Escribir en Visual, el último mohicano de las revistas sobre diseño gráfico que se publican en Laponia del Sur, tiene sus ventajas: cuando uno menos lo espera, llega el feedback de alguien que añade puntos a un traje cosido con hilo grueso por un sastre de los que toman medidas de cualquier manera y al que luego le salen las sisas estrechas. Publicado en Visual 159
En este caso ha sido un Cuadernista*, Gustavo Berocan, brasileño afincado en Mallorca, que me pasó información complementaria sobre los dos precedentes artículos. Su razonamiento versaba en que en mis elucubraciones sobre el color aplicadas a los equipos de fútbol, solo hablaba de equipos europeos. A un brasileño le duele.
Gustavo, además de ser un excelente ilustrador, es hincha del Flamengo y me dijo: “el Flamengo vestía arlequinado”. De ahí sale una historia que creo necesario contar para deleite de los lectores que estén interesados en la alta costura del balompié.
El Flamengo se creó en 1895 en el barrio del mismo nombre en Río de Janeiro como equipo de competición de remo, que no era una regata al estilo de Oxford-Cambridge, con piraguas y un tío con un megáfono que da el ritmo, sino barcazas pesadas que compe-tían en el mar, con oleaje, viento y mareas donde los jóvenes de la localidad esperaban con su agonismo llamar la atención de las señoritas casaderas que les esperaban en la playa. En el primer intento fracasaron estrepitosamente: el barco –el Pherusa, una cáscara de nuez apedazada– estuvo a punto de hundirse, lo rescató un pesquero que lo depositó junto a su tripulación en tierra firme. Al cabo de pocos días, mientras estaban reparando la embarcación de los daños sufridos, fue robada y nunca más se supo de ella, así que los esforzados muchachos tuvieron que ahorrar y hacer una colecta para comprar un barco nuevo, importado de Inglaterra, a pesar del conflicto que veinte años antes había tensado las relaciones entre la Gran Bretaña y el Imperio Brasileño cuya flota de guerra provenía de astilleros franceses.
Los del Flamengo tenían dos rivales, héroes de otros barrios de Río: el Club de Regatas Botafogo y el Club de Regatas Vasco da Gama. El Botafogo tenía su orígen en el Club Guanaberense, creado en 1874 que perdió algunos de sus miembros, militares implicados en la Revuelta de la Armada contra el gobierno en 1893, que tuvieron que exiliarse. Disuelto el Club, se refundó al cabo de un año con su nombre definitivo. El Vasco da Gama, fundado en 1898, mientras acumulaba éxitos regatísticos, se distinguió por tener el primer presidente negro en una época en la cual el racismo dominaba el deporte carioca.
Tanto el Botafogo como el Vasco incluyeron secciones de fútbol fusionadas con el club de remo, pero la bomba futbolística la activó el Fluminense Football Club: sus fundadores eran cadetes de la aristocracia anglófila que había estudiado en Europa y que en 1902 importaron al Brasil el virus, influyendo en los demás clubes polideportivos para crear una sección futbolística hasta entonces incipiente, cosa de excéntricos: fenómeno del todo lógico ya que un equipo no puede jugar contra sí mismo, necesita competidores. En 1911 la casi totalidad del equipo del Fluminense, en desacuerdo con la directiva, decidió asociarse al Flamengo, desclasándose socialmente, y así nació la máxima rivalidad entre dos equipos locales: el “Fla-Flu”.
Llegado hasta aquí, amable lector, te preguntarás qué relación tiene toda esta parrafada sobre el fútbol carioca con el diseño gráfico. A mi modesto juicio la hay: a las regatas que se significaban sobretodo por el nombre de la nave, y de las que sólo se sabía el resultado al desembarcar, les sucedió un enfrentamiento entre dos equipos de once pares de pies, dos pares de manos, una pelota y tres palos, todo en un espacio abarcable por la vista del espectador, que obligaba a la diferenciación inmediata de la vestimenta corporativa de los contendientes: el Flamengo de remo había empezado con un uniforme dorado y azul a rayas horizontales (perfecta combinación de colores complementarios). El Fluminense de fútbol, luciendo una camiseta partida en dos, verticalmente, en blanco y gris (de contraste dudoso, pero suficiente),
La anécdota está en que al Flamengo de remo, entre el sol, el aire de mar y el lavado, se le desteñían los colores y los cambiaron al cabo de un año por otro rojo y negro a rayas horizontales. Cuando se inauguró la sección de fútbol, sus miembros adoptaron los colores originales azul-dorado, pero en arlequinado. El choteo fue mayúsculo, ya que los remeros consideraban el balompié un deporte de maricas y el pueblo bautizó a los futbolistas como papagaios de vintén, algo así como “cometas de todo a 100”, ya que las cometas que se hacían volar en las playas tenían un dibujo similar. En 1916 se unificaron los colores rojinegros de las dos secciones, mientras el Fluminense cambiaba a una camiseta tricolor de rayas verticales granate-blanco-verdes, una demostración (fallida) de poderío cromático, o el fútbol como expresión de la lucha de clases: las torcidas de barrio bajo contra las de barrio alto.
Con esto pongo punto final a la trilogía sobre el soccer (apócope de association), ya he dado bastante la brasa con el “furbo” aunque en el tintero queden asuntos para debatir –los argentinos me van a crucificar–, mientras me pregunto cuál será el tema del próximo artículo. Una pista: un símbolo (arlequinado), desprovisto de sus siglas tipográficas.
*Cuadernistas: grupo informal abierto que comparte la manía de dibujar en cuadernos y mostrar sus hazañas a través de la red: http://www.facebook.com/groups/cuadernistas/




