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Clásicos del cine español al estilo de Ghana


El diseñador Ezekiel Hurtado ha creado una serie de carteles de títulos clásicos del cine español realizados al estilo de los artistas ghaneses de los 80 y 90.

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La República de Ghana es un país situado al oeste del continente africano. Vecino de Burkina Faso, con el que limita al norte, Togo al este, y Costa de Marfil en el oeste. Ghana es una de las naciones más extensas y pobladas del mundo. Rico en materias primas, especialmente minerales y oro, el país es una de las democracias más estables de la región desde que, en 1981, llegase al poder Jerry Rawlings quien, en 1992, ordenó redactar una nueva constitución que instauró una democracia basada en un sistema de partidos.
Esa estabilidad política y prosperidad económica contribuyó a que en Ghana se desarrollasen actividades como el cine que, por las particularidades y extensión del país, no solo se exhibía en locales estables situados en las grandes ciudades. Numerosos proyeccionistas independientes recorrían el país con sus furgonetas y sus generadores diésel, llevando películas de Hollywood a los pueblos en los que, en muchos casos, ni siquiera había electricidad.
Para anunciar los diferentes títulos y ante la imposibilidad de conseguir el material gráfico original, los responsables de esos cines ambulantes decidieron encargar a los artistas locales carteles hechos por ellos mismos y cuyo objetivo principal no era ser fieles al argumento de la película o reproducir los rasgos de los actores sino, simplemente, conseguir que los espectadores pagasen la entrada. Por esa razón no era extraño que, independientemente del género de la película en cuestión, los artistas incluyeran en sus trabajos explosiones, decapitaciones, peleas, animales salvajes y otros detalles espectaculares que no necesariamente se correspondían a escenas contenidas en la cinta.
Durante los años 90 y principios de los 2000, los carteles de Ghana se convirtieron en objetos muy cotizados para los coleccionistas occidentales, que llegaron a pagar por algunas piezas precios que superaban los cincuenta mil dólares (unos 42.000 euros). La razón para esta cotización al alza no solo radicaba en el valor artístico de las obras, sino en la escasez de ese tipo de carteles después de que varias décadas de hegemonía de la impresión digital y el Photoshop los arrinconasen para siempre. Una situación que ha provocado que algunos de esos talleres hayan retomado la actividad en los últimos tiempos. En ellos, pintores veteranos y jóvenes aprendices se dedican a pintar carteles por encargo o repetir algunos de los más populares, con objeto de satisfacer la demanda de los coleccionistas europeos y norteamericanos, que pagan por ellos cifras más asequibles que rondan los 200 o 300 euros.

Clásicos españoles

A ese revival de los carteles al estilo Ghana se acaba de sumar una propuesta que se apropia de la estética africana de esos trabajos y la traslada a algunos de los títulos más conocidos del cine español. El responsable de este proyecto es Ezekiel Hurtado, ilustrador y diseñador gráfico interesado en este tipo de arte desde hace tiempo. Hace bastantes años vi por primera vez en internet un recopilatorio de carteles de cines clandestinos de Ghana y me volvió loco tanto la estética, el cartelismo africano colorista y alegre alejado de toda norma, como la historia que hay detrás de ellos, explica Hurtado que, entre los muchos atractivos de estas obras, destaca la libertad creativa de los autores. Ellos contaban con una libertad que a mí no me ha tocado vivir en casi ningún encargo que haya hecho. A la hora de pintar esos carteles los artistas se basaban en fotos de la película o en lo que les contaban los que la hubieran visto. A partir de ahí, se lanzaban a dibujar lo que les diese la gana, pero siempre exagerándolo todo lo más posible y aliñándolo con chorros de sangre, regueros de vísceras, desmembramientos gratuitos, coches explotando por defecto y un buen puñado de armas de filo y de fuego.
Hurtado compara la forma de trabajar “de oído” de los artistas de Ghana con el juego infantil del teléfono escacharrado o con una de las obras más conocidas de Alberto Durero, El rinoceronte, xilografía realizada en 1515 por el artista alemán sin que hubiera visto nunca uno de esos animales. Le dieron un boceto chungo y una descripción más o menos precisa y dibujó algo que no era exactamente un rinoceronte, sino algo así como una criatura fantástica con armadura, lista para ir a una fiesta sadomasoquista.
De hecho es la suma de ese sinsentido inventado para atraer espectadores, así como la combinación entre cine español y cine de acción lo hizo que Hurtado se decidiera a recrear algunos de los títulos míticos del cine español con la estética de los carteles ghaneses. El primer cartel que hice fue el de La ciudad no es para mí porque me hacía gracia la traducción del título al inglés: The city is not for me. En castellano suena a candor de pueblo, y en inglés a americanada de acción y venganza. Luego vi que la idea daba para más e hice la selección buscando tener un abanico que contemplase diversos géneros, pero siempre con películas reconocibles, clásicas y que me chiflasen.
Entre ellas están Viridiana, El espíritu de la colmena, Los santos inocentes, o La vaquilla, a la que Hurtado tiene un cariño especial porque: Fue la primera vez en mi vida que sentí ese desgarro: el de esa pena tremenda cuando al acabar la película te das cuenta de que ya no vas a volver a saber nada de esa peña de la pantalla y que te quedas a este lado, solo.
Una de las características de los títulos elegidos por Ezekiel Hurtado para su proyecto es que todos son películas de los años 60, 70 y 80. Una decisión que tiene su explicación y que no es precisamente la nostalgia. Creo que se puede funcionar con cualquier década, pero con las muy recientes pierde ese impacto de extrañeza que me parece clave. La mezcla entre el cine español de esa época y la anarquía gore tomada de los carteles ghaneses provoca un choque explosivo, precisamente porque hay un muro insalvable entre ellas, porque no tienen nada que ver con las películas actuales. Es como si una colega tuya se disfraza de Amy Winehouse. ¡Guay, perfecto! Pero la transgresión solo sucede si la que se disfraza de Amy es tu abuela, explica Hurtado que, si bien por ahora ha parado de hacer nuevas piezas, no renuncia a hacer las correspondientes versiones de El Verdugo o Raza.
Tengo un proyecto de exposición y he pensado en imprimir láminas y venderlas a través de mis redes sociales y mi web www.ezekielhurtado.com, pero todo esto del apocalipsis vírico ha trastocado los planes. En cuanto las cosas vayan volviendo a la normalidad me pondré con ello. (publicado en Visual 204)

Texto: Eduardo Bravo

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