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Año dos


Cuando iba de pequeño a casa de mi abuela me solía detener en la entrada del comedor, donde se exhibía una bendición de alguno de los Pontífices sesenteros a mi familia. Para mí, ver mis apellidos en aquella especie de diploma, asociados a alguien tan importante como el Papa, era un símbolo de estatus que me protegía contra pequeños pecadillos. Los domingos, como el que reza, me releía el texto que apenas entendía, y con ello ya había expiado todas las trastadas realizadas durante la semana.
Mis abuelos debían usarlo de la misma manera, porque no sólo compraron su bendición papal, sino que la enmarcaron y exhibieron durante treinta años en el mismo corazón de la casa: el comedor.
Según fui creciendo me fui encontrando con otras casas que tenían los mismos diplomas, de unos u otros Papas, e incluso alg una con el de varios, como si la bendición caducara con la muerte del que lo expidió. Todas aquellas familias exhibían aquellas bendiciones de pago en los lugares más visibles de sus hogares, hasta que comprendí que aun más importante que estar bendecido era que los demás lo supieran. En tu exhibición de beatismo viene implícita tu condición de pecador.
Las religiones han sido los pioneros del marketing y el branding, creadores y explotadores desde hace siglos de procesos emocionales que la psicología ha definido hace tan sólo unos decenios. En este caso se traslada al fiel la carga del pecado, existente o no, para ofrecerse a continuación como solución que alivia tu problema.
Últimamente aquella técnica casposa de la iglesia se ha convertido en una estrategia recurrente en algunas grandes compañías, que han visto en nuestras culpas o inquietudes un filón para hacer negocio o blanquear sus propios pecados. Quizás la más obvia sea la de cierta marca de alarmas de seguridad, cuya publicidad ha encontrado en el miedo su mensaje más atractivo. En los últimos copys subyace otro que va más allá: Si te pasa algo es por tu culpa, nosotros ya te avisamos y te ofrecimos la solución.
Pero el miedo no es el único cebo, también lo es nuestra intención de cambiar las cosas para mejor. Y a esta moto se ha subido Repsol.
Desde su web anuncian su programa de cero emisiones netas, que ya en la web comienza así: “Ahora en nuestras estaciones de servicio podrás compensar las emisiones de CO2 de tu consumo de carburante colaborando en proyectos forestales”. Buena iniciativa, a la que no cuesta mucho adherirse con cierto gusto, si no fuera porque ya en la redacción la culpa es mía por usar el producto que ellos me venden. Ellos, eso sí, me ofrecen una solución para que mi pecado sea menor. No sería demasiado flagrante si no fuera porque el informe de 2019 sobre las empresas más contaminantes, elaborado por el Observatorio de la Sostenibilidad, apunta a Repsol como la segunda compañía más contaminante de España, sólo por detrás de Endesa, y responsable del 3% de las emisiones totales de CO2 en nuestro país. Pero su publicidad me apunta a mí, y a mi coche, como los auténticos culpables del Cambio Climático. Vendría a ser como si MacDonalds me pidiera un donativo por cada hamburguesa que me vende para compensar el gasto sanitario que produce el exceso de colesterol.
Por si fuera poco, la compensación, siempre optativa, sólo puede realizarse a través de su app de pagos y fidelización, y ellos se comprometen a aportar el mismo importe que pongas tú. Una vez más, bien por la petrolera, excepto porque si tú no haces la compensación, ellos tampoco. Y así, amigo, una vez más la culpa de que muera el Amazonas es tuya, y no suya que ya te ofrecieron una solución.
Pero en este caso quizás hay más, porque tus donaciones irán a parar a dos proyectos en Perú, un país donde tienen explotaciones petrolíferas, y donde Survival International ya les ha llamado la atención por el peligro que su actividad supone para las poblaciones indígenas no contactadas y para el medioambiente.
Así que el pecado es tuyo, no suyo, que te vende el contaminante; que ellos colaboren con el medio ambiente depende exclusivamente de que tú lo hagas también; y tu donación no tendrá impacto directo en tu comunidad, pero sí en países donde necesitan blanquear su imagen de marca.
Alguien se ha equivocado profundamente en la estrategia de branding: se ha olvidado de entregarnos el diploma para que podamos colgarlo en el comedor. (Publicado en Visual 205)

Texto: Nano Trias (www.obaku.es/zenblog)

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