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Carteles. El frente cultural de la Guerra Española 4. Periódicos y carteles: Una simbiosis


Nueva RepúblicaNada más empezar este año 2014 murió nonagenaria en París Marina Ginestà. Durante años su figura adolescente, con sus vigorosos diecisiete, fue un símbolo múltiple. Su fotografía encarnó para el mundo la república española, la revolución, la emancipación de la mujer, la juventud combatiente, el desafiante poder de la clase trabajadora… La foto la hizo el fotógrafo alemán Hans Gutmann (más adelante Juan Guzmán) en la azotea del hotel Colón de Barcelona, con brillante sol, el 21 de julio de 1936, a los dos días de quedar sofocada en la ciudad la intentona golpista. El hotel, donde unos cuantos sublevados se habían atrincherado el 19, estaba recién incautado y los nuevos ocupantes, que lo convertirían en un centro de reclutamiento de milicianos, quedaban seducidos por la atmósfera lujosa de las estancias, mientras duró.
Publicado en Visual 169



En pocos minutos Gutmann tiró una veintena de fotos de la joven comunista. Aunque en varias tomas aparece quizá más atractiva, revuelta sobre los ojos la cabellera de corte masculino, sólo es universalmente conocida una de ellas, la que tal vez atrapó lo que el fotógrafo quería cazar con sus numerosos disparos. La energía misteriosa de ese instante se condensa en la mirada. El objetivo de la Leica ha conectado profundamente con ella. Ha llegado a su fondo vertiginoso, saturado de fuerza juvenil, radiante luz de verano, alegría triunfante por la momentánea victoria sobre la amenaza de las vísperas, y un horizonte revolucionario que parecía abrirse de pronto en la realidad, tras generaciones de mero soñarlo o prefigurarlo. Una mirada confiada y desafiante, poderosamente cargada de futuro.
Hasta hace poco no se supo su nombre. En 1987, el archivo de guerra del fotógrafo, ya Juan Guzmán tras décadas de permanencia en España, pasó a manos de EFE. Un tesoro de tres mil negativos. En 2006 un documentalista de la agencia ató cabos para identificar a la muchacha legendaria, que aparecía en otras imágenes, aparte de las del Colón: reunida con su hermano Albert en el frente del Ebro, o en compañía de Durruti y el corresponsal de Pravda, Koltsov, que lo entrevistó en la localidad zaragozana de Bujaraloz. En estas otras imágenes no la vemos como combatiente, con peto y fusil, sino con ropa corriente de calle, en funciones de intérprete de francés, que era lo que hablaba el ruso para entenderse en España. El fusil del hotel Colón era de atrezzo: es el que también lleva el brigadista Ludwig Renn, a quien Gutmann retrató momentos después en el mismo sitio.
Marina fue muy activa en la retaguardia, como periodista, traductora y mecanógrafa. Koltsov la menciona en sus memorias, Diario de la guerra de España: Callada, atenta, con los cabellos cortados a lo chico, combatiente en las barricadas…. La reconocía como un ejemplo de la emancipación de la mujer española, según la tendencia que admiraba en Dolores Ibárruri.
El tono de lo hablado durante la entrevista, al parecer, no agradó a Stalin. Sin que se pueda establecer una relación directa, pero tampoco descartarla, Durriti recibió poco después un balazo mortal por la calle, en circunstancias confusas, y a la vuelta de unos meses el corresponsal ruso fue llamado a Moscú para ser purgado y, en 1940, ejecutado.
Además de corresponsales, traductores, fotógrafos y redactores eran muchas las personas involucradas en la elaboración de periódicos y revistas. Primero, porque la cantidad de cabeceras era ingente, al menos en la zona republicana. Baste adelantar que sólo en Barcelona llegaron a coexistir durante la guerra veinticuatro periódicos. Segundo, porque el proceso de elaboración de un periódico era muy articulado y complejo; no estaba, ni en lo material ni en lo intelectual, tan simplificado como está hoy gracias a la tecnología informática y los robots.
Aunque, igual que ahora, también servían los periódicos para envolver bocadillos o limpiar la paellera, la conciencia colectiva les otorgaba una consideración muy superior a la que actualmente merecen. No existía industria televisiva y un receptor de radio era un mueble al alcance de muy pocos. El medio de comunicación más popular era la prensa, aun contando con que casi la mitad de esa población eran analfabetos. La principal herramienta de difusión de los proyectos revolucionarios era el papel impreso, principalmente periódicos y revistas. Entre 1931 y 1939, la proliferación de prensa obrera en las principales ciudades españolas es un fenómeno inaudito, en paralelo con la explosión cartelista.
Pensar en los carteles que durante la guerra anunciaban la aparición de periódicos y revistas es por fuerza pensar en Barcelona. De nuevo esta ciudad es el escenario central. Si en los numerosos talleres e imprentas se agrupaba un nutrido censo de cartelistas, igualmente excepcional era la increíble cantidad de publicaciones que salían de las rotativas. ¿Fiebre informativa? También necesidad propagandística e imparable debate de ideas e interpretaciones.
La guerra había abierto una conflagración generalizada en todos los frentes, no sólo en el militar. Para las fuerzas republicanas era esencial mantener viva la conciencia del proyecto político puesto en marcha en el 31. En un régimen pluralista, ese mantenimiento consistía en confrontación dialéctica, discrepante expresión de la diferencia en todos los medios al alcance, no sólo en el Parlamento y las asambleas. Los periódicos reflejaban esta efervescencia y eran seguidos con ávida pasión. Pensemos en ese mundo sin TV, apenas radio y con telefonía rudimentaria, fotografía y cine documental también en sus comienzos. Los rumores circulando en oleadas por los patios, las noticias bélicas transmitidas de primera mano por los combatientes de permiso. Una necesidad de saber qué está ocurriendo verdaderamente. Ansia de datos pero, al mismo tiempo, de interpretaciones asumibles. En momentos así la objetividad no cuenta. El juicio ecuánime es un lujo liberal para los tiempos de paz. En los de guerra, y en tanto se consigue aniquilar al adversario, contrarrestar su voz es igualmente imprescindible para sobrevivir.
En las ciudades leales, partidos, sindicatos y organizaciones discuten sin parar y a menudo olvidan aunar sus energías contra el enemigo común. En la zona rebelde el problema de la división no se da. Hay mando único, un solo pensamiento y unas consignas que bajan por la pirámide jerárquica hasta las bases homogeneizadas.
Si en Barcelona llegaron a circular esos 24 periódicos de récord, en la zona nacional semejante babel ideológico era absolutamente impensable. Con la ley marcial declarada, la severa censura y el mensaje único, dos o tres cabeceras ya eran demasiadas. La cuestión de las ideas y las opiniones era secundaria respecto a los objetivos bélicos: ante todo, tomar las capitales, destruir en las batallas al ejército republicano. No estaban luchando por un ideal democrático que incluyese la libertad de asociación, pensamiento y expresión, entre otros derechos. Las publicaciones en zona franquista se consideraban “órganos del Movimiento” muy contadas, bajo el celoso control de Serrano Suñer, Giménez Arnau y Ridruejo. La revista Vértice, impregnada de falangismo, fue el buque insignia editorial. Se imprimía lujosamente en los talleres Offset de San Sebastián e incluía ilustraciones en color de cierta calidad de José Caballero, Teodoro Delgado y, sobre todo, de Sáenz de Tejada, así como abundante publicidad comercial, de firmas que iban de este modo declarando su alineamiento con el plan franquista. Otra publicación falangista, Haz (castellanización del término italiano fascio) también se colmó enseguida de publicidad comercial significativamente. Idéntico oficialismo tuvo el tebeo Flechas y Pelayos, resultante de la suma simple de Flechas, tebeo para el niño falangista, y Pelayos, para el niño tradicionalista. Para público más adulto nació la publicación gráfica La Ametralladora, que Mihura, Tono, Herreros y Neville convirtieron en germen de la posterior y legendaria La Codorniz (lema: La revista más audaz para el lector más inteligente).
La dinámica monolitista de estas publicaciones era radicalmente distinta de las del bando republicano, que competían entre sí, se voceaban por las calles y se anunciaban mediante carteles que exhortaban a su lectura. Buena parte de la, en cantidad y calidad, excepcional producción cartelística republicana durante la guerra nació con esta finalidad de reforzar la difusión de las incontables cabeceras periodísticas, órganos de expresión de partidos, sindicatos y otras entidades políticas, junto con empresas independientes.
En Barcelona, La Vanguardia mantuvo una excelente cobertura gráfica en sus cuatro páginas de huecograbado en sepia. La veu de Catalunya, donde dibujaban Cornet y Castanys, fue el diario en catalán que más duró: 38 años. L’Opinió, de ERC, contaba con la colaboración de Clavé y Helios Gómez. L’Humanitat, fundada por Companys, nació como escisión del anterior y y se publicaba de noche, al igual que el Última Hora. La FAI editaba Tierra y Libertad (nombre que sirvió de título para una película de Ken Loach) y Tiempos Nuevos. La CNT, Solidaridad Obrera. El PCE, Mundo Obrero. El PSUC, Treball, que se anunciaba insistentemente y acumuló una excelente colección de carteles promocionales. El POUM, La Batalla. El Partido Sindicalista, de Ángel Pestaña, El Sindicalista. La UGT, Las Noticias. La facción radical del PSOE, Claridad. Junto a ellos, Nova Iberia, la esmeradísima edición en inglés del Comissariat de Propaganda, que salía en Londres.
Pese a la carestía de papel y tinta, muchos de ellos continuaron imprimiéndose hasta la entrada de las tropas franquistas.
En Madrid, sin llegar a las cifras astronómicas recién apuntadas, la temperatura de las rotativas tampoco era fría. Entre los clásicos, seguían saliendo El Sol y el ABC, éste en su edición “roja”. Hoy aún sorprende contemplar sus portadas incendiarias llamando a la revolución con la tradicional cabecera de las tres letras estampada en lo alto. Con frecuencia esas portadas eran concebidas como carteles, buscando una llegada directa al ojo del transeúnte. Un par de las que reproducimos son de Ramón Puyol, autor de la colección de litografías dedicada a las sabandijas de la guerra: el delator, el espía, el propagador de bulos, el estraperlista, etc. La edición de ABC más reconocible, conservadora, continuaba apareciendo en Sevilla. La Alianza de Intelectuales Antifascistas editaba Mono azul, donde Alberti aglutinaba grandes colaboraciones. Se publicaban, además, Frente Libertario, Pasaremos, Juventud Libre, Mundo Obrero, El Socialista, y tantas otras muchas cuya salida a las calles era precedida por carteles anunciadores.
En la tercera ciudad, Valencia, se publicaban la mensual Hora de España, en cuyas páginas colaboraba Machado y se cruzaban resonantes polémicas, la más destacada la sostenida entre Renau y Gaya, Nueva Cultura, Adelante, Frente Rojo, La Traca, Frente Universitario, El Mercantil Valenciano o las ácratas Fragua Social y Estudios, revista donde Renau y Monleón aplicaron experimentos y dejaron para la historia gráfica unos cuantos fotomontajes y unos cuantos desnudos aerografiados. En Verdad, que apoyaba al gobierno evacuado a Valencia, trabajaba como redactora Marina Ginestà. “Nuestra profesión era que nunca decayera la moral; defendíamos el lema de Negrín: ‘Con pan o sin pan, resistir’. Y nos lo creíamos”.
Al echar un vistazo a este género periodístico de carteles, a la galería que hemos seleccionado evitando los archiconocidos y escogiendo casi transversalmente una muestra cualquiera, una treintena larga que nos mete de cerca en el fabuloso despliegue creativo, algunos de los que nos encontraríamos callejeando una tarde por las tres principales ciudades del país, saltan a nuestra vista algunas constantes: el rojo y el negro dominantes en tantos carteles, la forma titánica que poseen los personajes representados, la exhor-tación a leer, el tan asiduo ‘Llegiu!’, tan frecuente en los mensajes. Lo primero se debe a que, aparte de la probada química entre el rojo y el negro en la plástica, el afán anarquista en educación y cultura era proverbial. En la portada de Estudios dibujada por Renau con ese juego rojinegro vemos un vibrante subtítulo: Generación consciente. También vemos componentes rojinegros en el cartel anunciador de Fragua Social que incluye a un trabajador titánico escribiendo o dibujando, y en el de Solidaridad Obrera, igualmente poblado de titanes; en el de Ideas que tiene un ojo atento en el centro de la mancha bermeja y en el de Tierra y Libertad, órgano de la nueva era, en alguno de Camps para esta publicación, de inspiración cubista, estructurado en diagonales. Otra figura más o menos titánica y vanguardista lo encontramos en el anuncio de L’Opinió dibujado por Helios Gómez con su inconfundible estilo. Nos reencontramos con Carles Fontseré, que pinta para el Catalunya una limpia composición constructivista, fondo para un tipo de obrero muy europeo, tocado con visera proletaria en una época en que las fábricas humeantes, como aparecen en un cartel de Eduardo Vicente para Tiempos Nuevos, y también en suave skyline en el fondo del cartel de Las Noticias, eran la imagen misma del progreso. En otro cartel de este periódico, un soldado, un campesino y un obrero resaltan, gracias a los tres colores primarios, tan caros a Mondrian, sobre una plana del propio diario. Monleón utiliza la de El Sindicalista para superponer reclamos monocromáticos. Una hoja de periódico es asimismo protagonista en el cartel de La Humanitat dibujado por Châlon Herrero, que recurre al viejo personaje del monigote recortado, tan presente en las inocentadas. Aparecen periódicos con cabeceras reconocibles en carteles que Bardasano, firme en su inspiración de realismo soviético, hizo para Ahora y La Hora, periódicos cargados por voceadores, como en el cartel de Nueva República. En un cartel de Treball, la voceadora es una miliciana, infrecuente aparición, e insuficiente justicia al protagonismo femenino en la contienda. Hay portadas del “ABC rojo” concebidas como carteles, imágenes de pegada. La de Alonso, que proclama “¡Pasaremos!,” economiza y contrasta el color de un modo que recuerda a Emil Nolde. La de Ontañón demoniza al fascismo y al bicho añade botas y espuelas, se supone que de cacique y no de cowboy. Las de Puyol, que usa una especie de textura porosa, proponen a un coloso desnudo y a un miliciano gigantesco que se disponen a liquidar a capitalistas porcinos o a un militar de escuela prusiana. Otros, como Ballester Marco, juegan tipográficamente con las letras en el cartel de Vida; o, como el anónimo autor del cartel de La Rambla, juegan con el color puro, sin línea…
El despliegue creador de los dibujantes es en este capítulo tan insólito y desbordante como en los demás: no se daba abasto a tan incesante necesidad de producir y difundir mensajes; una irrepetible exhibición de oficio y arte.
Con la impresionante mirada, llena de futuro y orgullo, que entregó al objetivo fotográfico de Hans Gutmann el 21 de julio del 36, Marina Ginestà personificó hasta hoy el ideal de la revolución española, igual que, salvando las distancias, Marianne encarna en su figura a la república francesa. Pero además estuvo presente en la lucha de la retaguardia, aportando sus aptitudes intelectuales como intérprete, redactora y mecanógrafa, inmersa de lleno en la batalla cultural que hemos analizado en este ciclo de artículos.
La juventud, las ganas de ganar, la confianza… Yo me las tomaba en serio. Creía que si resistíamos ganábamos. Teníamos la sensación de que la razón estaba con nosotros y terminaríamos ganando la guerra. Nunca pensamos que acabaríamos nuestra vidas en el extranjero.
Como tantos, Marina hubo de seguir la ruta de Francia y Centroamérica. Los ignominiosos campos de Argelès-sur-Mer y el barco transatlántico. Con el tiempo, entre 1972 y 1976, volvió a vivir en Barcelona, como esposa del cónsul belga, y publicó dos novelas en catalán. Sólo hace unos años, poco antes de su reciente desaparición, supimos que la muchacha que desde el terrat del Colón nos dona su mirada inmortal, mientras sueña por igual con una futurista revolución proletaria y con la ciudad moderna donde admirar en los cines a Gary Cooper y a Greta Garbo, se llama Marina Ginestà.
La amaremos siempre. Texto: Luis Pérez Ortiz (LPO)

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