Un día, César Fernández Arias tiró una gubia por encima del hombro y ésta se convirtió en un bosque tan espeso que ya no pudo dar la vuelta y tuvo que seguir adelante con lo único que llevaba en el bolsillo, un rollo de plástico y una grapadora. La gubia era de su hijo, que estudió Bellas Artes. Él sabía que no iba a usarla en la vida, pero como parecía que era una cosa por la que tenía que pasar la compró. César, al principio, tenía complejo, porque no llegó a acabar la carrera y no sabía cómo hacer claroscuro. Entrar era dificilísimo, porque se presentaban seiscientas personas y al final sólo dejaban pasar a ochenta.




