MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Coser y cantar


El nueve de abril del año 2011
de nuestra era, un cuadernista lanzó un mensaje dentro
de una botella (http://www.cuadernistas.com).
No se sabe si en el Manzanares, en la Ría de Arousa o en el Mar
de los Sargazos. Lo cierto
es que llegó a algún sitio, creció
y se multiplicó.
Este artículo es una pequeña muestra de algunas
de las contribuciones
a su desarrollo. Con una media
de incremento mensual de unos treinta adherentes es imposible escoger: el gusto, el azar,
el decidir una fecha para dar
el carpetazo, todo cuenta.
Que ningún cuadernista se sienta ofendido por no estar representado.

El nueve de abril del año 2011 de nuestra era, un cuadernista lanzó un mensaje dentro de una botella (http://www.cuadernistas.com).  No se sabe si en el Manzanares, en la Ría de Arousa o en el Mar de los Sargazos. Lo cierto es que llegó a algún sitio, creció y se multiplicó. Este artículo es una pequeña muestra de algunas de las contribuciones a su desarrollo. Con una media de incremento mensual de unos treinta adherentes es imposible escoger: el gusto, el azar, el decidir una fecha para dar el carpetazo, todo cuenta. Que ningún cuadernista se sienta ofendido por no estar representado. Publicado en Visual 158

Libreteando

¿Quién de una cierta edad no ha dibujado en la escuela en los márgenes de los libros de texto, algo que le distrajera del rollo del profesor de turno, ya fueran manuales de física y química, de mates (con las odiadas tablas de logaritmos) o con los Principios de la Falange de José Antonio en la clase de Formación del Espíritu Nacional, sabiendo que al ser descubierto podía caerle un puro en forma de reglazos sobre la mano abierta, o a mano cerrada sobre las puntas de los dedos?

¿Qué señorita victoriana (y casadera) no guardaba su carnet de baile, controlado por la familia, depósito de pretendientes, estadística prematrimonial? ¿Quién no ha tenido una libreta donde anotaba lo que fuera, apuntes, poesías adolescentes pensando en una chica a la que apenas había entrevisto? ¿Qué chica no ha llevado un diario, relato de sus inquietudes, sus amores imaginarios con el chico con el que nunca había hablado ni bailado? ¿Quién no ha escrito cartas íntimas, nunca enviadas, en una hoja de cuaderno? ¿Quién no ha emborronado con monigotes la agenda mientras hablaba por teléfono? ¿Quién no ha utilizado una libreta para recordar una reflexión o el atisbo de una novela?

El cuaderno tiene orígenes identificables. La etimología latina del objeto, quaternio, define un documento de papel plegado en dos del que resultan cuatro hojas, simiente del libro tal y como se fabrica todavía: con el religado los cuadernos se fueron juntando en grupos, cosidos entre sí, siempre multipicados por cuatro. La invención de la imprenta propició la industrialización progresiva de un vehículo de textos o dibujos (plasmación de ideas, a menudo discordantes de las oficiales). El libro (del latín liber “corteza de madera”, soporte anterior al papiro), expandió el saber en una de las revoluciones más importantes de la historia de la Humanidad, como bien es sabido.

No es el objeto de este artículo recopilar información sobre lo que está en los libros que hablan de los libros, ni hurgar en la historia de los monjes copistas; la pregunta reside en el cuadernismo. ¿Es algo que se pueda definir? ¿Es un pájaro, es un avión?

No, es un residuo. Probablemente se consolidó en el siglo XVIII, resultado de las pruebas de encuadernado de las imprentas, libres de texto, páginas inmaculadas hechas artesanalmente y que alguien pensó que se podían fabricar y comercializar masivamente. El cuaderno concentra intenciones, es personal, portátil, deambulante y secuencial. No por azar su uso se generaliza durante la época romántica, cuando el artista o el científico se largan a ver mundo. Lo que existía antes como medio de control burocrático (como los cuadernos de bitácora en la navegación) se democratiza y deviene un instrumento de expresión autónomo.

Humboldt utilizó cuadernos para inaugurar el naturalismo; Darwin también, dibujando crustáceos o cefalópodos en la Patagonia mientras pensaba que los humanos proveníamos del planeta de los simios, un poco mareado por el vaivén del Beagle (que tenía en su tripulación a los primeros cuadernistas a sueldo). Los viajeros locos como Lord Byron, que acabó a tiros con un enemigo que no le pertenecía, también llevaban en el petate un cuaderno donde anotar sus vivencias. Para los impresionistas fue algo imprescindible, y Artaud, en las postrimerías del Arte, lo utilizó para plasmar sus delirios.

Ya sea en sus diferentes formas (cosido, grapado, en espiral…) y en su fabricación impresa (hoja blanca, rayada, cuadriculada…) el cuaderno como soporte no ha muerto. Incluso a partir de la modernidad que lo escondió con una cierta vergüenza, como si te mostraras en público con la bragueta abierta, aunque el hambre del mercado obligara a hurgar más tarde en el esfínter de cualquiera que pudiera tener algún rastro del virus.

El cuadernismo reside en lo cotidiano de muchos, impulsado por otros, los maestros, que todavía los hay; no daré nombres ya que este no es un artículo financiado por una fundación bancaria, pero el fenómeno está ahí, presente, ajeno a cualquier ideología, aunque con unos principios básicos en su difusión por la red: el andamio (mostrar que es realmente un cuaderno), y la sinceridad (no falsear con Photoshop o artilugios varios lo que solo se puede haber hecho a mano, al natural o de memoria pero siempre en vivo).

La pregunta siguiente es: ¿Cómo se hace cuardernismo en un soporte digital?

“La televisión pronto llegará”. Canción de Eddie Warner (1950). (Texto:  Albert Romero)

Llevo un cuaderno en el bolsillo

El cuaderno de dibujo no es nuevo. Nuestro abuelo Leonardo, voraz observador de todo lo viviente, era cuadernista muy constante. Pintores y dibujantes han usado siempre cuadernos como gimnasio para ejercitar la escritura gráfica. Hay maravillosas piezas de Durero, Blake, Van Gogh, Giacometti o Dubuffet, por nombrar unos pocos talentos variados.

Lo nuevo es el auge, la extensión masiva del cuaderno utilizado como fin en sí mismo. Si su valor era el de facilitar notas y tanteos preparatorios, o apuntes con que ir definiendo detalles inciertos, a partir de ahora cuanto aparece en las hojas de un cuaderno posee un valor autónomo y final, sin necesidad de remitir a una posterior “obra magna” que lo justifique.

El cuaderno es un taller portátil. Los hay en DIN A5 que se pueden llevar en el bolsillo del tejano, manos libres, y en cualquier momento anotar algo observado en el mundo exterior, o algo ocurrido en el mundo interior, o una síntesis de ambos fenómenos, según la capacidad anotadora de cada cual. Pero, eso sí, anotarlo sensualmente, en lo físico del papel, con grafito o tinta que manchan. Igual que escribir a mano y escribir en un procesador de textos son operaciones distintas, comprometiendo áreas cerebrales diferentes, los trabajos digitales, con materiales que no huelen ni impregnan, son de otra naturaleza, ajena a la implicación orgánica del cuadernista en su actividad.

Al dejar de ser mediador entre el artista y su obra “mayor”, el cuaderno se revuelve automáticamente contra los intermediarios que, erigidos en gestores de esa obra “mayor”, debilitan la conexión entre el creador y sus creaciones.

La forma en que los dibujos se convierten en trabajo profesional ha hecho que, en cuanto el dibujante amaga coger el lápiz, una santacompaña irrumpa en su mente y la convierta en paisaje nebuloso que engulle las imágenes concebidas y las cambia por otras. Editores, críticos, galeristas, clientes, las diversas jerarquías de periódicos y revistas (jefes de sección, directores de arte, etc.), en tremendo guirigay le disputan al autor el dominio y la última palabra sobre el dibujo que por ahora tan sólo se ha imaginado que iba a hacer. Ellos discuten a quien sea cómo hay que hacer las cosas. Si tienen la sartén por el mango, porque pagan, impondrán que el dibujo se haga como ellos digan, no como el dibujante quiera, y así quedará claro quién manda.

En el curso del ejercicio profesional, el mercado coloniza la mente creadora del dibujante. Un solemne analfabeto visual puede dictar lo que vale y lo que no, simplemente porque tiene un talonario en la mano. Y hasta puede conseguir ser ensalzado por quien reciba sus talones: Oh, tú eres el verdadero artista, con tu criterio genial y clarividente, aun sin tocar el lápiz.

La enseñanza oficial mantiene la colonización. A la hora de aprobar o suspender, rubrica los valores del mercado. También los profesores administran una parcela del papel. En el panorama de ocupación multitudinaria, al autor le queda un patio trasero donde mascullar juramentos y limpiarse con el Wall Street Journal.

Pues bien, de igual modo que quien pretende liberar su consciencia y encontrarse consigo mismo debe expulsar al policía, al cura, al animal y al juez que lleva dentro, el dibujante que anhele liberar su capacidad creadora (activar un poder interno que, al fin y al cabo, ya tiene, pero está interceptado y no lo posee), deberá expulsar a editores, clientes, críticos, galeristas, jefes de distinto tamaño, profesores; en general, representantes de una autoridad, sea mercantil, laboral o académica, que se caracteriza por su vocación castrante y uniformadora.

Y la herramienta idónea para este proceso es el cuaderno: zambullirse en la libertad absoluta que, página a página, conquistamos. Nadie lo ha encargado, nadie lo va a comprar; nadie puede opinar qué líneas deben aparecer, de qué color y en qué orden; qué es correcto o aceptable; qué es guay y qué es wow!; qué vale mil dólares y qué cuatro rupias… Somos libres, pero no lo sabemos. Dibujemos cuadernos y lo recordaremos. Cuando dibujas en tu cuaderno tú eres (si tienes coraje suficiente) tu editor, tu jefe, tu cliente, tu crítico, tu rector magnífico, tu coleccionista: has asumido el mando absoluto y ya nadie te impide dibujar exactamente como tú quieres y transmutarte sin trabas en el mejor cuaderno posible.

¿Por qué el auge de los cuadernos?, nos preguntábamos. A lo mejor ya lo hemos contestado un poco: porque, aunque sencillo, es un poderoso instrumento de rebeldía y liberación con el que autorrealizarnos, zafándonos holgadamente de quienes intentan vivir de jodernos y ordeñarnos.

Y perdonen la contundencia: es que antes de escribir esto ya he dibujado unos cuantos cuadernos. ( Texto: Luis Pérez Ortiz (LPO))

El viaje encuadernado

Un cuaderno de viaje suele ser un secreto bien guardado. Los que los rellenamos compulsivamente nos definimos a través de ellos como nuestra manera de estar en el mundo, los usamos como espacio íntimo de investigación y rara vez mostramos lo que escondemos en ellos: apuntes apresurados con indicaciones de color para una obra futura, billetes de tren, números de teléfono, ideas y palabras sueltas que sólo tienen sentido para quien las apuntó. Son la trastienda del viaje y encierran aquello que de normal no sale en la obra terminada: las dudas, los miedos, los borrones y los espacios vacíos. Recogemos todo eso porque sospechamos que tal vez algún día, al volver a verlos, dispararán el siempre esquivo mecanismo del recuerdo. En los cuadernos encerramos, entre dos tapas duras, partes de nuestra memoria.

Las personas que han visto mundo y lo han dibujado le han dedicado el tiempo necesario para preservarlo: se han fijado en sus gentes, naturalezas y arquitecturas. Lo han sistematizado y, cual entomólogos, lo han diseccionado, catalogado y archivado. Sus cuadernos encierran personas que conocieron fugazmente, bares que ya no existen, edificios que hoy son ruinas, países que no volverán a ser los mismos.

Las páginas que los encierran son pedazos de vida y de historia que envejecen con nosotros, que explican lo que hemos visto y quienes somos. Al volver de los viajes en los que han sido usados, sus autores los guardan en cajones o estanterías y rara vez salen de ellos. Son objetos frágiles, poco amigos del manoseo y de la luz. A ellos tienen acceso amigos y compañeros viajeros, a quienes se enseña como si fuese un diario íntimo más que una obra artística, pidiendo comprensión, discreción y silencio.

He visto muchos cuadernos. Algunos tramposos, otros honestos. Valoro en ellos más la capacidad de transmitir la experiencia del viaje que la destreza de las ilustraciones con las que se pretende hacerlo. Los viajes que narran son íntimos o exóticos, ambiciosos o modestos. Tan intensos pueden ser los viajes de Maistre o De Quincey como los de Marco Polo. Los reales, en los que la arena queda entre páginas desencuadernadas por el uso, o los construidos con limpieza en la calma del estudio. Cualquier disculpa es buena para intentar entender el mundo y toda aproximación técnica o estética es válida. La ventaja de moverse en el terreno personal y modesto del cuaderno es la de no tener que mirar por encima del hombro para pedir aprobación o consenso. Dentro de un cuaderno somos dueños y señores. Pocas veces la libertad creativa está tan relacionada con la humildad del soporte.

Los cuadernos de viaje han saltado a nuestras pantallas como consecuencia inevitable de la falta de pudor con la que nos comportamos en la red, que empuja a enseñar lo que durante siglos ocultamos. Lo que nos llega en forma de películas o fotos son sin duda sucedáneos desprovistos del olor del viaje, copias de copia, fantasmas. Los esquivos originales que escondemos de la luz no son objetos habituales de exposiciones al uso, celebraciones impúdicas difíciles de idear y montar: hay que ser capaz de enseñar lo invisible, cometer la atrocidad de seleccionar una doble página de entre las muchas que componen un cuaderno. No conviene olvidar que tienen un orden y un ritmo, que funcionan como un libro que se lee en secuencias de dobles páginas, que no es una colección de dibujos sueltos, que constituyen narraciones ordenadas de lo que vemos y vivimos. Tampoco olvidamos que es más importante el viaje que el cuaderno que lo recoge, resume o explica y que aunque no hubiéramos dibujado en él la experiencia permanecería.

Un cuaderno de viaje encierra al mundo y a la persona que lo ha observado.(Texto: Enrique Flores)

Epílogo

Los cuadernistas agradecen la ayuda de la revista Visual para divulgar el Movimiento. Si el Ministerio de Defensa otorgara una subvención se convocaría un concurso entre los miembros del grupo para ilustrar un “Tratado sobre las técnicas para sacar punta al lápiz. Entre la espada toledana y la navaja suiza”.
El Consejo Provisional Cuadernista Madrid, Barcelona, 2012

Manifiesto cuadernista (pulsar en la imagen para ampliar)
Manifiesto

Have any Question or Comment?

One comment on “Coser y cantar

I really like it when folks come together and share thoughts.
Great site, stick with it!

Comments are closed.

Plausive