su trabajo sin molestarse en escuchar antes los discos, mientras se dejaba acompañar por música clásica, a la que era muy aficionado. Sus jefes, Lion y Wolff, hacían lo que podían para describir el contenido de esos discos que su díscolo diseñador prefería ignorar. En cualquier caso, aunque la compañía contaba con otros diseñadores, como Paul Bacon, John Hermansander, Gill Mellé o el mismísimo Andy Warhol, fue Miles quien, de alguna manera, creó su inconfundible imagen de marca.
El Sr. Gafapasta recuerda todas estas cosas, leídas aquí y allá, mientras va seleccionando sus discos de jazz en diferentes montones: Blue Note, Atlantic, Capitol, Columbia, Verve, Prestige, Victor… Como advierte que Allan empieza a dormitar encaramado al busto de yeso de Baudelaire, decide entablar conversación: “¿Sabías que al mítico ilustrador Jim Flora lo echaron de Victor en cuanto los medios de impresión mejoraron lo suficiente como para imprimir fotografías a precios razonables?”
¡Nevermore!, apostilla Allan, entreabriendo a duras penas uno de sus ojos.

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One comment on “Las cubiertas de Blue Note Records

Visual: magazine de diseño, creatividad gráfica y comunicación » Blog Archive » Las cubiertas de Blue Note Records, ¿Que mas nos puedes explicar?, me resulta insterense esta informacion. Saludos.

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